Mes: junio 2013

POETAS 67. Konstantino Kavafis VI (Historia de una vida)

Konstantino Kavafis nació en Alejandría el 29 de abril de 1963 en el seno de una familia de comerciantes de clase elevada, siendo el menor de nueve hermanos. Kavafis contaba siete años cuando murió su padre, quien había dejado una menguada fortuna después de haberse convertido en uno de los comerciantes más ricos de la ciudad. En 1873 se traslada con su familia a Liverpool, donde su padre ya había fundado una compañía comercial de exportación de algodón que  también operaba en Londres. En esta última ciudad residió durante seis años, llegando a hablar un perfecto inglés que más tarde le sirvió para ascender dentro de la administración egipcia. Ante la quiebra de la compañía familiar, tras una serie de desafortunadas operaciones en bolsa, la familia regresó a Alejandría en 1877. Los tumultos ocurridos en  junio de 1882, atizados por los nacionalistas árabes contra los cristianos y europeos, con la posterior ocupación inglesa de la ciudad de alejandría, obligaron a los Kavafis a refugiarse en Constantinopla.  Tras residir en esa ciudad tres años, la familia regresó a  Alejandría, donde  Konstantino Kavafis comenzó a trabajar como corredor de la bolsa de Algodón. Más tarde consiguió un trabajo sin remunerar en la Oficina de Riegos con la esperanza de obtener un puesto fijo, lo que acabó logrando en abril de 1892. En esa misma oficina, con algún que otro ascenso, siguió trabajando hasta que en 1922 se acogió a una jubilación anticipada que le era favorable y que le permitió vivir sus últimos años ya dedicado a la poesía y a la escasa difusión de su obra. Se dice que Kavafis escogió adrede un trabajo mal remunerado con mucho tiempo libre para poder dedicarse por entero a su arte. Su propia familia había tratado de mantenerle lejos del mundo laboral con el propósito de que pudiera explotar su talento precoz a través de una carrera en el mundo de las letras. Aunque Kavafis no llego a gozar del mismo lujo que rodeó a su familia en vida de su padre, llegó a alcanzar una posición holgada que le permitió ciertos caprichos fuera del alcance de la mayoría de sus conciudadanos. Sin embargo, no resultaba raro oir a Kavafis maldecir de su trabajo precisamente porque le quitaba tiempo para su arte “Cuantas veces –confesó Kavafis a un joven poeta-, durante mi trabajo, me llega una bella idea, una rara imagen, con imprevistos versos del todo resueltos, y me veo obligado a abandonarlos porque el trabajo no se puede dejar pasar de largo”. Como oficinista disponía de un salario alto para la época  y su periodo de vacaciones llegaba a durar hasta 12 semanas anuales. Kavafis entró a trabajar en la oficina con la tarea de copiar cartas a mano. Más tarde pasó a ser el corrector de las cartas que copiaban otros y podía llegar a corregir la misma carta una y otra vez, cargando las tintas en cada signo de puntuación. Según alguno de sus subordinados, su disimulo en el trabajo llegaba hasta el extremo “de llenar su mesa de carpetas que abría y llenaba de papeles para dar la impresión de que estaba sobrecargado de trabajo. Luego, cuando llegaba la hora de salir, los recogía y los volvía a poner en su sitio” A pesar de que Kavafis comenzó a escribir a una edad temprana, él mismo fechó el inicio de su carrera poética a partir de 1891. Cuenta su confidente Melanos que durante esos primeros años, tras su vuelta a Alejandría, la pasión le dominaba de tal manera que pasaba noches enteras lejos de su casa, en los barrios bajos, a escondidas, relacionándose con jóvenes obreros en bares y colmados, y viéndose obligado a sobornar a sus propios criados para que no le delatasen. Pero a comienzos de la década de los noventa Kavafis comienza a volcarse en su obra y a publicar poemas en algunas revistas de Alejandría y Atenas, o imprimiéndolos en hojas sueltas, llegando, incluso,  a confeccionar panfletos e impresos para distribuirlos entre amigos y familiares en ediciones no venales. Parece ser que Kavafis nunca se ponía a escribir poemas de principio a fin. Los iba trabajando durante largos periodos, a menudo dejándolos dormitar años enteros, hasta que se le despertaba la inspiración y volvía sobre ellos. Su amigo Sarayannis escribió: “Kavafis no había nacido poeta; se hizo poeta año tras año. Halló su forma definitiva en 1911. Después él creía que sólo a partir de esta fecha había logrado ser poeta y a menudo renegaba de sus poemas anteriores, llegando a hacer desaparecer los panfletos que emitió en 1904 y 1911”. A partir de esa fecha, Kavafis se hace consciente de la singularidad de su obra e inicia un nuevo sistema de publicación para un público escogido, en donde combina las hojas sueltas con los folletos, haciendo engrosar un corpus canónico que al final alcanzaría 154 poemas. Con razón afirma Seferis que “a partir de cierto momento que podría situarse hacia 1910, la obra de Kavafis debería ser leída y juzgada no como una serie de poemas separados sino como un poema único”. Un poliédrico poema donde convergen el erotismo y la sensualidad, la vida de la historia y la memoria de su vida, o de otras vidas, todo ello profundizado por una aguda conciencia de su tarea de artista. También es a partir de 1911 cuando su vida amorosa y sexual comienza a hacerse más discreta, a la vez que comienza a apartarse de la vida social. Famosa fue la conferencia sobre la poesía de Kavafis que el 23 de febrero de 1918 dio en Alejandría su amigo Singópulos, y que otro grupo de amigos disidentes intentó impedir a toda costa. Según palabras de su biógrafo, Robert Liddell, en esta conferencia “se establece como una opinión de Kavafis  la de que el artista no puede llevar en su juventud una vida disciplinada, contrariamente a la que deben hacer el estudioso, el político y el comerciante. Sus actividades no tienen necesidad de altas horas en la noche ni de gasto de vitalidad y placer físico –necesitan sólo una cabeza clara por la mañana y durante todo el día-.  Para el artista esa vida disciplinada es imposible y no sería correcta. Kavafis no quiere decir que el artista deba disiparse, sino que debe liberarse”. A partir de 1921,  en que decide no renovar su contrato de trabajo –“por fin me veo libre de esta asquerosidad”, dijo al abandonar su oficina-, Kavafis se recluye en su modesto piso donde pasa los últimos años casi apartado de la vida literaria y rodeado de una cohorte de admiradores que iban a visitarle a diario. Era habitual verle pasear despacio por las calles de Alejandría, con las manos en los bolsillos, deteniéndose a mirar los escaparates y siempre hablando consigo mismo o informándose sobre temas históricos cuando encontraba a alguien que pudiera saciar su curiosidad. Kavafis llegó a ser una figura muy popular en su ciudad, conocido por casi todos los camareros de los cafés y restaurantes donde entraba ávido por estudiar  a los clientes y en donde entablaba conversación con comerciantes, corredores de bolsa y gentes de todas las condiciones y oficios. En su último año de vida perdió la voz y  se vió obligado a comunicarse por medio de notas manuscritas, tras ser sometido a una operación por un cáncer de garganta. Murió el día en que cumplió setenta años, el 29 de abril de 1933.

