Categoría: Cuentos de P. hablador

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MARCO SIMONCELLI SE ENTERA DE SU MUERTE

“¿Quién habla de victorias?. Sobreponerse es todo”. O eso, al menos, pensaba Rilke -cuando pensaba en verso- que era lo importante, no caerse, sobrevivir, resistir la tentación del suicidio y otro tipo de caídas. También pensaba otras cosas sobre la muerte, quien tanto escribió de la muerte, pensaba en lo esencial que es vivir la propia muerte, no esa otra muerte ajena e impersonal.  Hay que vivir la propia muerte, diría Rilke. La mayoría, no viven su propia muerte, nada más que la mueren, diría Rilke. Esto viene a propósito de la caída mortal de  Simoncelli el pasado domingo. Simoncelli no quiso caerse, nunca quiso caerse y así es como pudo vivir su propia muerte. Aunque a  veces sea mejor caerse, y así uno aprende a levantarse. Hay algo en la hybris de ciertos héroes modernos que lo emparentan con las artimañas diabólicas. Si el héroe no quiere verse arrastrado a su perdición, ha de respetar ciertos límites. El héroe moderno del deporte apela en muchos sentidos a la épica. El hombre se sabe humano al tomar conciencia de su acatamiento a leyes, al tener que conformar su vida a una vida gris y aplastada bajo el peso de estas leyes. Pero bajo este aplastamiento uno siente que así la vida no es suya: es simplemente la vida que hay que vivir. Los héroes, sin embargo, tratan de transgredir estas leyes y logran sus victorias porque se mueven en esos márgenes peligrosos en que las leyes físicas parecen suspendidas. Quizás lo mismo ocurra con los héroes morales en los que la humanidad se inspira: lo que asombra en ellos es esa destreza que tienen para elevarse sobre lo  humano -sobre lo demasiado humano, que diría el filósofo apóstata-, para aventurarse por los territorios en los que rige otra moral no convencional –ya sea santa o demoníaca-, otro régimen de vida más saludable y rico. Pero en este aventurarse está el peligro. Ser héroe es vivir peligrosamente, pedalear como un Ícaro loco sobre la cuerda floja. Otro poeta dictaminó que allí donde está el peligro está también la salvación. Nada nos dijo de la perdición, porque no es tarea de los poetas hablarnos de las cosas que nos son evidentes. El caso de Simoncelli puede resultar ejemplar, en el sentido de quien se cayó mortalmente el pasado domingo no era un piloto cualquiera, sino el piloto que por su conducta temeraria sobre la moto se podía estar conduciendo hacia el tipo de muerte en la que acabó cayendo. También esa misma conducta temeraria le llevó al triunfo y a ser admirado –y también vilipendiado- y a ganar un campeonato del mundo.

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ESTO NO ES UN CUENTO (Escrito en Moleskine)

Tengo que pedir disculpas, pero la mujer con sombrero como un cuadro del viejo Chagall me pide seriamente que renuncie al cuento del sombrero si quiero que me siga susurrando sus dulces palabras al oído. Así que renuncio. Perdí el sombrero y perdí el cuento. A cambio he ganado una mujer con sombrero. Si el administrador se lo encuentra en alguno de sus agujeros, le pido que lo triture. Será que no le llegó su hora. Será que no estaba maduro. A cambio dejo este otro cuento, que no es cuento, porque no es un cuento de verdad. Le faltan unas cuantas manos, pero acaso no tengo yo tantas manos para tanto cuento. Así que suelto lastre. Esto no es un cuento, pero todo lo que cuento, lo cuento de verdad. Y con toda la mala leche de la que soy capaz.

 Moleskine es el legendario cuaderno de notas/agenda de los artistas e intelectuales europeos de los últimos dos siglos: de Van Gogh a Henri Matisse, de las vanguardias históricas a Ernest Hemingway. Una tradición recuperada por el escritor viajero Bruce Chatwin que los adquiría en una vieja papeleria parisina, para llevarlos siempre consigo en la mochila o intercambiar con sus amigos escritores como Luís Sepúlveda.Lo dice MOLESKINE (El mejor cuaderno del mundo) (más…)

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VIVIR SIN EL PROPIO SOMBRERO (Cuento largo)

