Mes: noviembre 2007

LOS OTROS PENSADORES II (Hermann Hesse: Obstinación)

Una virtud hay que quiero mucho, una sola. Se llama obstinación. Todas las demás, sobre las que leemos en los libros y oímos hablar a los maestros, no me interesan tanto. En el fondo se podía englobar todo ese sinfín de virtudes que ha inventado el hombre en un solo nombre. Virtud es: obediencia. La cuestión es a quien obedece. La obstinación también es obediencia. Todas las demás virtudes, tan alabadas y ensalzadas, son obediencia a leyes dictadas por los hombres. Tan sólo la obstinación no pregunta por esas leyes. El que es obstinado obedece a otra ley, a una sola, absolutamente sagrada, a la ley que lleva en sí mismo, al “propio sentido”.
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Chwan-Shi-Lú

Otro cuento largo. Espero que si alguien lo lee no sea con prisa, que quiera ver detrás de la anécdota todos los pensamientos que el guerrero pudo tener, y las consecuancias de su karma. Mejor impreso.
No se si parecerá aceptable: espero la benevolencia del respetable.

Chwan-Shi-Lú

I.-

La sensación era maravillosa. La excitación duraba meses y nos hacía vivir como en una borrachera permanente. Nuestros maestros nos habían hecho fuertes y hábiles; tan fuertes y tan hábiles en la lucha que no necesitábamos combatir para despreciar al enemigo. En la calle éramos arrogantes, lucíamos brillantes en nuestros complicados uniformes de seda, con nuestros cráneos rapados hasta la mitad y las largas coletas indicando nuestra categoría noble. Al andar dejábamos arrastrar nuestras larguísimas espadas haciendo un ruido que espantaba, suponíamos, a los malvados, a los ladrones, a todos los enemigos del Emperador.

Éramos cien. Los cien escogidos y adiestrados como los mejores guerreros destinados a demostrar donde hiciera falta que el Emperador era todopoderoso, que no reconocía enemigos dignos de su fuerza. Era feliz, me sentía orgulloso de mí y de mis compañeros. Me sentía invencible.

Solamente al caer la tarde de los últimos días del verano cambiaba mis sentimientos por otros, también embriagadores pero mucho más dulces. Era cuando veía de lejos o cuando conseguía acercarme a la bellísima Chwan-Shi-Lú, y más aún si lograba atraer su mirada, no pavoneándome como en las tabernas ante las mujeres públicas, sino asumiendo el papel de un humilde servidor de su belleza. En estos momentos me sentía débil, entregado y sabía que ni mis armas eran útiles para evitar mi derrota ni mi uniforme podía hacer mi apariencia comparable con la de quién había tomado en mi pensamiento el nombre de Princesa, de Reina, de Emperatriz de la dulzura. (más…)

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Rapsodia de otoño

 

He ido por esos caminos largos
que conducen al ocaso
y he vuelto cuando ya las campanas
doblaban por el verano muerto.

He visto caer el sol en el horizonte apacible
y a las aguas azules, ya sin ninfas,
tersas, profundas, llenas de vidas nuevas, verdear.

He oído al pájaro ignorado gritar
un canto gris que hablaba de frío.

He visto oscurecer a los pinos, deshojarse las rosas,
cambiar los vientos, mi corazón llorar.

He tenido en mis manos brumas de la mañana
que esta tarde serán nube y mañana lluvia.

He sentido adormecerse el espíritu,
vacilar la vida, callar el rumor de la savia,
caer las hojas, crujir mis pasos, gritar mis recuerdos.

Ya es otoño y la tarde cae. Ya no hay juventud.

Tal vez la campana no doblara por el verano,
tal vez por una parte de mí que ha muerto.

