Mes: enero 2015

Esto no es filosofía 8

8.- Dos arquetipos pero un ser o un pensar

 Me parece recordar y si no es así haremos como si lo fuera: En el Islam en torno al siglo VIII, quizás hasta el XVI[1],  el mundo se dividía en dos partes: La casa del Islam y la casa de la guerra. La moral, las leyes, las costumbres, los derechos, etc., para los mismos creyentes, eran distintos si se encontraban físicamente en una u otra Casa. Desgraciadamente el Islam no ha evolucionado todo lo deseable para el mundo occidental.

Esto es sólo una anécdota para introducir el concepto de dualidad extensa:El Universo total es dual, no sometido al tiempo y al espacio  y ajeno al principio de causalidad.  “Es” y engloba a todo cuanto existe: 0 y 1; Noúmeno y Fenómeno; Idea y Realidad; Voluntad y Representación. Bien y mal si los hubiera. ¿Dios y yo?: Sí, a Dios y a mí también. No se comprende pero es así, lo dice la canción que cantan todas las cosas todas.

Sólo el no-universo es Uno.

¿Y el “mal”? Mal en el sentido de dolor, existencial o no, Dice Don Arturo que es imprescindible para doblegar la “Voluntad”, beatificarse por la ascesis y, no lo dice pero debe ser así, alcanzar el Nirvana.

Ahora convendría hacer una comparación y adivinar en que casa estamos, en la de los filósofos o en la de los eruditos. ¿Somos o pensamos?

[1].- Lepanto en 1571.- El Estado Islámico está resucitando esta antigua realidad en el siglo XXI.-

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Esto no es filosofía 7

7.- El arte y Yo

El joven Monclús, en un arrebato que parecía imitación de otros repentes artísticos pero no lo era, destrozó gran parte de unos maravillosos óleos que había pintado.

Leo, oigo-escucho, medito, busco un texto o una voz. Pudiera ser una música. Me parece extraño pero no puedo descartar el sentimiento de lo intuido ante algo que me parezca una obra de arte. Rara vez. Posiblemente todo el arte que me movería está destruido, necesariamente destruido para ser arte.

La otra parte es el Yo, mi yo en este caso. Ese Yo es mi primer acto de conocimiento, mi primera intuición: ¿O no? Me parece discutible: “existo luego puedo dudar” no es un pensamiento tan banal. ¿Hay experiencia sensible de mí mismo? ¿Quién es el objeto y quién el sujeto en este primer acto de conocimiento? ¿Cuándo se produce? ¿Por qué ocurre? ¿Todo se integra, desaparece, y queda únicamente la relación?

Me siento uno con todos los pintores de paisajes rotos que no llegaron a ser conocidos, los músicos de partituras olvidadas, los poetas de versos soñados y nunca escritos. Es la relación lo que nos une: el intento de trascender sin posibilidad de hacerlo.

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Esto no es filosofía 6

6.- Objetivación.-

 Quizás en esta palabra y su no-significado están las razones por las que esto no es filosofía. El entendimiento o la razón, sin querer, se hacen una pregunta: ¿Es objetivable el Uno?

La pregunta viene al caso porque intento centrar el concepto de Voluntad en Schopenhauer y según de qué escrito es la lectura parece que “Voluntad” y” Uno” son algo muy próximo. De hecho, al comienzo del libro IV dice inequívocamente “Puesto que la voluntad es la cosa en sí,[…]”[1] Pero esta afirmación lo único que hace es retrotraer el problema a definir qué es “la cosa en sí”. Otra aporía de la que un no-filósofo intentaría salir siguiendo a Schopenhauer así:

En primera y lejana aproximación “Voluntad” es algo que “objetivado” da lugar a una representación. O, tal vez, a todas las representaciones porque la primera duda es si la Voluntad es una o son varias. Si cuando dice Voluntad se refiere al Uno, a la Idea platónica, a la Cosa en sí, al Noúmeno… o a algo nuevo, distinto. Algo como el entendimiento agente de Averroes…Un entendimiento para todos los pensadores y cuando se alcanza se comprende todo, se está realmente en el Atman.

