MARCO SIMONCELLI SE ENTERA DE SU MUERTE

“¿Quién habla de victorias?. Sobreponerse es todo”. O eso, al menos, pensaba Rilke -cuando pensaba en verso- que era lo importante, no caerse, sobrevivir, resistir la tentación del suicidio y otro tipo de caídas. También pensaba otras cosas sobre la muerte, quien tanto escribió de la muerte, pensaba en lo esencial que es vivir la propia muerte, no esa otra muerte ajena e impersonal.  Hay que vivir la propia muerte, diría Rilke. La mayoría, no viven su propia muerte, nada más que la mueren, diría Rilke. Esto viene a propósito de la caída mortal de  Simoncelli el pasado domingo. Simoncelli no quiso caerse, nunca quiso caerse y así es como pudo vivir su propia muerte. Aunque a  veces sea mejor caerse, y así uno aprende a levantarse. Hay algo en la hybris de ciertos héroes modernos que lo emparentan con las artimañas diabólicas. Si el héroe no quiere verse arrastrado a su perdición, ha de respetar ciertos límites. El héroe moderno del deporte apela en muchos sentidos a la épica. El hombre se sabe humano al tomar conciencia de su acatamiento a leyes, al tener que conformar su vida a una vida gris y aplastada bajo el peso de estas leyes. Pero bajo este aplastamiento uno siente que así la vida no es suya: es simplemente la vida que hay que vivir. Los héroes, sin embargo, tratan de transgredir estas leyes y logran sus victorias porque se mueven en esos márgenes peligrosos en que las leyes físicas parecen suspendidas. Quizás lo mismo ocurra con los héroes morales en los que la humanidad se inspira: lo que asombra en ellos es esa destreza que tienen para elevarse sobre lo  humano -sobre lo demasiado humano, que diría el filósofo apóstata-, para aventurarse por los territorios en los que rige otra moral no convencional –ya sea santa o demoníaca-, otro régimen de vida más saludable y rico. Pero en este aventurarse está el peligro. Ser héroe es vivir peligrosamente, pedalear como un Ícaro loco sobre la cuerda floja. Otro poeta dictaminó que allí donde está el peligro está también la salvación. Nada nos dijo de la perdición, porque no es tarea de los poetas hablarnos de las cosas que nos son evidentes. El caso de Simoncelli puede resultar ejemplar, en el sentido de quien se cayó mortalmente el pasado domingo no era un piloto cualquiera, sino el piloto que por su conducta temeraria sobre la moto se podía estar conduciendo hacia el tipo de muerte en la que acabó cayendo. También esa misma conducta temeraria le llevó al triunfo y a ser admirado –y también vilipendiado- y a ganar un campeonato del mundo.

Ahora que tengo que hablar de motos, lo confieso. Una vez, de niño, acudí a una carrera en mi ciudad y no vi más que ruido. Casi no pude ver las motos que pasaban. Lo mismo me ha pasado con las carreras de ciclismo en las que he estado. He notado que en la televisión van a cámara lenta. No tengo mucha simpatía por las motos, prefiero las apacibles y silenciosas bicicletas; cuanto más se aleja la máquina del hombre -cuanto mayor es su progreso-, menos divino me siento. Vilmente humano con el vértigo de la velocidad y el estampido de los ruidos. Una vez intenté montar una derbi diablo cuando era adolescente; mi amigo el de la moto, que era el mismo que me birlaba las novias precisamente por tener moto, me miraba con desconfianza: noté que no temía perder un amigo, ni una novia,  lo que le descubrí en su mirada infiel es que le aterraba perder aquella moto. A mí también me aterró cuando a la primera de cambio y después de montarme en ella y pegarle el primer latigazo al acelerador, noté lo veloz que arrancaba, tanto que la moto se me escapó de entre las piernas y la veía muy por delante de mí, inalcanzable -mi amigo también corría tratando de alcanzarla-, mientras yo creía volar mucho más deprisa en mi caída. No volví a subirme más, mi primera y última vez. Le cogí miedo a algo que ya me era antipático. Algo parecido me pasó  la primera vez que tuve que conducir un coche solo, sin mi sancristóbal de autoescuela: Yo pongo la mano en el volante, pensé aterrado, ¿pero quien va conduciendo ese coche? ¿Y adónde va ese coche sin mi? ¿y dónde voy yo con ese coche? Además, sentía que ese coche no era mi coche, sino el coche de mi enemigo, un caballito de Troya que me dejaba aparcado frente a mi portal para mejor perderme. Y es que las máquinas nunca son nuestras, son muy suyas. (Tan suyas son –y esto no es un chiste- que mientras estaba revisando esta parte escrita, justo ésta, el ordenador sobre el que escribo se me ha apagado misteriosamente como maldiciendo de mí por haber maldicho yo, y ya mi desconfianza es total, y guardar y guardar, porque en el fondo, aunque trato bestialmente a las máquinas, sé que tienen un alma, que es su caprichosa manera de proceder tan suya. Como castigo y para que yo sepa que no están a mi servicio, me ha castigado a reescribir esto que aquí escribo y a trabajar como un esclavo para ellas. Y el peor castigo, que es tener que plagiarme a mí mismo y mal, y con otro tono que ya no es el mío, sino el del resentimiento por trabajar contra mí.)

Algo parecido pienso cuando veo una y otra vez las imágenes de esa catástrofe: ¿Quién conduce la moto de Simoncelli una vez que ha pisado la linea de curva que lo centrifuga? Simoncelli no pierde el equilibrio en esa curva, como he oído, todo lo contrario, Simoncelli lo gana. Si los accidentes merecen el sinónimo de “siniestro”, el accidente de Simoncelli es doblemente “siniestro”. Simoncelli se pierde porque se vence a si mismo sobre la dos ruedas y logra lo imposible, y ahí, en el filo de lo imposible en que se movía Simonceli ya es posible cualquier cosa, cualquier milagro siniestro: es ahí donde se invoca al destino. Simoncellí sale volando de esa curva ya como un espectro, más muerto que vivo. Lo evidente como explicación no sirve aquí, porque la evidencia nunca explica nada. Es el bosque que se nos pone delante para que no seamos capaces más que de nombrar y enumerar todos los árboles que lo componen y nos ciegan. Aquí, para llegar a alguna conclusión razonable, hay que recurrir a lo irracional, a lo sobrenatural  y a lo paranormal, sobre todo cuando alguien cosecha como fruto de los actos de su persona su propia muerte, la muerte de la que se hace digno. Nadie lo quiere decir: pero por qué no decir que esa muerte no asombra a nadie, que ese es el tipo de muerte a la que un tipo como Simoncelli parecía conducirse: es una muerte congruente. Una muerte armónica, equilibrada, aunque con un resultado siniestro. Es una muerte con la que Simoncelli se suelda y se identifica. Es una muerte desgraciada, pero todas lo son. Es una muerte que Simoncelli nunca deseó, una muerte indeseable, pero todas lo son a su manera. Lo que esta muerte tiene de espectacular es que en ella vemos la mano del destino. El destino se muestra sobre todo en la hora de la muerte. En las horas de la vida, por lo ordinario, se nos pasa el destino desapercibido; en parte porque siempre nos creemos dueños de nuestro hálito y de nuestra hora. Creemos elegirlo todo en nuestra vida, hasta nuestra propia abulia. La muerte nos enseña la manera en que se escribe el destino, nos enseña de qué manera lo que nosotros elegimos se suelda con lo que no elegimos, hasta constituirnos en la persona que somos. (Hay varios elementos que hacen de esta muerte algo especialmente siniestro, como un espectáculo puesto en escena por algún Mefistófoles. Los nombro de pasada: Simoncelli sale centrifugado de una de las curvas, derrapa y para evitar salirse de la pista y caerse, lucha a fuerza de manillar contra el suelo y la propia gravedad, y vuelve a entrar en la pista, pero ya volando a ras de suelo: lo vemos por un momento salir y luego entrar a la pista como vomitado, como si hubiera penetrado en un siniestro agujero negro de la curva, y en ese momento que vuelve a entrar Simoncelli a la pista ya no es Simoncelli -afirmo que ya no es Simoncelli, ahí todo lo que pasa por la cabeza de Simoncelli ya no pasa por su cuerpo- sino un juguete del destino, pero lo extraño de todo es que hay un punto ciego que la cámara nunca muestra, como si esa maniobra nos estuviese vedada por alguien que lo ha urdido y nos lo oculta. Otros ingredientes para la tragedia: seguramente su mejor amigo, Valentino Rossi, se convierte en instrumento que le siega la vida, pasandole por encima o desprendiéndole los anclajes de la correa del casco -algo que  según los expertos es casi imposible, «muy extraño», dicen- y el mismo casco rodando sobre la pista como anunciando la muerte de alguien ya decapitado. Disculpas, cualquier narración de un siniestro siempre acaba siendo morbosa)

Pero además de enseñarnos la mano del destino, hay ciertas muertes que nos enseñan la carcajada del diablo. Esta muerte es desgraciada, pero tiene su propia gracia, que es una ironía del destino: a esta ironía del destino también se le puede llamar carcajada diabólica. El diablo sólo puede existir como metáfora, pero resulta una metáfora necesaria y de las más valiosas que la humanidad ha personificado. Una de las metáforas más fértiles, una gran prosopopeya.  Para oír esta carcajada –que es también otra metáfora-, hay que creer en él: El diablo nunca llora, quizás porque como nos quieren decir algunas religiones, el diablo debió gimotear tanto cuando fue expulsado de su antigua sede, que para vengarse decidió no volver a llorar jamás, y a reírse a carcajadas de todas sus acciones y trastadas. Su reino es siempre el de la venganza, y sus acciones obran por rencor. Por eso nos da tanto miedo la carcajada del diablo y nos hace a nosotros llorar. Pero habría que decir que más que asemejarse a Dios, desde que el hombre fuera expulsado del paraíso –otra fértil metáfora en la que es bello creer-, el hombre está hecho más a semejanza del diablo. Comparte su mismo destino y se convierte en nuestro compañero de cuarto de castigo. También al hombre lo diabólico de sus propias acciones le hace  reír; también se sabe gozar en las desgracias ajenas. Para oír la carcajada del diablo, hay que ser su creyente, hay que jugar con él, hacerle un pulso, un pacto de hermanos de sangre. Sabemos deducir qué tipo de alucinaciones auditivas debía tener Fausto cuando estaba solo: escuchaba sus carcajadas. El diablo tiene muchas formas de tortura, pero la peor es la de hacer oír sus carcajadas. El diablo se carcajea del mal, que es lo que conoce a fondo, la extensión de su reino. Mientras que Dios nada sabe del mal, o si sabe, éste no le puede hacer reír. En todo caso, Dios sonríe beatíficamente, y en esa beatitud de su sonrisa va implícita su ignorancia del mal.  O por lo menos, su ciega, su trágica aquiescencia. Lo inalcanzable por el hombre tiene un precio: el hombre sólo se puede llegar a lo divino por intercesión de lo diabólico -o por conductos prometéicos-, eso parecen decirnos los autores paganos, de eso nos hablan Sísifo e Icaro, Fausto y Prometeo. Cuando el diablo se cobra su deuda, cuando reclama su libra de alma despellejada, oímos el tintineo de las monedas en su caja registradora, y ese tintineo es su carcajada diabólica. Es todo metáforas, pero las metáforas nos sirven para expresarnos con mayor significado. Por lo menos con más salpimienta, que es otra especia a la que sería adicta el diablo. Al diablo no le gusta el azúcar.

Me dejo de rollos y voy a la narración del accidente trágico de Simoncelli. Temo quizás estar bordeando el mal gusto, incluso tengo mala conciencia por no hablar de cosas que tengan más enjundia. Pero el mal gusto y la poca enjundia abundan en los “medios”. Cada vez me asemejo más a ellos, por un defecto mimético. Hago entonces mi propia narración y mi propia glosa, porque lo que me da pena del accidente es que está mal narrado. Para narrarlo bien (vaya esto como homenaje a quien tuvo la desgraciada oportunidad de mostrarme su muerte y yo el obsceno gesto de no taparme los ojos con las manos)  debería acudir a un plano sobrenatural, es decir,  a una narración fantástica. Será una mala fantasía, se necesita más tiempo y más talento, pero con lo que yo tengo por ahora me lo imagino así. Me imagino a Simoncelli con ganas de ganar esa carrera, sabiendo que el triunfo puede ser suyo, porque se ha despertado esa mañana con la sensación de un presagio de sueño olvidado, y una vez que ha montado sobre la moto nota que todo va sobre ruedas, no importa que se sitúe  el quinto y que haya partido en desventaja desde la línea de salida. Mientras no se baja la bandera, hay carrera, piensa: para ser primero hay que ir engullendo a los rivales hasta no dejar ninguno por delante, y no quedan más que  cuatro rivales, cuatro escalones hasta subir al podio. Para quedar el cuarto hay que ir a  por el cuarto, a por el primero para quedar primero, manteniendo a los de atrás a raya; para cargarnos al de adelante a nuestra espalda, hay que hacer pases de motos imposibles, pasar  por donde nadie quiere pasar ni en pensamiento; y Simoncelli a veces hace lo imposible, lo que nadie se explica. Le queda entonces un hueco para pasar al compañero que va cuarto, adelantar en una recta lo puede hacer un piloto de esos automáticos, pero él es un artista de la moto, juega con las curvas, las reta, porque  tienen algo de aéreo, de ciego y de invisible, y le gusta palpar lo que nadie ve. Y conoce bien las curvas, lo sabe, hay que conocerse  todos sus recodos, frecuentar los puntos ciegos. Se trata de algo sencillo que es muy complicado: hay que desaparecer en las curvas por un momento, evaporarse entre Escila y Caribdis, ser un transformista y desligar nudos gordianos, colocarse en un punto intermedio entre la tortuga y Aquiles. Hay que desaparecer desde el puesto de atrás y aparecer al otro instante en el puesto delantero. Parece fácil, pero tiene su peligro, porque el artista de la velocidad puede desaparecer para siempre en ese vértigo ilusionista en que recorre trescientos kilómetros por hora.  Una vez más, Simoncelli desaparece, lo hemos visto desaparecer tantas veces que a nadie extraña que haya salido tan rápido de la curva y que ande disparado;  como siempre, parece que rueda a punto de caerse, una caída es la peor derrota, una fractura terrible en la carrera,  así que no quiere caerse, se aferra al manillar, con la cabeza rozando el suelo, empieza a trompear, las ruedas se desplazan y dislocan, parecen discos planeando a ras de suelo, desde un lado de la pista va como un borracho al otro lado, es posible ganar la otra orilla y seguir en la carrera. Mientras la moto entera no toque el suelo, hay carrera todavía, no más que un punto donde apoyarse en el suelo necesita. O si no, volar, antes que caer. Tal vez, morir. Sólo en una cosa ha de pensar mientras hace malabares con la moto: tiene que sortear el suelo y las motos que  le salen por delante, esa curva sin salida de la que está saliendo le parece ahora un avispero de motos que se cruzan enloquecidas, se cruza Edward y se cruza Valentino Rossi, pero no acaba de venirse al suelo porque puede ser primero, o a lo peor acabar el último si se le van atravesando todos, hay que seguir bandeandose en la curva, volver a salirse de la pista si es preciso, ir del quinto al cuarto, del cuarto al primero, del primero a la meta, siempre de atrás para adelante, cada vez más ligero,  victorioso, la curvas resultan peligrosas y no acaba nunca de salirse de esa curva, si se agarra bien y no la suelta, debe pensar, puede salir de ella  y ser primero ¿o es el cuarto? ¿o es el último? O es la curva más ligera de su vida. Solo tiene una serpiente de asfalto por delante que va dando  curvas y curvas y más curvas, zigzaguea, cada vez va más deprisa, más ligero, se marea, empieza a estar confuso, el ruído de las motos resulta más remoto, ya muy atrás y siempre a su espalda, siente que el viento le arrastra por los pelos, da una vuelta más, inalcanzable, y ya le quedan menos, siempre menos y adelante, otra vez las mismas curvas del circuito se repiten en vertigo imparable, una y otra vez  pasa por la curva que no pasa, la misma curva en la que ve dos motos por el suelo, y un hombre inerte en el asfalto ¿o está flotando?, casi levitando, es como un sueño lo que siente al ver a Valentino Rossi de pie al lado de su moto en la cuneta, le hace una seña tocando la cabeza, ahora entiende, hay que parar, ha perdido en esa curva el  casco y ya nadie puede seguir más en la carrera, queda suspendida y qué rabia ahora que iba zafarse y a escaparse, ahora sí, ahora sabe, ahora comprende porque ya no tiene calor en la cabeza ni oye el ruido de las motos, más bien es frío incluso lo que tiene, oye sólo un zumbido que es algo que de fijo se detiene y nota sus pelos al aire, casi de punta, mira el punto que Rossi le señala, un lugar solitario de la pista en la que está tirado el casco en la cuneta, ahora sabe porque sólo siente el movimiento de la moto, pero no se siente en ella, entiende,  alguien agita una bandera, y es roja, ahora sabe que está solo;  a pesar de haberse librado de caerse, sabe que su cuerpo está tumbado sobre el suelo, y flota, y  muchos rodean ese cuerpo que ya no siente suyo.




ESTO NO ES UN CUENTO (Escrito en Moleskine)

Tengo que pedir disculpas, pero la mujer con sombrero como un cuadro del viejo Chagall me pide seriamente que renuncie al cuento del sombrero si quiero que me siga susurrando sus dulces palabras al oído. Así que renuncio. Perdí el sombrero y perdí el cuento. A cambio he ganado una mujer con sombrero. Si el administrador se lo encuentra en alguno de sus agujeros, le pido que lo triture. Será que no le llegó su hora. Será que no estaba maduro. A cambio dejo este otro cuento, que no es cuento, porque no es un cuento de verdad. Le faltan unas cuantas manos, pero acaso no tengo yo tantas manos para tanto cuento. Así que suelto lastre. Esto no es un cuento, pero todo lo que cuento, lo cuento de verdad. Y con toda la mala leche de la que soy capaz.

 Moleskine es el legendario cuaderno de notas/agenda de los artistas e intelectuales europeos de los últimos dos siglos: de Van Gogh a Henri Matisse, de las vanguardias históricas a Ernest Hemingway. Una tradición recuperada por el escritor viajero Bruce Chatwin que los adquiría en una vieja papeleria parisina, para llevarlos siempre consigo en la mochila o intercambiar con sus amigos escritores como Luís Sepúlveda.Lo dice MOLESKINE (El mejor cuaderno del mundo)  

¿Cómo se puede contar un cuento de mentira?, me pregunto. ¿Sería un cuento verdaderamente falso, o sería un cuento de verdad ese cuento que yo quería contar sobre las mentira?. Pero la verdad es que, por más que me pongo a escrutar en mi alrededor, no encuentro ningún cuento sobre ninguna mentira. La verdad es que soy tan mentiroso, tengo la mentira tan pegada a las narices, cada vez más hinchadas, y está tan desarrollada en mí y en casi todo cuanto veo alrededor, que no sabría inventarme un cuento sobre ninguna mentira. Tendría que contar un cuento de verdad, copiar de lo real que veo en mi y en todo cuanto respira a mi alrededor, y con cada calada que doy a todo cuanto digo y a todo cuanto oigo. Para no hablar de las cosas de mentira que veo, toco, huelo, piso, trago, y hasta vomito. Y de las palabras de mentira que oigo, digo y pienso y escribo, con las que escribo cuentos de mentira como este cuento que había pensado escribir un día. Tendría que hacer un vaciado en lo real, palpar este bolígrafo y este cuaderno dónde escribo, y arrastrarlos al corazón del cuento, y allí interrogarlos, y atizarlos, y luego destriparlos para ver si es una pluma  y un cuaderno de verdad o se trata de otro simulacro más de los que nos han estado colando desde el momento en que nos hemos metido en este mundo falso de los pies a la cabeza, tan falso, o más, como nuestros propios pies y nuestras propias cabezas. Sobre todo, nuestras cabezas, nuestras vacías cabezas, a fuerza de llenarlas de lo que han querido. Y tendría entonces que sacar una copia de  eso real que casi no me creo, y de nada me serviría ya tener una copia de algo que es mentira para lograr escribir un cuento de verdad. Así que ahora mismo me siento sin fuerzas para  contar un  cuento de verdad. Un cuento como esos que se les cuenta a los niños para tranquilizarlos y para que se duerman enseguida, porque si no te duermes, niño, vendrá el coco y te comerá la lengua. A mi, para contar los cuentos, me gustaría tener la máquina aquella con la que soñé una noche, cuando era niño, y entré en aquella juguetería y le pedí al juguetero una maquina de contar cuentos, por la sencilla razón, supongo, de que mis padres no me contaban ningún cuento cuando me iba a la cama. En aquel sueño yo me había extraviado, y estaba buscando el camino de regreso a casa. Y le había ido a solicitar aquella máquina precisamente para inventarme un cuento con el que yo pudiera regresar a casa. Creo que a la máquina había que contarle las cosas de verdad, las que te ocurrían todos los días, esas que son tan normales o tan anormales -depende de por dónde se las mire-, que no parecen de verdad; luego la maquina se encargaba de disfrazarlas, con ese ropaje extravagante que adquieren las cosas que salen de los sueños. Por ejemplo, ese niño, que era un poco precoz y perverso, porque llevaba ya mucho tiempo perdido fuera de su casa, le confesaría a la maquina de contar cuentos que la noche anterior se había hecho una paja, y la maquina en cambio le saldría un eco malsonante en el que se confiesa que ha montado un “menage a trois” con otro niño y otra niña, porque a los cuentos les gusta que haya muchos personajes, y que todo sea libertino y exuberante, y con orgasmos múltiples, un concierto de gritos desafinados en los que se encierran muchos celos de esos que acaban en violencia doméstica, mezclada con un poco de pedofilía, mucha zoofilia con animales raros, y a ser posible con desenlace atroz, y, si además, la cosa acaba en asesinato ritual, lo sagrado de todo arte y de todo cuento ya lo tenemos bien servido. Y el burgués que todos somos, se queda bien “epatado”. En cambio Onán es un personaje la mar de aburrido, que no da ni  para un mal cuento, porque en vez de follarse a la mujer de su hermano muerto, que eso sí que daría juego para una tragedia, le da groseramente la espalda y derrama su semilla por el suelo. Y eso sí que no, porque no se puede defraudar las expectativas del buen lector, que aguarda siempre impaciente para recibir su semilla, para que pueda así seguir creciendo saludablemente la flor de su imaginación.