 

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MANÍA PERSECUTORIA

Al último hombre que me estuvo siguiendo le gustaba pegar la oreja tras la puerta del water cuando yo iba a hablar por el móvil. Era inútil que intentase disimular lavándose las manos en el lavabo del pasillo, o haciéndose retoques en el pelo y ajustando la corbata, porque ya me lo había encontrado antes en otros bares en los que llamaba la atención nada más entrar por la puerta. Siempre lo he dicho: no es este un barrio para pasar de puntillas; si alguien aparece por aquí buscando informes por encargo, enseguida se descubre. Pero aquel hombre no parecía enterarse de que este no es un negocio para gente inexperta. Muchas veces ahí estaba él cuando iba a cruzar un semáforo, o sentado dentro de su coche mientras hacía oscilar el dial de la radio al verme asomar por el garaje. Empezaba a fastidiarme su coche gris pegado a la trasera de mi coche, el traje de cheviot y la camisa blanca y arrugada que invariablemente llevaba siempre encima, junto con esas horribles corbatas de rayas compradas de forma casual en alguna tienda del barrio, toda esa ropa barata impregnada del olor a tabaco negro que yo olía cada vez que nos cruzábamos en alguna esquina. Un hombre triste y gris que se hubiera hecho invisible sólo con que tomase algunas precauciones. Sin embargo, giraba el cuello bruscamente si me daba la vuelta. No parecía percatarse de que todo aquel disimulo hacía que se me grabase más su cara. (más…)

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Persecución

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Ghost of the past

Como en las novelas antiguas, en las que al principio de cada capítulo se explicaba lo que ócurría… «En el que se aclara casi todo y se cuenta algo de lo que sucedió varios años más tarde». La verdad es que quería dejar pasar más tiempo antes de publicarlo, para que corriera su suerte como ente independiente.

Ghost of the past
Ahora vuelvo a puerto. Ha anochecido y el mar está en calma, hará una agradable noche de otoño. He puesto el barco a 15 nudos para dejar atrás a los tiburones y el monótono ronroneo de los dos motores y los rítmicos choques de los pantoques, al romper las olas, me relajan. Hoy no he pescado ningún marlín y he perdido una buena caña, pero he arreglado otros problemas. Me siento relajado. Pienso y mis recuerdos, viejos y nuevos se mezclan.En mi vida, lo normal es que pasen los días sin que ningún pensamiento extraño altere la rutina del trabajo ni la del trato familiar. No sé si eso es vivir, pero sí sé que es fácil acostumbrarse a esa calma un poco boba y me molesta que algún suceso me saque de ella. Vivo en una población pequeña. Veo a las mismas personas en los mismos sitios a las mismas horas y encuentro agradable saber a quien voy a saludar en el próximo minuto.

Casi siempre soy el sujeto paciente o estático de la rutina, pero, de vez en cuando, tengo una idea, un deseo, una ocurrencia, algo capaz de hacer decir a quien me oye: “¡Qué ocurrencia!”, usando ese sustantivo que califica tan bien a los pensamientos exóticos, a las travesuras, a lo fuera de lo normal.

Es un placer sencillo, pero profundo, hallar en quien te acompaña una respuesta positiva: Encontrar la complicidad para salir corriendo a las 7 de la tarde de un jueves a ver si se consiguen entradas para una función, que empieza a las 9, en un teatro que está en la ciudad, a cincuenta millas, en un lugar de tráfico endiablado y aparcamiento difícil, olvidando, a conciencia, que volveremos tarde y el viernes habrá que llevar a rastras el cuerpo todo el día. Es maravilloso encontrar a alguien que nos siga en lo venialmente irrazonable, porque, en lo profundo de lo ilusorio, creemos que nos seguiría en lo irrazonable de verdad, en lo mortalmente irrazonable, sólo porque quien te oye te ama. Y ese “mortalmente” significa que queremos morir, el uno por el otro. Es una expresión de la pasión, esa que arde como una mecha lenta. Esa que produce el eco a las propuestas locas. Ese fuego interno que dura años. O que quisiéramos que durara. O que aparece y desaparece. Al que se cuida como hace el que sopla la mecha de yesca para que se avive.

