Dos mil vidas

Dos mil vidas y una más

Tengo 44 años. Soy Gestor administrativo en una capital de provincia cercana a Madrid. Estoy felizmente casado y tengo dos hijos de 10 y 12 años. Cada dos o tres meses surge alguna gestión que requiere ir a Madrid, o se me acumulan diez o doce asuntos que se resolverían allí, de una tacada en un viaje de ida y vuelta al la capital, y me voy.

Tengo que confesar un secreto. No se por qué siento la necesidad de hacerlo aquí. Tal vez por la catarsis freudiana que es el escribir las verdades más íntimas haciéndoselas vivir a personajes de ficción. No se lo he dicho nunca a nadie antes de ahora, tal vez por vergüenza, quizás por miedo a hacer el ridículo con ideas infantiles. La verdad es que creo que en alguna parte del mundo existe una mujer que es mi mujer ideal. No se como se llama o que idioma habla, pero desde que tengo uso de amor sé como es su cara. La he soñado cada noche, bueno, casi cada noche. He espiado las caras de la multitud buscándola cada vez que he acudido a cualquier acto público y he acabado por resignarme a no encontrarla. Pero todavía miro a las mujeres que se cruzan conmigo por la calle, especialmente en sitios no habituales, por ejemplo Madrid, ya con la resignación del que da todo por perdido. Y vivo mi vida rutinaria en esa ciudad que no quiere hacerse grande y en la que ya estoy seguro de que no vive porque allí nos conocemos todos.

Por eso tomé esta mañana el Regional de las 6 horas 27 minutos. Es una paliza de viaje, casi siempre eficaz y siempre aburrido. Para aliviar las horas de tren me llevé “Seda” de Baricco. A veces duermo, pero esta vez el libro me había seducido desde la primera página. Me lo leí de un tirón y aún tuve tiempo de recomenzarlo saboreando el ritmo, la simplicidad de los esquemas. La claridad de los personajes, digna de una historia transmitida oralmente. Me había gustado toda la novela, y, como les ocurre a muchos escritores aficionados, el relato me disparó las ganas de escribir algo con el estilo… no copiándolo, más bien “a la manera de…” Casi me podía figurar el comienzo de un cuento basado en mi propio viaje, pero, la verdad no se me ocurrió esa primera frase que se estira, que toma vida propia y se convierte en algo autónomo que cristaliza en el cuento o, incluso, en una novela. El tren estaba llegando y los recuerdos inconscientes de la felicidad doméstica me embotaban la imaginación… y el repaso de los asuntos que me traían.

Cuando llegué a la estación me tuve que olvidar del tema. Pero la vibración que la peripecia de los personajes de “Seda” había dejado en mis sentimientos se quedó en alguna parte de mis pensamientos, esperando una ocasión para aflorar. Era como una inquietud, un presentimiento rechazado de que algo extraordinario me iba a ocurrir. Por eso, en el andén y en el vestíbulo de la estación, miré con descaro a las mujeres que me parecía que podrían casar con mi mujer ideal, que, por cierto, iba también haciéndose mayor, al compás de mi rostro.

Pasé la mañana en trámites administrativos útiles pero aburridos y me dieron las dos cerca de la Puerta del Sol, lugar en el que acaban todos los mediodías cientos de viajeros de provincias.

No tenía hambre ni quería gastar una importante cantidad de dinero comiendo solo en un buen restaurante, Comer deprisa y sentarme en un banco, al sol, a esperar la apertura de la notaría, viendo pasar mujeres de treinta y tantos, me parecieron un plan atractivo. En el peor caso, seguramente vería en la gente que pasa algún detalle que me serviría de inspiración para mi cuento, de modo que entré en un “self service”.

El desconcierto de lo inhabitual se me pasó en el momento en el que me sentí parte de un automatismo. La lenta cola de seres anodinos me pareció un sitio tan oportuno como otro cualquiera para preparar mi relato… claro que mis pensamientos no estaban fijos en la personalidad del protagonista. Oscilaban del jamón serrano (país) con hojas de lechuga a la manzana asada barnizada y del horario de las casas de seguros al de los trenes regionales. Cualquier cosa menos encontrar un tema para la aventura de un héroe.

