POETAS 67. Konstantino Kavafis V (La historia de los dioses)

No es extraño que el poeta de la evocación y de la memoria que era Kavafis se adentrase en el recuerdo de la Historia para resucitar personajes y vidas con los que poder dialogar o iluminar la propia época que le tocó vivir. Los personajes históricos –ya sean celebres o anónimos- a los que Kavafis da vida en sus poemas se ven arrastrados por la corriente de la Historia, siempre apurados ante distintas disyuntivas, tomando decisiones que modifican incesantemente el curso de los acontecimientos, de sus vidas y de las vida de los otros. La polémica religiosa que tuvo lugar en los primeros siglos de la era cristiana, donde distintos cultos y formas de ver la vida se enfrentaban, fue para Kavafis fuente de inspiración y motivo para reflexionar. En algunas ocasiones, la identificación de Kavafis con determinados sucesos o personajes históricos le permitía ejemplificar mejor las dificultades a las que se enfrentaba con su vida y su obra. Así ocurre por ejemplo en su poema “No comprendo”, donde Juliano, el apóstata, aparece condenando las creencias de los cristianos, de una forma similar a como su biógrafo de Kavafis, Timos Malanos, condenaba alguno de sus poemas sin haberlos comprendido realmente, acaso por algún escrúpulo moral que le llevaba a repudiar la parte más escandalosa de su obra. Los poemas históricos de Cavafis abarcan veinte siglos de la vida griega, que van desde la época clásica hasta la caída de Bizancio. Apenas interesado por la Grecia Clásica, se centró especialmente  en la época en que la Magna Grecia sucumbe ante el poder de Roma: en esos personajes históricos decadentes y refinados que habitaban los reinos macedonios, seléucidas y ptolemaicos,  y en donde ya comienza a percibirse el eclipse de la cultura griega y su deriva histórica. Tal como ocurre en la epopeya homérica, los dioses se transfiguran en bellos cuerpos que descienden a la tierra para mezclarse con los hombres y turbarlos con el resplandor de su belleza. Dioses que cohabitan con los hombres, llenos de sensualidad, capaces de entregarse a la orgía y al imperio de los sentidos. En el poema “si ha muerto”, Kavafis opone al mesias de los cristianos la figura mítica de Apolonio de Tiana,  sabio por sus enseñanzas y artífice de milagros,  que desapareció un día sin que nadie tuviera noticia de su muerte, y al que se espera que retorne al mundo para enseñar la verdad y devolver a los hombres el antiguo culto a los dioses griegos. La tensión entre paganismo y cristianismo es puesta en escena en la serie de poemas que Kavafis escribió sobre Juliano, el emperador romano que reinstauró el paganismo como religión oficial. Esta pervivencia de distintas creencias y cultos, incluso en la intimidad de una misma persona, puede verse en el poema “la enfermedad de Kleito”, donde la sirvienta de un joven cristiano alejandrino gravemente enfermo regresa a los antiguos cultos con la esperanza de librar a su amo de una muerte a la que no es capaz de vencer el dios resucitado al que se implora. El desprecio que destilan los poemas dedicados a la figura del emperador Juliano viene justificado -a juicio de Jane Lagoudis Pinchin, en su obra sobre Alejandría- porque Juliano “tuvo el valor de negar la lógica conexión entre las correrías nocturnas de Cavafis y ese pasado helénico que el poeta solía manipular y justificar a su conveniencia”. Estas correrías nocturnas en busca del placer y las diversiones aparecen en el poema de temática religiosa “Miris, de Alejandría”, donde un personaje que habitó en el siglo IV acude al velatorio de un amigo cristiano al que sus parientes honran con el ritual de su credo. Se hace evidente aquí, en este poema donde un pagano descubre en el último momento la verdadera raíz e identidad de un amigo al que creía conocer, que lo que interesaba a Kavafis de la problemática religiosa era la complejidad histórica que provoca la aparición de distintos credos religiosos, al insertar modos heterogéneos de entender la vida, que más allá de la comunidad humana, producen la extrañeza, la incomunicación e incluso la enemistad entre los hombres.