 

Pero en fin, sin esa jodida maquina que yo logré sacar una vez de esa juguetería,  y que ahora tengo estropeada de tanto usarla, mi imaginación no da para mucho. No me sería posible contar cuentos de verdad, sin esa máquina, cuentos contados de una manera natural, como si el hombre pudiera decir o hacer algo natural, como si la naturaleza del hombre no estuviera pervertida desde el mismo momento en que un chalado don quijote que se creía medio dios, se le ocurrió que podía cambiar el mundo y  robarle el fuego a los que lo guardaban para achicharrarnos.  Antes de que a mí se me estropease la máquina de contar cuentos,  yo tenía preparado uno de esos cuentos de verdad, un cuento sobre un niño al que le dicen sus padres que no debe mentir nunca, se lo dicen por la mañana que no se debe mentir bajo ningún concepto, ni por la mañana, ni por la tarde ni por la noche, ni cuando se está soñando, y por la tarde viene una bruja mala a llamar a la puerta para preguntar por su padre, y su madre le dice que no está en casa, y entonces el niño deja en evidencia a su madre y le recuerda que no se deben decir mentiras bajo ningún concepto, no mientas, mamá, bajo ningún concepto, porque la verdad es que mi padre está durmiendo y, según he oído a mamá, no quiere que le moleste nadie, porque mi padre es un bello durmiente que trajina por las noches e inverna por el día, aunque también debe ser mentira que mi padre está durmiendo, porque no tarda mucho en levantarse, oye los gritos y reclamos de la bruja que le dice a mi madre que no se puede pervertir a los niños tiernos, y que, sobre todo, no se puede mentir, y viene mi padre dando gritos  a mi madre por haber mentido todos al infierno nos vamos todos al infierno por haber mentido, sobre todo el padre que se marcha con la bruja, sobre todo la madre que se queda sin el padre que se queda sin el hijo que se queda sin la bruja que nos sacó a todos del cuento; sobre todo al niño que se escapa de casa llorando, siempre huyendo y llorando desde entonces, y buscando la casa de la que le sacó la bruja del cuento. El cuento tenía que haber sido contado a cuatro voces, cada voz con su versión, cada voz con su mentira, cada voz con su falsete, cada voz con su grito, cada voz con su llanto. Y luego, Colorín Colorado, este cuento se ha acabado, con la flor de la imaginación siempre lozana y pura,  como una flor nunca marchita metida en una campana de cristal que dobla y repiquetea para que acudan mariposas a danzar y danzar.

 

Ese cuento de mentirijillas sería un cuento iniciático, un cuento sobre la primera vez. Un cuento sobre la primera vez que un hombre que es un niño oye una mentira, y el niño deja de ser niño y el hombre deja de ser hombre y el mundo de verdad se le derrumba para quedarse desnudo con una sarta de mentiras. Sería un cuento por el que se nos van colando todas las patrañas sobre las que se ha ido construyendo la vida de ese niño, que toda la vida seguirá siendo niño, es decir, seguirá siendo un hombre a medias, un hombre medio, un medio hombre por haberse pasado toda la vida mimetizando aquella farsa escenificada con la llegada de la bruja mala.  Pero qué difícil es contar un cuento sobre la mentira en el que el cuentista deja automáticamente de contar mentiras por el solo hecho de haberlo contado, como ocurre con las confesiones, donde todos nuestros pecados nos son abolidos,  y ya podemos salir a la calle a cometer más y más pecados, pero con más virulencia, con la inocencia de la primera vez que se peca. Pero me doy cuenta que este cuento no sería más que otro cuento, que probablemente esto que yo quiero contar nunca se llegó a contar en su momento, por lo menos como yo quería imaginármelo en el medio de mi cuento, un cuento que me he  estado inventando durante todos estos años, para poder seguir contando cuentos y seguir mintiendo. Me doy cuenta de que esta  historia llena de mentiras era una historia de mentiras, asi que he hecho un movimiento falso para contar un cuento sobre la mentira que no voy a poder contar, porque ahora no tengo ganas de contar ningún cuento, y menos este cuento de mentira que estoy ahora escribiendo sobre un cuaderno moleskine de verdad, comprado en un gran almacén de mentira donde venden patrañas fabulosas a precios increíbles. De hecho, yo creo que lo más increíble de las libretas moleskine –ya de por sí increíbles- es su precio indecentemente caro, y como todo lo que tiene precio y exige romper huchas, y quebrar voluntades, y vender almas después de ser pesadas y aquilatadas y troqueladas y engrilletadas, como todo lo que puede ser permutado por oro acorazado, como todo lo que se vende en el mercado a gritos de buhonero cuentacuentos, está hecho de mentiras. Sin ir más lejos, este cuaderno moleskine en el que yo escribo este cuento que nunca podré contar, “nace de un legendario cuaderno”, y todos sabemos que todo aquello que es legendario nunca ha sido ni podrá ser de verdad. “La historia de moleskine está en su interior”, reza también la leyenda escrita en  la  fajita de color pistacho, que es un pistacho más bien falso, como también me parece mentira que se cuente la historia del cuaderno en su interior, tal como anuncia en su exterior. Más bien, me parece pura publicidad para captar clientes de verdad, de esos que se pasan toda la vida contando historias de mentira mientras los directivos de los moleskine se dan la gran vidorra, que esa si que es una vida de verdad. Pero imaginemos que me equivoco, que sin querer, ese niño de la fábula que lleva media vida buscando con una linterna hombres y cosas de verdad, por fin descubre que hay una sola verdad en este mundo de mentira, y que esa verdad se hallaba oculta en un cuaderno moleskine al módico precio de saldo de unos poquitos euros, dela misma manera que en los cuentos de los ciegos, dios se oculta en una de las letras de los millones de libros que hay en sus bibliotecas –letra que, por supuesto, ningún ciego va a encontrar nunca jamás, salvo que la haya escrito dios en un cuaderno Moleskine. Imaginemos que dos horas después de haber empezado a urdir este cuento, se desprende del cuaderno  un folletito veraz donde se nos cuenta la historia de la humanidad través de los cuadernos moleskine. Imaginemos que yo ya no puedo contar mi cuento, porque la mentira me ha salido rana. Imaginemos que yo recojo del suelo el folleto  donde se me va a contar la extraordinaria historia jamás contada de toda la humanidad, a ver si es verdad que la humanidad no habría podido sobrevivir sin los cuadernos moleskine, cosa que estoy dispuesto a creer si todos tuviéramos la misma necesidad de escribir que tenía Kafka cuando sufría esas extrañas metamorfosis en las que se clavaba una pluma parker en el alma. Sólo que la pluma parker era de mentira, a Kafka se le infectaba el alma, le crecía la trompa y cientos de patita,s y acababa de patitas en la calle, lanzado contra un contenedor de basura donde deben quedar sepultados todos los escarabajos que soñaron con tatuarse el alma.

 

Imaginemos entonces que la empresa moleskine, ahora trasladada, piedra sobre piedra, y negro sobre blanco, desde Paris a Milán, cumple su palabra y me cuenta la historia del cuaderno en cinco idiomas, incluido el chino, y me entero por todo este cuento de que sí,  de que la el cuaderno moleskine tiene prosapia y regio abolengo, y que mis dedos están acariciando nada menos que la mítica libreta de notas que utilizaban los  grandes y maravillosos artistas e intelectuales europeos de los dos últimos siglos: de Van Gogh a Picasso, de Ernest Hemingway a Bruce Chatwin -¿y quién es ese?-. ¿Ya no podré entonces contar mi cuento ni decir nada sobre moleskines y me habrán callado la boca con una mordaza de papel? Porque la verdad es que no salgo de mi estupor, me tiembla el labio y la mano con la que escribo este falso cuento, cuando leo el nombre de Van Gogh, el hombre que se murió de hambre por defender sus botas, el único hombre de verdad que conozco que murió con las botas puestas, las mismas botas que luego sacó a pasear dentro de un cuadro, y que los histéricos visitadores de museos buscamos dentro de ese cuadro, cuando tendríamos que darnos cuentas que a Van Gogh le enterraron con esas botas que un día estrelló contra un lienzo para golpearnos en la frente y sacudirnos nuestras conciencias. Vicent  Van  Gogh siempre llevaba una libreta moleskine en el bolsillo, eso lo sabe todo el mundo. Es más, hasta tal punto estaba obsesionado mi buen amigo Vicent por las libretas moleskine, que cuando no se las podía comprar, porque eran obscenamente caras, aprovechaba a pintar sus moleskines, tal vez  porque Van Gogh, que era tan retorcido como los cipreses que le gustaba pintar para anunciarnos que la muerte también es bella,  pretendía que viéramos sus dibujos en aquellas libretas y no el cuadro mismo,  resultaba que la verdadera figura del cuadro era la libreta Moleskine y el fondo del cuadro era la pintura que Van gogh nos pintaba para sólo para despistarnos. Así, cuando paseáramos por delante del cuadro podríamos recoger la llamativa y salediza libreta moleskine, así, como quien no quiere la cosa, y desafíar la mirada ceñuda del vigilante y la alarma chillona, nos llevaríamos la moleskine, y nos sentaríamos en una silla y recrearíamos nuestra vista con los estudios y bocetos que hacia de la naturaleza nuestro  amigo Vicent en sus libretas moleskine. En esos bocetos, por supuesto, también habría pintadas más libretas moleskine, pues ya se sabe que Vicent estaba loco, y enloqueció  por culpa de las libretas moleskine, libretas en las que le gustaba hacer estudios del campo, al aire libre, allí, en sus libretas moleskine, metía mucho aire libre libre , y más moleskines saltando por el campo, saltando y haciendo gazapos.

 

Era éste un enigma que siempre me tuvo en jaque, desde que empecé a interesarme por el bueno de Vicent. Cuando solía pensar en Vicent Van Gogh, siempre me ponía a pensar en cosas fantásticas, me ponía a pensar en aquellas cosas fantásticas que yo buscaba con mi linterna. Y me pregunta  cómo mira un hombre de verdad, cómo se sienta en la silla, cómo nos describe su habitación un hombre de verdad, cómo sonríe, sin sonreír falsamente, cómo come patatas un hombre de verdad, cómo pone la mano en el fuego, cómo corta orejas y recorta girasoles un hombre de verdad, cómo mira las estrellas, como le meten en un manicomio a un hombre de verdad, como se pega un pistoletazo en el corazón alguien que tiene un corazón de verdad,  un corazón que no tiene más ojos que para ver  estrellas y girasoles, que para pintar sencillas estrellas y sencillos girasoles, y moleskines, muchas y complicados molesquines, dentro de los cuales había mas moleskines dibujados. Pero entonces la imagen idílica sobre Vicent que yo me había formado se me reventaba en esos cuadernos moleskine en que pintaba sus bocetos. En esto Vicent Van Gogh me parecía y me sigue pareciendo un hombre de mentira, que es precisamente el hombre que nos pintan todas las publicidades del mundo, y siempre llegaba a este punto y me decía, cómo pudo un hombre estar tan loco y tan obsesionado por estas libretas, cómo pudo llegar a vender su alma por una libreta un hombre como Vicent. Todo hombre tiene su punto flaco, pensaba. Pero seguía pensando, ¿no hubiera sido más fácil que Van Gogh hubiera vendido todos sus cuadros a la empresa Moleskine, y así, por lo menos, no hubiera pasado aquellas hambres que le llevaban a ponerse enfermo  y  tragarse todos esos cuadernos moleskine que de todas formas iba a acabar vendiéndoles?. Pero yo siempre intentaba echarle una mano a Van Gogh: pues lo que le ocurría es que no sabía vivir en un mundo de mentira, en realidad no tenía ni puta idea de cómo había que vivir, se pasaba toda la vida buscando a alguien que le vendiera sus instrucciones de uso, así que no se sabía vender, tan malo era Van. Gogh vendiéndose a sí mismo, que fue incapaz de vender un solo cuadro suyo, cosa que cualquier tonto sabe que no hay cosa más fácil en este mundo inauténtico que vender a los tontos un cuadro auténtico de Van Gogh. Los tontos que tienen un cuadro auténtico de Van Gogh en su casa, se imaginan cosas raras por las que su cuadro vale tanto dinero, y tanto dinero tienen que forran con dinero todas las paredes de sus casas. E incluso mandan a otros tontos elaborar teorías sobre el valor incalculable de los cuadros de Van Gogh para que así suba en las subastas su valor incalculable, que luego otros tontos de encargo se encargarán de calcular. No saben que si los cuadros de Van Gogh no tienen precio es porque durante una época estuvo planeando echarlos todos al fuego de su chimenea para poder resistir el ultimo invierno en que se volvió loco de frío, no saben los tontos que cuelgan los mundos estrellados  de verdad en su casa de mentira, que si los cuadros de Van Gogh tienen un valor incalculable, es porque Van Gogh  fue incapaz durante toda su vida de calcular  nada. y defendió los cuadros del fuego que algún día acabará arrasando todo lo que debe arrasar un fuego cuando no tiene la resistencia a prueba de fuego que tienen los cuadros de Van Gogh.

 

En realidad Van Gogh pide en una carta escrita a su hermano Teo, y  fechada en uno de los años que más cuadernos vendió la empresa moleskine, que quemase todos sus cuadros. Pero Teo sabe que su hermano se lo pide para ahorrarle el ridículo de tener que vender cuadros invendibles de un chalado con Van Gogh. Y si al final ni Teo ni Vicent llegan a quemar los cuadros, es porque pensaron que nadie compraría jamás un solo cuadro suyo, salvando así al mundo de grandes tonterías. Y por lo tanto toda su obra acabaría desapareciendo, obra que el propio Van Gogh no estimaba demasiado, pues las pinturas de Van Gogh, según confiesa en carta al doctor Gachet, sólo le habían servido para poder ser Van Gogh, y una vez que habían sido pintadas ya se podían tirar como cáscaras vacías de las que ya se le ha extraído toda pulpa. Si Van Gogh supiera que ha vendido sus mil doscientas cáscaras por las que logró convertirse en un loco, si Van Ghog supiera que el mundo se está volviendo loco, comprando y vendiendo cáscaras, si supiera cuánto valen ahora todos sus cáscaras, sé que quemaría todos sus cuadros para acabar de una vez con tanta tontería. No dejaría ni un solo cuadro suyo vivo. Y luego se hubiese avergonzado de ser pintor y se hubiese echado al monte para hacerse ermitaño. Y estoy dispuesto a apoyar la verdadera voluntad de Van Gohg. Esa que dice que la única manera de respetar la memoria de Van Ghog es quemar todos sus cuadros. Así, siendo Van Ghog un perfecto donnadie, desaparecería la publicidad de las libretas moleskine, libretas que sacaba a todas horas en sus cuadros, y en las que pintaba miles de dibujos – prueba irrefutable de que Van Gogh se había vuelto loco-, e incluso se podría decir que si Van Gogh fue un gran artista, lo fue debido a estas sensacionales cuadernos en los que yo escribo este falso cuento ahora. Y es más, incluso se puede decir que si Van  Gohg pasó hambre y, por ello y sólo por ello, fue un gran artista, fue debido a que se gastaba todo el poco dinero que tenía en comprar las libretas moleskine. Fue una pequeña incoherencia en la vida de van Gogh, una incoherencia pequeña, pero que provocaba una grieta en su pintura por donde asomaban moleskines. Pues hasta que no me enteré de lo de las libretas, me había creído que van Gogh dibujaba sus dibujos en el papel rasposo con el  se limpiaba el culo después de haberse tragado todas las libretas moleskine que había podido conseguir, se atiborraba en verdad de libretas moleskine por culpa de las cuales pasaba una hambre terrible, ya que el insensato gastaba todo el dinero que le mandaba su hermano Teo para comprar libretas moleskine. Y yo, modestamente, pienso eso, que si la humanidad quiere dejarse de chorradas y rendirle un verdadero tributo a la  memoria de van Gogh, tendría que quemar todos sus cuadros. Solo de esta manera a la empresa moleskine ya no le interesaría publicitar a un don nadie del que no se conserva ni la memoria, por mucho que fuese el hombre que más libretas moleskine se tuvo que tragar en vida. Como también fue el pintor que más se autorretrató en vida, más de cuarenta retratos en los que pintaba su cara, porque como estaba en un mundo de mentiras tuvo que explorarse una y otra vez por medio de la pintura. Era tan verdadero este tal Van Gogh que a la fuerza tenía que rarificarse en un mundo abocetado de mentiras, y para no acabar desapareciendo tenía que pintarse en sus cuadros de verdad, donde allí sí lograba vivir verdaderamente durante un instante, tomaba un poquito de oxigeno dentro del cuadro donde el aire era insufriblemente puro, como insufribles eran los colores de color absenta con el que los pintaba, y así, bocanada a bocanada de pintura, llego a sobrevivir. Treinta y siete patéticos años en los que sólo se alimentó de libretas moleskine, antes de entrar en el asilo de Auvres para pegarse un tiro

 

Así que acabo de descubrir que esta libreta en la que escribo este cuento falso es una libreta de mentira debido, a que Van Gogh le robó el alma a las libretas y cuadernos moleskines, para pintar en sus cuadros la verdadera libreta, por lo que si yo quisiera tener alguna cosa de verdad, tendría que ir a irla a buscar a los cuadros de Vang Gogh. Van Gogh  se dedicaba a coger moleskines, los pelaba, se lo comía y luego nos dejaba las cáscaras. Ahora, lo malo es que las verdaderas moleskines se las ha quedado Van Gogh, y la culpa de que ahora esté yo escribiendo un cuento falso la tiene Van Gogh, por no habernos dejado una sola moleskine de verdad.  Me preguntó, entonces, para seguir con el escrutinio de las cosas de mentira que palpo a mi alrededor, donde tendría que buscar si quiero encontrar un bolígrafo de verdad en un mundo de mentira. Eso por no seguir con el escrutinio fuera de mi libreta y mi bolígrafo, porque si descubro que el mundo que meto en mis cuadernos es de mentira, entonces el niño de mi fábula nunca podría regresar a su casa. Ahora que ha descubierto que Van gogh es de mentira, necesita  el niño de mi fábula, si quiera,  un punto en que apoyarse para mover su mundo y desalojar las mentiras que en el mundo se alojan,  mentiras que siguen andando por el mundo y que han infectado la vida de Van Gogh, que arrastró por el mundo una existencia falsa, si exceptuamos las verdaderas libretas que  Van Gogh nos pintaba en sus cuadros y con las que al final logró redimirse como yo todavía podría redimirme gracias a  mis apuntes en estas libretas moleskine , que en parte es una libreta de mentira debido a que Vincent Van Gogh les estuvo robando el alma de tanto pintarlas cuando estaba loco.

 

Así que para limitarme en mi escrutinio sólo a mi boligrafo y mi libreta, que  es todo cuanto poseo ahora mismo, una libreta moleskine, y también un bolígrafo pilot que ahora blando en la mano para contar mentiras con optima precisión en el trazo y con escritura suave y fluida y continua con una hermosa tinta azul que ni se evapora ni se borra ni nada me gustaría a mí seguir contando cosas que sólo con este bolígrafo de gran autonomía es posible contar una autonomía de más de dos kilómetros de tinta, pero noto que, aunque yo juraría que no llevo más de un kilometro escribiendo mentiras –porque todavía no he empezado a jadear, ni mucho menos,- el visor del nivel de tinta me está diciendo lo contrario, me está diciendo que me estoy acercando peligrosamente al cenit  de la hora de la verdad, y que ya puedo escribir el final de este cuento postizo cagando leches,  porque de dos kilometros de tinta,  nada de nada, y esto es una pena,  porque me gustaría haber hablado de cuando Paris era una fiesta, allá por los años veinte, y Hemingway pasaba tanta hambre que solo andaba pensando en sacar la escopeta de casa para ir a  le bois de boulogne a cazar palomas para, ya de vuelta a casa, comérselas en su habitación acompañadas de unas de esas libretitas donde Hemingway soñaba con tener o no tener palomas, y más libretas moleskine. Así  que es una lastima que no me quede más tinta de está tan simpática que ni se borra, ni se evapora, ni se acaba nunca para que este cuento perviva más allá de la muerte de todas las palomas  y de todos los girasoles.