  Se tiene la idea de que correr tras el propio sombrero es humillante, y cuando la gente dice que es humillante lo que quiere decir es que resulta cómico. Y no hay duda de que así es; pero el hombre es una criatura muy cómica, y la mayor parte de las cosas que hace son cómicas, como comer, por ejemplo. Y las cosas más cómicas son precisamente las que más vale la pena hacer, como hacer el amor. Un hombre que corre tras su sombrero no es ni la mitad de ridículo que uno que corre tras su mujer. (G.K. Chesterton)  El día en que salí de casa aquella mañana, hacía un viento de mil pares de narices. No me gustaba un pelo ese viento. Sabia yo que me iba traer más de alguna desgracia, que las cosas, por asi decirlo, iban a trabajar en mi contra, que no iba a soplar ese viento a mi favor, precisamente. Era un viento de esos montaraces que se cuelan por las rendijas y que de un solo golpe de ráfaga es capaz de arrancar del escritorio los papeles más valiosos. Un viento con una bocaza enorme que parecía devorarlo todo y  que me susurraba palabras obscenas al oído. Un viento muy insolente que había estado toda la noche azotando puertas y ventanas, y que había dejado un rastro de antenas desbaratadas, arboles caídos y tejados por los suelos. (más…)

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LA SONRISA

Había perdido el conocimiento y me recogieron de la acera de una calle en donde estaba tirado; y luego me llevaron al hospital, en una ambulancia, supongo, porque eso no lo he preguntado. Ellos si, las enfermeras, los celadores, el médico que me ha cosido la frente me han preguntado cómo me había hecho aquella herida. Pero yo no me atrevo a contarles la verdad. Me da vergüenza. Digo que no me acuerdo. Pero creo que llegaré a contarlo, que voy a contar como sucedió todo. (más…)

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DOLOR DE MUELAS

Siempre ocurría lo mismo desde hacía dos semanas: justo antes de que la pegara, él hacía reventar un objeto contra el suelo, o lo dejaba caer, o igual alguien tropezaba y se caía solo, no lo sé bien. El llegaba a casa muy tarde –de día apenas se le sentía-, y cuanto más tarde lo hacía, más borracho llegaba, y entonces él aporreaba el timbre y luego tropezaba y algo caía contra el suelo. Digo “él” porque entonces no tenía ni idea de quién era ni cómo se llamaba. Sí sabía que era español, porque su voz no tenía acento, a diferencia de ella, que sí era extranjera, eso sí estaba claro, tal vez de Inglaterra, pensaba yo, aunque los idiomas nunca han sido mi fuerte. La recuerdo todavía como si la estuviese viendo ahora, pasando por delante de mi ventana con aquella expresión doliente, para luego atravesar  el patio de la corrala hasta llegar al  apartamento de al lado. Pelo rubio largo y algo desmadejado, ojos saltones en una cara huesuda y excesivamente delgada; más bien menuda y siempre de negro, lo que le  hacía todavía más enclenque. Sin embargo, yo no sé por qué, justo antes de que la pegara y se oyera el ruido a cacharro roto, yo comenzaba a ponerle otra cara distinta: la cara de una mujer con la que había vivido hasta hacía poco, quizás porque era la cara que tenía más a mano. A él no, a él no le había visto nunca  y su voz me llegaba a través de la pared demasiado amortiguada como para que me dijera algo personal y pudiera alcanzar a ponerle cara. A veces, cuando  pienso en aquello que pasó, me da por creer que yo le ponía mi propia cara. Que yo era el que pegaba a la mujer aquella. Me gustaba escuchar detrás de la pared cada vez que saltaba la bronca, un poco por aburrimiento, porque había tenido que vender los libros que tenía y  la televisión y casi no me visitaba gente. Más bien nadie. Mi novia y mis amigos me habían dado la espalda, nadie quería dejarme el dinero que me hacía falta y yo iba deshaciéndome de todos los objetos de valor que había en casa. Así que yo estaba viviendo en una casa vacía de la que habían desaparecido hasta  los cuadros que colgaban de las paredes y no paraba de hacer cosas extrañas,  cosas que acababan dándome algún placer, o bien acababa revolcándome por el suelo, porque a veces no todo termina dándonos placer. Ahora esto que digo me suena raro, pero cuando ocurrió lo que quiero contar era así como me sentía y era así como pensaba,  y no me es posible contar lo que pasó si no me pongo a hablar de eso otro que me estaba pasando. (más…)

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Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

  Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

 esta muerte que nos acompaña

 desde el alba a la noche, insomne, sorda,

como un viejo remordimiento

o un absurdo defecto. Tus ojos

 serán una palabra inútil,

 un grito callado, un silencio.

