Categoría: Cuentos de Tupa

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-7-

un echar de menos que alivio tallando
una caja que será un "forget me not".

*  *   *

Debería haber escrito esto anteayer pero no lo hice. Ya se sabe como es la vida en los clipper de la ruta del té. Cuando no estás de guardia hay tormenta o se ha
quedado sin aceite el candil... por eso y porque esta carta no te llegará hasta dentro de unos meses he puesto en el encabezamiento el número 7, que es la
página en la que debería estar escribiendo ahora y el tema de las 6 anteriores se ha perdido, porque todo lo que no se escribe en el momento pierde algo tan
sutil como la inspiración, aunque lo de la caja es tan verdad como que ahora estoy a bordo del "Windjammer Seadreams" con bandera holandesa. Pero no era de
esto de lo que quería hablarte sino de que anteayer no hablamos casi, claro, yo estaba un poco ausente, por esto de la navegación, y, al mismo tiempo te
encontraba distante, que también puede ser un efecto colateral, o tal vez sólo una secreta forma de mantener las distancias con un viejo marino embarcado en busca
de té, que casi siempre acaba convertido en chinos amontonados, que sueñan que el ferrocarril de oeste es un paraíso, en vez de un moridero. Lo del moridero
no sé si es muy correcto, pero describe sucintamente lo que les pasaba a los chinos en el ferrocarril de  oeste.

Bueno, pues yo embarcado, escribiendo en el escritorio de Guillermo Graves, una preciosidad de caoba... y tu carita aflorando secretos de esos nimios pero
decisivos, pues no hubo mucha ocasión, por eso volví a mi barco, a no encontrar el modo de enviar poemas por internet, que es lo más parecido al aislamiento de
un velero de cuatro palos arribando al sur, en busca del cabo de Hornos, en Junio de mil ochocientos tantos... Los sentimientos de un viejo marino ya te los describí en las seis páginas anteriores, aunque debo recalcar ese sentimiento de paternidad que me excitas, que me hace recordar la teoría del incesto como tabú... porque siempre me vienen a la memoria aquellas palabras de tu padre, que yo modifico un poco: -"Criatura: ¿Cómo vas a vivir?" El "cómo" es mi aportación. Y es que la bohemia es terriblemente atractiva, y sirve para tapar momentáneamente la botella de las insatisfacciones profundas, pero es inútil que la tires al lago de la Casa de Campo o al océano más extenso, el tiempo te la devuelve...¡Y de qué manera!

Entonces me retraigo, porque uno no tiene derecho a entrar en la vida de otra persona como un elefante en una cacharrería... y si en cuestiones de amor, o de enamor, por aquello del deseo instantáneo, a veces se consiente con gusto que te invadan, en los temas de la realidad inmediata no suelen ser bien recibidos los
consejos no pedidos... Un poco traído por los pelos pero mira esto de nuestro común amigo Juan de Yepes:

Diréis que me he
perdido,

-Que, andando
enamorada-

Me hice perdidiza y
fui ganada
.

Todo sería mucho mejor si el mensaje se demorara esos seis u ocho meses que tardan los correos de los veleros, y la presencia física del elefante... del marino, se
demorara otros tantos, porque en ese año la vida real habrá dado miles de vueltas, y las recomendaciones, más que obsoletas, se habrán descargado de todo
su carácter conminatorio y se leerian sólo como mensajes de cariño, de amor, que un padre o un amigo dice, sabiendo que difícilmente le harán caso, si es
que no le malinterpretan, y además probablemente el aconsejado ha llegado a las mismas conclusiones... a veces hay que esperar años para que florezca ese
pensamiento de acuerdo con lo que entonces parecía razonable... Perdóname si este comentario te ha molestado no era mi intención... y, además, siempre está el tema del roce físico, el tabú otra vez, amortiguado por la distancia que el océano pone por medio. (más…)

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Pablo

El otro, el jardín, el beso

(Pablo)

La casa parecía un viejo cortijo convertido en casa de verano, posiblemente propiedad de un hijo de familia bien con muchos hermanos , tal vez de varios de ellos. Había sufrido, sin duda, un cierto abandono. El jardín hecho de años y descuidado más años aún, había adquirido una cierta apariencia silvestre, espontánea, que le confería una belleza lejana.