En vez de resplandecer la verdad se aumentan las dudas: ¿Qué es objetivar? ¿Ser un objeto para un sujeto? Podría ser la operación de introducir un objeto en el espacio-tiempo-causalidad. Así, si el Uno es objetivable podría definirse el Ser como la “Propiedad primigenia y fundamental de todo lo objetivable”. Y “Existir” sería “Ser en el tiempo”.  Pero: ¿Quién objetiva? ¿Cualquier sujeto que contempla una entelequia tiene la capacidad de objetivar? ¿Quién posee la causa eficiente? ¿La capacidad de ser objeto es una propiedad de lo intuido o algo que “pone” el que intuye? El paso de la Idea o de la Cosa en sí a lo existente, el nacimiento del fenómeno sin causa ¿No es un acto de creación ex nihilo reservado al sujeto?

La metafísica transcendental no es posible. Kant dixit.

[1] WWV Trotta 2004.- T.1 pag. 331

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Esto no es filosofía 5

5.- Vanidad de vanidades (Eclesiastés 1,2; 2,21-23)

No siempre se medita sobre pensamientos propios: Muchas veces un texto ajeno dispara el entendimiento, incluso la razón. Eso siento de este comienzo del Eclesiastés:

 ¡Vanidad de vanidades, dice Qohélet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto, y tiene que legarle su porción al que no la ha trabajado. También esto es vanidad y grave desgracia. Entonces ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.

¿Quién pudiera decirlo mejor? Y dicen que Schopenhauer era pesimista.

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POETAS 63. Mark Strand III (Tormenta de uno»)

