FOTOGENIA

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Ahora voy contando a todo el que quiera oírme que salgo siempre a pasear acompañado de una cámara de video y es una cosa que no deja de extrañar a la gente que me conoce, les parece de lo más anómalo ver a una persona como yo paseando con una cámara de video por la calle, yo que nunca he tenido cámaras de ningún tipo, y no es que tenga nada contra las fotos, más bien pienso que la gente puede matar su tiempo como le de la gana, incluso puede reírse, si quiere, mientras pasa revista a las fotos de toda su familia, pero yo siempre he preferido mantenerme al margen de las fotos, y esto es algo que decidí ya de muy pequeño, desde el mismo día en que el director de nuestro colegio mandó traer a traición un fotógrafo para que nos sacase una foto presentable, algo qué podían mostrar los padres a las visitas de familia, y todavía me acuerdo perfectamente de su cara como si la viera hoy: un fotógrafo calvo con el bigote hirsuto y la cara más triste que había visto hasta entonces, y que además se le iba poniendo cada vez más triste a medida que iba alzando el tono de su voz para pedirme que sonriese, como muy bien se habían dignado a hacer todos mis compañeros, uno por uno, todos desfilando marcialmente en hilera por delante de su cámara, y que habían ido despidiendo incluso sonrisas desconocidas para todos nosotros, sonrisas que aguardaba pulcras para ver cómo hacia yo flamear también mi risa. Pero aquella risa que se resistía a desprenderse de mi cara empezó a descolgárseme de mi boca de la manera más desagradable que yo recuerde, como si pendiese de un hilo que estuviera a punto de quebrarse, y una vez ya desatados los labios y las encías en muecas estúpidas y horribles, en una triste y patética caricatura de risa, ya no pude evitar la que hasta hace dos semanas consideraba la escena más siniestra de mi infancia, los gritos cada vez más espantosos del hombre calvo y de bigote que me exigía risas, las carcajadas cada vez más hirientes de los compañeros que esperaban en la cola, mientras mis ojos se apretaban contra la nariz, y los labios deformados iban tragándose llantos y risas en unas inmensa arcada de asco que me ha perseguido desde entonces.

Y desde entonces me niego a toda esa farsa de risa ante un artefacto que maldita la gracia que me hace, hay que buscarse buenas razones para resistirse a que te saquen fotos si no quieres comenzar a oír toda una lluvia de sandeces, a cada uno le doy la razón que le conviene, pero ahora que salgo a la calle equipado con esta cámara de vídeo dentro de mi mochila, me da por pensar con frecuencia en lo que me ocurrió aquel día en el colegio, aun todavía sigo oyendo sus carcajadas tras mi llanto, sigo oyendo como desafinan mis lágrimas tras sus risas, y me digo que nunca más me dejaré sacar una fotografía, que ahora sí que me negaré con todas mis fuerzas a esa farsa grotesca de introducirse en una cámara oscura a esperar el fogonazo en el fotomatón, dejaré un hueco bien grande en el carné de identidad para el que hay que posar eternamente serio, como si el tiempo se nos hubiera congelado en el gesto tenso de la frente, ahora sí que tengo razones para que nadie me vuelva a disparar más fotos, y pienso que si por casualidad alguna vez algún amigo o mi madre o cualquiera de mis novias han tenido la ocurrencia de sacarme alguna fotografía sin que yo lo advirtiese, o a pesar incluso de mis advertencias, es comprensible que no haya querido verlas ni en pintura, porque nunca me ha gustado la cara que se me queda cuando me veo fuera de sitio en algún paraje extraño en el que no debería estar, con esa cara de pasmo que nada tiene que ver con la mía, con esa cara estúpida de niño a punto de llorar con la que siempre me imagino cuando me dicen que dirija la mirada hacia el objetivo indiscreto. Y los demás pueden sacarse cuántas fotografías les venga en gana, hartarse de aparecer apagando velas entre ruinas de pasteles disparatados, desgastar monumentos y paisajes y gastar también sus caras, aunque lo mismo me pasa cuando veo en las fotos otras caras que no son mías, pena me da también por ellos como me dan pena algunos bebés recién nacidos cuando les veo asomar su tierna cabecita por entre las mantas de sus cunas, porque de alguna manera creo que se les queda esa misma cara de estupefacción que yo pongo cuando me sacan en una foto.