Era invierno y un tímido sol de las cuatro de la tarde resaltaba los detalles, como el verdín de los troncos y el color de las hojas secas en los rosales. El suelo estaba húmedo y el frío empujaba a entrar en la casa.

Pablo había venido de Inglaterra. El suyo era un viaje apostólico, no proselitista; buscaba adeptos entre las personas como quien quiere separar la grava del polvo y cierne paletadas de gente sin otro interés que encontrar algún predestinado. (más…)

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El mar

Describir sentimientos es volver a vivirlos. Es contar batallas con un propósito egoísta, porque no se hace para el placer del lector sino el propio de quien escribe. Ese es el caso de “El Mar”, una descripción de muchos momentos vividos a lo largo de unos quince o más años. Momentos de placer, de temor… de triunfo. El poso de esos momentos en el fondo de mi espíritu me hizo pensar que un precioso final para mi vida sería lanzarme al océano y desaparecer, intentar cruzar el atlántico o el pacífico y no llegar. Una idea como esta sólo puede acariciarse cuando uno no cree en la propia desaparición. Si una situación – de las frecuentes en la navegación de altura – te hace acercarte a esa creencia, por lo evidente del momento, el instinto de conservación te hace aferrarte a la vida con uñas y dientes, y el triunfo sobre el problema te reafirma en la seguridad de que, incluso navegando, eres inmortal. En esta historia un hombre solo decide seguir el camino que yo había pensado para mí. Puedo imaginar la soledad de ese navegante que le conduce a un diálogo con el barco y con él mismo y sus sentimientos encontrados… El patrón de la Belle Smith vive todos los estados de ánimo posibles, y cuando un triunfo parcial corona parte de su aventura una explosión de vitalidad llena el momento.

Los que no hayan navegado encontrarán difícil seguir los pensamientos del héroe  solitario de esta historia, tal vez éste no es un cuento para “no navegantes”. Los que deseen un nudo gordiano no lo encontrarán aquí,  deberán buscarlo dentro de ellos o tan vez en lo que llena los espacios entre líneas que allí he dejado sin querer, porque precisamente allí puede que esté una parte del navegante que todos llevamos dentro.

 

El Mar (o Cómo llegué a Cabo Verde)

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Tengo que admitir que una vez pensé en el suicidio. Es duro para un hombre llegar al final de su vida solo. Los días transcurren sin objeto y la sensación más profunda es la de la propia inutilidad.

Es posible que ese sea el destino natural de los marinos; siempre viajando, nunca tienen tiempo suficiente para establecer una familia. Si lo hacen, normalmente es un fracaso: Dicen que los dos meses al año que se pasan en puerto no bastan para dejar de ser un extraño en el propio hogar. Si por cualquier motivo el reposo se alarga un poco, creo que la familia y el marino están deseando vivir el día en el que el crujido de la lona tendida al viento anuncie una nueva ausencia de varios meses. Los barcos en que navegué habían comenzado transportando té, pero, en los últimos tiempos la compañía ganaba más dinero con el transporte de chinos a San Francisco, de modo tal que, más de una vez, los fardos de té verde se quedaron en el puerto mientras los chinos se hacinaban en la bodega ocupando su sitio. Y arribábamos a California en vez de a Rhode Island: esto suponía otro año sin volver a casa.

Extraño en mi casa: Nunca quise sentirme así. Nunca formé familia. Ahora es demasiado tarde. Las mujeres de mi edad ya no son mujeres y las jóvenes me parecen tan lejanas como los mares del sur, de los que he oído contar mil veces que allí está el paraíso… y el infierno. O sea que, solo, con 58 años, que tenía cuando comenzó esta historia, retirado de la ruta de los Clippers por el vapor y un poco por propia voluntad, sentía más la llamada del mar que la de los hombres y, entre envejecer en una comunidad que pronto me despreciaría y unas nupcias totales con el mar, la segunda opción me parecía la más atractiva.

