Categoría: Cuentos de Tupa

Chwan-Shi-Lú

Otro cuento largo. Espero que si alguien lo lee no sea con prisa, que quiera ver detrás de la anécdota todos los pensamientos que el guerrero pudo tener, y las consecuancias de su karma. Mejor impreso.
No se si parecerá aceptable: espero la benevolencia del respetable.

Chwan-Shi-Lú

I.-

La sensación era maravillosa. La excitación duraba meses y nos hacía vivir como en una borrachera permanente. Nuestros maestros nos habían hecho fuertes y hábiles; tan fuertes y tan hábiles en la lucha que no necesitábamos combatir para despreciar al enemigo. En la calle éramos arrogantes, lucíamos brillantes en nuestros complicados uniformes de seda, con nuestros cráneos rapados hasta la mitad y las largas coletas indicando nuestra categoría noble. Al andar dejábamos arrastrar nuestras larguísimas espadas haciendo un ruido que espantaba, suponíamos, a los malvados, a los ladrones, a todos los enemigos del Emperador.

Éramos cien. Los cien escogidos y adiestrados como los mejores guerreros destinados a demostrar donde hiciera falta que el Emperador era todopoderoso, que no reconocía enemigos dignos de su fuerza. Era feliz, me sentía orgulloso de mí y de mis compañeros. Me sentía invencible.

Solamente al caer la tarde de los últimos días del verano cambiaba mis sentimientos por otros, también embriagadores pero mucho más dulces. Era cuando veía de lejos o cuando conseguía acercarme a la bellísima Chwan-Shi-Lú, y más aún si lograba atraer su mirada, no pavoneándome como en las tabernas ante las mujeres públicas, sino asumiendo el papel de un humilde servidor de su belleza. En estos momentos me sentía débil, entregado y sabía que ni mis armas eran útiles para evitar mi derrota ni mi uniforme podía hacer mi apariencia comparable con la de quién había tomado en mi pensamiento el nombre de Princesa, de Reina, de Emperatriz de la dulzura. (más…)

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Ghost of the past

Como en las novelas antiguas, en las que al principio de cada capítulo se explicaba lo que ócurría… «En el que se aclara casi todo y se cuenta algo de lo que sucedió varios años más tarde». La verdad es que quería dejar pasar más tiempo antes de publicarlo, para que corriera su suerte como ente independiente.

Ghost of the past
Ahora vuelvo a puerto. Ha anochecido y el mar está en calma, hará una agradable noche de otoño. He puesto el barco a 15 nudos para dejar atrás a los tiburones y el monótono ronroneo de los dos motores y los rítmicos choques de los pantoques, al romper las olas, me relajan. Hoy no he pescado ningún marlín y he perdido una buena caña, pero he arreglado otros problemas. Me siento relajado. Pienso y mis recuerdos, viejos y nuevos se mezclan.En mi vida, lo normal es que pasen los días sin que ningún pensamiento extraño altere la rutina del trabajo ni la del trato familiar. No sé si eso es vivir, pero sí sé que es fácil acostumbrarse a esa calma un poco boba y me molesta que algún suceso me saque de ella. Vivo en una población pequeña. Veo a las mismas personas en los mismos sitios a las mismas horas y encuentro agradable saber a quien voy a saludar en el próximo minuto.

Casi siempre soy el sujeto paciente o estático de la rutina, pero, de vez en cuando, tengo una idea, un deseo, una ocurrencia, algo capaz de hacer decir a quien me oye: “¡Qué ocurrencia!”, usando ese sustantivo que califica tan bien a los pensamientos exóticos, a las travesuras, a lo fuera de lo normal.