 

Y eso es lo malo de las mentiras, que te las acabas creyendo. Lo malo de las mentiras es que te acaban volviendo mentiroso, y ya no actúas tú,  sino la mentira que hay en ti y que todo lo contamina y lo contagia,  y todo lo que tocas se va convirtiendo en mentira, lo mismo que me ha pasado en este cuento, que también se ha convertido en  mentira por estar escrito con tinta imborrable y eterna en un vetusto cuaderno moleskine, una mentira que de tanto contarla comienzo a creérmela de verdad. Así que me gustaría creer que este es un cuento de verdad que empecé a contarlo de mentira, un cuento que puede acabar en forma de cuento, a condición de saber que no es nada más que un cuento, y que cuando se acaba el cuento, se acabaron todos los cuentos. Por eso me gustaría acabar contando mi cuento sobre la mentira, como se contaban antiguamente los cuentos de verdad, recurriendo a un sueño, más que nada porque el niño de mi fábula descubre que en los sueños todavía le quedan algunas cosas de verdad, y que la única manera de hacerse rico que tiene en este mundo falso donde todo el mundo quiere hacerse rico, es arrebatarle un diamante al sueño. Así que el niño, para encontrar el camino de regreso a casa, tiene que volver a sus sueños. Y el niño, que no tiene un pelo de tonto, sabe que la culpa de todo lo que le ha pasado la tiene el juguetero que le ha vendido una mula que no quería, y se ha dado cuenta de que, en el fondo, todas las mentiras en las que se basa su falsa vida actual,  se las ha ido contando él mismo con aquella máquina de fabricar cuentos, y desde el momento en que supo que había una maquina de contar cuentos, toda su vida la dedicó a contar cuentos en donde él era el principal cuentista, así que vuelve a la juguetería y le dice al juguetero que quiere cambiar la maquina de contar cuentos por una maquina de contar verdades, porque quiere regresar ya de una vez a su casa. El juguetero le mira sonriendo, casi conteniéndose la  carcajada, y le dice al niño que si usa esa máquina  que le pide, el mundo acabará desapareciendo. Que la máquina que sirve para contar verdades hará desaparecer todos las máquinas. Que sí, que desaparecerán junto con las máquinas todas las mentiras, pero que también desaparecerán las verdades que se alojan entre las mentiras Y entonces el niño mira toda esa tienda llena de juguetes que tanto le gustan, mira todo a su alrededor. y le parece que no puede hacer esa barbaridad, que su vida no tendría sentido sin ninguno de esos juguetes, e incluso que los demás niños se pasarían toda la vida pegándole por haberles dejado sin juguetes. Entonces el niño responde al juguetero que vale, que le despache una maquina de contar mentiras, y el juguetero es cuando estalla en una fuerte carcajada que durante muchos años dejará medio sordo al niño. El niño sale de la tienda y echa a correr llorando, porque sabe que ya no puede regresar a casa, sale corriendo mientras nota las últimas palabras del juguetero le van haciendo sangre en los oídos, el juguetero se ha reído y le ha dicho que contar mentiras es la cosa más natural del mundo, y que para contar mentiras no hace falta ningún cacharro de esos que él vende en la juguetería, y mientras corre y corre llorando hacia delante, se pone a pensar en esa cosa rara de la que hablan los adultos, esa cosa que llaman verdad y de la que sólo conoce el nombre, nada más que el asomo de una palabra con un nombre biensonante, y piensa tristemente que para encontrar eso que se halla perdido y que le ha hecho también perder su casa, para inventar una cosa que no existe ni existirá jamás, si que habría que echar mucha, muchísima más imaginación que para contar mentiras.

  




VIVIR SIN EL PROPIO SOMBRERO (Cuento largo)