No, no. Ciertamente no estaba del mejor de los humores, la vida sin el mar me pesaba y no me sentía con la fuerza suficiente para emprender otra en tierra.

Cuando el 27 de Junio de 1898 el viejo loco Slocum llegó a Newport presumiendo de haber dado la vuelta al mundo usando su nariz como único instrumento de navegación fiable, me dio la excusa que necesitaba. Me señaló el camino que debía seguir para que mi huida se hiciera realidad. Una dulce desaparición sin testigos, un abrazo con mi otro mundo en medio de la violencia desatada de su manifestación más hermosa. Así veía al temporal desde tierra: una llamada. Los días transcurrían lentos, el tiempo había dejado de tener significación para mí, en una locura más grave por su falta de manifestaciones externas, la idea de escoger el como y el cuando me parecía el único consuelo a mi soledad.

En el viejo astillero pequeño y abandonado de Conanicut había un pecio de goleta que estuvo aparejado como sloop. Retirado como yo mismo. Tal vez por las mismas razones: sentirse sólo e inútil. Quién no cree que los barcos tienen memoria, entendimiento, y voluntad, es que no ha establecido nunca esa relación íntima que se da entre patrón y nave, en la que se cuentan sus secretos y exigen, ambos, sin duda, el cumplimiento de sus caprichos.

Imité al loco Joshua y lo compré.

Verdad que no recuerdo como se llamaba. Los días, los meses, adquirieron significado. Reparé su casco de madera de roble con mimo; inspeccioné pulgada a pulgada y barnicé su mástil; renové su aparejo completamente y, cuando todo estuvo terminado, casi cuatro años más tarde, al fin le puse nombre: “Belle Smith”, en homenaje a todas las bellas desconocidas que habían aliviado las penalidades de mi vida de marino en la ruta oeste del té.

Pero eso son historias viejas. En los días de los que comienzo este relato tenía ya sesenta y dos años y esperaba que toda mi necesidad de contacto femenino quedara satisfecha por la “Belle Smith”. Si no, peor para mí.

La “Belle Smith”, reluciente, mecía su casco de goleta en el puerto de Newport y su alto mástil de sloop giraba apuntando al cielo como si hubiera contado las estrellas de noche y de día quisiera enseñarme cómo se hacía.

Había hecho todos los preparativos con calma, sabiendo que en el mar no hay oportunidad para los poco previsores. Repasé cada pulgada del barco, estudié con ayuda de la experiencia mía y con la que saqué de las historias de Joshua, el aprovisionamiento. Completé todo: un gran depósito de agua con algo de lejía, keroseno, conservas diversas, patatas, limones, todas las demás cosas normales y añadí un saco de nueces, un barrilito de miel de los bosques de Providence y una carabina Remintong Tiger del 45 con doscientos cartuchos. Cartas, todas las que pude conseguir. Brújulas tres. Sextantes tres. Whisky, 4 cajas del Mississippi, cuyo sabor, en tierra, me recuerda al olor de los capotes embreados en el mar. Vientos: todos los del mundo. Seres vivos… algo que fuera poco exigente en agua. Esperaba no llevar ratas a bordo. Poco exigente en agua: una planta exótica de los Estados del sur: un cactus.

Y un día, el 19 de Septiembre de 1902, sin despedirme de nadie, pues nadie me echaría en falta y mi desaparición calmaría los celos del viejo Joshua, o los excitaría más… ese día, cuando la noche pretendía acabarse, solté amarras.

Mientras negociaba la salida del puerto me reía pensando en que el loco Slocum creería que intentaba hacerle sombra, cuando mi pensamiento nunca fue volver. Me sentía atraído por las islas del Pacífico Sur como si fueran jóvenes mujeres, por todo lo que se oía de ellas, y más aun porque me parecía un camino demasiado largo para que lograra recorrerlo. Lo suficientemente largo como para servir para celebrar mi unión absoluta con el mar.