Es una pena horrible la que siento cada vez que me enseñan fotos, no tanto por las fotos mismas, que yo más bien hago que las miro, sino por la expresión festiva con que la gente mira las fotos que enseñan o que se van pasando con sorpresa de mano en mano, haciendo fiestas, como si tuviera más valor lo que hay dentro de la foto que el mundo mismo, y oigo una risa entonces detrás de mis orejas, una risa que se burla de mi cara por no saber qué cara tengo que poner, como cuando con media sonrisa en la cara me avisan que van a contarme un chiste, y me paso todo el rato que anda durando el chiste preparando la más estrepitosa risa, por si acaso, por si de verdad es bueno y logro entender el chiste, y acabo así encajando mi cara riente con la gracia que se merece el tal chiste, que casi nunca tiene la menor gracia, y debió ser precisamente algo gracioso lo que me contó Rafa el otro día, esa historia que en el fondo me alegro de haber oído, creo que debió pillarme con la guardia baja, quizás porque estaba esperando a que me contase un chiste mientras me iba a mostrar su propio video, y sin embargo me contó algo que debió hacer crack en algún punto de mis recuerdos, y por eso desde entonces no hay día que no coja la cámara cuando voy a salir a la calle, justo desde que Rafa me contó esta misma historia mientras me mostraba en un monitor del Púb donde trabaja el último corto que había estado rodando, fue entonces cuando me habló de esa chica brasileña que aún no he podido olvidar, una preciosa mulata que había sido su novia durante los años en que ella había vivido en Madrid, justo antes de que decidiera romper con él y con sus amigos y también con todos los lazos que le habían atado hasta entonces para empezar una vida nueva en Londres, antes de que la cosa se torciese y empezase a borrársele la risa y tomara la decisión de salir de paseo con una cámara en el brazo, igual que yo hago ahora, una chica encantadora que, según me contaba Rafa, le había llamado aquel mismo día por teléfono y se habían estado riendo un rato largo, siempre cuenta las cosas con alegría mi amigo Rafa, seriamente pero riéndose de todo lo que cuenta, y ha sido de esa manera risueña cómo me ha contado una de las historias más tristes que he llegado a oír en mi vida, una historia que en realidad nada tiene de triste, pero que a mí me ha parecido particularmente penosa, y por eso ahora, que sé que ya está de regreso en Madrid, me la puedo imaginar más de carne y hueso aún, tal vez me la he encontrado estos días que paseo tanto por el centro con la cámara en la mano, quizás una de esas mujeres que he estado hoy filmando con la cámara, sin haberme dado cuenta que era la misma chica que se había ido a Londres para hacer bellas artes antes que regresase a España, porque en Londres había empezado a morirse de pena, cualquier razón es buena cuando uno quiere morirse de pena y echarse a llorar, debió sentirse sola y triste en Londres y no podía dejar de llorar, se tiraba de los pelos, insultaba a todo el que pasaba a su lado, se rasgaba el vestido, en fin, hacía todo eso que yo hago ahora mientras paseo por la calle con la cámara en mano, esto mismo que quiero hacer desde que Rafa me contó lo que hizo su antigua novia, ese gesto desafiante para con ella misma, el gesto valiente que tuvo de agarrar la cámara y ponérsela delante de sus ojos llenos de lágrimas y apretar el botón de filmar, “esos son los videos que a mi me emocionan, los que salen del corazón”, me acuerdo que me dijo Rafa, y en ese mismo momento me acuerdo que también deje de sonreír, y lo más curioso es que mientras me imaginaba a la chica llorando delante de la cámara, a mí me daban ganas de reír, porque ya entonces sabía que no iba a poder quitarme a esa chica brasileña de la cabeza, me dieron ganas de llorar incluso en aquel mismo momento, hubiera sido la primera vez desde que me pasó aquello con el fotógrafo calvo del colegio, ya me he cuidado yo mucho de que no se me viese verter lágrimas delante de nadie, y sin embargo ahora me doy cuenta de que todo hubiera tenido fácil remedio, que bastaba tan sólo con llevar una cámara grabadora en la mochila y esperar a que me cambiase el humor, como a menudo me ocurre, cualquier cosa puede hacerme llorar ahora, puede ser un hombre con un pan debajo del brazo o el recepcionista de mi pensión que se pone a silbar mientras me da la llave, o puede ser que me ponga a pensar en todas las cosas penosas o tristes o siniestras que me han ido pasando desde mis días de colegio, y me pongo a llorar como debía llorar esa chica brasileña, y si no me pongo a llorar, lo mismo pongo una cara que da una pena horrible, una cara que después me hace morirme de risa en el sofá cuando visiono todas los planos en corto de mi cara desencajada, me parto de risa viéndome como se me va partiendo la cara de tristeza, como si alguien se me hubiese muerto, me rió como si hubiese perdido la risa y alguien me acabará de enseñar el escondite donde estos años ha estado jugando conmigo, y con el tiempo acabo notándolo, voy notando que cuántas más veces me rió, más acaban riéndose mis compañeros de colegio, una risa contagiosa que va coloreando todos mis recuerdos, y veo que el fotógrafo triste del colegio también acaba celebrando mis lágrimas de vídeo con una sonrisa medio compasiva, y que ya no pone cara de partirle la cara, sino casi de darle un beso en su boca riente, y deja de gritarme y veo que se ríe, y que me acaba robando una sonrisa dentro de la fotografía.

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Una respuesta a “ FOTOGENIA ”

  1. Tupacalos dice:

    Una alegría saber que Mariano josé todavía escribe. Y escribe esos relatos intimistas, que rozan lo anormal que llevamos dentro, y las penas, pasadas o disimuladamente presentes. Es una catarsis, seguro. Y a mi sus relatos me llevan a la niñez, otra vez. Bueno, no todos, porque nunca me sentí monstruo ni vampiro, debe ser que me falta la habilidad de ser realmente malo y mis maldades pequeñas se me quedan dentro y nunca podré ser tan bueno como PH. Pero, mira, hoy he vuelto a buscar el cromo del Mig-3 que era el único que me faltaba para completar el album de Aviones de guerra… que no lo robé, ni me lo rompió mi padre, pero que lo hubiera robado, y hubiera pegado con lágrimas espesas los trozos rescatados de la basura, aunque al acabar la reparación hubiera encontrado otro cromo, de un futbolista olvidado… un tal Biosca.

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