  Se tiene la idea de que correr tras el propio sombrero es humillante, y cuando la gente dice que es humillante lo que quiere decir es que resulta cómico. Y no hay duda de que así es; pero el hombre es una criatura muy cómica, y la mayor parte de las cosas que hace son cómicas, como comer, por ejemplo. Y las cosas más cómicas son precisamente las que más vale la pena hacer, como hacer el amor. Un hombre que corre tras su sombrero no es ni la mitad de ridículo que uno que corre tras su mujer. (G.K. Chesterton)  El día en que salí de casa aquella mañana, hacía un viento de mil pares de narices. No me gustaba un pelo ese viento. Sabia yo que me iba traer más de alguna desgracia, que las cosas, por asi decirlo, iban a trabajar en mi contra, que no iba a soplar ese viento a mi favor, precisamente. Era un viento de esos montaraces que se cuelan por las rendijas y que de un solo golpe de ráfaga es capaz de arrancar del escritorio los papeles más valiosos. Un viento con una bocaza enorme que parecía devorarlo todo y  que me susurraba palabras obscenas al oído. Un viento muy insolente que había estado toda la noche azotando puertas y ventanas, y que había dejado un rastro de antenas desbaratadas, arboles caídos y tejados por los suelos. Pero yo de lo que quería hablar es de mi sombrero, y por eso he empezado a referirme al viento, porque de todo lo que me ha pasado hoy con mi sombrero yo le echo la culpa al viento, un viento enfurruñado que ha empezado a soplar contra mi cara nada más salir de casa,  y que me ha hecho llegar tarde al trabajo. Recuerdo que todos íbamos andando por la acera muy despacio y como a tientas, como con miedo de que el viento nos tirase por el suelo. Yo he logrado mantenerme erguido a duras penas, contoneándome como un equilibrista, y cuando ya estaba a punto de entrar por la puerta de la oficina, he visto con estupor que no se quería abrir. Yo llevaba tanta prisa que me ha faltado poco para estrellarme contra los cristales. Se me ha ocurrido entonces pensar que tal vez el viento se había infiltrado por el engranaje de la maquinaria y la había oxidado, o que una hoja seca se había colado por el carril de la puerta corredera, he esperado con paciencia a que el guardia de seguridad apretase el boton del mecanismo, mientras me quedaba pensando en las innumerables razones por las que la puerta se había podido atascar. Pero el guardia de seguridad se me ha quedado mirando desde el otro lado de la puerta corredera de cristal como si fuera un bicho raro. Me he puesto en jarras, mi cara ha comenzado a gesticular como si quisiera abrir la puerta con los gestos, y por fin he gritado, pero el guardía ha sonreído y se ha limitado a tocarse su gorra con el índice,   como poniéndole un signo de interrogación. Entonces ha comenzado a darme vueltas la cabeza. Porque al pasarme la mano por arriba, tal como me ha señalado el guardia, he notado al tacto que tenía todo el pelo desordenado y que ya no llevaba el sombrero puesto. He tenido tanta vergüenza de verme así, despeinado y sin sombrero, al pie de la oficina, que me he sentido cómo me subian todos los colores a la cara, he girado bruscamente sobre mis talones, y me he dado la vuelta a paso rápido con la intención de lanzarme en busca del sombero, sin el cuál nunca me sería posible entrar en la oficina. Pero en cuanto me he alejado unos metros de la fábrica me he dado  cuenta de que no me acordaba del camino recorrido aquella mañana.  Pues  precisamente había decidido dar un rodeo y tomar las calles más estrechas para que el viento no me derribase. Así que enseguida comprendí que aquella búsqueda se iba a hacer más engorrosa de lo que pensaba. Cada pocos metros debía detenerme, inspeccionar el terreno, incluso extender la mirada más allá del recorrido y adivinar hacía qué lugares podía haber sido aventado mi sombrero. Me desalentaba la idea de que mi sombrero pudiera estar volando por otras calles, muy lejos del lugar donde lo había perdido. Podía resultar, además, que aquel sombrero que yo buscaba aplastado y descompuesto lejos de mi cabeza, andaba acaso a la chita callando encima de alguna de esas otras cabezas apresuradas que yo veía corriendo hacia  el trabajo. El andar por la calle con la cabeza desnuda me había despejado las ideas y me había dado una nueva perspectiva: me percaté agudamente de una cosa que a menudo se nos pasa desapercibida en un mundo en que todos andamos obligados a llevar sombrero. El viento era tan fuerte que todos aquellos con los que me encontraba iban agarrándose con las dos manos el sombrero para que no se lo volase el viento, con ese gesto acomplejado con el que algunas mujeres se agarran sus faldas en los días desapacibles. Entonces pensé que algún paseante podía haber tenido la fortuna de mirar para el suelo y encontrarse mi sombrero nuevo, tirar el suyo viejo e irse al trabajo corriendo mientras se agarraba con las dos manos a mi sombrero. He ahí una nueva dificultad con la que no habia contado y que me estaba empezando a causar quebraderos de cabeza. Por que si todos los traseuntes con los que me encontraba se iban agarrando el sombrero a manos llenas ¿cómo podia saber que ese sombrero que portaban sobre la cabeza era el mio, si ni siquiera  conseguía ver más que el gesto de agarrarse el sombrero encima de sus cabezas? ¿Y qué haría en caso de que por fin acabase reconociendo mi sombrero en una cabeza ajena?. ¿Se lo reclamaría cortesmente a su portador o bien se lo arrebataría de un ligero manotazo, así, sin más, sin hacer preguntas?. Porque si de algo ya estaba seguro, cuando me lancé a  la búsqueda de mi  sombrero, es que no iba a recuperarlo por las buenas. Pero por algún lado tenía que empezar, y me puse a buscar en el interior de un parque situado a unos pocos metros de la oficina. El viento todavía seguía soplando con fuerza y arrastraba hojas secas y amarillas, que era precisamente el color que tenía mi sombrero. Era un viento formidable que no paraba de zarandear los árboles y de arrancar hojas, así que bien podía hallarse  mi sombrero enterrado bajo aquella gruesa capa de hojarasca. Intenté dar patadas en el terreno más denso, pero enseguida me cansé de aquella tarea absurda, y me puse entonces a mirar  debajo de los bancos,  Pero en casi todos los bancos había alguien leyendo el periodico, o parejas que se abrazaban, y besaban, y se daban el lote. Pornerme a mirar debajo de los bancos, mientras estaban así tan afanados, me hacía pasar por un loco. Además, notaba que la gente que paseaba por el parque a aquella hora de la mañana miraba con verdadera desconfianza mi cabeza destocada. Cerca de donde estaba buscando, pasó una  joven con la melena al viento y fisgando, tal como yo lo estaba haciendo, por debajo de los bancos. Por sus movimientos agitados, se veía que estaba desesperada.. En cuanto vi a aquella mujer, con la mirada pávida, intentando apresar el sombrero que sin duda se le había volado, me empezó a dar la risa, pues estaba empezando a verme reflejado en ella, y me percataba de que toda aquella gran pérdida que había comenzando a angustiarme, no consistía más que en un trozo de fieltro insignificante, y que igual que había extraviado yo mi sombrero, lo habían extraviado también otros muchos, y que si no daba con mi sombrero, bien podría toparme con otro sombrero ajeno en el que pudiera incrustarse mi cabeza, y lograr asi pasar aquella mañana desapercibido. Aquella revelación me había venido a dar un nuevo impulso, pues ahora sabía que no debía empeñarme en buscar un único sombrero, sino cualquier sombrero; no importaba cuál, no importaba de quién. El caso era entrar en la fábrica con un sombrero, aunque fuese viejo, o sucio, o estuviese pasado de moda. Nadie iba a darse cuenta de que entraba sin mi sombrero. Si era necesario, estaba dispuesto a entrar en la fabrica con un sombrero de mujer. Solamente tenía que aguardar a que se levantase el viento con el mismo ímpetu que lo había hecho a primera hora de la mañana, y que comenzaran a volar los sombreros. Y aunque a aquella hora ya no hacía tanto viento, se había puesto a llover, y la gente que paseaba por las calles comenzaban a correr, a cubrirse con la capucha del abrigo, a entoldar los cochecitos de los niños, y  a parapetarse bajo el periódico alzado. Y también comenzaron a abrirse los primeros paraguas. Al principio, mientras el viento sólo estaba comenzando a tomar vuelo, y arremolinaba impacientemente papeles y  hojas secas, los paraguas se inclinaban contra el cielo, tensos y erectos; pero luego fueron abarquillándose y doblándose como guantes, hasta que comenzaron a desvariilarse en cuestión de minutos. Entonces el viento arreció, las personas que me encontraba se inclinaban casi contra el suelo, con cara de llanto, mientras se agarraban la cabeza, y el cielo se ponia negro y empezaban a llover sombreros. Por primera vez, en aquella mañana de viento, yo me encontraba a mis anchas. Como no tenía nada qué perder, encontré enseguida el primer sombrero: se había quedado atorado entre el bordillo y la rueda de un coche aparcado. Un sombrero gris de ala corta que tenía todo el aspecto de haber pertenecido a un funcionario con cabeza de huevo. Y sucedió que en cuanto me lo puse, comenzó a entrarme la desgana. Ya no quería seguir buscando mi sombrero, ni quería estar en la calle, ni tampoco quería irme para casa, ni estar en ningún lado. Era el primer sombrero ajeno que me ponía, y nunca me había sentado peor. Llegué a pensar que pertenecía a alguien que se había muerto recientemente. Me lo quité enseguida y fue como si hubiera revivido. Entonces fue cuando me di cuenta de que no era tan sencillo entrar en el trabajo con un sombrero cualquiera, que enseguida el sombrero me delataría, y comenzaría a comportarme como un hombre distinto al que yo era. Esto lo descubrí en cuanto me puse el segundo sombrero. Era un sombrero de paño basto, lleno de lamparones y con un fuerte olor a vino. Lo encontré a los pocos metros de donde había arrojado el anterior sombrero. Estaba visto que aquella mañana sobraban los sombreros.  A pesar que en cuanto lo vi me pareció un sombrero despreciable, me agaché a recogerlo y me lo metí en el bolsillo, por si acaso no conseguía otro más adecuado. Pero tal vez por vergüenza de haber cogido aquella cosa inmunda, comencé a sacarlo del bolsillo en cuanto pasaba alguien frente a mi, me ponía a zigzaguear y a hacer extrañas reverencias, y las acompañaba de gestos de manos que iban dibujando complicados arabescos. Comprendí enseguida que aquellos gestos eran gestos de borracho, pues apenas me lo senté en la cabeza me entraron unas ganas locas de meterme en el primer bar que me salió al encuentro. Empecé a barruntar entonces,  mientras pedía mi café al camarero de la barra, que aquel sombrero que yo llevaba en la cabeza era el de un borracho que  había contraído el vicio de pedir una copa de ginebra con cada café, y que había adquirido la costumbre de volver a pedir que le doblasen la copa. En cuanto me quité aquel sombrero que apestaba a ginebra, logré levantarme de la mesa donde había dejado una hilera de copas vacías.  Aquello era lo más extraño que ma había ocurrido en la vida, pues hasta entonces no me había visto en la necesidad de ponerme el sombrero de nadie. Consulté el reloj, mientras salía por la puerta giratoria a la calle enfurecida por el viento, y me dio un vuelco el corazón cuando comprobé  que había permanecido en aquel café cerca de dos horas tomándome ginebras, y que mientras había permanecido bajo la influencia de aquel sombrero casposo me había sentido con la conciencia empobrecida, como en penumbra, y de la misma manera había permanecido durante los quince años que había estado trabajando en la fábrica bajo la influencia de mi propio sombrero, sin conciencia de ser quien era, como si la torpe mano que había estado dibujando mi figura no fuera mi propia mano. Ahora que estaba viendo como el viento forcejeaba con los viandantes, y cómo los viandantes corrían tras su propio sombrero, como quien corre tras su propia sombra,  me estaba dando cuenta que aquello tras lo que corrián no tenían ningún valor, como ningún valor tenía el sombrero que había perdido aquella mañana, y en el que yo quería meterme a toda costa como si fuese mi propia madriguera. Mientras veía a todos aquellos hombres y mujeres cómo corrian tras su sombrero, y se tironeaban de los pelos, y se daban codazos e incluso se lanzaban al suelo como un gato tras su ratón, me empezaba a entristecer la idea de que ya no sabía quien era, porque en realidad, en aquel momento, yo ya no quería ser nadie, y sabía que todo aquello surgía de la sensación de no llevar sombrero. Pensaba que si permanecía durante algunos minutos más sin el sombrero, me olvidaría de mi nombre, de mi casa y de mi trabajo, y me sentiría mucho más ingrávido. Y entonces comencé a sentir curiosidad por los pasos que iba a dar aquel hombre sin sombrero, y empecé a sentir respeto y temor a la vez. Pero antes tenía que consumar la prueba y buscar unos cuantos sombreros más, y ver qué tal me sentaban, y cuál era el que más me convenía, pues estaba descubriendo, ahora que tenía los sentidos abiertos y  a flor de piel, que cada sombrero exhibía su propia personalidad, y que, a poco que aguzase el oído, era capaz de escuchar voces que no salían de mi propia cabeza, sino que procedían de los sombreros que iba calándome. Eran las voces de sus dueños -me dije- que habían quedado allí dentro, ahogadas como los ecos de un pozo. Empecé a darme cuenta, en medio de aquel viento furibundo que se estaba llevando tantos sombreros, que yo no era el único que se había puesto un sombrero que no era el suyo, pues cada vez observaba por las aceras más hombres que arrojaban su sombrero como con asco de habérselo llevado a la cabeza, y zigzagueaban, y saltaban como galgos siguiendo el rastro de otro sombrero aventado por el aire, con la esperanza de que aquel sombrero que estaban a punto de dar alcance, por fin les conviniese a aquellas cabezas vacías. Pero llevar el propio sombrero no era mucho mejor que ponerse cualquier otro. Resultaba si acaso peor, pues mientras uno se encontraba amparado bajo su sombrero, nunca lo soltaría, nunca llegaría a pensar que tal vez su sombrero era tan ridículo y despreciable como los sombreros que en aquel momento empezaban a desprenderse como si se tratase de una lepra. Aquellos sombreros custodiaban las voces de los dueños, y acaso sus vicios y sus costumbres, y entonces uno quedaba hipnotizado y seguía las instrucciones que iba recibiendo al pie de la letra, y acababa llevando a cabo todo cuanto se le pedía que hiciese, hasta que por fin quedaba fundido con su propio sombrero. Me había dado cuenta, por tanto, que yo necesitaba en aquel momento un sombrero muy particular, un sombrero lo más ingrávido posible, y cuyo peso no acabase por sepultar las pocas ideas genuinas que todavía podían germinar en mi cabeza. Deseché con aprehensión, incluso con asco, varios sombreros que pasaron serpenteando por la acera, lejos de sus afanosos dueños. Y no es que no fueran sombreros impecables, incluso había alguno con cierto empaque, pero desconfiaba yo de los somberos como recién sacados de su molde. Así que pensé que ninguno me servía, y ya me empezaba a sentir desolado y con ganas de volverme a casa, cuando vi delante de mí a una señora mayor que andaba muy despacio, cerrándome el paso, y que acababa de apartar con un golpe de bastón un miserable sombrero hongo de color negro, no muy limpio, ciertamente, e incluso algo desgarrado. Pero lo reconocí enseguida. Se trataba del mismo sombrero que había visto lanzar por los aires muchas mañanas a un volatinero, mientras amenizaba con cabriolas a los conductores que esperaban en el semáforo a que cambiase el disco. A pesar de que parecía un sombrero de pobre, aquel sombrero estaba acostumbrado a llevar en su regazo dinero contante y sonante, y cuando lo recogí de la carreera sentí como si hubiese sonado un cascabeleo de cabra saltarina. Y mientras me calaba aquel sombrero de payaso en la cabeza, veía yo claro que no me hacía falta el sombrero, e incluso que no necesitaba para nada la cabeza; sentía que mientra yo lanzaba el sombrero al aire, tal como había visto hacer todas las mañanas a aquel volatinero de tirantes verdes y rayados pantalones con coderas, mi cerebro iba tomando más y más oxigeno, y comenzaban  a chisporrotear dentro de él brillantes ideas que me sublevaban, y que me pedían que rompiese las ligaduras que me trababan al suelo. Lanzaba el sombrero todo lo más alto que podía, mientras me echaba a correr sin complejos, como no lo hacía desde que era niño, y observaba cómo el viento se infiltraba por sus forros e interioridades, y lo atraía, y lo alejaba, y lo hacía caracolear como si fuese una cometa perdida, y me lo devolvía con un aire feliz y nuevo; luego le daba una patada, o lo atrapaba con la contera del paraguas, o con un ligero escorzo de mano me lo llevaba  a la cabeza. Cada vez que que yo fallaba, y el sombrero caía en un charco desde tanta altura, lo recogía bañado en unas gotas de rocio deslumbrantes y me arrancaba una explosión de risa, pues al pronto me lo colocaba así mojado, y me refrescaba la cabeza, y el agua me chorreaba por la frente, hasta que una gota me humedecía los ojos, y me ponía a llorar de alegría, pues por fin creía haber encontrado mi sombrero. Pero hubo un momento en que el sombrero se alzó tan alto que no pude darle alcance con la vista, y se me  quedó enganchado en una rama. Fue entonces, mientras sentía que me quedaba estupidamente vacío, y que así podría quedarme plantado como un árbol en aquel lugar para siempre, a tan sólo unos metros de la fábrica, cuando me dí cuenta de que para nada necesitaba yo ningún sombrero. Que aquella necesidad absurda había sido el gran error de mi vida. Llevaba yo meses sin tener pensamientos ebrios, y ahora lo veía todo claro, como si se me hubiesen desprendido las legañas. Tendría que volver al trabajo para recoger mis cosas y despedirme, pero para entrar en la fábrica necesitaba el sombrero, y ya empezaba a sospechar que  la noche anterior no había regresado a casa con el sombrero en la cabeza, por la sencilla razón de que había olvidado recogerlo del sombrerero antes de salir de la oficina. Estaba seguro de  que en aquel casillero ordenado por plantas, dentro de la casilla con mi número de ficha, se hallaba mi sombrero. Y desde luego, mientras allí estuviese mi sombrero, sabía que me era imposible entrar en la oficina. Otra vez me encontraba allí, , al pie de la fábrica, y de nueveo sin sombrero, precisamente a la hora en que la gente salía de la fábrica para comer el bocadillo. Y tenía que actuar rápido, pues la idea de ver a mis compañeros saliendo de la fábrica con el sombrero en sus cabezas comenzaba de verdad a repugnarme. Comencé a dar vueltas por todo el edificio, buscando algún escondrijo por el que pudiera colarme, pero todo era más complicado de lo que había pensado. Por la puerta principal había que llevar la contraseña escrita en la cabeza; por el garaje era inexcusable pasar con coche; había, en el flanco que daba a un callejón sin salida, un ascensor para minusvalidos, pero el ascensorista no dejaba entrar a nadie que no llegase en silla de ruedas. Seguí dando vueltas buscando algún acceso en el que no hubiera reparado todavía. Por primera vez caí en la cuenta de que el edificio estaba custodiado en todas las entradas por guardias de seguridad a los que conocía y saludaba desde hacia años, y a los que llamaba por sus nombres, pero comenzaban a darme miedo, pues sabía que sin sombrero no iban a franquearme la entrada. Es más, por primera vez reparé en que aquellos hombres a los que yo saludaba ceremoniosamente todas las mañanas, y que tan pacíficos me habían parecido,  llevaban un uniforme de color caqui y un cinturón militar del que pendian unas esposas y una porra. Por primera vez supe ver, tras la mascarada de su uniforme, el rostro ceñudo y de poco amigos al que les obligaba su oficio. Aquella edificación que todas las mañanas se me abría como por ensalmo en todas sus dependencias, ahora me parecía una fortaleza siniestra e infranqueable. Me fije en que el jardín que rodeaba el edificio estaba casi abandonado. Una maraña de hierbajos y flores silvestres le daba a todo el conjunto un aspecto ruinoso. Recordé que a veces, en el departamento de publicidad y  reprografía, dejaban abierta una tronera con el fin de que los ruidos de las máquinas quedasen amortiguados por los que venían de la calle. Era el único ventanuco que se permitía abrir en todo aquel edificio inteligente. Salté la verja del jardín  y pisé la hierba por primera vez, consciente de que eran los jardineros los únicos hombres que había visto pisar aquel jardin ahora tan descuidado. Me acerqué a la ventana semiabierta, pero las máquinas  fotocopiadoras hacían un ruido infernal que contrastaba con la calma que se respiraba en el jardín. Mirando por aquella tronera, mientras esperaba la oportunidad de deslizarme dentro, pensaba en la clase de vida que me había obligado a llevar aquella fabrica. Nos obligaban a entrar en la fábrica con sombrero, pero el sombrero había que quitárselo y dejarlo en la entrada para demostrar que teníamos la mirada limpia, y que, ciertamente, no teníamos intención de robar ningún sombrero. Con el tiempo, de tanto trabajar en aquella fábrica, yo había cogido manía a los sombreros, y a menudo soñaba con ellos, o soñaba con que los perdía, o que me robaban el sombrero por la calle. Incluso una vez llegué a soñar que había perdido el sombrero y que el director mismo, escoltado por dos guardias de seguridad, había bajado desde su despacho hasta la entrada de la fabrica sólo para impedirme el paso. Por eso, cuando el claxón que oí a mi espalda me vino a despabilar de aquellas cavilaciones, no me soprrendió nada ver tras la ventanilla de un coche negro la cabeza del director que me llamaba agitando su sombrero hongo.  Hasta ese momento el director nunca me había llamado por mi nombre, ni me había tuteado, ni me había hecho subir a su coche. Era un hombre alto y flaco, que había perdido su pelo hace mucho tiempo, una de esas caras a las que un sombrero transforma y acaba sacando partido. Se veía que era una persona que meditaba mucho lo que decía, porque las palabras le salían a trompicones. Me ordenó, por favor, que entrara en el coche, y así lo hice, a su lado, en el asiento de atrás,  mientras el conductor conducía el coche hacia la boca del garaje. Me preguntó qué hacía yo a esa hora fuera de la oficina. Me hablaba soslayándome, con la mirada al frente, marcando las distancias, con su sombrero impecable reluciendo encima de su cabeza.  No supe qué contestarle y me limité a mirarle con suspicacia por el rabillo del ojo, pues todo lo que se me ocurría era desatinado, y ni yo mismo entendía lo que me estaba ocurriendo. Me eché hacia atrás en el asiento, crucé las piernas, saqué del bolsillo la cajetilla de tabaco y el encendedor; el apretó el botón, abrió la ventanilla y torció la cara para zafarse del humo que todavía no había empezado a exhalar. Sus ojos llameaban insultantemente. Aquel gesto debió crisparle los nervios porque comenzó a hablar nerviosamente y sin parar. Quería saber si vívia sólo, si fumaba mucho, si acostumbraba a beber. Me confesó que a él también le había gustado emborracharse cuando era joven, y pensé, al mirarle su frente limpia enmarcada por el ala del sombrero, que de eso ya había pasado mucho tiempo. Por fin me preguntó cuánto ganaba. Luego meneó la cabeza y me aseguró que en otra empresa podría ganar más. Me reí. Volvíó a menear la cabeza como preguntando de qué me reía.  Desde que había entrado en el coche me había dado cuenta de que veía las cosas más claras, como si no fuera yo mismo, como si todavía me encontrase bajo la influencia de un sombrero ajeno, o fuera de la órbita de cualquier sombrero que puedieran confeccionar en aquella fábrica. Sabía que era yo el que elegía estar en aquel coche; que podía haber elegido no subir, o no volver más a la oficina,  o cambiar de trabajo, o irme de la ciudad, o pegarme un tiro. Nos bajamos del coche y entramos por una puerta con un cartel de prohibido el paso. En aquel oscuro y sórdido garaje, mientras le acompañaba por un pasillo que veía por primera vez,  me sentí clarividente y libre.  Sabido es que dentro de las fábricas son los directores los únicos que pueden entrar sin sombrero en la oficina. Tienen sus puertas falsas, su horario libre, sus secretarias particulares, su chofer esperando alguna seña. Entramos por una de esas puertas falsas, subimos por un ascensor que sólo  usaba él, los ordenanzas casi se cuadraron cuando nos vieron entrar, las secretarias se alborotaron en sus asientos, y noté, con un escalofrío, que me miraban como a un intruso. Yo le seguía detrás. Entramos al despacho: habia una bandera, una foto de la antigua fábrica y un par de cuadros caros en las paredes. También había un sillon de diseño en el que me hizo sentar, y una mesa ovalada al borde de la cual me sentía más enano. Vi entonces a aquel hombre miserable sentarse en su alto sillón y ofrecerme una taza de café. Después lo vi guardar silencio durante unos segundos, tamborilear nervioso con los dedos en la mesa, girar dos veces en la silla, de derecha a izquierda, como si estuviese indeciso. Luego fue cuando empezó a aburrirme, pues comenzó a hablar y a darme un discurso sobre la inconveniencia de no llevar sombrero. Me aconsejó tener una buena provisión, alguna gorra incluso, por si se nos gastaba el ultimo sombrero. Para darme ejemplo, llegó a abrirme la puerta de su armario, y me enseño varias baldas repletas de sombreros. Pero ya no había vuelta atrás, pensaba, mientras echaba una incrédula ojeada a su muestrario. Había extravíado un sombrero, no tenía otro de repuesto y eso me dejaba en una posición demasiado apurada. Para hacermélo más fácil, él se empeñaba en prestarme uno de aquellos sombreros que tenía en su armario. Pero sabía que debía negarme con energía, que  no podía admitir aquel intento por suplantarme. Precisamente me gustaba usar mi propia pluma, mi propio bastón y mi propio sombrero,  porque no quería escribir torcido, ni andar desacompasado, ni pensar con ideas prestadas. Me atreví a replicarle que no entendía  la importancia de venir con un sombrero a la oficina, si luego había que quitárselo nada más entrar, y colgarlo a la entrada de la puerta. El continuó como si no me oyese, un poco más molesto, más combativo por haberle contradicho. Me dio a entender que no le sentaba bien a mi cara la ausencia de sombrero. Que podía ser confundido con un empleado de mantenimiento. Que si se permitía a alguien, por algún motivo, trabajar en la oficina sin sombrero, podría cundir el ejemplo y “todo andaría manga por hombro”. Cuanto tontería había que escuchar de la gente importante, me decia a mismo mientras le escuchaba. Ya le habían informado de que a menudo las cuentas que administraba no acababan de cuadrar, y que con frecuencia me dejaba el ordenador encendido cuando abandonaba la oficina. Me preguntó si era consciente del despilfarro y del peligro que aquello entrañaba. Otra vez no supe que responderle, y sonreí, y supe entonces que mi sonrisa le  disgustaba. Así que, puesto que ya se habían metido en los archivos de mi ordenador, y  sabía  en qué ocupaba dentro mis tiempos muertos, y  a qué dedicaba mis ratos libre fuera, decidí descubrir mis cartas por completo. Le comenté que no podía comprarme un sombrero hasta que cobrásemos. Le expliqué por qué no tenía dinero para poder comprarlo entonces, y le enumeré cada uno de los agujeros de mi bolsillo. Y por fin acabé explicándole en qué empleaba mi tiempo libre y en qué invertía mi dinero: el sonreía como si estuviera esperando aquello, como si le provocase un extraordinario placer todo aquel despilfarro mostrado.  De repente me vi hablando y hablando, y sentí que nunca me habia desmelenado tanto. Sabía que toda mi soltura  obedecia a que el viento me había derribado el sombrero, y sabía también que esa rara facultad que yo sentía ahora crecer dentro de mí, se iba a esfumar con la llegada de la proxima nómina y el consiguiente sombrero nuevo, y sabía, por tanto, que debía aprovechar aquel tirón, pedirle un aumento de sueldo  y una mesa más grande, pero sobre todo podía ahora desconcharle todas las perlas de  mi vida privada, darle a conocer todos los detalles, para que viera que era un tipo en quien uno podía confiar, aunque no tuviera sombrero, o precisamente por eso, un tipo al que cumplia darle un ascenso en cuanto recuperase su sombrero, y mientras desgranaba inverecundamente toda aquella vida recóndita para su chata imaginación,  me miraba con asombro y media sonrisa ladeada, un poco por encima del hombro,   quizas porque se daba cuenta de que en el fondo yo nunca había tenido sombrero. En fin, le hice una relación aproximada de todas mis  idas y venidas sin sombrero, de todas mis andanzas por los barrios marginales de la ciudad.  Y mientras le hacía aquella confesión, me dí cuenta de lo divertida que era toda aquella vida en que andaba de gorra, lejos de la oficina y de la fábrica. Pero, por supuesto, esta súbita revelación que iba a tener consecuencias para mi porvenir, prefería callármela, pues me pareció que aquel hallazgo iba a transmitirme un poder incalculable que podía perder en cuanto transparentase lo que en aquel momento sentía y percibía con una claridad que me dejaba estupefacto. Me daba cuenta entonces, mientras escuchaba salir de mis propios labios aquella confesión,  que cada vez que me metía en los prostibulos y en los fumaderos de opio, o me ponía amarillo de absenta en los tugurios infames, o comía con los golfos  en los comedores de caridad regentados por monjitas, me acababan ocurriendo cosas que nunca se iba a creer nadie, y que por tanto jamás podría contar, ni siquiera en este cuento, cosas que me hacían pensar que había otro mundo paralelo donde la gente estaba cortada por otros patrones, y donde todos andaban con la melena al viento, un mundo disímil donde el propio viento no podía llevarse los sombreros porque zarandeaba y desordenaba las cosas bajo otras leyes más plácidas;  me dejaba todo aquello la impresión de que había vivido un sueño, un sueño hermoso en el que quería volver a penetrar una y otra vez, porque allí sí que ocurrían las cosas de verdad y de una manera imprevisible. Y ahora sí, por fin había dado con algo parecido a una clave peara descifrar enigmas, porque resultaba que mientras yo le estaba haciendo a mi jefe aquella relación portentosa de todas las cosas que me habían ocurrido de verdad fuera de aquella fábrica de mentira, yo me había percatado de que el prodigio de mi nueva transformación debía achacarlo a que aquella mañana el viento me había volado el sombrero. Porque resultaba que por aquellos pasadizos de la ciudad por los que siempre entraba solo,  yo no llevaba sombrero, si acaso una gorra con la visera en el cogote, pues sabido es que a esos sitios no puede ir uno con sombrero so pena de que alguien te lo robe, escondrijos libérrimos donde nadie lleva sombrero, y si lo llevas te lo quitan, o te lo hacen quitar, o te echan, o no te dejan pasar, como me habia pasado a mi aquella mañana en el trabajo. Me entró un poco de desaliento cuando comprobé todos mis años perdidos por haberme empeñado en llevar correctamente mi sombrero calado hasta las orejas, solo para que me abriesen las puertas de la fábrica. Pero tenía todavía mucho tiempo por delante, y sabía que podía detenerlo, sabía que podía derrotar a aquel vendaval de tiempo insípido que quería dejarme calvo y con la cara recien afeitada, como la de un muerto. Si señor. Hacia un viento de muy señor mío aquella mañana, mientras bajaba pensativo por las escaleras, recordando la disparatada entrevista que había mantenido con mi jefe. Me había despedido con la mirada ladeada y prepotente del que sabe que está viendo a un subalterno por ultima vez. Era consciente de que  mis días con sombrero ante la puerta del trabajo habían llegando a su fin, y que acaso era el último día que iba a ver a  mi compañeros de oficina, que ya se apresuraban a coger su sombrero para volver a casa. Me quedé un momento inmóvil en el vestíbulo,  casi sin atreverme a abandonar la fábrica, contemplando ese gesto de ponerse el sombero al salir por la puerta, ese gesto que habia venido observando día tras días, durante los últimos quince años de mi vida. Cada uno tiene asignado un casillero con su número de ficha y su sombrero. Estaba bien informado el señor director, allí no estaba mi sombrero. Miré mi casillero vacio y sentí una sensación acojonante cuando me dí cuenta de que de que por fin iba a salir de aquella oficina sin llevar el sombrero en la cabeza. Me sentía pleno, extasiado. Inspiré hondo, enderecé mi figur, y lo vi todo claro de repente; era como si me hubiera fumado un cañamón de opio. Entonces me quedé impávido, girando y girando, mientras los ojos sin pestañas del vigilante se iban agrandando en su intento de comprender lo que me estaba transformando a ojos vistas. El no podía ver lo que me pasaba, y yo, en cambio, tenía en aquel momento los tabiques transparentes, y había podido percatarme del truco de birlibirloque con el los dueños de aquella fabrica se apoderaban de nuestros cuerpos y de nuestras almas.: allí, en el zaguan de la fábrica, aquella misma mañana, entre la puerta automática y la estantería de sombreros, justo antes de irme a comer, tuve la revelación. No somos más que autómatas. Y por eso todo había estado funcionando en la oficina a la perfección. Y por eso siempre había sido así. Y más allá de la oficina, el único jardinero que aún quedaba en la empresa se afanaba bajo su gorra por escardar las hojas secas en el cesped, con su alma vendida al peor postor, y, salvo el viento que se habia llevado por sorpresa mi sombrero, todo giraba jabonosamente en su quicio, y funcionaba a las mil maravillas, sin pompa alguna; los coches rugian por la avenida como leones enloquecidos a los que otros leones azuzaban, y se oían ruidos de bocina mientras la gente caminaba por las aceras y los centros comerciales, como abducida, cada uno encaramado en su peldaño, bajando y subiendo las escaleras mecánicas, todos ordenados y en fila, como recien salidos de una fabrica de sombreros, con su risa de estreno y de domingo, mostrando con orgullo las últimas mercancías en sus bolsas ecológicas y  transparentes. Había descubierto un refinado elixir que pensaba bebermelo solito, trago a trago. Podría pasarme todos los años que me quedaban dando conferencias sobre el asunto.  O también podría llevar a la bancarrota a todas las fabricas de sombreros. O bien podía olvidarme del engorroso asunto, dejar que los automatas siguiesen su marcha por el mundo,  el mundo girando y girando alrededor de sus mohosos goznes, y podría apañármerlas para buscarme un hueco y vivir mi única vida sin sombrero. Daba igual lo que hiciera. Podía permitirme, incluso, volver muy lentamente a casa y darme un ultimo  baño de agua caliente, antes de afeitarme con cuchilla, pero de momento quería saborear mi revelación. Era solo un instante, una fracción de segundo, un parpadeo en el que el gesto de autómata de mis compañeros quedaba iluminado como por un haz de rayos equis. Era justo en el momento en que el sombrero hacía contacto con la cabeza. Incluso notaba el chisporroteo y podía oir la chispa electrica haciendo click en su cabeza, dejando todo aquellos cerebros sin corriente. Era como ver a un loco cuando le ponen la camisa de fuerza: en ese momento se calma un poco. Lo mismo les ocurría a mis compañeros de fábrica. Acechaba yo ese momento de contacto con el sombrero, justo antes de encasquetárselo del todo en su cabeza, y atisbaba la erratica dirección de sus ojos vidriosos, su brillo de  pez muerto y sin agallas, las grietas de tierra seca partiéndoles la frente, la avejentada línea de muerte frunciéndoles el labio,  y esa inclinación obediente de cabeza, su fatigoso suspiro de esfuerzo sin ganas y aire viciado, y  veía, en fin,  sus estupidos rostros complacientes y mansos por haber llegado al momento de la obligación cumplida, y podía leer exactamente lo que en ese momento pasaba dentro de aquellas cabezas bajo sus sombreros. Y ahora si, ahora lo podía ver como al través de un diamante, con mi mirada despiadada por la revelación, pues me habia quedado observando cómo cabalgaban sobre sus cabezas el sombrero que yo ya no llevaba encima, y podía ver más allá de sus cabezas, y podía saber incluso que sus cabezas se habían quedado vacías con aquel gesto mecánico e insensato, y veía cómo acababan  de derramar sobre la copa de su sombrero todo el licor dorado de sus  pensamientos humanos, así que ya se podían ir ligeros y automáticos por sus carriles,  una vez que habían vacíado toda su alma en la copa  del sombrero, ya podían regresar por fin a sus casas con la mirada fuera de tiro, mientras corrian y se bamboleaban, y temblaban, y se llevaban sus manos agitadas a la cabeza para que el viento no les volase el sombrero.




LA SONRISA

Había perdido el conocimiento y me recogieron de la acera de una calle en donde estaba tirado; y luego me llevaron al hospital, en una ambulancia, supongo, porque eso no lo he preguntado. Ellos si, las enfermeras, los celadores, el médico que me ha cosido la frente me han preguntado cómo me había hecho aquella herida. Pero yo no me atrevo a contarles la verdad. Me da vergüenza. Digo que no me acuerdo. Pero creo que llegaré a contarlo, que voy a contar como sucedió todo.

Era una noche muy lluviosa, ya bastante tarde, y como llovía tanto, casi nadie circulaba por la calle. Yo no llevaba paraguas, pero no me importaba mojarme y vagabundeaba por las calles buscando, como casi siempre, alguna novedad, algo todavía indefinido, una aventura que salpimentase la  vida insulsa que llevaba, alguien con quien poder intercambiar unas palabras, cualquier cosa que me electrizase, que me transformase. No lo había encontrado en los libros que leía, ni en los cines a los que acudía en busca de una película que contase mi otra vida, la que sabía que me estaba aguardando en alguna parte. Del trabajo, de la oficina, para qué vamos a hablar… Estaba solo, muy solo, como solamente puede estarlo un hombre que se ha mudado a una nueva ciudad. Y ese era mi caso. Por eso vagabundeaba por calles desconocidas, sin rumbo fijo, intentando orientarme en el paisaje laberíntico de la ciudad. De pronto, al dejar el escaparate de una zapatería, vi pasar una mujer con un cuerpo  formidable, muy bien vestida, casi con ropas de otra época, pero de un gusto exquisito, y sin paraguas. Aquello me llamó la atención: que con esa lluvia no llevase paraguas. Pero lo que me impulsó a seguirla –debo confesar que no es la primera vez que sigo a una mujer  por la calle- fue aquella sonrisa que vi de soslayo, aquella sonrisa como sacada de un cuadro de Leonardo, difuminada y sugerente, triste y alegre. No me mostró sus dientes, pero mientras la seguía me los imaginaba blancos, cabales, unos de esos dientes que se pueden ver en un anuncio de dentífrico y que nos hacen pensar en la pureza de algunas mujeres. Atravesamos juntos varias calles, yo detrás, a una discreta distancia, para que en el silencio de la noche el ruido de mis pisadas no me delatase. Sin embargo, tenía la impresión de que ella sabía que la estaba siguiendo.