Mark Strand nació en 1934 en Sunmerside (Canadá) y murió en Nueva York el 29 de noviembre de 2014. Aunque Mark Strand abandonó pronto Canadá, siempre conservó un vínculo con este país. Canadá representaba para Strand el país de sus primeros recuerdos, en el que sus padres vivieron sus últimos años y en el que estaban enterrados: “Era el refugio de su pena, y era tan grande y vacuo que cada día que vivieron ahí tuvieron la certeza de estar perdidos”. Su destino itinerante iba a llevarle con su familia a instalarse en Estados Unidos. Cleveland, Montreal, Nueva York y Filadelfia fueron las plazas del padre como directivo de Pepsi-cola, convirtiendo los primeros años del poeta en una mudanza continua. También vivió durante estos años en Colombia, México y Perú, donde aprendió un español suficiente que a la larga le serviría para traducir a Rafael Alberti y Octavio Paz. Pero más que de Canadá o Estados Unidos, se consideraba ciudadano de un mundo hecho de libros, cuadros o fotos y cuya nación era la nación del idioma inglés. “No creo –comentó en cierta ocasión -que las condiciones geográficas que se me impusieron por haber nacido en Canadá y vivido en los Estados Unidos me definan en absoluto. Creo que me define de manera más elocuente lo que leo, lo que miro, la gente que conozco, y lo que escribo”. Después de graduarse en Antioch College en 1957, su vocación por la pintura le llevó a Yale para estudiar con el artista Joseph Albers, graduándose como pintor en la facultad de Bellas Artes en 1959. Desde entonces la pintura iba a ser una de las constantes de Mark Strand. Se ha dicho que en sus versos surrealistas e introspectivos se proyecta la sombra de Max Ernst, Giorgio de Chirico, o Magritte. Iba a ser precisamente el surrealismo una de las influencias capitales de su obra poética, como confesaría a Rosa Pereda en una entrevista: “yo creo que la poesía tiene tanto que ver con el azar como con la causalidad, que lo irracional tiene un papel tan importante en la vida como la razón”. La pintura le enseñaría, además, el valor de la paciencia, a darse cuenta que uno siempre puede volver sobre el trabajo al día siguiente. Pero mientras estudiaba en Yale, las lecturas de poesía, especialmente Wallace Stevens y Forster, le encaminaron de forma imprevista a su segunda vocación. “Nunca fui muy bueno con el lenguaje cuando era niño. Créame –aseguró en una entrevista a “Los Angeles Times” en 1991”-, la idea de que algún día me convertiría en poeta habría sido una gran sorpresa para toda mi familia”. No menos importante para su formación como poeta fue la fascinación que “veinte poemas de amor…” de Neruda ejerció en sus inicios. Neruda era un genio –escribió en “Alfabeto de un poeta”- pero en cuya escritura se mezclan inextricablemente la belleza y la banalidad. Cuando lo leemos, nos sentimos felices porque todo ha alcanzado una condición privilegiada. El universo es bueno después de todo. La utopía verbal de Neruda, dependiendo de la credulidad de cada quién, es un antídoto inocuo contra este siglo torturante”. De Neruda también llegó a decir que era el gran demócrata de la poesía, por rebajar lo elevado y elevar lo bajo, aunque le decepcionaban sus limitaciones intelectuales. No pensaba lo mismo de Octavio Paz, a quien consideraba uno de los hombres de letras más inteligentes del siglo XX, y cuya obra poética le había conmovido especialmente. Ya resuelto en su vocación poética, en 1960 se traslada con una beca Fulbright a Florencia para estudiar a los poetas italianos del siglo XIX. En Iowa continúa sus estudios literarios en el “Iowa Writers Workshop”, graduándose en 1962. Allí se hace amigo de Philip Roth, concluye su primer libro y comienza a dar clases en un taller de literatura. Su carrera docente le iba a hacer recorrer parte de Estados Unidos: Utah, Chicago, Nueva York o Boston. Su desembarco literario tiene lugar en 1970, cuando el responsable de la editorial Athenaeum, Harry Ford, publica su segundo volumen de poesía, «Reasons for Moving». Ford continuaría publicando su poesía con otras tres colecciones durante esa década hasta que, en 1980, Strand decidió pausar su producción poética. «Ya no creía en mis poemas autobiográficos», dijo entonces. Sentarse en su escritorio cuando no tenía nada que decir se le empezó a volver un suplicio, por lo que “ya sólo escribía cada vez que tenía tiempo y ganas y estos periodos empezaron a espaciarse cada vez más, y a veces hubo periodos de silencio de dos o tres años…De cualquier manera, ya nadie lee poesía. Los poetas sí, pero el lector común ha sido abandonado por la poesía». Mark Strand se empeñó entonces en otras aventuras literarias, como libros para niños, relatos o ensayos sobre arte. Una década después volvió con nuevos bríos, con volúmenes como «A Continuous Life» (1990), «Dark Harbor» (1995) y «Blizzard of One» (1998). Mientras tanto, comenzó a ganar terreno su pasión por la pintura. Escribió ensayos sobre Edwar Hopper o William Bailey, al mismo tiempo que en un taller en Hell’s Kitchen producía sus papeles pintados, mezclando pulpas de colores secos. A partir de 2011 se trasladó a Madrid de la mano la marchante de arte Mari Cruz Bilbao, quien se convirtió en su pareja. Trasladó cuadros, libros y gran parte de su mobiliario a un piso de Chamberí donde seguía recortando y pegando esos papeles pintados para convertirlos en collages que este mismo otoño expuso en una galería de Nueva York. El final de su carrera como poeta estuvo jalonado de números reconocimientos. Fue nombrado Poeta Laureado de Estados Unidos, ganador de la beca MacArthur en 1987, del premio Bollingen en 1993 y del Pullitzer de poesía en 1999 por “Tormenta de Uno”. Este mismo otoño estaba nominado al National Book Award por sus Collected poems. Su traductor, Dámaso López García, a quien se debe la traducción de los poemas aquí seleccionados, ha señalado como rasgos característicos de su poesía el que su mundo no tenga rasgos diferenciales propios. Los lugares no tienen nombre, los personajes son anónimos: “comparten los rasgos comunes de todos los paisajes y de toda la humanidad”. La presunta oscuridad de sus poemas no se relaciona tanto con la dificultad del lector ante un lenguaje oscuro como con la ausencia de referencias a un universo familiar. Las manifestaciones de temor ante un mundo maligno, el valor de la poesía ante una naturaleza apática y el deseo de gozar de un “momento perfecto” han sido también rasgos señalados por la crítica. Pero el propio Mark Strand nos ha dejado en diversas entrevistas una visión personal sobre su poesía. Mark Strand se consideraba un poeta metafórico. A diferencia de los poetas metonímicos, que representan fielmente el mundo de la experiencia, el poeta metafórico cree en un mundo alternativo con sus propias reglas y regulaciones. “Lo que me importa –dijo- es la integridad del mundo que creo, y no lo que estoy revelando sobre el mundo en el que viven los demás.” Mark Strand no se consideraba un poeta de la naturaleza, sino un poeta que ahonda en el comportamiento de las cosas. “Mis poemas describen actividades, a veces de carácter nervioso o absurdo, a veces muy pacífico, pero eso es lo que les da vida”. Era un poeta al que le gustaba mezclar la melancolía y lo elegíaco, que nunca desdeñaba el humor, interesado en las sintaxis complejas pero amante de las palabras sencillas como “piedra” o “cielo” o “mar”. Para Mark Strand los poemas no tienen por qué tener sentido: “son en primer lugar, y sobre todo, una experiencia, no un vehículo para un significado”. Por eso creía que la musicalidad verbal era un elemento imprescindible y confiaba esa musicalidad al ritmo que aporta la escritura a mano. “La gente que escribe en la computadora se olvida de escuchar el poema, creo que establecen un contrato visual con la computadora. En primer lugar, los poemas llegan tan rápido a imprenta que parecen mucho más terminados de lo que realmente están.” Puesto que la métrica es lo que distingue la poesía de la prosa, era fundamental para Strand que el poeta educase su propio oído escuchando el ritmo y la cadencia que otros poetas han imprimido a sus versos. También consideraba importante la tarea de reescritura de los poemas: “Los poemas no son estáticos. Cobran una vida propia y van hacia donde quieren. Pueden volverse estériles o resistirse. Si no mejoran, los odias” Por eso solían tener muchísimos borradores de cada poemas, a veces treinta o cuarenta. Escribía a mano varias versiones y después los pasaba a la computadora. Trataba de postergar lo más posible el momento de ponerlos en limpio. “Más que leer mis poemas, me interesa escucharlos, y cuando están escritos a mano me parece que los estoy escuchando”. Dos cosas consideraba importantes en su poesía: el misterio y la muerte. “La vida me parece misteriosa, mi presencia en la Tierra me parece misteriosa. Muchas veces, cuando termino un poema, no estoy muy seguro, aunque generalmente estoy seguro de lo que he dicho, siempre hay un elemento inexplicable”. Respecto a la muerte, llegó a escribir en “Alfabeto de un poeta” que había sido la influencia medular de su escritura. Pero también la preocupación central de la poesía lírica: “La poesía lírica nos recuerda que vivimos en el tiempo. Nos recuerda que somos mortales. Celebra o reconoce estados de ánimo, ideas e incluso acontecimientos para recordarnos que existen sólo en su forma transitoria. Pues ¿qué habría que tuviera significado fuera del tiempo? La poesía es un prolongado epitafio, un recuerdo de nuestra estancia aquí en la tierra”. También comentó: “Buena parte de lo que amamos en los poemas, sin considerar su tema, es que nos dejan con una sensación de novedad de vida agregada. La vida, por otra parte, nos prepara para nada y nos deja sin dónde ir. Sólo se detiene”.