¿Sur o sureste? Nunca me cayó bien el cabo de Hornos, y menos de Este a Oeste, además soplaba una brisa de 10 o 12 nudos casi del Oeste así que le di mi aleta de estribor y, sin saber muy bien a donde me llevaría ese rumbo lo fijé con el piloto de viento. Anoté en el cuaderno de Bitácora “20 de Septiembre 500, rumbo 130”, y me fui a dormir. (más…)

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¡Ah! ¿Sí?

Es un cuento sin pretensiones, en blanco y negro. Una mirada atrás hacia un tiempo que un hipotético lector joven no puede imaginar y los mayores no podemos olvidar.

¡Ah! ¿Sí?

Salgo siempre a la misma hora. Me gusta ir bien arreglado, mi traje cepillado aunque brille, los gastados zapatos limpios, el afeitado perfecto.

En menos de cinco minutos estoy en la parada del autobús. En general no debo esperar demasiado y a las nueve menos cinco llego al Ministerio. Ficho y comienzo el rito de cada día.

Primero un café en el bar, para oír los comentarios de los correveidiles que se encargan de mantener informado a todo el funcionariado real y verdadero: A esa hora los advenedizos no aparecen por el café. (más…)

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Un momento de bienestar

Cuando redacté este escrito jugué con los márgenes, porque hay tres historias superpuestas, la de Teresa en su oficina, la de Teresa y Gabriel, y la del chino. Pero el útil de “Publicar” lo aplana todo. Espero que, de todas maneras, se entienda y guste. Gracias por leerme.

Un momento de bienestar

Ángeles. Hablaban de ángeles pero ella no hacía ningún caso.

Oía hablar como quien oye una música de fondo, o mejor como oía el murmullo de la televisión su marido cuando se quedaba traspuesto después de comer en el sofá: decía que le ayudaba a dormir.

Un ruido suave y no desagradable del que captaba de vez en cuando una frase suelta. Lo preciso para disimular lo divertido de su momento íntimo.

Jorge había dicho:

-“Ángeles… No existen”

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Ahwaí Ratman

   

Ahwahí Rathman

Esta es una de esas historias de familia que ahora que uno empieza a ser mayor no acaba de creer pero que seguramente tienen algo de verdad, y en esa verdad medio mentira se basa la importancia que los mayores dan a la familia. Claro que mentir bien es una de las mejores habilidades… a lo mejor la historia es totalmente mentira y mi abuela una mentirosa mejor de lo que se puede pensar.

Repite que no hay nada más importante que la familia y los tesoros que posee. Claro que mi familia no posee ningún tesoro material, pero, como en todas las familias, una inmensa fortuna estuvo alguna vez en sus manos. No se muy bien por qué dan  importancia a la creencia de que un lejano antepasado fuera rico. Debe ser porque eso añade categoría al presente: – “Ya ves, ahora no tengo zapatos, pero si no hubiera sido por la mala fortuna seguramente me estarías viendo sentado en un elefante adornado con cadenas de oro, yendo a cazar al tigre que mató al vecino…” (más…)

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Intenté escribir una carta

 

Intenté escribir una carta

Es el amor, lectores y hermanos míos, lo más trágico que en el mundo y en la vida hay; es el amor hijo del engaño y padre del desengaño; es el amor el consuelo en el desconsuelo, es la única medicina contra la muerte, siendo como es de ella hermana.”

Unamuno. “Del sentimiento trágico de la vida” VII (inicio)

Pues se me ocurrió escribir a XX, o YY, o ZZ, porque podría haber escrito a cualquiera de ellos, por la polinomía de mi amigo, que como el ilustre danés, según lo que sale de sus caletres así firma, pero siempre es el mismo, como todos somos el mismo siempre, aunque aparezcamos distintos según la luz de la linterna que nos alumbra. O sea, que los recuerdos deben ser casi los mismos… eso quería decirle, no porque él tuviera necesidad de consuelo sino porque me consolaba a mí, y me servía para reafirmar mi carácter… o eso creía yo en el momento en que pensé escribirle, que fue en ese momento lúcido que hay entre el sueño y la vigilia, cuando, casi despierto, sueñas con un escrito perfecto, que va a ser eficaz para el fin que acabas de soñar, sea el que sea, conseguir un aumento de ingresos o un beso de la mujer amada; lo de los ingresos no necesita explicación, lo de la mujer si, porque no está tan claro que amar a una mujer sea que ella te ame. (más…)

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Gemelas

  

Gemelas

Después de 15 años trabajando en China volví a mi Burgos natal.