Cuando como fuera de casa siempre me equivoco al elegir, estaba seguro, pero resignado, de que esta vez también me había ocurrido. Levanté la vista para buscar un sitio libre en las mesas de plástico imitación madera y entonces la vi. Me quedé hechizado por su cara. No es que no hubiera visto nunca una cara tan bonita.

No, no era eso: es que aquella cara era exactamente la de la mujer de mis sueños.

Yo soy un hombre tranquilo. He llevado desde antes de la adolescencia una vida anodina, con la única excepción de aquellos segundos en los que me soñaba unido de algún modo inquebrantable a mi mujer ideal. De verdad, sólo he vivido resignado la gris vida real. Y he cumplido con todo.

Como dije antes, y no se desprecie la magnitud de mi secreto, desde que tuve conciencia de que era varón había soñado siempre con la misma mujer. La misma e inexistente; seguro que inexistente. Además no podría decir si era alta o baja, si delgada o gruesa; realmente no había sabido nunca como era, ni me había figurado su voz, ni mucho menos otros detalles, íntimos o no. No conocía nada de ella, excepto su cara. Ese sueño persistente era una relación con un rostro, mejor, a través de un rostro, como si estuviera tan cerca de ella que no pudiera ver más que el mover de sus labios, su parpadeo, su mirada inquieta recorriendo mi cara. Y ahí acababa todo, aunque para mi era un secreto tan fuerte como si fuera un pecado irredimible. Esta relación recóndita era lo único que me pertenecía sólo a mí y me separaba del resto del mundo

Y así habían pasado los años, con la paz interior que da la segura imposibilidad de cometer un pecado. Me casé con una chica normal, la quise y la quiero dentro de los parámetros tradicionales. Tuve dos hijos normales. Las apariciones de la mujer ideal se espaciaron durante ese tiempo de lucha en el que se consolida la familia, pero nunca, nunca desaparecieron. Ahora tenía una posición en mi ciudad, modesta pero segura, una casa, una familia. Y más ocasiones para volver la vista hacia lo inexistente y ver aquel rostro y sentir su aliento, como quien siente el paso de un espíritu.

Y ahora mi sueño secreto estaba allí, como una mujer real.

Me quedé inmóvil, no se cuanto tiempo, de pie, con la bandeja de plástico, símil madera, llena de símil comida de plástico. Hipnotizado, encogido, dudoso, incapaz de moverme ni de apartar la vista de aquella cara.

Hay momentos en los que el tiempo se alarga indefinidamente. Momentos que parecen grabados en la memoria a cámara lenta. Este fue uno de esos.

Por fin, con toda la inseguridad del mundo repartida entre mis hombros y mis manos, que hacía temblar la bandeja, me acerqué a la mesa y dije:

-“¿Me puedo sentar aquí?

Lo dije con la voz baja con que se dicen las mentiras. No porque fuera mentira lo que decía, sino porque, mientras lo decía pensaba que había continuado diciendo:

-“Es que no hay más sitios…”

Y eso no era verdad.

Y me senté frente a mi destino incumplido, sin haber oído su voz autorizándolo, más por debilidad de las piernas que por valentía. Y me quedé mirándola.

Mi mirada, descarada por boba, no pareció molestarla. Ella seguía comiendo un helado a pequeñas cucharadas. De vez en cuando levantaba los ojos del chocolate y me miraba a los míos. Parecía sonreír y continuaba comiendo sin decir palabra. Eran verdes.

Me di cuenta de que yo no había cogido cubiertos, pero no deshice el camino. No me levanté. Me quedé delante de la comida sin dedicarle más que una pasajera mirada.

Ella era lo más hermoso que se pudiera imaginar. Y estaba allí, en la realidad, en Madrid. A mi lado.

Por mi imaginación pasaron en un relámpago las mil vidas, reales e imaginadas, posibles e imposibles, que hubiera podido vivir, que no había vivido y no podría vivir. A no ser que…

Ese fue mi gran pecado de infidelidad. Grande porque en aquellos segundos había engañado a mi mujer, hasta entonces tan realmente amada, la había traicionado en el tiempo antes de conocerla, durante los años que habíamos vivido juntos, y en el tiempo futuro: Todo junto, de una vez y en tan solo un pensamiento que llenaba mi capacidad de sentir como una explosión de magnesio.

Mi vida entera había sido otra, en compañía de aquel rostro, era otra en aquel momento de gloria y sería otra en el futuro, onírico pero inevitable.