Se deja aquí una selección de poemas de su libro “Tormenta de uno”, libro que recibió el premio Pulitzer y que compuso mientras trabajaba como profesor durante el periodo que pasó en Chicago y Baltimore entre 1993 y 1998.

 

ME VA A ENCANTAR EL SIGLO XXI

La cena se enfriaba. Los invitados, con la esperanza de los habituales

Encuentros rápidos, fríos y caprichosos, estaban echados

En los dormitorios. Las patatas estaban duras; las alubias, blandas; la carne…

No había carne. El sol de invierno había vuelto amarillos los olmos y las casas,

Los ciervos bajaban por la carretera como si fueran refugiados; en el camino unos gatos

Se calentaban sobre el motor de un automóvil. Luego un hombre se dio la vuelta

Y me dijo: “Aunque amo el pasado, su oscuridad,

Su peso que nada nos enseña, su pérdida, su todo

Que no pide nada, me va a encantar aún más el siglo XXI,

Pues veo en él a alguien en albornoz y zapatillas, con ojos castaños y pobre,

Que camina sobre la nieve sin dejar tras de sí ni siquiera una huella”.

“Ah”, dije mientras me ponía el sombrero, “ah”.

 

I WILL LOVE THE TWENTY-FIRST CENTURY

Dinner was gettin cold. The guests, hoping for quick,

Impersonal, random encounters of the usual sort, were sprawled

in the beadroms. The potatoes were hard, the beans soft, the meat-

there was no meat. The Winter sun had turned the elms and houses yellow;

Deer were moving down the road like refugees; and in the driveway cats

Were warming themselves on the Hood of a car. Then a man turned

And said to me: “Although I love the past, the dark of it,

The weight of it teaching us nothing, the loss of it, the all

Of it asking for nothing. I will love the twenty-first century more,

For in it I see someone in bathrobe and slippers, Brown-eyed and por,

Walking through snow without leaving so much as a footprint behind”

               “Oh,” I said, putting my hat on, “Oh.”

 

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