Así los ves cada mañana

 cuando sola te inclinas

 ante el espejo. Oh, amada esperanza,

 aquel día sabremos, también,

que eres la vida y eres la nada.

 Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como dejar un vicio,

 como ver en el espejo

asomar un rostro muerto,

como escuchar un labio ya cerrado.

 Mudos, descenderemos al abismo. 

Entre los papeles que encontraron después de la muerte de Cesare Pavese, estaba este hermoso poema. Un poema de amor, un poema de muerte, un poema de un suicida. El otro día, durante una cena, alguien se refirió a ciertos gestos trágicos; otra persona sugirió el nombre de Pavese. Yo recordé que una vez ojeé el díario de Pavese y que con aquella lectura  me ocurrió hacer un ejercicio de exorcismo. Estaba cansado de ser yo y quise dejar que escribiese alguien por mi. Estaba cansado de mi voz y preferí que otras voces me tomasen. Dejé hablar a Pavese. 

La narración que dejo aquí es una narración fallida, pero me gusta creer que la escribió Pavese. Pretende ser la narración de su última jornada. Es un zurcido de distintos entradas que aparecen a lo largo de su diario “el oficio de vivir”. Utilice textos escritos en su diario a lo largo de 20 años. En la primera mitad de la narración decidí no utilizar más palabras que las que aparecían en el texto. Para eso tuve que confeccionar un listado de gran parte de las palabras que aparecían en ese diario. Muchos pasajes son transposiciones literales. Yo sólo realicé la tarea de montaje. Cuando ya iba por la mitad de la narración me dí cuenta que realizar dicha operación sobre un texto traducido del italiano al español no tenía mucho sentido, así que comencé a permitirme alguna pequeña licencia; no demasiadas. El texto resulta así un collage compuesto por un material escrito en más de un  95 % por el mismo Pavese. En parte por impericia y en parte por las dificultades del experimento, el texto se hace pesado y algo incomprensible. En compensación, se puede decir que aquí esta Pavese en estado puro. Y creo que el tramo final, que es un compuesto de retazos diversos, me salió razonablemente bien. (En todo caso, esto va por Pavese. Sus opiniones –sobre todo las misóginas- no son las mías. Si alguien cree que esto es triste, es porque Pavese lo era. Absténganse, pues, los lectores a los que no les gustan las cosas tristes)  

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LA CARTERA ROBADA

La cartera la encontramos dentro del cajón de un armario desvencijado que tenemos en el trastero. Habíamos decidido emplear aquella mañana de domingo en hacer una limpieza a fondo de la casa, limpiar las ventanas, poner en orden las estanterías y todo tipo de cacharros que empezaban a hacer intransitable el trastero: una habitación sombría ubicada en el sótano del edificio y a la que sólo entrábamos para coger alguna banqueta en las fiestas de cumpleaños o bajar la maleta cuando volvíamos de vacaciones. Lucía me había pedido que buscase un mantel  para la mesa de la cocina y  yo metí la mano en uno de los cajones del armario y enseguida noté entre los pliegues del mantel una cosa fría y húmeda que nunca debí haber sacado a la luz. Le pregunté casi a gritos que qué era aquello y ella me contestó con la misma pregunta, sin entender. Nada más abrirla saltó a la vista que aquella cartera pertenecía a una persona que no conocíamos. Como el trastero era un cuarto demasiado angosto y lúgubre para inspeccionar aquella enormidad de color negro, decidimos dejar la limpieza y subir al apartamento para hacer la inspección con más claridad, a la luz de una ventana. Se trataba de una cartera de mujer, atada mediante una hebilla, con monedero central y varios compartimentos para tarjetas y carnés. De uno de estos bolsillos Lucía desprendió un carné de identidad y un abono de transporte. La dueña era natural de Madrid, vivía en Móstoles y tenía veintiocho años. Lucía leyó su nombre y apellidos en alto y era como si los hubiera leído sobre una lápida y se hubiera hecho un silencio sepulcral. Por el carné de identidad pudimos enterarnos de su dirección, pero no logramos encontrar ningún número de teléfono en el que pudiéramos dejar aviso, a no ser el número telefónico de un pub impreso en el dorso de una tarjeta publicitaria. Dos fotografías en blanco y negro, la del carné y otra más de color sepia, en la que posaba junto a una amiga, semidesnuda y en una pose más bien indecorosa, nos dejaron la impresión de que la dueña llevaba una vida más alegre que la nuestra. Por supuesto, en la cartera no había ni rastro de dinero. Tan sólo descubrimos, dentro un sobrecito de papel cebolla, y oculto en un compartimiento, una moneda de plata de 2000 pts que había sido emitida  exclusivamente para coleccionistas y que todavía debe andar rodando por algún cajón de la casa. Creo que debimos estar registrando la cartera y examinando su contenido, al menos, durante media hora, pero el tiempo se nos hizo mucho más lento y pesado,  como si se hubiera venido arrastrando por el suelo. (más…)