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EL DIOS ABANDONA A ANTONIO

(1911)

Cuando de pronto a media noche oigas
pasar una invisible compañía
con admirables músicas y voces –
no lamentes tu suerte, tus obras
fracasadas, las ilusiones
de una vida que llorarías en vano.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
saluda, saluda a Alejandría que se aleja.
Y sobre todo no te engañes, nunca digas
que es un sueño, que tus oídos te confunden;
a tan vana esperanza no desciendas.
Como dispuesto desde hace mucho, como un valiente,
como quien digno ha sido de tal ciudad,
acércate a la ventana con firmeza,
escucha con emoción, mas nunca
con lamentos y quejas de cobarde,
goza por vez final los sones,
la música exquisita de esa tropa divina,
y despide, despide a Alejandría que así pierdes.

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EN LA IGLESIA

Amo la iglesia -sus ángeles,
la plata de sus cálices, sus candelabros,
el púlpito, las imágenes, el altar.

Cuando entro en la iglesia de los griegos,
con la fragancia del incienso,
las voces y armonías de su liturgia,
la digna presencia de los sacerdotes
y el solemne ritmo de cada uno de sus gestos-
espléndidos en sus vestiduras sagradas-
mi espíritu sueña con la grandiosidad de nuestra raza,
la gloria de Bizancio.

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UNO DE SUS DIOSES

(1917)

Cuando uno de ellos atravesó el ágora
de Seleucia, al caer de la tarde,
en el cuerpo de un hombre joven, alto y hermoso,
con la alegría de la inmortalidad en su pupilas,
perfumada la negra cabellera,
los que al pasar lo contemplaban
preguntábanse uno a otro si acaso alguno lo conocía,
si era tal vez griego de Siria o un extranjero. Pero otros
que más atentos lo miraban
comprendían y se apartaban;
y mientras él bajo los pórticos desaparecía,
entre las sombras y la luz del crepúsculo,
hacia los barrios que despiertan en la noche
sólo para la orgía y la embriaguez
y la lujuria y todo género de vicios,
admirados se preguntaban cuál de todos era éste,
y por qué  equívoca sensualidad
hasta las calles de Seleucia descendía
desde la alta majestad de sus moradas.

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SI HA MUERTO

(1920)

«¿Dónde fue, dónde se escondió el Sabio?
Después de sus muchos milagros,
en la fama de sus enseñanzas
que a tantas naciones se había propagado,
repentinamente se escondió y nadie sabe
con certeza qué se hizo de él
(ni tampoco nadie vio su tumba).

Algunos dieron la noticia de su pérdida en Éfeso.
Pero en los textos de Dami nada hay
escrito sobre la muerte de Apolonio.
Otros aseguraron que desapareció en Lindo.
Sin duda no es verdadero
el relato de que fue llevado a Creta,
al antiguo santuario de Diktina.-
Mas tenemos el milagro,
su sobrenatural aparición
a un joven estudiante en Tiana.-
Quizás no ha llegado el tiempo aún en que su retorno
deba manifestarse al mundo;
O quizás, transformado, entre nosotros
ande sin ser reconocido.- Pero reaparecerá
tal como era, enseñando la verdad. Entonces
traerá de nuevo la adoración de nuestros dioses
y nuestras exquisitas ceremonias griegas».

Así fantaseaba en su pobre habitación-
después de una lectura de Filóstrato:
«Sobre Apolonia de Tiana»-
uno de los muy pocos paganos
que habían sobrevivido. Por otra parte -hombre vulgar
y temeroso- en público
se hacia el cristiano y hasta iba a la iglesia.

Era el período en que reinaba,
con su extrema devoción, Justino el viejo,
y Alejandría, ciudad temerosa de los dioses,
odiaba a los miserables idólatras.