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El pasado siempre vuelve

En un lugar de España cuyo nombre debo silenciar, sucedió un hecho luctuoso. Una noche de invierno fría, el agua de los canalones sonaba sobre el empedrado de la solitaria calle. Serían aproximadamente las once de la noche, Pedro el tabernero, ante la escasez de clientes estaba recogiendo y ordenando el bar para echar el cierre. De repente, oyó un ruido que provenía de la calle, miró a través del ventanal y vio cómo un hombre estaba apuñalando a otro, por un momento se quedó sin poder reaccionar, cuando lo hizo vio cómo el asesino corría, y cuál fue su sorpresa cuando lo reconoció, era José, el de la familia de los “zurrones”.

Su primera intención fue llamar a la guardia civil, pero el miedo a una futura represalia le dejó inmovilizado.

El muerto era otro vecino del pueblo, Narciso; luto y dolor para la familia, más aún porque fue un crimen sin esclarecer.

Pasaron los años, y José y Pedro tuvieron ambos un hijo. Un día que los dos niños estaban jugando, el hijo de José le dio al hijo de Pedro con una piedra en la cabeza con tan mala fortuna que lo mató.

Entonces Pedro fue cuando delató a José, y pensó que si lo hubiera hecho antes su hijo estaría vivo.

El destino a veces es imprevisible y juega duras pasadas.

Encarni Arévalo

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Persona triste

Vivo en el vientre de mi madre y soy feliz, estoy rodeado de agua, mi cuerpo se siente relajado, las caricias que traspasaban a través de su piel y sus palabras dulces, hacen mi estancia muy agradable. Quiero vivir para siempre así, que mi madre sea siempre para mí, que nada se interponga entre nosotros.

Pero oigo conversaciones, que ha llegado el momento, que sea un parto feliz, no lo entiendo muy bien, espero con ansiedad el significado de estas palabras. De pronto, las aguas calmadas se vuelven turbulentas, aunque no veo, noto una corriente de aire, mi cuerpo se desliza hacia esa abertura – mamá no quiero salir – una idea tengo, me doy vueltas en la marea, pongo atravesadas las piernas y ya no salgo mamá. ¿Qué oigo? ¿qué ha pasado? era un parto normal, – deprisa, hay que hacer una cesárea- , el feto venía de cabeza, pero ahora está de nalgas – ¡qué lenguaje!-, cesárea, nalgas. Bueno, yo a lo mío, a resistir. Oigo –hay que hacer cesárea, no hay tiempo- . Ruido de metales, silencio, -¡mamá, háblame!-, -¿qué pasa?- Salgo por el túnel, qué frío, qué inhóspito. Veo figuras difuminadas, todas de blanco, pero no oigo la voz de mi madre, solo la palabra – ha muerto –

Las palabras en mi cabeza se me agolpan, “cesárea”, “nalgas”, “deprisa”. – He matado a mi querida mamá –

Me crié con mi abuela materna, me miraba y su rostro se cubría de lágrimas y decía – tienes los mismos ojos que tu madre –

Siempre fui un niño triste, nadie comprendía mi tristeza, colmado de cariño, juguetes.. nada me hacía feliz, en mi interior siempre era la misma respuesta – has matado a tu madre-

Debido a mi tristeza visité varios psicólogos, ninguno acertó en el diagnóstico, yo solapaba mis respuestas para que nadie entrara en mis pensamientos. No tuve apenas amigos, era triste, a nadie confesé mi tragedia.

Pasaron los años, mis estudios los encaminé hacia la medicina. Mi meta era convertirme en tocólogo y se cumplió. Me dediqué en cuerpo y alma a mi profesión, no podía consentir que ninguna madre muriera al dar a luz. Cada vez que salvaba vidas mi rostro se perlaba de sudor frío, pensando en mi madre. Mi mente me repetía, – ¿mamá, me has perdonado?- .

Sigo siendo una persona triste. Necesito ayuda psicológica, no puedo vivir así.

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Impresiones de Otoño (II)

~·~·~·~

susurro, estruendo

no susurro, no estruendo

agua entre piedras

~·~·~·~

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