Es un placer sencillo, pero profundo, hallar en quien te acompaña una respuesta positiva: Encontrar la complicidad para salir corriendo a las 7 de la tarde de un jueves a ver si se consiguen entradas para una función, que empieza a las 9, en un teatro que está en la ciudad, a cincuenta millas, en un lugar de tráfico endiablado y aparcamiento difícil, olvidando, a conciencia, que volveremos tarde y el viernes habrá que llevar a rastras el cuerpo todo el día. Es maravilloso encontrar a alguien que nos siga en lo venialmente irrazonable, porque, en lo profundo de lo ilusorio, creemos que nos seguiría en lo irrazonable de verdad, en lo mortalmente irrazonable, sólo porque quien te oye te ama. Y ese “mortalmente” significa que queremos morir, el uno por el otro. Es una expresión de la pasión, esa que arde como una mecha lenta. Esa que produce el eco a las propuestas locas. Ese fuego interno que dura años. O que quisiéramos que durara. O que aparece y desaparece. Al que se cuida como hace el que sopla la mecha de yesca para que se avive.

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Alguna vez yo también he escrito cuentos raros

Creo que «La cueva» es rarillo. Hay veces que el estado de ánimo de uno no está para otra cosa. Parte de la gracia es la poesía «Si has servido…» que ya está en el blog, pero no inmporta: Si tienes ganas de leer un cuento raro y ya has leido «Vampiros» puedes leer este…

«L A C U E V A» (Cuento hermético)
Acababa de llegar.
– Habrá sido muy duro sobrevivir ahí fuera…
Las palabras resonaron en la cueva de un modo opaco, como si hubieran sido pronunciadas en otro lugar y otro tiempo.
Por supuesto no contesté.
El hombre miraba hacia afuera como si esperara la llegada de alguien tras de mí, o, tal vez, como si disfrutara del tardío amanecer, retrasado más aún por la niebla. De hecho no miraba nada, porque la vista se perdía en un manto espeso y blanco antes de alcanzar los primeros árboles.
La mañana era templada y el ambiente de aquella bóveda irregular resultaba cálido y acogedor; tenía un cierto aire de hogar.
Las gotas que escurrían de los árboles hacían un ruido de lluvia perezosa.
Estaba cansado. Me recosté contra la pared de roca gris y mi pensamiento se fue muy lejos de allí. Veía al hombre a través de una capa de niebla más compacta que la real que envolvía al bosque. Meditaba: Estaba adquiriendo una conciencia profunda de la posibilidad: Hay deseos y posibilidades. Cuando una cosa no es posible no sirve de nada el desearla…
El hombre extrajo trabajosamente de las profundidades de su ropa, bajo el gastado chaquetón de piel, dos cigarrillos en bastante mal estado. Los acarició como a su más preciada pertenencia, los olió y volvió a guardarlos.
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Cómo los Bunyoro llegaron a tener un rey

La historia de Ishua me ha llevado a África, y he recordado la historia que me contó un viejo Bunyoro en mis tiempos de juventud, cuando exploraba el África profunda en compañía de Conrad, de la que tomé buena nota en taquigrafía. Es un cuento sobre lo exótico. A quien no le apetezca leer sobre eso, que no lo lea.

Cómo los Bunyoro llegaron a tener un rey

Los Bunyoro son un pueblo real de Uganda, en el sur este de África, y su rey se llama realmente Mukama. Esto es lo único de verdad que hay en las páginas siguientes. Esto y las verdades que el hombre sin nombre va contando. Pido excusas a los Bunyoro si su historia no se parece en nada a ésta.