*****

DESDE LAS NUEVE…

(1918)

Doce y media. Rápidamente el tiempo ha pasado
desde las nueve cuando encendí mi lámpara
y me senté aquí. Estoy sentado sin leer
ni hablar. A quién podría hablar
en la casa vacía.

La imagen de mi cuerpo joven,
cuando encendí mi lámpara a las nueve,
vino a mi encuentro despertando un perfume
de cámaras cerradas
y pasado placer -!qué audaz placer!
También trajo a mis ojos
calles ahora no reconocibles,
lugares de otro tiempo donde la vida ardió,
teatros y cafés que una vez fueron.

La imagen de mi cuerpo joven
volvió y me trajo también memorias tristes:
las penas familiares, los adioses,
los sentimientos de los míos, los sentimientos
apenas atendidos de los muertos.

Doce y media. Cómo pasan las horas.

Doce y media. Cómo pasan los años.

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PENSAMIENTOS 11. MARCO AURELIO Y LA MEDITACIÓN SOBRE LA MUERTE

Marco Aurelio escribió sus cuadernos de meditaciones a lo largo de sus últimos diez años de vida, los que van del año 170 al 180, en que permaneció fuera de Roma –tan sólo regresó una vez y durante poco tiempo- acompañando a las tropas en su ofensiva contra los bárbaros al otro lado del Danubio. La muerte provocada por la guerra y la peste debió ser una imagen permante para Marco Aurelio durante este periodo díficil e itinerante. No sería por tanto descabellado pensar que en alguna oportunidad estas meditaciones fueron escritas con el objetivo de infundirle coraje en la batalla, o bien de reportarle tranquilidad ante la posibilidad de ser alcanzado por las tropas enemigas. Se ha llegado a decir, incluso, que las guerras en las que Marco se vio involucrado de un modo directo fueron el estímulo para que escribiese sus cuadernos de notas, y que este motivo explicaría que una gran parte de sus pensamientos se hallasen dirigidos hacia la muerte. Un Marco Aurelio que se hubiese mantenido retirado en la corte o en el campo, lejos de las batallas, no se hubiera visto obligado a tomar la pluma. Pero esto da una interpretación confusa de la compleja finalidad con la que se escribieron las meditaciones sobre la muerte. La meditación sobre la muerte constituye ya desde Platón uno de los viejos tópicos del pensamiento, que más tarde va a ser retomado por Montaigne bajo la fórmula de “filosofar es aprender a morir”, y que en España tuvo su máximo exponente en el “aviva el seso y despierta…” del poeta Jorge Manrique. “Suele pensarse las meditaciones –ha escrito Pierre Hadot- como si fuera una especie de diario autobiográfico en el que el emperador diera desahogo a su alma. Suele imaginarse, de manera bastante romántica, al emperador inmerso en la atmósfera trágica de la guerra contra los bárbaros escribiendo o dictando, al anochecer, sus desengañadas reflexiones acerca de los asuntos humanos, e intentando constantemente justificarse o convencerse a sí mismo con tal de poner fin a las dudas que le corroen. Pero las cosas no son así”. Efectivamente, las meditaciones no se pueden comprender si no se las inserta dentro del genero literario en el que fueron escritas, una especie de ejercicio donde se examina la conciencia, pero también un diálogo consigo mismo. Tampoco se puede comprender bien sino se entiende la filosofía tal como era concebida en la antigüedad helenística y romana, es decir, como una guía espiritual que se dirige a transformar el alma del discípulo. Para esclarecer el sentido de esta práctica ejercida en la antigüedad, Foucault se ve obligado a hacer una distinción entre “Filosofía” y “Espiritualidad”: “creo que podríamos llamar espiritualidad –precisa Foucault en “la hermenéutica del sujeto”- la búsqueda, la práctica, la experiencia por las cuales el sujeto efectúa en sí mismo las transformaciones necesarias para tener acceso a la verdad. Se denominará “espiritualidad”, entonces, el conjunto de esas