Y el tiempo, inexorable, se marcaba en el reloj de un helado de chocolate que se terminaba: clis-clis… clis-clis… clis-clis, cucharada a cucharada.

Tenía un nudo en la garganta que me impedía hablar. Y no hablé.

Suspiré tres o cuatro veces, muy separadas en el tiempo y sin ritmo, como si fuera a decir algo. Las tres o cuatro veces la cucharilla se detuvo un momento, los ojos se levantaron, tal vez el ceño ideal se frunció por una décima de segundo y, enseguida, se reanudó el viaje al resto de chocolate, clis-clis, y a la boca: Péndulo del reloj que marcaba casi el final de mil vidas.

Todo esto duró menos de lo que se tarda en contarlo. Pero las llamaradas del amor, de este amor extraño y desconocido, me quemaban desde hacía años y supe que me quemarían el resto de mi vida. Yo había estado, estaba y estaría para siempre perdidamente enamorado de aquella mujer.

La mujer ideal terminó el helado, dejó la cucharilla cuidadosamente en el plato, levantó sus ojos verdes hacia mi y, esta vez sí, sonrío.

Embriagado, sentí que era bellísima pero no pude ver su sonrisa soñada, de siempre, porque su sonrisa ahora era de éste mundo. Y todo era muy fuerte.

La desconocida se puso un abrigo indeterminado sin levantarse, se colgó un bolso indefinido en bandolera, se levantó apoyándose de un modo extraño y pesado en el borde de la mesa. Dio una leve patada con su pierna derecha. Se oyó claramente un clic metálico. Dijo:

-“Adióssss”

con un acento sibilante, eslavo sin duda, y se alejó andando sobre una pierna y una pata de palo metálica.

El ritmo distinto de sus pasos, o su falta de ritmo, me dejaron absolutamente desconcertado.

Por una parte sentí que debía correr tras ella, arrancarle un nombre, un teléfono, una dirección. Por otra parte tuve que recomponer en mi interior las mil vidas reales e imaginadas, posibles e imposibles que hubiera podido vivir, había vivido, y no podría vivir. Porque ahora el ideal tenía acento, estatura y una pata de palo.

Y en este empeño, necesidad, de revivir, recomponer, reorganizar vidas, las gasté todas. Por una eternidad me quedé paralizado.

Bebí un trago de la botellita de agua directamente del plástico. Me levanté precipitadamente y salí corriendo del restaurante sin tocar la comida, sin recoger la bandeja. En un espasmo, sin duda el último movimiento de la última vida de aquel yo con tantas vidas y tan breves, al salir, miré arriba y abajo de la calle. No la vi.

Convertido en un autómata hice mis gestiones de la tarde. Mis pensamientos iban de la frustración al remordimiento. Del ansia de conocer aquel mundo nuevo imposible, al análisis de mi vida, vulgar, metódica, despreciable como toda realidad.

Tomé el regional de las 17 horas 32 minutos. Volví a abrir “Seda”. Empeño inútil. No había parecido alguno con su protagonista y no sabía leer las páginas de la novela, encontrar su ritmo, disfrutar del esquema del libro, que aquella misma mañana me pareciera tan bello… Me quedé dormido porque estaba triste.

Soñé que aquel rostro familiar, después de tantos años, me escribía. Y no podía entender aquella carta, de amor sin duda, escrita en caracteres cirílicos. Desperté muy poco antes de mi estación.

Cuando bajé del tren era noche cerrada y era invierno en la tierra y en mi alma.

Con la cabeza bajada y el cuello del abrigo subido, anduve despacio, muy despacio, exageradamente despacio, el camino hacia mi casa, sintiendo que el frío me alimentaba, me limpiaba la sangre, pero no el espíritu.

Cuando llegué a mi casa besé a mi mujer amada, me quité el abrigo. Descansé, cené poco silente y cejijunto, y, después de cenar, sentado en el sofá, junto a ella, mi amada, frente a la chimenea, le hice dos preguntas, la primera extraña:

– ¿Cómo hubiéramos vivido si tú fueras coja?

Y la segunda peor:

-¿Serías capaz de escribirme una carta de amor en ruso?

Mi mujer amada me miró con extrañeza por un instante. No respondió ni preguntó nada. Simplemente sonrió, abrazó mi cabeza con ternura y la puso sobre su pecho.

Yo no volví a abrir los labios.

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