A ti te contaré la verdad. Te la contaré para que cuando regreses a tu país se la cuentes a tus ancianos y así ellos sean más sabios y dirijan a tu gente de manera que no les ocurra lo mismo. Yo sé la verdad porque me la contó mi padre a quien se la había contado su padre y así hasta mil o dos mil padres de padres. Si tú no crees que sea una historia tan antigua ¿cómo puedes pensar que yo pueda creerte cuando dices que en tu pueblo viven más personas que en mil pueblos como éste? Pero no es este el caso. Te lo cuento a ti porque tengo una preocupación: no sé si se lo he dicho suficientemente a los ancianos que quedan, o si me han escuchado alguna vez los jóvenes del poblado y así alguno podrá ser el mensajero que guarde la verdad. Porque creo que todos los pocos ancianos que quedan, menos yo, están vendidos al Mukama, por un poco de comida un poco de cerveza y un poco de joo-k-anna… pero mira, ahora que lo menciono, dame aquella bolsa que está allí, colgada de aquella estaca… tu eres joven y te mueves con menos trabajo que yo que sólo espero el momento de reunirme con mis antepasados. Pero te decía que los viejos están vendidos y los jóvenes sueñan con otro mundo que a lo mejor se parece al tuyo pero que yo creo que es peor… Ves, nunca cojas mucha joo-k-anna. Como con todas las cosas, coger demasiado no solo da mala suerte, también sienta mal… lo he visto varias veces, muchas veces, siempre que ocurre una desgracia el culpable de atraerla era uno que cogía mucho. Siempre lo dijo el chamán. (más…)

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La tormenta

¿Cuando se es más sensible, romántico y generoso que a los 15 años?

La tormenta

A mi mujer le gusta andar y a mi no me importa madrugar. Por eso cada mañana salíamos de Es Grao, andando, con el sol apenas apuntando por el horizonte y tomábamos rumbo Este en busca de nuestra calita cercana a Punta Sa Cudia. El camino no era fácil, pero cuando lo sabías te resultaba agradable por la sensación de alejamiento de la civilización que te producía recorrerlo. La cala era como un jardín privado. La playa solamente un trozo de arena de menos de 20 metros y enseguida rocas a ambos lados. Mas o menos en el centro desembocaba una torrentera, que se supone siempre seca, aunque tal vez haya un arroyo subterráneo, el caso es que una cuña de vegetación verde se clavaba hacia el interior, nada espectacular, quizás 30 o 40 metros, pero lo suficiente como para dar una especial sensación de frescor… es decir para imaginar que el calor era menos asfixiante. Un pinar que crecía en un cerro bastante escarpado cerraba la cala por la parte de tierra. (más…)

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Murmuraciones en Little Town

Murmuraciones en Little Town

Mi abuela se quedó embarazada al mismo tiempo que mi madre, de manera que mi tío Edgar y yo teníamos la misma edad, crecimos juntos y nadie hubiera dicho que no éramos hermanos gemelos, excepto, claro, todos los habitantes de Little Town, que nos conocían desde siempre, como a mi madre y a mi abuela y a mi abuelo y a todos: Ventajas y desventajas de las poblaciones pequeñas.Así que fuimos durante toda la niñez como un espectáculo: como íbamos siempre juntos cualquier vecino que nos miraba ponía cara de asombro. Después de pensarlo mucho creí que debía ser por la fertilidad de mi abuela o la potencia de mi abuelo, aunque cuando nació Edgar no eran tan mayores; claro que lo de mi madre era más normal, o así se lo parecía a ellos, a pesar de que creo que nadie conoció a mi padre, que se fue a la guerra antes de nacer yo y del que nunca nadie decía nada: ¡Hacía tanto tiempo! (más…)

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El campo

El campo

Así era “el campo” para mí: De lunes a sábado diurna soledad deliciosa. No había niños de ninguna edad. Sólo yo y, raras veces, alguien pasajero. Por las mañanas vagaba por el pinar. Llevaba siempre la carabina Flobert, siempre que la tenía, claro, y disparaba desde el costado a los árboles delgados como si fueran mis peores enemigos, pistoleros famosos en el oeste de la provincia de Huelva. Montaba en burro, hacía pequeños hornos de carbón y administraba justicia repartiendo la fruta de mi terreno a mi capricho con gran enfado de la familia lejana, que solía cosecharla a su antojo: Era de mi finca, era mía.A mediodía calor; no recuerdo las comidas. Después la siesta forzosa con lectura apretada, a veces de textos prohibidos, y merodeo cerca de la casa. Visita sigilosa a los frutales ajenos y postre de la merienda. (más…)

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Eso era un «eagle»

El anunciado cuento de niñez. Un eagle es un resultado de golf por el que se hace un hoyo en dos golpes menos que el par fijado por el campo. No hace falta saber esto para entender el cuento, que, en si no es más que un pretexto para recordar tiempos felices y sus dificultades, pequeñas para mí, para otros muy grandes. Sin pretensiones. Que os guste.