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JULIANO, AL CONSTATAR LA INDIFERENCIA

(1923)

«Viendo la mucha indiferencia que hay
entre vosotros con respecto a los dioses» -dice con aire grave.
Indiferencia ¿Pero qué espera aún?
Reformó a su gusto el orden religioso,
cuanto quiso escribió al sumo sacerdote de los Gálatas
y a otros así, distribuyendo normas y consejos.
Sus amigos no son cristianos;
por supuesto. Y no pueden sin duda
jugar como él (que en el cristianismo nació y creciera)
con reformas religiosas,
rídículas en la teoría y en la práctica.
Después de todo son griegos. No exageres, Augusto.

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JULIANO EN NICOMEDIA

(1924)

Actos arriesgados y vanos.
Celebraciones del ideal Griego.

Milagros y visitas a los templos
paganos. Entusiasmo por los antiguos dioses.

Frecuentes conversaciones con Crisanto.
Las teorías -inteligentes sin duda- del filósofo Máximus.

Y he aquí el resultado. Galo manifiesta una gran
inquietud. Constancio abriga sospechas.

Ah sus consejeros no eran nada inteligentes.
Esta historia -dice Mardonio- ha ido demasiado lejos,

Y su escándalo debe cesar a toda costa.
– Así Juliano vuelve como lector

a la iglesia de Nicomedia,
donde en alta voz y con profunda unción

lee al pueblo las Escrituras,
y éste admira su piedad cristiana.

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LA ENFERMEDAD DE KLEITO

(1926)

Kleito, un fascinante
joven, de veintitrés años
-de exquisita educación, de gran cultura griega-
está muy enfermo. Lo arrebató la fiebre
que este año asolara Alejandría.

Lo arrebató la fiebre en un momento en que estaba destrozado
por la amargura de que su compañero, un joven actor,
hubiérase negado a verlo y ya no lo deseara.

Está muy enfermo, su familia teme lo peor.

Y una vieja sirvienta que lo crió,
también siente miedo por la vida de Kleito.
Y en su terrible ansiedad
recuerda un ídolo
que adoró siendo niña, antes de entrar, como servidora,
en la casa de esos cristianos, y volverse cristiana.
Lleva furtivamente pan sagrado, y vino, y miel.
Y se lo ofrece furtivamente al ídolo. Recita súplicas rituales
como las recuerda, a trozos. La pobre
no entiende cuán poco a la negra divinidad
le importa que un cristiano sane o no.

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JULIANO Y LOS CIUDADANOS DE ANTIOQUIA

(1926)

!Era imposible que renunciaran
a su maravilllosa existencia; a la variedad
de sus diversiones; al esplendor
de su teatro donde se unía al Arte
con las eróticas voluptuosidades de la carne!

Inmorales sin duda -y no poco-
fueron. Pero tenían la satisfacción de saber que su vida
era la inimitable vida de Antioquía,
la placentera, la absolutamente elegante

Renunciar a todo eso, ¿y para qué?

Por sus caprichos sobre los falsos dioses,
su tediosa autopropaganda;
su infantil miedo al teatro;
su ñoñería sin gracia; su ridícula barba.

Oh ciertamente ellos la Chi preferían,
oh ciertamente preferían la Kappa; cien veces.

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GRAN PROCESIÓN DE ECLESIÁSTICOS Y LAICOS

(1926)

Una gran procesión de sacerdotes y de laicos,
donde todas las categorías están representadas,
desfila a través de las calles, plazas y puertas
de la famosa ciudad de Antioquía.

Al frente de esta majestuosa procesión
un efebo bellísimo vestido de blanco sostiene
en sus manos alzadas la Cruz,
nuestra fuerza y nuestra esperanza, la santa Cruz.

Los paganos, ayer soberbiamente altivos,
ahora sumisos y temerosos
con presteza se apartan de la comitiva.
Lejos, lejos de nosotros permanezcan siempre
(al menos mientras no renuncien a su error). Avanza
la santa Cruz. Y por todos los barrios
donde devotamente habitan los cristianos,
reconforta y lleva la alegría:
y salen los devotos a las puertas de sus casas
y se arrodillan, exultantes, adorándola-
fotaleza, salvación del mundo, oh Cruz.