Era una noche muy silenciosa; los coches hacía ya tiempo que habían dejado de pasar. No nos cruzamos con nadie por la calle. Mientras fijaba la mirada en su espalda, iba hipnotizado por el ritmo de su taconeo. Recuerdo que se me escapó una carcajada, porque aquella escena me hizo pensar, no sé por qué, en el flautista de Hamelin, con  toda su cohorte de ratas. Yo soy tu ratita, me dije en voz baja, y tú vas tocándome la flauta. Entonces hice un gesto tonto, un gesto de esos que uno sólo hace cuando está borracho. Miré para atrás para confirmar que era yo el único que la seguía. Y contemplé una calle en penumbra, pálidamente iluminada por las farolas, y vacía, muy vacía, tanto que me di cuenta de que estábamos solos en la ciudad, ella y yo. Y me asusté; me asusté porque volví la cabeza y ella había desaparecido como barrida por una ráfaga de lluvia, y yo estaba solo, perdido en la noche dentro de la gran ciudad. Me lamenté de la oportunidad desperdiciada; debí haberla abordado, decirle alguna palabra, aunque me rechazase, cualquier cosa antes que dejarla escapar de aquella manera. Sabía al menos en qué barrio vivía, aunque desconociese el portal exacto que acaba de enfilar. Apuré un poco los pasos por si podía averiguar cuál era ese portal. Y en el momento en que avivé el ritmo, la vi salir, no sé de dónde, tal vez de las galerías de un centro comercial cercano. Pero observé que venía en dirección contraria, dirigiéndose hacia donde yo me encontraba, con pasos decididos, y me sonreía; me pareció que me sonreía, con aquella sonrisa que tanto me había hechizado. Y yo le respondía con otra sonrisa con la que caminaba a su encuentro. Y entonces fue cuando ocurrió aquello que he querido contar desde un principio. La cara que yo apenas había entrevisto, se iba definiendo a medida que se acercaba, y me pareció que no era tan joven como yo me la había imaginado. Tal vez el maquillaje y sus gafas oscuras disimulaban su verdadera edad. Cuando ya sólo nos separaba una distancia de diez metros, aproximadamente, intuí que se iba a dirigir a mí, y mi corazón se aceleró esperando una palabra suya, tal vez una sonrisa, una de aquellas sonrisas… Y fue verlo y no verlo, todo se sucedió muy deprisa, sólo sé que en un instante se colocó casi a mi altura como si hubiera corrido de un salto y se llevó las manos a la boca con un distraído ademán de esos que hace uno para quitarse las gafas cuando se tiene la vista cansada. Y la miré fijamente, desconcertado por  un gesto que nunca había visto antes, y mientras mis ojos iban mirando atónitos, ella iba ensanchando su sonrisa, hasta que por fin estalló en una suerte de carcajada hueca. Porque justo a un palmo de mis narices y en un gesto –no sé muy bien como definirlo- de rebelde y obscena insolencia, se desprendió de toda su dentadura –que sólo en ese momento comprendí que era postiza- y me enseñó su boca abierta, calva, en carne viva, fea como un demonio.  Yo me quedaba mirando aquello sin poder reaccionar y ella abrió la boca más todavía para insinuarme algo con su lengua de sapo, pero yo me había quedado sordo, ya no podía oír nada, sólo la miraba hacer, agitar el brazo con rabia mientras me lanzaba la dentadura contra la cara. Y lancé entonces un grito; un grito que rompió en mil pedazos el místico silencio de aquella noche, y yo entre esos pedazos, hecho añicos, tirado en el suelo y ya con la sonrisa completamente borrada de la cara.

Lo demás ya lo sabéis. Me recogieron de la calle y me trajeron al hospital. Me preguntaron al despertar qué me había pasado, cómo me había hecho aquella brecha en la cabeza.  Me lo preguntan todos los días, pero no me atrevo a contestar;  me paso simplemente la mano por la brecha con una mueca de disgusto y no consigo borrarme la sonrisa de la cabeza. Aquella horrorosa sonrisa.




DOLOR DE MUELAS

Siempre ocurría lo mismo desde hacía dos semanas: justo antes de que la pegara, él hacía reventar un objeto contra el suelo, o lo dejaba caer, o igual alguien tropezaba y se caía solo, no lo sé bien. El llegaba a casa muy tarde –de día apenas se le sentía-, y cuanto más tarde lo hacía, más borracho llegaba, y entonces él aporreaba el timbre y luego tropezaba y algo caía contra el suelo. Digo “él” porque entonces no tenía ni idea de quién era ni cómo se llamaba. Sí sabía que era español, porque su voz no tenía acento, a diferencia de ella, que sí era extranjera, eso sí estaba claro, tal vez de Inglaterra, pensaba yo, aunque los idiomas nunca han sido mi fuerte. La recuerdo todavía como si la estuviese viendo ahora, pasando por delante de mi ventana con aquella expresión doliente, para luego atravesar  el patio de la corrala hasta llegar al  apartamento de al lado. Pelo rubio largo y algo desmadejado, ojos saltones en una cara huesuda y excesivamente delgada; más bien menuda y siempre de negro, lo que le  hacía todavía más enclenque. Sin embargo, yo no sé por qué, justo antes de que la pegara y se oyera el ruido a cacharro roto, yo comenzaba a ponerle otra cara distinta: la cara de una mujer con la que había vivido hasta hacía poco, quizás porque era la cara que tenía más a mano. A él no, a él no le había visto nunca  y su voz me llegaba a través de la pared demasiado amortiguada como para que me dijera algo personal y pudiera alcanzar a ponerle cara. A veces, cuando  pienso en aquello que pasó, me da por creer que yo le ponía mi propia cara. Que yo era el que pegaba a la mujer aquella. Me gustaba escuchar detrás de la pared cada vez que saltaba la bronca, un poco por aburrimiento, porque había tenido que vender los libros que tenía y  la televisión y casi no me visitaba gente. Más bien nadie. Mi novia y mis amigos me habían dado la espalda, nadie quería dejarme el dinero que me hacía falta y yo iba deshaciéndome de todos los objetos de valor que había en casa. Así que yo estaba viviendo en una casa vacía de la que habían desaparecido hasta  los cuadros que colgaban de las paredes y no paraba de hacer cosas extrañas,  cosas que acababan dándome algún placer, o bien acababa revolcándome por el suelo, porque a veces no todo termina dándonos placer. Ahora esto que digo me suena raro, pero cuando ocurrió lo que quiero contar era así como me sentía y era así como pensaba,  y no me es posible contar lo que pasó si no me pongo a hablar de eso otro que me estaba pasando.

Así que ahora tengo que hablar un poco de mí o, mejor dicho, de mis muelas, que viene a ser lo mismo. Hasta entonces no había reparado en lo importante que es tener unos dientes sanos, pero a consecuencia de la desidia y también de ciertos hábitos, los dientes se me habían empezado a caer a cachos y pensaba más a menudo que nunca en su pérdida, y también en aquello que me los estaba quitando, en parte porque no podía dejar de pensar en ello: era lo único que sentía y nunca antes había sentido así; el resto del cuerpo se quedaba al margen, iba como a remolque. Me hubiera gustado quitarme las dos muelas que  tenía picadas para comenzar a sentir el resto del cuerpo, pero en aquel tiempo yo no era más que dos muelas picadas que iban a dejar de serlo. Sabía que mientras el dolor y la inflamación continuasen, el dentista no iba a poder arrancarme aquellas muelas. Y aquellas muelas picadas daban vueltas alrededor de mi encía. Y con ellas, iba yo dando vueltas, medio mareado, medio disuelto. Me tapaba la cara llena de bultos, me desencajaba la barbilla, daba algún alarido y luego lloraba. Eso era lo único que me calmaba un poco, porque el melabón que me había recetado el dentista no me hacía efecto. Claro que yo no había ido al dentista para que me recetara sólo melabón. El dolor a veces provoca extrañas sensaciones y lo distorsiona todo. Yo llevaba casi una semana sin salir de casa, esperando una visita que nunca se producía; no comía nada o  bien comía desperdicios, apenas dormía y a veces me colaba debajo de la cama porque había descubierto, quizás de manera accidental, que en aquel rincón de oscuridad, pegado a la pared, las dos muelas me dolían menos. Sólo un poco menos. Porque también descubrí  entonces que caben muchos grados dentro del dolor.

Y el dolor de aquella mujer debía ser extremadamente agudo, si es que eso puede juzgarse únicamente por los gritos. Y no era sólo porque la pegara, que también; con el tiempo uno llega a reconocer de dónde vienen los lamentos. Debía sufrir tanto como yo, y en parte por lo mismo, y todo eso me consolaba y me hacía sentir menos solo y también hacía que pegase la oreja a la pared. Pero por más que pegaba la oreja contra la fría pared (ahora lo recuerdo, eso también me gustaba) sólo podía oír el plato o el vaso contra el suelo, los insultos de él, los gritos de ella. Podía ser que tal vez no la estuviera pegando y que yo me lo estuviera imaginando todo, porque yo me imaginaba caras, ya lo he dicho. Lo malo es que también oía los golpes y no me podía engañar más de lo que me estaba engañando. Luego la mujer lloraba y eso me daba alivio y debo decir que me gustaba que llorase o que, por lo menos, yo deseaba que continuase llorando por más tiempo. Hasta entonces la mujer sólo gritaba y apenas decía cosas y si las hubiera dicho no la habría entendido. Así que no sabía por qué  motivo eran las discusiones. Tal vez ni siquiera las había o, sencillamente, eran siempre la misma. Lo que sí sé es que él llegaba borracho, eso se sabe siempre por el tono de voz, por la manera de llamar al timbre. No entendía por qué el no tenía llave ni tampoco entendía –o quizás sí-  porque ella siempre le abría la puerta, sabiendo que todo acababa durante la noche de la misma manera: quizás un jarrón se caía al suelo, él gritaba un taco, se movía una silla o alguien daba una carrera. Luego venía el espectáculo y yo me acomodaba mejor en la cama, me tapaba con la colcha y el dolor se me calmaba. Por lo menos algo, porque hay grados dentro del dolor, eso es una cosa que he aprendido desde entonces.

Aquella noche las muelas me dolían más que los días anteriores, mucho más, aunque casi daba las gracias de  que me doliesen pues me habían venido los sudores y también tenía escalofríos, y ya hacía una semana que no me visitaba nadie y no tenía dinero ni me quedaban cosas de valor en la habitación, tal vez como le estaba empezando a pasar a la chica extranjera; en parte éramos los dos iguales, pensaba. Pero no era verdad tampoco eso. Ella era más menuda que yo, y también estaba más indefensa y ahora me arrepiento un poco de no haber cruzado con ella más que vagos saludos. Pero entonces yo no quería hablar con nadie o no podía, porque sólo era capaz de pensar en mi dolor, en los dolores que por aquel entonces ya me venían por oleadas atravesándome el cuerpo. Sé que esto no es ninguna disculpa y que podía haber hecho algo por ella, pero también sé que mis amigos podían haber hecho algo por mí y sin embargo se habían limitado a pegar la oreja en la pared mientras yo me revolcaba por el suelo. Entonces yo pensaba que no quería hacer nada por ella porque era un cobarde, pero ahora sé que no era ese el verdadero motivo. Ya digo que el dolor distorsiona demasiado las cosas. Así que lo que voy a contar ahora quizás esté distorsionado; el tabique, además, me impedía ver lo que pasaba, pero en todo caso guardo el recuerdo de ciertas sensaciones, seguramente sensaciones algo depravadas, pero que me hacían un poco feliz, aunque uno nunca sabe qué es lo que le puede hacer feliz, especialmente si  vive solo en un apartamento que se está quedando vacío y los dientes han empezado a caérsele a cachos.

Yo por entonces me sentía muy desgraciado, o por lo menos hacía mucho tiempo que no me sentía feliz, no sé si lo he dicho. Y cuando esto ocurre sólo las desgracias de los otros pueden hacernos felices. Más bien las estamos deseando, que no es lo mismo. Yo no debí haber estado aquella noche metido en la cama con la oreja pegada a la pared. Quizás debí haberme ido de casa y haber salido a buscar lo único que podía acabar con aquel dolor de muelas. Me odio, sí, ahora me odio a muerte por eso,  por no haber salido de casa aquella noche, pero también sé que cada vez que me odio me siento mucho mejor, porque a la vez que me odio también me compadezco y siento un poco de alivio, como debía sentirlo aquella noche. En realidad yo tenía que estar en otro lugar aquella noche. Alguien debía venir a visitarme y no vino. Y tanto deseaba aquella visita que no reconocí los pasos del hombre por el patio hasta que pasó de largo por delante de mi puerta y luego se cayó al suelo. Y entonces me di cuenta también que aquel fulano estaba más borracho que las tres veces anteriores. Ella tardó mucho tiempo en abrirle la puerta. Era la primera vez que el hombre no se limitaba solamente a aporrear el timbre. Quizás ella tuvo miedo de los gritos, de que saliesen los vecinos. Sólo que yo era el vecino más próximo y esa noche estaba más cerca que nunca y no podía salir a socorrerla. Porque  me dolían mucho las muelas, y sudaba y tenía temblores y me sentía tan indefenso como ella, y cuando uno está indefenso no puede salir en defensa de nadie. Ella debía tener más objetos en el apartamento de los que yo había supuesto, quizás alguna colección de figuritas de  barro o de esas de cristal de Swarovski. Veía  por el aire abatirse ositos y destromparse elefantes y desnucarse monos que caían de los árboles. En realidad no sé muy bien cómo me imaginaba aquellos sonidos horrorosos, pero antes de que él se pusiese a lanzar sus insultos yo ya me había metido debajo de la cama. Yo había descubierto, creo que lo he dicho, que a ras de suelo se oía mucho mejor que encima de la cama, aunque esto en realidad lo descubre uno cuando ya ha empezado a tirarse por el suelo. Pero yo ya no quería oír más y estaba debajo de la cama  donde me dolían muchos más las muelas y por eso me tapaba el rostro con las manos  mientras ella gritaba como no había oído gritar a nadie. Y me di cuenta de que aquella noche sus gritos no iban a conseguir calmar mi dolor. Para nada sus gritos iban a calmarme aquella noche, sino más bien todo lo contrario.

Así que no sé cuanto duró aquello ni en qué momento cesaron los golpes. Por más que me han interrogado sobre lo que ocurrió aquella noche en el apartamento de al lado, nunca he contado otra cosa que lo que refiero ahora. Quizás me quedé dormido o perdí la consciencia o todo fue tan salvaje que no me acuerdo de nada. Si de verdad me quedé dormido -aunque yo no conseguía pegar ojo por aquel entonces-, lo que me despertó fue el sonido de los pájaros. O por lo menos me viene un vago recuerdo de estar echado sobre el suelo mientras escuchaba trinar a los pájaros. Al principio pensé que estaba alucinando. Y tal vez lo hiciera. Yo no me daba cuenta de que estaba escuchando pájaros. Yo iba siguiendo, o mejor dicho, iba sobrevolando detrás de una serpentina llena de colores que trazaba mil figuras extrañas y acababan reventando en mis oídos. Figuritas de cristal estallando y derramando sus colores en mis oídos hasta ir abriéndose por las mandíbulas. Y no paraba nunca aquella melodía que me hacía abrir la boca como para tararearla. Pero después supe que no era una melodía. Supe que eran pájaros cantando porque vi que  estaba amaneciendo y que empezaba a filtrarse la primera luz a través de las persianas; esa luz anunciando que la noche ha concluido. La música me había penetrado en los oídos y era como si me sangrase púrpura por dentro y aquello me bajaba hasta las mandíbulas y me estaba haciendo babear de placer. Por primera vez en una semana podía concentrarme en algo que no fueran los ruidos y los golpes en el  apartamento de al lado. ¡Oh, pájaros!, exclamé; no paraban de martillear. Querían volverme loco. Y después aquel extraño silencio que había empezado tal vez antes de que llegaran los pájaros. Las muelas habían dejado de dolerme, acaso en el mismo instante en que cesaron los gritos en el apartamento de al lado, y el silencio se había redoblado y se había hecho más grande; había invadido toda la habitación hasta volverme sordo y las muelas habían dejado de dolerme al mismo tiempo, estoy seguro. Y la verdad es que no han vuelto a dolerme desde entonces.




Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

  Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

 esta muerte que nos acompaña

 desde el alba a la noche, insomne, sorda,

como un viejo remordimiento

o un absurdo defecto. Tus ojos

 serán una palabra inútil,

 un grito callado, un silencio.

Así los ves cada mañana

 cuando sola te inclinas

 ante el espejo. Oh, amada esperanza,

 aquel día sabremos, también,

que eres la vida y eres la nada.

 Para todos tiene la muerte una mirada.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

Será como dejar un vicio,

 como ver en el espejo

asomar un rostro muerto,

como escuchar un labio ya cerrado.

 Mudos, descenderemos al abismo. 

Entre los papeles que encontraron después de la muerte de Cesare Pavese, estaba este hermoso poema. Un poema de amor, un poema de muerte, un poema de un suicida. El otro día, durante una cena, alguien se refirió a ciertos gestos trágicos; otra persona sugirió el nombre de Pavese. Yo recordé que una vez ojeé el díario de Pavese y que con aquella lectura  me ocurrió hacer un ejercicio de exorcismo. Estaba cansado de ser yo y quise dejar que escribiese alguien por mi. Estaba cansado de mi voz y preferí que otras voces me tomasen. Dejé hablar a Pavese. 

La narración que dejo aquí es una narración fallida, pero me gusta creer que la escribió Pavese. Pretende ser la narración de su última jornada. Es un zurcido de distintos entradas que aparecen a lo largo de su diario “el oficio de vivir”. Utilice textos escritos en su diario a lo largo de 20 años. En la primera mitad de la narración decidí no utilizar más palabras que las que aparecían en el texto. Para eso tuve que confeccionar un listado de gran parte de las palabras que aparecían en ese diario. Muchos pasajes son transposiciones literales. Yo sólo realicé la tarea de montaje. Cuando ya iba por la mitad de la narración me dí cuenta que realizar dicha operación sobre un texto traducido del italiano al español no tenía mucho sentido, así que comencé a permitirme alguna pequeña licencia; no demasiadas. El texto resulta así un collage compuesto por un material escrito en más de un  95 % por el mismo Pavese. En parte por impericia y en parte por las dificultades del experimento, el texto se hace pesado y algo incomprensible. En compensación, se puede decir que aquí esta Pavese en estado puro. Y creo que el tramo final, que es un compuesto de retazos diversos, me salió razonablemente bien. (En todo caso, esto va por Pavese. Sus opiniones –sobre todo las misóginas- no son las mías. Si alguien cree que esto es triste, es porque Pavese lo era. Absténganse, pues, los lectores a los que no les gustan las cosas tristes)  

 

  26 de agosto 1950. Ha sido una Jornada dura. Has subido la escalera de siempre hasta el segundo piso y al llegar a la puerta te has parado a pensar. Es el principio del fin, en esta noche, en este hotel, en esta misma habitación. Venías de la calle a paso corto, la cabeza baja, fumando un cigarrillo y con el periódico en la mano, sin mirar las caras que salían a tu paso. Tampoco nadie te miraba a ti. Abriste la puerta con la llave y encendiste la luz. Retrocediste un poco al ver la misma habitación de siempre, casi con miedo de encontrártela igual. No había nadie esperándote dentro; la misma vacia habitación de siempre. El mismo silencio ahora violado por el chirrido de la puerta que cierras con cuidado. Con la puerta del balcón cerrada, no llega ningún sonido de la calle. Al fondo, al lado derecho del balcón, está tu escritorio con la silla. Encima un sobre abierto, varios folios en blanco, dos plumas, tres libros apilados, un cenicero con colillas, y una máquina de escribir. En la pared del escritorio hay dos estantes llenos de libros y más cerca de la puerta esta tu cama sencilla pegada a la pared, con tu mesilla al lado, y más allá tu armario y tu sillón de cuero rojo al lado de la cama. Dejas caer el periódico en el sillón y avanzas hacia el balcón, dejando atrás el teléfono negro colgado de la pared blanca, pasas por delante del espejo que hay encima del lavabo, te echas un vistazo de perfil y te ves como un fantasma; tu propio aspecto te deprime, si es posible deprimirse más. Abres el balcón, dejas entrar el aire caluroso de la noche y te sientas en el sillón. Miras el reloj: las diez y media.  