La verdad es que todo me sonaba extraño, ese clima tan frío, las narices, tan grandes, de los otros, la brutalidad del trato occidental, el anonimato, la falta de notoriedad… allí yo vivía en un pueblo cerca de Guang-zu, en pleno clima tropical; era el único occidental, y lógicamente todos me conocían. En Burgos estaba solo. Y la soledad es buena compañera para contar historias al aire o a la propia sombra.

Cuento todo esto como una justificación banal de la distracción que me ocupaba aquella tarde de invierno: Era sábado y había comido en el Copacabana. Tenía el estómago caliente y la tarde, aunque fría era soleada e invitaba a pasear. Callejeé en dirección al río y lo crucé por el puente pequeño; en la alameda giré a la izquierda y tomé el camino de la Cartuja. Una neblina ligera vestía las copas desnudas de los árboles.

No había casi nadie, un hombre, con ropa marrón de distintos tonos y poco abrigado, marchaba en dirección contraria con paso rápido, pensé: -“Es un monje”. Y me lo creí.

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Dos mil vidas

Dos mil vidas y una más

Tengo 44 años. Soy Gestor administrativo en una capital de provincia cercana a Madrid. Estoy felizmente casado y tengo dos hijos de 10 y 12 años. Cada dos o tres meses surge alguna gestión que requiere ir a Madrid, o se me acumulan diez o doce asuntos que se resolverían allí, de una tacada en un viaje de ida y vuelta al la capital, y me voy.

Tengo que confesar un secreto. No se por qué siento la necesidad de hacerlo aquí. Tal vez por la catarsis freudiana que es el escribir las verdades más íntimas haciéndoselas vivir a personajes de ficción. No se lo he dicho nunca a nadie antes de ahora, tal vez por vergüenza, quizás por miedo a hacer el ridículo con ideas infantiles. La verdad es que creo que en alguna parte del mundo existe una mujer que es mi mujer ideal. No se como se llama o que idioma habla, pero desde que tengo uso de amor sé como es su cara. La he soñado cada noche, bueno, casi cada noche. He espiado las caras de la multitud buscándola cada vez que he acudido a cualquier acto público y he acabado por resignarme a no encontrarla. Pero todavía miro a las mujeres que se cruzan conmigo por la calle, especialmente en sitios no habituales, por ejemplo Madrid, ya con la resignación del que da todo por perdido. Y vivo mi vida rutinaria en esa ciudad que no quiere hacerse grande y en la que ya estoy seguro de que no vive porque allí nos conocemos todos. (más…)

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Otra tormenta

Fue como si alguien, un lector, de hubiera metido en mi sueño. Así que me tuve que defender y anoche pensé este cuento.

Ahora me doy cuenta de que este podría ser el principio de una novela de ciencia ficción de estilo de “Matrix” o Blade runner. Un “lector” podría ser un aparato de esos minúsculos que se introducen en tu cerebro y te exprimen toda la información y se la transmiten a un ordenador central… y un ordenador puede ser una computadora o una persona que ordena, y, por supuesto, domina y quiere dominar más y por eso implanta “lectores” a las personas inteligentes o supuestamente inteligentes, y a los que no cumplen con los mínimos los mata…
Pero el mío no era un “lector” sino un lector que de lo único que se quejaba era de lo largos que eran mis cuentos… y encima quería ser amable. La única ventaja de mi lector es que para exprimirme el cerebro tendría que leerse mis obras completas, y como son muy largas no le daría tiempo. (más…)

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