Es la fiesta anual de los cristianos.
Pero este año se celebra más espléndidamente.
El país por fin se ha liberado.
El sacrílego, el abominable
Juliano, ya no reina.

Por el muy piadoso Jobiano elevemos nuestras oraciones.

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SACERDOTE DE SERAPIS

(1926)

Lloro por mi padre, aquel buen viejo
que siempre me amó;
por mi padre, aquel buen viejo
que ha muerto antes del alba.

Mi diario esfuerzo, oh Jesucristo,
es observar las reglas de tu santa iglesia
en todas mis acciones, en cada palabra
y en cada pesnamiento,
cada día. Y me aparto de quellos
que de tu nombre niegan. Pero ahora me lamento
y lloro, oh Cristo, por mi padre,
aunque fue -qué terrible decirlo-
sacerdote de la execrable Serapis.

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NO COMPRENDIÓ

(1928)

Referente a nuestras creencias religiosas,
dijo el estúpido Juliano: «He leído, he comprendido,
he condenado». Como si nos hubiera aniquilado
con su «he condenado», qué ridículo.

Estas expresiones no nos convencen a nosotros,
cristianos. «Has leído, pero no has comprendido; porque si hubieras comprendido,
no hubieras condenado», contestamos inmediatamente.

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MIRIS, DE ALEJANDRÍA (340 d. C.)

(1929)

Al saber la desgracia de la muerte de Miris,
fui a su casa, aunque detesto
visitar las casas de cristianos,
sobre todo en duelo o fiesta.

Me quedé en el pasillo. Era inútil
aventurarse más, pues los parientes
al saber mis relaciones con el muerto
dieron muestras de perplejidad y de disgusto.

Le habían colocado en una gran estancia
que desde mi rincón veía
en parte; con tapices riquísimos
y objetos de oro y plata.

Permanecí llorando de pie en mi rincón al final del pasillo.
Y pensé que nuestras reuniones y salidas
no serían lo mismo sin Miris;
que no lo vería ya más en nuestras
desordenadas y magníficas noches
alegrarse, y reír, y recitar
con el perfecto ritmo de su griego;
Y pensé que para siempre había perdido
su belleza, que nunca más tendría
lo que yo amaba tan apasionadamente.

A mi lado unas viejas, en voz baja, hablaban
de sus últimos instantes-
el repitiera constantemente la palabra Cristo,
sosteniendo en sus manos una cruz-.
Después entraron en la habitación
cuatro sacerdotes cristianos, que dijeron fervorosas
plegarias a Jesús,
o a María (escasamente conozco sus creencias)

Nosotros, por supuesto, sabíamos que Miris era cristiano.
Desde el primer momento, desde
los años ya perdidos en que vino con nosotros.
Pero él vivía como uno de los nuestros.
Entregado al placer como ninguno;
pródigo de su hacienda en diversiones.
De la opinión del mundo descuidado,
gustaba de arrojarse en peleas nocturnas
si por casualidad hallábamos
otros grupos rivales.
Jamás hablaba de su religión.
Pero en una ocasión cuando
le dijimos que nos acompañara al templo de Serapis,
pareció disgustarle
esa broma: así lo recuerdo.
Y también algo que sucedió otra noche.
Cuando alzamos nuestras copas brindando por Poseidón,
él se apartó, volviendo el rostro.
Y cuando entusiasmado uno
gritó que lo encomendásemos
al favor y la protección del grande,
el hermoso Apolo -en un susurro dijo Miris
(por los demás no escuchado) «mas no a mí».
Los sacerdotes cristianos en alta voz
oraban por el espíritu del joven.
Vi con cuánto cuidado,
con qué delicada atención
a las menores formalidades de su religión disponían
todo el funeral cristiano.
Y de pronto un oscuro sentimiento se apoderó
de mí. De forma indefinida estaba perdiendo a Miris;
volvía a los suyos, como cristiano
al fin, y tan sólo yo era extraño
allí; pensé entonces
si la pasión acaso no me habría engañado; si quizás no había
sido siempre extraño a él.
-Corrí alejándome de aquella horrible casa,
antes de que pudiera arrancarme, deformar
su cristianismo mi memoria de Miris.