Hace tres días que casi no has dormido y de poco te sirven los somniferos. Estás tan cansado que te duele hasta el cerebro. Secretos pensamientos te acogotan. ¿No sabrá nadie lo que piensas esta noche? Más que nunca necesitas aire, vida, luz, y sales al balcón. Todavía hay un motivo de esperanza; el mundo aún palpita. Media luna brilla en el cielo. Hay una estrella entre las ramas de un arbol, luminosa como una ciruela amarilla. Aquí delante está todo tu Piamonte querido y está Turin; Turin. Aquí todavía puedes ser feliz, en este sosiego rico de tumulto, en esta ciudad donde has nacido llegando desde afuera: Tu amante, y no madre ni tampoco hermana. Por la plaza ves pasar gente sin prisa. Dos amantes van agarrados de la mano y de vez en cuando se paran para darse un beso. Un padre va hablando con su hijo pequeño y le pasa la mano por el pelo. ¡Todo esto da asco!. Porque sabes que nunca tendrás mujer ni hijos. Nunca tendrás una mujer ni las has tenido, una mujer para ti solo, un cuerpo, una paz. Y quien no ha tenido siempre  una mujer no la tendrá nunca. Una que te espera, que duerma contigo y te caliente y te acompañe y te hable. Estas solo, solo, solo; así lo has estado siempre, y así lo palpas, ahora, en esta noche.

  Pero cuántas cosas te gustan, te reaniman. No personas, pero qué bonito el jardín atigrado, las nubecillas de primavera, el salto de Turin a la llanura del Dora, el olor a gasolina entre las plantas de las avenidas, y tantas cosas más. Pero no los hombres y las mujeres que te han dejado solo en esta noche. Y, sobre todo, las mujeres. Pues el golpe bajo que te ha dado ella lo llevas siempre en la sangre. Has hecho todo para encajarlo, hasta lo has olvidado, pero de nada te sirve huir. ¿Sabes que estás solo? ¿Sabes que te dejan por eso? ¿Sirve de algo hablar con las mujeres? Todos los hombres se encuentran con una puerca. Noventa y nueve de cada cien mujeres son puercas. ¿Dónde una mujer amante?, ¿dónde la decente? “Animo, vamos, ya basta, anda ya, ya está bien, no es para tanto, ya basta”, todas te dicen lo mismo. Te pasas la mano por la frente y el pelo, cierras la puerta del balcón, tras de la cual la ciudad se va pudriendo, avanzas mientras te vas quitando la chaqueta y la cuelgas con cuidado en el armario. El calor te asfixia y también te desanudas la corbata.

 Y las mujeres te dicen ¿qué importa? Y te sientas en la cama, está bien, no solo hay esto, y agachas la cabeza y te tapas la cara con las manos, y luego se casan con otro, todos tienen derecho a dormir con ella y llevársela en automóvil, con su traje inglés, camisa de seda y sobre todo billetera. Y casarse quiere decir construir una vida y tener oficio y casa… Pero si no sabes hacer esto, no harás nunca nada, no construirás nada. Si  el hombre no es un eunuco, siempre eyacula y el que eyacula demasiado rápido es mejor que no hubiera nacido, es un defecto por el que vale la pena matarse, si no se posee la potencia de ese miembro. Esto te ha pasado, esto te ha pasado, esto te lo han dicho y volverá a pasar. Pero tu sabes que no volverá a pasar. Cálmate, por favor, cálmate, esto no volverá a pasar. Te levantas con llanto de la cama, porque te ha tenido entre los brazos y no te ha querido. Y es ya una vieja historia. “¿cómo estamos de cojones? Veamos si me haces disfrutar”… 

Sales al balcón y tomas aire. Enciendes un cigarro, le das cuatro caladas, pero el alboroto de la calle te atosiga, pues necesitas calma, pensar tranquilamente. Y cierras la puerta con estrépito, coges del escritorio el cenicero, vuelcas las colillas en la papelera y te sientas en el sillon donde solo hay angustia, desgarramiento, escalofríos, porque no tienes la fuerza física de estar solo, y otro desgarramiento más y otra gangrena y otro escarnio y ¿hasta cuando? ¿hasta cuando solo?, solo; así has estado siempre y así esta noche te irás solo. Si al menos no sufrieras…Pero sufres, ¡y cómo sufres!, como un loco, mejor sería que te hubieses vuelto loco, y es una debilidad este sufrimiento, y no sirve para nada, porque nada se aprende sufriendo de este modo. Y esto te ha pasado y te pasará siempre ¿no es así? Y despues? ¿No habrá después también? ¿es posible que no haya más después? ¿que ni siquiera saborees este cigarrillo que te estas fumando? ¿no te acuerdas como pasabas la tarde en el pequeño cine, sentado en el rincon, fumando, saboreando la vida y el fin del día? Y qué diferencia con este día que se acaba, con este dolor en el pecho y este vértigo que te va mordiendo el vientre. Si hay que sufrir, acabemos pues. Apaga el cigarrillo, enciende la luz y haz lo que tengas que hacer.

  Imagina, Pavese que ahora vas al escritorio y abres un cajón y examinas páginas escritas y  miras tus últimos poemas y rompes unos y dejas otros y sacas por fin tu cuaderno jaspeado de manchas verdes donde has escrito tu vida durante los ultimos años. Y lo abres y comienzas a leerlo. Te das cuenta de que tu vida es un fracaso, un error consecutivo desde el comienzo hasta el fin, allí donde tu diario acaba con tus últimas palabras escritas hace una semana: “no más palabras. Un solo gesto. No escribiré más”. Y lo has cumplido, porque has dejado de escribir completamente y ya solo te falta el gesto que has estado rumiando durante todos estos días. Y ahora que lo tienes decidido ves que es escribir lo que te hace falta, ahora que has llegado al final de la jornada y todo es recuento y repetición y ceremonia en esta noche aciaga. Apartas la máquina de escribir a un lado, te secas con la mano el sudor que te va cayendo de la frente, colocas unos folios en blanco al alcance de tu mano, tomas la pluma y comienzas a escribir con letra grande y pulso firme: “26 de agosto de 1950”. Y leeras los escasos folios que has escrito, siempre pensando en el suicidio, no más que una cosita que se hace, que no remuerde, no más que aplastar un mosquito. ¿o no está claro que sin Ella no aceptas la vida?. Ten valor, Pavese, ten valor. Pues sabes perfectamente lo que tienes que escribir en un día como este, un último esfuerzo para escribir lo que durante muchas noches has soñado, pues la nota de despedida te la sabes de memoria: “perdono a todos y a todos pido perdón. ¿Vale? No murmureis demasiados chismes”. Pero sabes lo que van a decir al día siguiente tus amigos, Vitorino y Calvino y Primo Levi: Era un debil en el fondo; se le veía venir. Y tu hermana: como iba a saberlo, se había despedido de mí como todos los días, más tranquilo que nunca. Y los trabajadores serios de la editorial que diriges habran dicho: un cobarde. Y los periódicos comentarán mañana: un gesto trágico. Y todos tendrán razón y también tú la habrás tenido.

  Y así, con la sonrisa de no culpar a nadie, colocas el papel encima de la máquina de escribir y te levantas para extraer el billetero del bolsillo, y luego lo examinas sentado en el sofa. Vas apartando con cuidado lo que vas a tirar a la papelera: dos facturas de una librería, dos entradas de cine de hace dos semanas y una foto por la que pasas unos dedos con cariño. “¡Oh Connie, Connie!”. Pero ella no te oye, no sabe del orgasmo, de las palpitaciones, del insomnio. Oh Connie, has estado tan dulce y tan sumisa, pero desapegada y también pasiva. La miras y te rindes. Saltos en el corazón, infinitos suspiros. ¡Es posible a tus años!. Tan buena, tan paciente, tan hecha para ti. Pero viene el miedo a lo que tu ya sabes, al paso terrible que ya has dado, y luego su increible dulzura y sus palabras de esperanza, y también lo terrible que ha sido, pese a todo. Si ella supiera que para ti no es una mujer, sino la misma existencia, el aire que respiras, la poesía de cada día, Si ella supiera que se ha llevado tus ultimos poemas, que después de ella ya no podrás escribir más, si ella pudiera leer esto que aquí escribes. Tu que ya no escribirás más, tu que has trabajado, has regalado poesía a los hombres, has comprendido las penas de muchos; tu que eres un rey en tu oficio y que en diez años lo has dado todo. Cuántas dudas tenías entonces y ahora todos te dicen: tienes cuarenta y dos años y ya lo has logrado. Eres el mejor de tu generación, pasarás a la historia, eres extraño y autentico. No otra cosa soñabas a los veinte. Pero no querías solo esto, querías continuar, ir más alla, comerte a tu generación. Volverte peremne como una colina.

  ¿Y de que te sirve todo esto?, ¿de que te sirve haber ganado el premio que has ganado hace dos meses?. ¿De que te sirven todas tus victorias si a todo el mundo aburres?; ¿o no lo ha dicho claramente ella en esta noche?. Tus palabras escritas a todo el mundo gustan, pero basta que invites a una mujer a cenar para que te diga que le aburres. ¡Que mala suerte, insensato!. ¿Cómo puede ser que tres mujeres a la vez rechacen tu invitación a cenar la misma noche.? La única noche en que tu sabes que no puedes quedarte solo. Y si llamases a una cuarta mujer, también se negaría, porque esta noche es la noche en la que todas las bolas de billar entrechocan en una extraña carambola. Y ahora que ya sabes que está la suerte echada, te levantas del sillón, abres el balcón para que vengan los ruidos de la calle, sabiendo que no hay ya esperanza posible para ti, ahora que los ves abrazarse y desnudarse y sabes lo que hacen y hasta donde llegárán. ¿No es este el estado mental en el que se cometen los delitos? Pero eres demasiado tímido para hacer tal cosa, un asesino tímido, un suicida que no puede aplastar más que un mosquito, un hombre que avanza hacia el teléfono y lo deja caer colgandolo del aire y se queda mirando extasiado la sombra gigante que va oscilando en la pared, como el péndulo de un reloj. Tu puente con el mundo acaba de romperse y vienes ya de vuelta, lo acabas de cruzar con la certeza de que ya nadie va a interrumpir tu sueño, que no habrá más llamadas, que no puedes esperar nada de nadie. Tras el puente abatido y  sin retorno, te lavas la manos con mucho jabón en el lavabo. Siempre te ha horrorizado lavarte las manos con jabón, hacer la cama por la mañana, cuando te quedabas en casa, porque todo esto requería un gran esfuerzo y sin embargo todo lo haces ahora con una jovialidad extrema, como si el rito salvaje que estás a punto de cumplir te liberase del tedio. Y qué raro resulta verte haciéndote eso, mirándote por última vez, porque si ya resulta raro mirarse en el espejo, más raro es aún que se mire un condenado. En el cristal está la víctima (no hay más que verte esa cara) y al otro lado el asesino. La mirada escrutadora pero también huidiza, la mirada tímida de un asesino piadoso que no se atreve a mirar a su víctima. Los gruesos labios entreabiertos, los ojos saltones tras las gafas, la gran nariz y el pelo espeso y todavía negro. ¡Oh Cesare Pavese, cuanto te odio! Convencete, Pavese, de que tu ya estabas muerto. Muerto estabas antes de venir al mundo y muerto estarás en un momento. Tu vida no ha sido sino un sueño. Nada se te debía y sin embargo cuántas cosas le debes tu al mundo. Muerto estarás con solo coger el vaso que hay en el lavabo y llenarlo de agua. Te sientas en la cama, sacas del cajón de la mesilla todos los sobres de somnífero y los vas abriendo, volcando polvos, tiñendo el agua de color naranja, puros ejercicios gimnásticos como el dar vueltas con la cucharilla en el fondo del vaso, pues después de cada trago el bebedor tuerce la cabeza, vuelve la cara como un nadador, satisfecho, vuelve a beber, algo muy cómico por otra parte, con ese sabor amargo que tienen las mujeres. Y ya está, no era más que esto, un gesto tan sencillo como aplastar un mosquito, como comprobar que  van a dar la una, buena hora para apagar la luz, quitarse los zapatos y las gafas y tumbarse en la cama, como de costumbre. Sientes la alegría de que ahora te irás a la cama y desapareceras y en un instante será mañana, será por la mañana y volverá a empezar el inaudito descubrimiento, la apertura de las cosas. Es bonito irse a dormir, porque nos despertaremos y porque sabemos que es la manera más rápida de llegar a la mañana, sabemos que en el fondo el hombre está desnudo y que pronto llegará la mujer que has estado esperando, como viene el sueño, calladamente, como una niebla que lenta se disipa, como un vestido hermoso de mujer que vuela por el aire y aún quisieras desgarrar, y todo flota a la deriva en ese mar muerto de color naranja, y se hunde y sube y flota y despues ya nada, y después el mundo continuará su camino como si nada hubiera sucedido, el mundo que ya ha olvidado, con sus sueños, a todos los paveses muertos, abatidos y despedazados.




LA CARTERA ROBADA

La cartera la encontramos dentro del cajón de un armario desvencijado que tenemos en el trastero. Habíamos decidido emplear aquella mañana de domingo en hacer una limpieza a fondo de la casa, limpiar las ventanas, poner en orden las estanterías y todo tipo de cacharros que empezaban a hacer intransitable el trastero: una habitación sombría ubicada en el sótano del edificio y a la que sólo entrábamos para coger alguna banqueta en las fiestas de cumpleaños o bajar la maleta cuando volvíamos de vacaciones. Lucía me había pedido que buscase un mantel  para la mesa de la cocina y  yo metí la mano en uno de los cajones del armario y enseguida noté entre los pliegues del mantel una cosa fría y húmeda que nunca debí haber sacado a la luz. Le pregunté casi a gritos que qué era aquello y ella me contestó con la misma pregunta, sin entender. Nada más abrirla saltó a la vista que aquella cartera pertenecía a una persona que no conocíamos. Como el trastero era un cuarto demasiado angosto y lúgubre para inspeccionar aquella enormidad de color negro, decidimos dejar la limpieza y subir al apartamento para hacer la inspección con más claridad, a la luz de una ventana. Se trataba de una cartera de mujer, atada mediante una hebilla, con monedero central y varios compartimentos para tarjetas y carnés. De uno de estos bolsillos Lucía desprendió un carné de identidad y un abono de transporte. La dueña era natural de Madrid, vivía en Móstoles y tenía veintiocho años. Lucía leyó su nombre y apellidos en alto y era como si los hubiera leído sobre una lápida y se hubiera hecho un silencio sepulcral. Por el carné de identidad pudimos enterarnos de su dirección, pero no logramos encontrar ningún número de teléfono en el que pudiéramos dejar aviso, a no ser el número telefónico de un pub impreso en el dorso de una tarjeta publicitaria. Dos fotografías en blanco y negro, la del carné y otra más de color sepia, en la que posaba junto a una amiga, semidesnuda y en una pose más bien indecorosa, nos dejaron la impresión de que la dueña llevaba una vida más alegre que la nuestra. Por supuesto, en la cartera no había ni rastro de dinero. Tan sólo descubrimos, dentro un sobrecito de papel cebolla, y oculto en un compartimiento, una moneda de plata de 2000 pts que había sido emitida  exclusivamente para coleccionistas y que todavía debe andar rodando por algún cajón de la casa. Creo que debimos estar registrando la cartera y examinando su contenido, al menos, durante media hora, pero el tiempo se nos hizo mucho más lento y pesado,  como si se hubiera venido arrastrando por el suelo.

Cuando por fin acabamos de examinarla, Lucía me preguntó qué pensaba sobre todo aquel asunto. Yo me hice cábalas, me encogí de hombros y solo acerté a emitir un gruñido. Entonces me miró con un gesto suspicaz, insinuando que tal vez había sido yo quien había dejado allí la cartera. Y La verdad es que no sabía como sacarla de dudas. Aunque no era nada descabellado pensarlo, protesté. Le recordé que había sido yo quien la había descubierto y que eso me eximía. Así que no podía ser yo. Resultaba una acusación infamante. Pero con la misma convicción con que protestaba, sabía también que Lucía estaba descartada, que de haberse topado con la cartera en una calle ni siquiera se hubiese agachado a recogerla. Le hice ver que no era yo el único que había tenido acceso al trastero. Su hermana Maribel y su marido disponían de las llaves de todas las puertas, e incluso durante las últimas vacaciones de Navidad, cuando nos fuimos a casa de mi madre, ellos se habían mudado a nuestra casa con el pretexto de que la suya carecía de calefacción. Le recordé que precisamente el marido de su hermana había vivido en Móstoles antes de casarse. Siempre había pensado que no era una persona fiable, que podía llevar una de esas vidas secretas de la que nunca se descubren sus dobleces. Pero finalmente una de aquellas dobleces había desplegado la cartera en nuestro trastero y Lucía la había encontrado y al fin parecía haber comprendido.– Crees que ha sido él ¿verdad?- me interrogó, con un mohín de disgusto.Durante unos minutos trazamos una penosa lista de sospechosos, porque todos los que habíamos elegido eran conocidos nuestros, parientes, gente a la que habíamos mirado hasta entonces con la mayor confianza del mundo. Un tío de Lucía, que había venido a casa a instalar un cobertizo en la terraza para proteger la lavadora de la intemperie, y que había bajado al trastero para recoger no sé qué herramientas, era el  que ocupaba el primer lugar en la lista. El sobrino de Lucía había pasado algunos fines de semana en nuestra casa y también podía haber entrado en el trastero. A esa lista añadimos, finalmente, al presidente de la comunidad, depositario de las llaves de todas las puertas del edificio, y que ese año, además, coincidía que era el filipino del 2ºB, que  en la última reunión de la comunidad había sido acusado de ladrón por el vecino del 1ºA. Cualquiera de ellos podía ser, pero también podía ocurrir que el culpable no estuviera incluido en esa lista. Yo, sin embargo, dejé entrever que tenía mi propio sospechoso. Como Lucía sabía que me refería a su cuñado, no se pudo contener y llamó por teléfono a su madre y a su hermana para comunicarles el descubrimiento y averiguar lo que opinaban del asunto. Y resultaba que todo el mundo había confeccionado su propia nómina de sospechosos y que la lista no paraba de crecer y crecer: cualquiera podía haber robado el bolso de aquella mujer en la calle y salir huyendo hasta encontrar refugio en nuestro portal; cualquiera podía haber bajado al sótano, podía haber abierto la puerta de nuestro trastero de una patada y esconder la cartera. Resultaba que todos éramos sospechosos. Pero fuera quien fuese el que había dejado en nuestro trastero la cartera ¿por qué eligió precisamente nuestra puerta?, ¿por qué la escondió minuciosamente en un cajón? y sobre todo ¿cómo pudo haber abierto la puerta del portal? y  además ¿dónde se deshizo del bolso? ¿Y por qué en la puerta de nuestro trastero no había quedado impreso ningún signo de ser forzada? ¿Y por qué no se nos había ocurrido pensar –tal como dejó entrever la madre de lucia- en la chica ecuatoriana que todos los viernes venía a primera hora de la mañana para fregar la escalera? En todo caso la madre de Lucía le había aconsejado que de momento era mejor no avisar a la policía hasta que el asunto no se aclarase. Pero ¿Y si resultaba que la policía intervenía primero y se enteraba de que nosotros teníamos aquella cartera y venía a llamar al timbre de nuestra puerta? Desde el mismo momento en que barajamos la posibilidad de que la policía viniese a visitarnos, nos sobresaltábamos cada vez que alguien llamaba al timbre o comenzaba a sonar el teléfono.  Aquella cartera nos había venido a plantear un enigma impenetrable del que se desprendían un montón de preguntas y ninguna respuesta. Si acaso creíamos dar con una respuesta, ésta nos conducía a nuevos callejones sin salida. ¿Desde cuándo se hallaba la cartera en nuestro trastero? y, lo más importante, ¿quién la había colocado allí? Y ¿Conocía el atracador a su víctima? ¿Tenía algún interés en incriminarnos precisamente a nosotros? De momento habíamos llegado a la conclusión de que el deceso tenía que haber sucedido entre el mes de marzo y el mes de octubre, pues precisamente en marzo había estado lloviendo sin parar durante dos días hasta que acabó inundándose el sótano, el agua entró con fuerza por debajo de las puertas de los trasteros y tuvimos que sacar todos los trastos almacenados, ponerlos a secar  y volverlos a meter uno por uno.–         Desde luego -sentencié- esta chica puede llevar seis meses muerta.Lucía se estremeció al escucharme, sin poder discernir si mi tono era en broma o en serio, pero lo cierto es que para entonces ya estábamos convencidos que la mujer estaba muerta, que en las mismas fotografías arrastraba  no sé qué semblante de difunta y que incluso podía haber sido asesinada en nuestro propio piso, tal vez en el mismo sofá sobre el que estábamos sentados registrando la cartera. Para mis adentros, yo ya me refería a la dueña de la cartera como “la muerta”. Pero no me atrevía a pronunciarlo en alto. Porque por aquella época yo tenía otras cosas en las que pensar. Mi madre nos había visitado unas semanas antes y habíamos advertido que los temblores de sus labios apenas le dejaban balbucear y su mano oscilante empezaba a rociar el café o la sopa que se quería llevar a la boca por toda la superficie de la mesa de la cocina. Como todos los domingos,  bajé a una cabina para comunicarme con mi madre, si era posible llamar así a aquella suerte de incomunicación que establecíamos a través del auricular. Nunca lograba hablar con ella más de dos minutos y aquellas conversaciones insulsas me dejaban siempre la sensación de que no sabía cómo tratar a mi madre. Así que regresé a casa todavía más abatido. Cuando entré por la puerta me encontré a Lucía cogiendo como con pinzas un mechón de cabello rubio que acababa de encontrar, oculto entre los pliegues del carné de conducir. Le pregunté si el cabello le parecía de una mujer. Volvió a guardar el mechón en su sitio y no me contestó. Entendí que todo aquello le daba asco y que hurgar en la cartera era una manera de hurgar en la vida de la difunta. Me preguntó si le había contado el suceso de la cartera a mi madre, y no me atreví a contarle la verdad, en parte porque era incapaz de contarle lo que había hablado con mi madre, en parte porque mi madre se estaba volviendo cada vez más olvidadiza  y se le estaba embotando el sentido del tiempo, y a veces me trataba como a un niño y me recordaba cosas muy antiguas como si acabaran de ocurrir, y otras veces me trataba como un extraño y ni se acordaba de que le había llamado el día anterior. En el fondo, tenía miedo a perder a mi madre y también a perder a Lucía y  miedo a quedarme solo. Y precisamente entonces, en esa mañana de domingo, apareció la cartera.