Eso era un “eagle”

Me gustan las historias en las que no pasa nada; como las vidas que transcurren en silencio: suelen ser felices. Sorprendentemente, esos relatos describen, en un falso sin-querer, montañas de detalles que dan una pista sobre lo más profundo del momento, de la situación o de los personajes. La anécdota podría ocurrir en Algeciras hacia 1950. La política inglesa de las cañoneras del siglo pasado había evolucionado a lo que fue la Segunda Guerra  Mundial y la influencia de los aliados, y especialmente de Inglaterra, se hacía sentir con la presencia del más impresionante buque de guerra, anclado en el sur de la “Península”, como Lord Wellington llamaba a Gibraltar, influencia que se reflejaba más aún en el llamado “Campo de Gibraltar”, que tenía un extraño tratamiento fiscal, algo así como si fuera una zona franca tolerada entre Tarifa hacia Cádiz y Sabinillas hacia Málaga. En ese radio de unos treinta kilómetros la influencia militar no era la más importante, el estilo de vida de los habitantes estaba marcada por esa presencia que, al fin, no había hecho más que prolongar y aumentar la que sembraron los ingenieros que construyeron el ferrocarril Bobadilla – Algeciras, que habían dejado dos maravillosas residencias en Ronda y en la propia Algeciras, los hoy hoteles Reina Victoria y Reina Cristina. Y el Hotel Cristina estaba regentado por Mr. Lieb, un “Gentleman” inglés, y tenía un campo de golf. Conociendo el clima, dudo que aquello se pareciera al arquetipo de un campo de golf que nos ha grabado en la memoria la actualidad. Supongo que debería haber hierba de noviembre a mayo, que además no se segaría, como mucho se rozaría a mano, y en cuanto a la extensión, en su momento de plenitud, no tendría más de cuatro o cinco hoyos. Pero el golf era el mismo, un juego al que podría hacer referencia “La Venganza de Don Mendo” cuando dice aquello de: “Un juego vil y traidor, etc.” (más…)

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e-mail

Si P.H. puede escribir una postal yo puedo escribir un e-mail. No es un «cuento de niños» que era lo previsto, sino un descanso… además, como es corto, a lo mejor lo lee alguien…

Internet
www.secreta@xmail.com
Recibí el mail con tu foto.
Estás muy bien y, por la postura, no se te nota casi nada que te falta el brazo derecho.

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Calcetines

Otro cuento contado por lo que queda de niño en el protagonista. No se si lo he conseguido pero he querido retratar la inocencia de la mirada, la incapacidad de percibir el drama de la vida, de la niñez. Si queréis saber como me divertía de pequeño, incapaz de percibir los dramas que me rodeaban, podéis leer “Calcetines”.

Calcetines
A lo mejor uno se figura que la vida siempre ha sido igual, pero el siglo pasado era muy distinto. Por ejemplo los calcetines se zurcían. Ahora zurcir es una habilidad de operarios muy raros y apreciados que únicamente se dedican a recomponer prendas de un cierto valor dañadas por un desgarro o una quemadura, pero antes, todas las amas de casa que se preciaran sabían zurcir y todas tenían un huevo de madera que se metía dentro del calcetín para facilitar la recomposición de un roto, normalmente llamado “tomate”. Este sencillo instrumento, desaparecido de la vida diaria tenía, y mantiene, un cierto encanto, aunque claro, ha perdido su utilidad. (más…)

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