búsquedas, prácticas y experiencias que pueden ser las purificaciones, las ascesis, las renuncias, las conversiones de la mirada, las modificaciones de la existencia, etcétera, que constituyen, no para el conocimiento sino para el sujeto, para el ser mismo del sujeto, el precio a pagar por tener acceso a la verdad”. Antes que ver, entonces, la filosofía de la antigüedad como un repertorio de conocimientos abstractos, hay que verla como una “techné tou biou”, como un arte de vivir, como “una conversión que afecta a la totalidad de la existencia”. Esta profunda transformación que la filosofía ha de producir en la forma de ver y de ser del que medita, era llevada a cabo por medio de una rigurosa metodología centrada especialmente en una serie de ejercicios espirituales destinados a memorizar y asimilar los dogmas fundamentales y las reglas vitales de cada escuela. Entre estos ejercicios espirituales se puede señalar la atención (prosoché), por medio de la cual el discípulo o filósofo establecia una continua vigilancia sobre sí mismo que le permitía aplicar ciertas reglas filósoficas sobre cada situación concreta. Esta atención era especialmente efectiva cuando se centraba en el instante presente. Otro de los ejercicios más frecuentes era el del examen de conciencia, ya fuera al levantarse o a la hora de acostarse, con el fin de comprobar los progresos espirituales realizados. Especial relevancia para la meditación sobre la muerte tiene el ejercicio de la “premeditatio malorum”. Se trata de representarse anticipadamente una serie de males que pueden sobrevenirle al hombre, a fin de que se familiarice con ellos, se convenza de que no son males, los prevenga y se libere de los temores que le afligen. Pero en Marco Aurelio este ejercicio no solo tiene la función de contrarrestar el temor que la muerte nos causa, sino que adquiere unos valores más positivos. Con la meditación de la muerte se busca conseguir una transformación total en quien practica el ejercicio, mediante un cambio en su modo de ver y valorar el mundo, liberándolo de las pasiones e induciéndole a llevar una vida conforme a la razón. Se deja a continuación una selección de estos pensamientos de Marco Aurelio, para después pasar al análisis detallado del ejercicio sobre la muerte.

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SELECCIÓN DE PENSAMIENTOS SOBRE LA MEDITACIÓN DE LA MUERTE

7.69 La perfección moral consiste en esto: en pasar cada día como si fuera el último, sin convulsiones, sin entorpecimientos, sin hipocresías.

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Luz vibrante

Luz vibrante

Luz vibrante de primavera tardía
tamizada por hojas blancas de chopo.
temblorosas y vivas,
alegres, de plata.

Goce de la vida promesa,
temor del verano profundo
en el que la carne parece el todo
y vivir tiene vocación confundida
de eterno.

Permanecer en el segundo,
las hojas quietas,
el viento silente.
Y que no haya más otoño,
o vivir como si no lo hubiera.

Pero mi alma cruje entre las hojas
estremecidas por el tiempo
y el calor de hoy no me basta
para olvidar el frío del invierno,
que ese sí, presiento desde mi carne,
será ausencia sin término.

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Sexo

De otro modo, sexo

Sexo, sexo, sexo
¿Por qué las religiones
miran tanto al sexo
y venden tan caro
lo que los dioses
regalaron?
¿Por qué olvidan hablar del dinero
… las riquezas, el poder?
De otro modo pero sexo, sexo, sexo.
La misma pulsión:
el sádico dominio
de los creyentes,
la esclavitud voluntaria
y masoquista de las mujeres.
La violencia contra natura.
El boato de los que deberían
ser servidores humildes.
La inútil acumulación de bienes,
el silencio profundo ante los poderosos.
¿Quién soportará el «Vende cuanto tienes»?
¿Temen que los ricos huyan?

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