Aquella mañana la lluvia no dejó de repicar en los cristales de las claraboyas, las habitaciones se enfriaron y encendimos por primera vez la calefacción aquel invierno. Yo venía de pelearme con la caldera, frotándome las manos y dispuesto a ponerme el batín, cuando  me vi mirando con aprensión aquella cartera encima de la mesa -negra, fría, siniestra a más no poder, tal vez con manchas secas de sangre que nos habían pasado desapercibidas y que confundíamos con las manchas de humedad. Entonces me pareció detectar la fuente de la que irradiaba toda la humedad que empapaba la casa, y sentí un escalofrío. Preferí guardarme aquella sensación para mí, pero Lucía debió leerme la expresión porque, dando un respingo en el asiento, y como si alguien le hubiera pinchado en el culo, exclamó, casi gritando

–         sabes que te digo, que a mi también me parece que está muerta.

Para que calmara los nervios, le calenté una tila  en la cocina y se la llevé al salón. Al no verla en el sofá alcé la voz para preguntar dónde estaba: en aquel momento oí cómo se estaba lavando las manos en el lavabo, o por lo menos había abierto el grifo, pero aquello mismo ya se lo había visto hacer cinco minutos antes en el fregadero. Llegó del baño con la cara desencajada, arrastrando los pies y con un hilillo de voz.

-Tenemos que hacer la comida, pero me parece que he perdido el apetito. Me siento sucia- añadió- ¿Por qué no te lavas las manos?

 Si, yo también me lavé; yo también me sentía sucio al tocar aquella cartera pringosa y polvorienta. Era como si hubiésemos encontrado un tesoro enterrado que hubiera estado custodiado por trampas y venenos invisibles. El hecho de que  la cartera hubiera aparecido en un sótano volvía el incidente todavía más siniestro. Pasé lista a todo lo que había escondido durante los últimos tiempos en el trastero: periódicos, libros, revistas, pequeñas chucherías que yo iba hurtando a los ojos de Lucía para evitar el tener que dar explicaciones incómodas sobre mi desbocado ritmo de gasto. También recordé todas las carteras que robaba a las amigas de mi madre cuando venían a hacerle una visita. Recordé que en las primeras visitas venían con una sonrisa en la boca; luego ya empezaban a llegar más hurañas, sus visitas se iban espaciando y dejaban de venir a visitar a mi madre. Mientras me encontraba sumido en aquella revisión que ya empezaba a hacerme daño,  vi como en sueños a Lucia hurgando ávidamente de nuevo en la cartera y me sentí culpable de que la tuviese entre sus manos. Muchos días la había descubierto hurgando en mi billetera, en busca de pruebas que demostrasen mis deslices. Sentí que aquella cartera era la mía  y casi le ordené que lo dejase.– ¿Que hacemos?- le pregunté para romper el hielo.– No lo sé. Yo no quiero esto en mi casa- y al pronunciar “esto” no parecía referirse sólo a la cartera, sino a algo mucho más enorme y que nos superaba a los dos. Lucía llamó a un número de información de la compañía telefónica y pidió que le buscasen el número que correspondía a la dirección del carné de identidad, pero resultaba que en aquella dirección no constaba ningún abonado. Y no podíamos hacer nada porque mientras no tuviéramos una pista de quién había dejado allí la cartera, no podíamos llamar a la policía. Corríamos el peligro de que pudiéramos comprometer a algún familiar. La cartera la dejamos encima del escritorio del estudio y decidimos olvidarnos de ella. Comimos –más bien poco-, dormimos la siesta –más bien mal-, fuimos a ver una película  a un cine del centro, y aunque todo aquello lo ejecutamos con el pensamiento puesto en otra parte, nuestra conversación fue tomando con las horas un cariz más convencional, casi vulgar. 

Al día siguiente era lunes y  había que acudir al trabajo. No nos atrevimos a dejar la cartera en casa. Era como dejar abandonado en su cuna a un niño llorando. La cartera había cobrado tal fuerza que no nos podíamos separar de ella.  Cuando estábamos desayunando, trepidó el teléfono. Aquella era una llamada intempestiva. Desde que vivíamos en aquella casa nadie nos había llamado a la hora del desayuno. Nos sobresaltamos. Eran los padres de Lucia. Había que hacerlo ya o de lo contrario nos podíamos arrepentir. No comprendían cómo no nos habíamos deshecho ya de la cartera. A dos metros de distancia podía oír los gritos de su madre a través del auricular.

 Salimos de casa con una sola idea fija. Ni siquiera había que subir con la cartera al autobús. Antes de llegar a la parada teníamos que perderla de vista. Le dije a Lucía que la llevara dentro del bolso, pero me contestó que no pensaba mezclar aquello con todas sus cosas. Yo me la enfundé como pude en el bolsillo del abrigo y me pareció que allí dentro había algo que latía y que tenía vida y que en cualquier momento iba a maullar o gemir y nos iba a acabar delatando. Entre los trescientos metros que median entre nuestro portal y el contenedor de la basura, no nos dirigimos la palabra; tan solo oíamos nuestros pasos, nuestras respiraciones y los latidos del corazón. Cuando ya había levantado la pesada tapa del contenedor, después de haber esperado mesuradamente a que se alejara un coche, Lucía me detuvo. El contenedor estaba demasiado cerca de la comisaría de policía; además, no era la primera vez que veíamos  mendigos escarbando entre los desperdicios. Había que ir más lejos, deshacerse de la cartera con sigilo. Creo que si no hubiera sido un día de trabajo, me hubiera ido a Mostoles en autobús para dejar la cartera bien lejos de nuestra casa, en algún lugar donde encontrarla hubiera sido más creíble. No cogimos el autobús en nuestra parada habitual y a punto estuvimos de llegar al trabajo andando. A mitad de trayecto, y después de haber descartado varios contenedores, la arrojé en una papelera vacía que estaba adosada  a un poste. Por supuesto, antes de hacerlo, nos detuvimos durante un largo rato para mirar a todas partes. A esa hora de la mañana la calle es un hervidero de personas que vienen y van a coger el autobús para el trabajo. El tráfico no cesa de enredarse, los atascos son continuos, los coches quedan encallados durante varios minutos en el mismo punto. Los automovilistas matan el rato tocando el claxon y mirando por la ventanilla.Después de aquel domingo ya no podíamos volver a confiar en nadie y apenas hablábamos entre nosotros, pues de todo aquel asunto de la cartera nos había quedado un escrúpulo absurdo que no paraba de angustiarnos. Al fin y al cabo, habíamos hecho lo mismo que hizo el que nos dejó la cartera en el trastero: nos acabamos deshaciendo de ella. Vivimos aquellos días como si hubiésemos contemplado el paso de un fantasma, como si nos hubiera sobresaltado un hecho irracional al que después de dar vueltas había que arrojar por la borda. Y eso fue lo que hicimos, dejar de hablar de ello, olvidarlo. Creíamos que era algo tan sencillo  como eso, que bastaba con dejar de mencionar la cartera y esperar a que se fueran disipando los recuerdos. Pero aquella cartera no era una cartera cualquiera. Aquella cartera tenía vida y había pertenecido a una persona que estaba viva, o que lo había estado durante algún tiempo, y la cartera acabó por  resucitar. Y esta vez en las circunstancias más inesperadas.  El año en que apareció la cartera en nuestro trastero, fue el año más lluvioso de la última década, el trastero volvió otra vez a inundarse a principios de mayo, apenas hubo primavera y el verano se nos echó encima como si tuviese más prisa que nunca,  porque a  primeros de junio mi madre tropezó con un bordillo, se hizo un esguince y tuvimos que adelantar repentinamente las vacaciones. Ya casi no podía andar y se estaba quedando en los huesos, así que era natural que se hubiese caído. Sabíamos que tarde o temprano aquello era algo que tenía que llegar, pero lo que no esperábamos es que su estado acabase siendo tan calamitoso. No dejaba de temblequear en ningún momento. Y como era incapaz de llevarse una cuchara a la boca, había dejado de cocinar. Y también había dejado de utilizar la escoba y de pasar la fregona, y tal vez por eso acumulaba durante días bolsas de plástico llenas de desperdicios y la casa estaba empezando a oler mal. Poco después de recibirnos con expresión estúpida en la puerta, aprovechó que me estaba preparando un café en la cocina para acercárseme con cara misteriosa y preguntarme por la mujer que me había acompañado. Me dieron ganas de reír. Pero luego pensé con verdadera lástima que ya me quedaban muy pocas oportunidades para establecer un verdadero contacto con mi madre, que la próxima vez que llamase al timbre de aquella casa mi madre sólo vería delante de aquella puerta a dos extraños con maleta. Así que Lucía y yo pasamos aquel verano en casa de mi madre como dos huéspedes en la pensión de una patrona desconfiada. Ese mes de junio también siguió lloviendo mucho y apenas pudimos hacer excursiones, lo que nos permitió dedicarnos a hacer una limpieza de la casa de arriba abajo, pues la ropa acumulada con los años desbordaba  los armarios e invadía sillas y camas. Figuras inservibles y botellas vacías con licores rancios proliferaban por los rincones más insospechados. Durante varios días estuvimos bajando a los contenedores bolsas con ropa ya pasada de moda, bolsos viejos y despanzurrados, infinidad de trapos y pelucas estropajosas tomadas por los ácaros. En fin, nos dedicamos a tirar la casa por la ventana. Durante los días que duró la limpieza mi madre se mostraba muy nerviosa, sus temblores se le agudizaron, se pasaba todo el día en la cama y sólo se levantaba para quejarse de que le estábamos desvalijando la casa. Pero nada de lo que yo acarreaba hasta el contenedor de la basura tenía el más mínimo valor. Las prendas de ropa que no estaban apolilladas las amontonábamos en bolsas que pensábamos entregar en la parroquia, pero la mayoría de ropa estaba tan estropeada por la polilla o tan vieja o tan pasada de moda que se nos fue  acumulando en el contenedor toda una montaña de basura que ya no dejaba cerrar la tapa. Tuve entonces que ir al supermercado a por más bolsas de plástico y a buscar otro contenedor a la calle de al lado. Y fue ya de vuelta a casa, al término de una tarea de limpieza que nos había llevado varios días, cuando fui testigo de un hecho que aún seguimos considerando prodigioso, aún cuando ni Lucía ni yo hemos vuelto a referirnos a él. Al torcer la esquina para entrar en el callejón donde estaba el portal de la casa, vi que la puerta del garaje que pertenecía a mi madre se encontraba alzada. Y eso era lo extraño, pues que desde que murió mi padre y vendimos su viejo coche no se había vuelto a abrir. Alguna vez le pedí la llave para ir a coger algún viejo libro que había acabado aparcado en un  rincón del garaje por falta de espacio en las estanterías. Pero mi madre siempre me acababa contestando que no se acordaba en donde había guardado la llave. Y ahora que habían pasado tanto tiempo y que mi madre era incapaz de acordarse de cuántos años tenía o en qué año se había casado con mi padre, había terminado encontrando la llave y había logrado abrir la puerta del garaje. Era como si el fantasma de mi padre se nos hubiera aparecido en aquel recinto por haber hurgado en el armario donde se guardaba su ropa, así que cuando yo asomé la cabeza por el hueco y empecé a penetrar en la penumbra llena de polvo, ya estaba preparado para  encontrarme cualquier cosa. El interior del garaje se encontraba tal como yo lo recordaba, pero cubierto de telarañas, de polvo que olía a moho, revestido de una capa de años que había  ido doblegando y avejentando y pudriendo  todo lo que con los años había ido arrumbando la gran familia que en un tiempo fuimos. Y entonces me di cuenta que yo iba a ser, dentro de muy poco tiempo, el único sobreviviente, y que me iba a quedar solo, y que me estaba volviendo tan viejo como todo cuanto habíamos encerrado en aquel garaje. Según desfilaba casi a tientas, iba dejando a los lados rimeros de revistas dominicales con una pátina de mugre, pilas de libros carcomidos, algún garrafón de vino probablemente picado, trastos y muebles antiguos que habían pertenecido a mis abuelos e incluso una televisión de formica y sin botones en la que había visto las primeras películas en blanco y negro. Y yo iba mirando todas aquellas antiguallas mientras buscaba con la mirada la persona que había abierto el garaje e iba avanzando, con el corazón desbocado, hacia la gran bañera amarillenta y desconchada que nos había dejado por unos días un dentista amigo de mi padre y que nunca volvió a recoger. Y hacia el fondo de la bañera, como si estuviese flotando algún cadáver putrefacto en el limo del tiempo, estaban los ojos de Lucia mirando con expresión de asombro, como si se hubiese quedado hipnotizada por algún pez abisal. En cuanto mis ojos se acostumbraron a la falta de luz, la vi claramente. Estaba reclinada sobre la bañera como quien está a punto de sumergir un dedo para probar la temperatura del agua con la que se va a dar un baño. Tan concentrada en lo que estaba mirando que ni siquiera me había oído venir.  Eran decenas de carteras lo que Lucía estaba escrutando en el fondo de aquella bañera, sin atrever a meter la mano, carteras de todos los tamaños y  colores, pero que el tiempo había podrido y ennegrecido, aniquilando probablemente cualquier rastro de identidad posible. Ya no había forma humana de indagar en aquella masa casi putrefacta de carteras tiesas y cuarteadas, no se podía saber a qué mujeres habían pertenecido aquellas carteras. Lucía masculló una frase casi inaudible, mientras se protegía las narices de aquel olor hediondo que parecía impregnar todo el garaje e hizo un gesto de retirarse como quien huye de una catástrofe. Y sin embargo, yo ya no oía ni olía nada. No pensaba más que en lo indefensa que se había quedado ahora mi madre. Pensaba que si ella había robado aquellas carteras, nunca volvería a acordarse, que si alguien la acusaba de aquel delito tampoco podría defenderse. 




LA ARRUGA

18 de octubre. Esta mañana al afeitarme he detectado una arruga en el entrecejo. Y no me lo podía creer. Mi piel tan tersa aparecía surcada por una arruga. Al principio creí que era una espinilla; pero no, encendí el foco del espejo y allí estaba: larvada pero abriéndose paso. Me he pasado toda la jornada espiando a mis compañeros de trabajo mientras buscaba en su rostro alguna arruga sospechosa. Los he visto más viejos a todos. Es horrible. Horrible.

20 de octubre. ¿Me estaré yo también volviendo viejo? Nunca he observado tanto a los viejos como ahora. Se les ve por todas partes, en los parques, en los centros comerciales: dando de comer a las palomas o leyendo los periódicos que nos entregan en las bocas del metro. Deberían taparse la cara, colocarse una máscara. Debería ser obligatorio que todos nos hiciéramos un molde de nuestra cara a los veinte años para poder encasquetarnos una mascara a los cuarenta. La cara de los viejos es repugnante. Si no hubiera viejos en los parques, las flores no se marchitarían. Si no hubiera viejos en los asilos, las enfermeras no envejecerían. Si los hijos no tuvieran padres mayores, siempre seguirían siendo adolescentes. Obsesionado por esta idea durante todo el día. No me la he podido quitar de la cabeza.

21 de octubre. La arruga existe por mucho que yo me empeñe en desviar la mirada. Me he propuesto no mirar ningún espejo, pero no da me está dando resultado. Veo en la cara de la gente mi propia cara. Ayer mismo, Clara me hizo notar la arruga que trato de ocultar. Lo dijo de pasada, mientras tomábamos un café, casi restándole importancia. Me dijo, como sorprendida, que la última vez que nos vimos no la tenía. Me dijo: “es ya una arruga de viejo”. Hice como que no le daba importancia. Le solté un tópico cualquiera mientras me salía una risa forzada que yo interpreté como de viejo: “son los años, que no perdonan”. Pero yo no estaba preparado para oír esto. Durante toda la charla con Clara, no podía dejar de analizar su rostro. “¿Por qué me miras tanto?”, llegó a preguntarme Clara. Ella también tenía una arruga que le tiraba del labio, la papada caída, las ojeras más pronunciadas. Pero no se lo dije. No me atreví a decírselo, a confesarle lo que estaba pensando. ¡Todos estáis más viejos!, me dieron ganas de gritar nada más abandonar el café. El mundo está más viejo, yo estoy más viejo. Habría que acabar con los viejos.

23 de octubre. Ayer he encontrado más arrugas. Alrededor de los ojos, en la frente. Siento que se van abriendo grietas por las que me desmorono. Habrán estado siempre ahí, pero lo importante es que me he fijado ahora. Hoy he estado más de quince minutos abriéndome las carnes frente al espejo, como si me estuviera espulgando. Por la tarde, un breve paseo por el parque: mirando niños en los columpios. Su piel de melocotón, sus rasgos todavía floreciendo. Ellos son mi modelo. Cuánto daría por volverme niño.

25 de octubre. La arruga es bella, me ha contestado mi psiquiatra cuando le he contado mi problema. Si supiera lo que estoy pensando no trataría de consolarme de una forma tan triste. Creo que no quiere tomarme en serio. Ahora mismo una arruga es la cosa más fea que yo puedo encontrar en las caras que miro. Le he ocultado que a veces me entran ganas de plancharme el rostro. Prefiero no divulgarlo, porque sé que entonces me tomaría por loco. En el taxi que me llevó hasta casa iba todo el rato imaginándome que lo hacía. Me veía planchándome la frente en el espejo, las patas de gallo, las verrugas. Todas las arrugas iban borrándose a cada planchada, mientras un olor a pan recién salido del horno me daba un aspecto de bebé saludable. Mi cara surgía cálida, transformada. Luego he sentido miedo, tal vez dolor, y no he querido seguir mirando. Más doloroso será lo que voy a tener que hacer.

26 de octubre. Lo sabía, lo sabía. La arruga solo era el indicio. Lo sabía. Pero me he tenido que dar cuenta hoy, precisamente hoy, el día de mi cumpleaños, al abotonarme el botón de la camisa que me habían regalado en el trabajo. Ahí estaba el pelo blanco en el pecho. No puede ser, me dije enseguida. Será un pelo del forro del abrigo. Pero no. Me lo tuve que arrancar. Y cómo duele. Tendré que hacer esto mismo todos los días, como una tarea más, como afeitarme por la mañana. Será una autentica tortura. Me depilaré, si ésta es la única manera de conservarme joven, de no cumplir más años. No pienso llegar a viejo. Me suicidaré, si es preciso.

28 de octubre. Hoy me he depilado el pecho. Por dios, qué mal lo deben pasar las mujeres. Creo que también me voy a afeitar la cabeza; más vale prevenir. Ayer en la droguería me han dado una crema que quita todas las arrugas. Le he dicho a la dependienta que las cremas eran para mi mujer. Me ha vendido un lote entero y me ha envuelto todo en papel de regalo. Una leche antiarrugas para reducir las líneas de expresión y otra hidratante para purificar la piel. Sólo tengo que aplicar las cremas una vez al día, pero me yo me las he untado dos veces. Por la mañana y por la noche. Tendré que levantarme más temprano a partir de ahora. Pero los paseos al anochecer por el parque me cansan demasiado. Me acuesto cada vez más tarde. Y no me duermo enseguida. Le doy vueltas a la idea, mientras doy vueltas y vueltas en la cama.

29 de octubre. He ido a la óptica y me he pasado quince minutos mirando letras de distinto tamaño. Me ha dicho el dependiente de la óptica que no necesito gafas. Le he insistido en que me hiciese otra vez la prueba. “No puede ser, necesito gafas”, le he dicho. Se ha quedado perplejo. Al final me he llevado unas gafas de sol. Ha sido una idea genial. No solo me tapará la arruga del entrecejo, sino que además impedirá ver las patas de gallo. Y se me ocurren más ideas como ésta, siempre cuando paseo por el parque. Cientos de ideas para combatir las arrugas. ¡No me van a vencer! Al salir me he mirado en un espejo de un escaparate. Me he visto haciendo una mueca rara con la boca. Y entonces me he dado cuenta. Es mejor que no haga gestos. No debo hacer ni un solo gesto. Es la única manera de detener las arrugas. A partir de ahora proponerse firmemente no reír nunca, no enfadarse, no fruncir el entrecejo. Hay que vencer las emociones. Ser frío como un témpano. ¿No dicen que el hielo conserva? Hay que pensar menos. Mejor no pensar nada. Sólo en las arrugas. Concentrarse en ellas. Seré eternamente joven. Y creo que he encontrado la fórmula.