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JULIANO EN LOS MISTERIOS

(1896)

Cuando se vio inmerso en los tenebrosos
abismos tremendos de la tierra,
escoltado por sus griegos,
y vio salir entre grandes luminarias
la inmaterial aparición ante él,
tuvo miedo por un instante el jjoven,
y resucitando algo en él de sus años de creyente
hízose la señal de la cruz.
La aparición se desvaneció;
sus signos se perdieron -las luces se apagaron.
A los griegos miró receloso
el joven y les dijo: «Habéis visto qué prodigio?
Queridísimos amigos, tengo miedo.
Terror, amigos míos, quiero irme.
¿Veis cómo han desaparecido inmediatamente
esos demonios, cuando hice el signo
sagrado al santiguarme?»
Rieron entonces a carcajadas los griegos:
«Avergüénzate de decir tal cosa
a nosotros, sofistas y filósofos.
Cuéntaselo al obispo de Nicomedia
y a cuantos sacerdotes quieras.
Los grandes dioses de la ilustre Hélade han comparecido
levántaose ante ti.
Y si ahora se han ido, no pienses
que tal gesto los atemorizó.
Apenas te han visto hacer
ese signo tosco, burdo,
su índole gentil se ha disgustado
y se han ido en señal de desprecio».
Así dijeron, y del miedo
sagrado y la sagrada unción
librose Juliano, convencido
por las ateas palabras de los griegos.

*****

EL VOTO DE ATENEA

Cuando la justicia no logra soluciones,
cuando el juicio de los hombres duda
y otras necesidades enturbian el recto conocimiento,
los Jueces callan
y la compasión de los dioses decide.

Palas dijo al pueblo ateniense:

Yo fundé vuestro TRibunal. Ningún griego
ni cualquier otro estado podrá nunca afirmar
una gloria como ésta. Haced vosotros, honorables
jueces, honor a tal fama. Renunciad
a que la pasión os guíe. Que la gracia
acompañe a la justicia. Si vuestro juicio
es severo, que sea también justísimo
– puro como un diamante sin mácula.
Dejáos gobernar por la moderación,
por la benevolencia, y que vuestros actos siempre
sean magnánimos, sin sombra de venganza u odio».

Y respondiéronle con hyonor los ciudadanos:
«Oh dioses, nuestras almas no encuentran
suficiente gratitud
por vuestra altísima ayuda».
Y la diosa de
los ojos grises replicóles: «Oh mortales,
la divinidad no espera vuestro agradecimiento.
Sed virtuosos y rectos en vuestro juicio.
Eso es suficiente. Además, oh jueces honorables,
recordad que yo guardo mi sagrado voto».

Los jueces dijeron: «Oh tú, diosa
del estrellado firmamento,
¿cuál es ese voto sagrado?»
No dejéis que la
curiosidad os turbe. Ciertas restricciones existen
en el uso de mi voto. Pero si alguna vez os
encontráis divididos en dos facciones
contrarias, vosotros mismos
emplearéis mi voto, sin que yo abandone
mis celestiales dominios. Oíd, ciudadanos: Deseo
que sobre todo veneréis
la clemencia. En el espíritu
de vuestra Atenea no hay sino una inmensa,
ilimitada, ancestal Piedad.
Sea Metis con vosotros, y hallaréis recompensa
en la suprema sabiduría de los celestes campos.

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ETERNIDAD

(Noviembre de 1895)

Arsunas, hombre bueno y noble rey,
odiaba las matanzas de la guerra. Nunca las emprendió.
Pero el espantoso dios de la guerra no lo perdonó
-disminuida era su gloria, sus templos ya vacío-,
y al palacio de Arsunas entró mostrando su ira.
El rey sintió miedo, y el dijo: «Oh gran Dios,
perdóname si soy incapaz de matar a un hombre».
El dios contestó lleno de desprecio: «¿Te
consideras más justo que yo? Que no tengañen las palabras.
Nunca se toma una vida. Debes saber que nadie
nace y que nadie muere».