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LA ARRUGA

18 de octubre. Esta mañana al afeitarme he detectado una arruga en el entrecejo. Y no me lo podía creer. Mi piel tan tersa aparecía surcada por una arruga. Al principio creí que era una espinilla; pero no, encendí el foco del espejo y allí estaba: larvada pero abriéndose paso. Me he pasado toda la jornada espiando a mis compañeros de trabajo mientras buscaba en su rostro alguna arruga sospechosa. Los he visto más viejos a todos. Es horrible. Horrible. (más…)

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SOBRE EL SER Y LA NADA (LA GRABADORA)

Las grabadoras sólo comenzarán a hablar el día en que se callen los amanuenses.(M.J)
Quede este engendro sacado a la luz precipitadamente como mal homenaje a apeiron y a los que se ocupan de la filosofía y a los que lo hacen posible. Y a todos, a todos…., porque todos somos ninguno. Y en todo caso, disculpas por la parida.

Esta mañana me he despertado sudando de una horrible pesadilla. Seguramente, porque dejé de tomar mis notas en una conferencia. O tal vez porque una amiga me dejó anoche una grabadora para que fuera la misma grabadora quien tomase nota. Una grabadora que me había dejado mi amiga porque no podía asistir y supongo que no le importaba nada asistir, pero yo tenía que tomar nota de la conferencia como he venido tomando nota en los últimos años sobre conferencias de todas las raleas. Sobre el ser y la nada creo que versaba la conferencia y tenía fama de ser el conferenciante un especialista que lo sabia todo sobre el tema que iba a tratar. Y mi amiga me había señalado qué botón de la grabadora tenía que apretar para encenderlo y cuál para apagarlo y de qué manera lo tenía que apretar y que botón nunca debía tocar de ninguna de las maneras. Y de esa manera debidamente aleccionado fue como llegué al salón de actos de aquella facultad desangelada, me senté en una butaca lo más cerca posible del estrado y apreté el botón de la grabadora que mi amiga me había indicado para que empezase a grabar la conferencia. Y entonces fue cuando me quedé mudo. (más…)

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FOTOGENIA

Ahora voy contando a todo el que quiera oírme que salgo siempre a pasear acompañado de una cámara de video y es una cosa que no deja de extrañar a la gente que me conoce, les parece de lo más anómalo ver a una persona como yo paseando con una cámara de video por la calle, yo que nunca he tenido cámaras de ningún tipo, y no es que tenga nada contra las fotos, más bien pienso que la gente puede matar su tiempo como le de la gana, incluso puede reírse, si quiere, mientras pasa revista a las fotos de toda su familia, pero yo siempre he preferido mantenerme al margen de las fotos, y esto es algo que decidí ya de muy pequeño, desde el mismo día en que el director de nuestro colegio mandó traer a traición un fotógrafo para que nos sacase una foto presentable, algo qué podían mostrar los padres a las visitas de familia, y todavía me acuerdo perfectamente de su cara como si la viera hoy: un fotógrafo calvo con el bigote hirsuto y la cara más triste que había visto hasta entonces, y que además se le iba poniendo cada vez más triste a medida que iba alzando el tono de su voz para pedirme que sonriese, como muy bien se habían dignado a hacer todos mis compañeros, uno por uno, todos desfilando marcialmente en hilera por delante de su cámara, y que habían ido despidiendo incluso sonrisas desconocidas para todos nosotros, sonrisas que aguardaba pulcras para ver cómo hacia yo flamear también mi risa. (más…)

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