31 de octubre. Encuentro memorable por la mañana con un viejo que acababa de salir de un club de jubilados. Una lástima; mañana ya no lo veré. Se va junto a otra hija para pasar tres meses de vacaciones en su casa. Cuatro ciudades distintas al año. Si hubiese permanecido más tiempo en la ciudad, yo habría puesto término a su peregrinaje. Al despedirme, le he estrechado la mano con todas mis fuerzas, con odio. Fue sólo un instante, pero vi cómo su cara se ponía pálida, como si le estuviera absorbiendo la sangre. La mía afluía en cambio primaveral, loca. Me quedó la mano caliente, la cara sonrosada, la cabeza fría. Durante el resto del día: excitado, hiperactivo. No he parado de hacer cosas. Me he movido por toda la ciudad como si tuviera diez años menos. Estado de buen humor; casi seráfico.

3 de noviembre. Me han preguntado en la oficina si me ha ocurrido algo, si me ha sentado mal el puente que me he tomado este fin de semana. He estado soberbio, totalmente inexpresivo. Me admiro de mi fuerza de voluntad. Han contado un chiste y no me he reído. Eso que me desternillaba por dentro. Montañés me ha preguntado si lo había entendido. He afirmado con la cabeza, sin pestañear. No hace falta ni mover la boca. He dicho que tengo una conjuntivitis, que no me puedo quitar las gafas de sol. Con ellas me siento más seguro. A través de ellas los veo más viejos, cada vez más viejos. Es como si las gafas ahumadas me mantuviesen a distancia de esa peste que los contamina. Mientras tanto, creo que me estoy volviendo joven.

5 de noviembre. Sigo frecuentando a los viejos en los parques. Noto que me atrae su olor a colonia de bebé, sus andares cansinos, sus gestos de niño que empieza a dar los primeros pasos. Me siento en los bancos junto a ellos y trabo conversación. Son tan débiles y yo, en cambio, tan fuerte… Al despedirme he estrechado con saña la mano de varios viejos. A alguno ya sólo le quedaba un hilillo de vida. ¿Pero cómo cortarlo de un solo tajo para que su muerte me dé más vida? He pensado mucho en este enigma. La piedra filosofal la tengo en mis manos. Y yo sin darme cuenta.

8 de noviembre. Creo que llevaré a cabo la idea que me ha estado rondando todos estos días. Con ella me liberaré por fin. Es demasiado audaz, lo sé, pero a grandes males, grandes remedios. El encuentro con todos estos viejos en el parque me ha confirmado en mi idea.

9 de noviembre. Por fin lo he hecho. Su rostro era un puro pergamino amarillo. Lo elegí entre muchas víctimas posibles. Durante muchas noches seguidas me he estado apostando en los parques y he sabido esperar mi momento. Durante media hora me estuvo refiriendo su vida, como si se me confesase. No debía ser mayor, pero qué viejo estaba: chupado. Yo lo chupe más. Lo absorbí. Mis manos fueron lo último que vio mientras lo succionaba. Oí cómo crujía la nuez, pero no gimió, no pataleó. Ni siquiera se enturbiaron sus ojos grises. He aspirado su aliento mientras se asfixiaba y me he sentido hinchado. Mientras él se iba poniendo amoratado, a mí me subían los colores por el rostro. Era lo que pensaba. Todavía estoy henchido, lleno, entero. Llevo cuatro horas despatarrado sobre la cama, como en éxtasis. Sólo los viejos saben morir de esa manera. Como si estuvieran esperando, esperándome a mí. Está claro. Son elegantes. Me gustó cómo se ha comportado, casi ayudándome, haciéndomelo fácil. Allí lo dejé sentado en el banco, como si hubiera dado una cabezada. Mañana hojearé los periódicos.

10 de noviembre. Solo he dormido tres horas y sin embargo me he levantado de un salto, pletórico, para ir a buscar el periódico. No tienen pistas. No saben nada de nada. No tienen ni idea. Y soy yo. Yo. Con mis propias manos. Las he visto hoy más limpias, más blancas, más puras. No he podido esperar a la noche para escribir el diario. Hoy no iré a trabajar. De alguna manera hay que celebrarlo.

11 de noviembre. No sólo son las manos las que están mas tersas. Hoy he ido al trabajo sin gafas de sol. Mis ojos brillaban con un fulgor extraño. ¿Me han preguntado si ya se me ha quitado la conjuntivitis? Y me reído, cómo me he reído: sin parar. Me tenían que decir ellos que parase. Ellos, dándome golpes en la espalda para que me calmase. Y he sido yo el que se ha atrevido a contar un chiste. ¿Me estará poniendo también de buen humor? El vigor se tiene que notar no sólo en el cuerpo. Mañana por la noche me daré otro paseo por el parque. No pienso depilarme más.




SOBRE EL SER Y LA NADA (LA GRABADORA)

Las grabadoras sólo comenzarán a hablar el día en que se callen los amanuenses.(M.J)
Quede este engendro sacado a la luz precipitadamente como mal homenaje a apeiron y a los que se ocupan de la filosofía y a los que lo hacen posible. Y a todos, a todos…., porque todos somos ninguno. Y en todo caso, disculpas por la parida.

Esta mañana me he despertado sudando de una horrible pesadilla. Seguramente, porque dejé de tomar mis notas en una conferencia. O tal vez porque una amiga me dejó anoche una grabadora para que fuera la misma grabadora quien tomase nota. Una grabadora que me había dejado mi amiga porque no podía asistir y supongo que no le importaba nada asistir, pero yo tenía que tomar nota de la conferencia como he venido tomando nota en los últimos años sobre conferencias de todas las raleas. Sobre el ser y la nada creo que versaba la conferencia y tenía fama de ser el conferenciante un especialista que lo sabia todo sobre el tema que iba a tratar. Y mi amiga me había señalado qué botón de la grabadora tenía que apretar para encenderlo y cuál para apagarlo y de qué manera lo tenía que apretar y que botón nunca debía tocar de ninguna de las maneras. Y de esa manera debidamente aleccionado fue como llegué al salón de actos de aquella facultad desangelada, me senté en una butaca lo más cerca posible del estrado y apreté el botón de la grabadora que mi amiga me había indicado para que empezase a grabar la conferencia. Y entonces fue cuando me quedé mudo. Simplemente ocurrió lo que durante tantos años había estado temiendo, así fue como por primera vez en muchos años no me moví siquiera del asiento; quiero decir que no me empecé a balancear en mi butaca echando mano al bolsillo ladrón de la chaqueta para coger mi cuaderno, y para sacar punta a mi bolígrafo poniendo cara de velocidad mientras lo deslizaba sobre la libreta, sino que permanecí quieto por primera vez en el asiento, acodado en la confortable butaca de aquel inmenso salón de actos, sin mover un músculo y sin parpadear, bien abierto de oídos, escuchando lo que aquel insigne conferenciante había venido a largar sobre el ser y la nada, mientras la grabadora seguía tomándose su tiempo para dar cabida al caudaloso discurso. Y me quedé horrorizado.

Y la verdad que tenía ganas de escuchar a aquel singular conferenciante del que tantas buenas palabras había oído sobre su clara inteligencia y sus exquisitas maneras, pero así desnudo como estaba sin bolígrafo ni papel yo me quedé de lo más perplejo y por primera vez en la vida no entendí nada de nada y juré que no volvería a asistir a ninguna conferencia. Y mientras regresaba anoche cabizbajo a casa, iba tocando aquella grabadora diminuta y gastada por el uso que me había dejado mi amiga para que yo registrase todas las palabras del conferenciante, aquellas mismas palabras que yo había olvidado tan pronto habían llegado a mis oídos y que la grabadora había ido ingurgitando dentro de las tripas que yo pensaba abrirle nada más entrar a casa. Porque verdaderamente el día de ayer ha sido mi último día, mi bancarrota, mi fin definitivo. Durante años, y en la medida de lo imposible, yo me había dedicado a asistir a todas cuantas conferencias convocaban en la ciudad, haciendo lo imposible por encajar horarios y lugares incompatibles, y tan pronto escuchaba en el Círculo de Bellas Artes una disertación sobre los pañuelos de Isadora Duncan, como estaba al poco tiempo sentado en el Café Comercial escuchando una tesis sobre los cuentos de Ramón Carnicer o bien una conferencia sobre el erotismo de Wendy en la Fundación Apeiron. Iba a esas conferencias como van los meapilas a santiguarse todos los días y apuntaba a todo trapo en mis libretas las palabras que salían de la boca de cada conferenciante, no importaba que fueran alocuciones en aulas con paredes desconchadas o en augustos salones de congresos, o en púlpitos tenebrosos y eclesiales, porque yo me había convertido en el amanuense de toda la ciudad y sabía que mientras me llevase en mis cuadernos todas aquellas sustanciosas palabras, mi inteligencia permanecería a salvo de la locura y la ruina, y me mantendría en pie todavía orgulloso de estar vivo. No importaba que yo nunca volviese a abrir esas libretas ni se las dejase leer a ningún amigo: yo sabía que mientras registrase en mi libreta toda la elocuencia con la que la ciudad llenaba sus salones de conferencias, yo todavía podría encontrarme sano y salvo. Y por este motivo, porque yo me había dado cuenta de que todo había sido un mal presagio, llegué a casa exhausto, con las manos torpes y los cuadernos intonsos, y enseguida me sentí como si me hubiesen asaltado por la calle y me hubiesen robado las llaves de mi casa y luego me hubieran dado una paliza. Así me sentí yo anoche cuando llegué a casa, maldito y enfermo, y para colmo de males no recordaba nada de la conferencia y quería saber qué diablos había querido decir aquel conferenciante insigne, y por eso saqué la grabadora nada más sentarme en la butaca del salón y apreté el botón y la puse en marcha. Y lo que debió pasar seguramente fue que con los nervios apreté el botón equivocado y seguramente la borré, o tal vez apreté el botón que no debía cuando por la tarde me senté en el salón de actos, porque lo cierto es que allí en aquella cinta que puse en marcha para saber algo más sobre el ser y la nada, no había verdaderamente nada de todo lo que había escuchado aquella tarde y que con tanta celeridad había olvidado. Y fue así como apenas pude cenar anoche, ni pensar apenas, la perplejidad de lo que me había ocurrido casi no me dejaba verme en el espejo cuando quería averiguar si se me había mudado la expresión o el color del rostro, y así fue como me dejé derrumbar en la cama, toda la noche reconcomido por pesadillas más bien siniestras, entre las cuales he logrado rescatar este sueño que me ha motivado a escribir esta especie de memoria sobre mi vida de amanuense, justo en el momento en que pongo fin a mi vida como amanuense. Y el único sueño que recuerdo entre tantas pesadillas es uno en el que yo por primera vez en mi vida me subía a un estrado, sin mesa y sin micrófono ante un auditorio abarrotado de personas que no paraban de levantar el dedo para preguntarme por las conferencias a las que había asistido como amanuense, levantaban el dedo, me daban el título de la conferencia y yo les sonreía complacido y luego comenzaba a reproducir literalmente la conferencia aludida como si fuese un autómata parlanchín, imitando el mismo tono de voz, o los gestos elocuentes o parcos o timoratos del conferenciante rememorado, hasta tal punto lo imitaba con fidelidad ventrílocua que enseguida tenía que poner fin a mi réplica, porque me interrumpían con una salva de aplausos nada más empezar, y así reproducía una y otra vez los comienzos de todas las conferencias a las que había asistido, hasta que finalmente alguien astuto de entre todos los interpelantes se le ocurrió levantar la mano para preguntarme por la última conferencia, precisamente la de anoche. Y fue cuando se hizo un silencio en la sala, noté que todos me inspeccionaban más atentamente, titubeé un poco, metí la mano en el bolsillo, saqué una grabadora exactamente igual a la que me había dejado mi amiga y apreté el botón. Pero como me desperté nada más ponerse en marcha la grabadora, soy incapaz de reproducir lo que dijo el conferenciante de anoche sobre el ser y la nada.




FOTOGENIA

Ahora voy contando a todo el que quiera oírme que salgo siempre a pasear acompañado de una cámara de video y es una cosa que no deja de extrañar a la gente que me conoce, les parece de lo más anómalo ver a una persona como yo paseando con una cámara de video por la calle, yo que nunca he tenido cámaras de ningún tipo, y no es que tenga nada contra las fotos, más bien pienso que la gente puede matar su tiempo como le de la gana, incluso puede reírse, si quiere, mientras pasa revista a las fotos de toda su familia, pero yo siempre he preferido mantenerme al margen de las fotos, y esto es algo que decidí ya de muy pequeño, desde el mismo día en que el director de nuestro colegio mandó traer a traición un fotógrafo para que nos sacase una foto presentable, algo qué podían mostrar los padres a las visitas de familia, y todavía me acuerdo perfectamente de su cara como si la viera hoy: un fotógrafo calvo con el bigote hirsuto y la cara más triste que había visto hasta entonces, y que además se le iba poniendo cada vez más triste a medida que iba alzando el tono de su voz para pedirme que sonriese, como muy bien se habían dignado a hacer todos mis compañeros, uno por uno, todos desfilando marcialmente en hilera por delante de su cámara, y que habían ido despidiendo incluso sonrisas desconocidas para todos nosotros, sonrisas que aguardaba pulcras para ver cómo hacia yo flamear también mi risa. Pero aquella risa que se resistía a desprenderse de mi cara empezó a descolgárseme de mi boca de la manera más desagradable que yo recuerde, como si pendiese de un hilo que estuviera a punto de quebrarse, y una vez ya desatados los labios y las encías en muecas estúpidas y horribles, en una triste y patética caricatura de risa, ya no pude evitar la que hasta hace dos semanas consideraba la escena más siniestra de mi infancia, los gritos cada vez más espantosos del hombre calvo y de bigote que me exigía risas, las carcajadas cada vez más hirientes de los compañeros que esperaban en la cola, mientras mis ojos se apretaban contra la nariz, y los labios deformados iban tragándose llantos y risas en unas inmensa arcada de asco que me ha perseguido desde entonces.

Y desde entonces me niego a toda esa farsa de risa ante un artefacto que maldita la gracia que me hace, hay que buscarse buenas razones para resistirse a que te saquen fotos si no quieres comenzar a oír toda una lluvia de sandeces, a cada uno le doy la razón que le conviene, pero ahora que salgo a la calle equipado con esta cámara de vídeo dentro de mi mochila, me da por pensar con frecuencia en lo que me ocurrió aquel día en el colegio, aun todavía sigo oyendo sus carcajadas tras mi llanto, sigo oyendo como desafinan mis lágrimas tras sus risas, y me digo que nunca más me dejaré sacar una fotografía, que ahora sí que me negaré con todas mis fuerzas a esa farsa grotesca de introducirse en una cámara oscura a esperar el fogonazo en el fotomatón, dejaré un hueco bien grande en el carné de identidad para el que hay que posar eternamente serio, como si el tiempo se nos hubiera congelado en el gesto tenso de la frente, ahora sí que tengo razones para que nadie me vuelva a disparar más fotos, y pienso que si por casualidad alguna vez algún amigo o mi madre o cualquiera de mis novias han tenido la ocurrencia de sacarme alguna fotografía sin que yo lo advirtiese, o a pesar incluso de mis advertencias, es comprensible que no haya querido verlas ni en pintura, porque nunca me ha gustado la cara que se me queda cuando me veo fuera de sitio en algún paraje extraño en el que no debería estar, con esa cara de pasmo que nada tiene que ver con la mía, con esa cara estúpida de niño a punto de llorar con la que siempre me imagino cuando me dicen que dirija la mirada hacia el objetivo indiscreto. Y los demás pueden sacarse cuántas fotografías les venga en gana, hartarse de aparecer apagando velas entre ruinas de pasteles disparatados, desgastar monumentos y paisajes y gastar también sus caras, aunque lo mismo me pasa cuando veo en las fotos otras caras que no son mías, pena me da también por ellos como me dan pena algunos bebés recién nacidos cuando les veo asomar su tierna cabecita por entre las mantas de sus cunas, porque de alguna manera creo que se les queda esa misma cara de estupefacción que yo pongo cuando me sacan en una foto.

Es una pena horrible la que siento cada vez que me enseñan fotos, no tanto por las fotos mismas, que yo más bien hago que las miro, sino por la expresión festiva con que la gente mira las fotos que enseñan o que se van pasando con sorpresa de mano en mano, haciendo fiestas, como si tuviera más valor lo que hay dentro de la foto que el mundo mismo, y oigo una risa entonces detrás de mis orejas, una risa que se burla de mi cara por no saber qué cara tengo que poner, como cuando con media sonrisa en la cara me avisan que van a contarme un chiste, y me paso todo el rato que anda durando el chiste preparando la más estrepitosa risa, por si acaso, por si de verdad es bueno y logro entender el chiste, y acabo así encajando mi cara riente con la gracia que se merece el tal chiste, que casi nunca tiene la menor gracia, y debió ser precisamente algo gracioso lo que me contó Rafa el otro día, esa historia que en el fondo me alegro de haber oído, creo que debió pillarme con la guardia baja, quizás porque estaba esperando a que me contase un chiste mientras me iba a mostrar su propio video, y sin embargo me contó algo que debió hacer crack en algún punto de mis recuerdos, y por eso desde entonces no hay día que no coja la cámara cuando voy a salir a la calle, justo desde que Rafa me contó esta misma historia mientras me mostraba en un monitor del Púb donde trabaja el último corto que había estado rodando, fue entonces cuando me habló de esa chica brasileña que aún no he podido olvidar, una preciosa mulata que había sido su novia durante los años en que ella había vivido en Madrid, justo antes de que decidiera romper con él y con sus amigos y también con todos los lazos que le habían atado hasta entonces para empezar una vida nueva en Londres, antes de que la cosa se torciese y empezase a borrársele la risa y tomara la decisión de salir de paseo con una cámara en el brazo, igual que yo hago ahora, una chica encantadora que, según me contaba Rafa, le había llamado aquel mismo día por teléfono y se habían estado riendo un rato largo, siempre cuenta las cosas con alegría mi amigo Rafa, seriamente pero riéndose de todo lo que cuenta, y ha sido de esa manera risueña cómo me ha contado una de las historias más tristes que he llegado a oír en mi vida, una historia que en realidad nada tiene de triste, pero que a mí me ha parecido particularmente penosa, y por eso ahora, que sé que ya está de regreso en Madrid, me la puedo imaginar más de carne y hueso aún, tal vez me la he encontrado estos días que paseo tanto por el centro con la cámara en la mano, quizás una de esas mujeres que he estado hoy filmando con la cámara, sin haberme dado cuenta que era la misma chica que se había ido a Londres para hacer bellas artes antes que regresase a España, porque en Londres había empezado a morirse de pena, cualquier razón es buena cuando uno quiere morirse de pena y echarse a llorar, debió sentirse sola y triste en Londres y no podía dejar de llorar, se tiraba de los pelos, insultaba a todo el que pasaba a su lado, se rasgaba el vestido, en fin, hacía todo eso que yo hago ahora mientras paseo por la calle con la cámara en mano, esto mismo que quiero hacer desde que Rafa me contó lo que hizo su antigua novia, ese gesto desafiante para con ella misma, el gesto valiente que tuvo de agarrar la cámara y ponérsela delante de sus ojos llenos de lágrimas y apretar el botón de filmar, “esos son los videos que a mi me emocionan, los que salen del corazón”, me acuerdo que me dijo Rafa, y en ese mismo momento me acuerdo que también deje de sonreír, y lo más curioso es que mientras me imaginaba a la chica llorando delante de la cámara, a mí me daban ganas de reír, porque ya entonces sabía que no iba a poder quitarme a esa chica brasileña de la cabeza, me dieron ganas de llorar incluso en aquel mismo momento, hubiera sido la primera vez desde que me pasó aquello con el fotógrafo calvo del colegio, ya me he cuidado yo mucho de que no se me viese verter lágrimas delante de nadie, y sin embargo ahora me doy cuenta de que todo hubiera tenido fácil remedio, que bastaba tan sólo con llevar una cámara grabadora en la mochila y esperar a que me cambiase el humor, como a menudo me ocurre, cualquier cosa puede hacerme llorar ahora, puede ser un hombre con un pan debajo del brazo o el recepcionista de mi pensión que se pone a silbar mientras me da la llave, o puede ser que me ponga a pensar en todas las cosas penosas o tristes o siniestras que me han ido pasando desde mis días de colegio, y me pongo a llorar como debía llorar esa chica brasileña, y si no me pongo a llorar, lo mismo pongo una cara que da una pena horrible, una cara que después me hace morirme de risa en el sofá cuando visiono todas los planos en corto de mi cara desencajada, me parto de risa viéndome como se me va partiendo la cara de tristeza, como si alguien se me hubiese muerto, me rió como si hubiese perdido la risa y alguien me acabará de enseñar el escondite donde estos años ha estado jugando conmigo, y con el tiempo acabo notándolo, voy notando que cuántas más veces me rió, más acaban riéndose mis compañeros de colegio, una risa contagiosa que va coloreando todos mis recuerdos, y veo que el fotógrafo triste del colegio también acaba celebrando mis lágrimas de vídeo con una sonrisa medio compasiva, y que ya no pone cara de partirle la cara, sino casi de darle un beso en su boca riente, y deja de gritarme y veo que se ríe, y que me acaba robando una sonrisa dentro de la fotografía.