Gemelas

  

Gemelas

Después de 15 años trabajando en China volví a mi Burgos natal.

La verdad es que todo me sonaba extraño, ese clima tan frío, las narices, tan grandes, de los otros, la brutalidad del trato occidental, el anonimato, la falta de notoriedad… allí yo vivía en un pueblo cerca de Guang-zu, en pleno clima tropical; era el único occidental, y lógicamente todos me conocían. En Burgos estaba solo. Y la soledad es buena compañera para contar historias al aire o a la propia sombra.

Cuento todo esto como una justificación banal de la distracción que me ocupaba aquella tarde de invierno: Era sábado y había comido en el Copacabana. Tenía el estómago caliente y la tarde, aunque fría era soleada e invitaba a pasear. Callejeé en dirección al río y lo crucé por el puente pequeño; en la alameda giré a la izquierda y tomé el camino de la Cartuja. Una neblina ligera vestía las copas desnudas de los árboles.

No había casi nadie, un hombre, con ropa marrón de distintos tonos y poco abrigado, marchaba en dirección contraria con paso rápido, pensé: -«Es un monje». Y me lo creí.

Mas adelante, todavía más despacio que yo, caminaba una mujer relativamente joven, quiero decir que estaba entre los treinta y los cuarenta, porque un número me vino a la cabeza: 36. No tenía nada de particular, sobre todo vista de espaldas a veinte metros, pero enseguida pensé: -«Está triste. ¿Problemas? No. No. Penas de amor».Y también me lo creí.

Con los años se va adquiriendo cierto conocimiento de eso que han dado en llamar el lenguaje corporal. Esto permite, a unos más que a otros, adivinar las intenciones, la personalidad o el estado de ánimo de un sujeto observado. Pero no es esto: Ya desde muy joven yo percibía informaciones confusas sobre las circunstancias de las personas en quien me fijaba. Confusas entonces porque me faltaban los patrones comparativos.

Ahora unas sensaciones son más fuertes que otras. Por ejemplo las referentes al sexo: Si estoy de humor para hacerlo, me fijo en un sujeto y enseguida «sé» si tiene una vida sexual satisfactoria, si hace poco que ha hecho el amor o si tiene algún tipo de problema. Puede pensarse que el sexo es una materia sensible y que es común que tendamos a hacer cábalas sobre los demás, sobre todo si el sujeto observado es del opuesto. Yo casi estoy de acuerdo.

Uno se siente «normal» y tiende a ser como todo el mundo por lo que es un hábito negar, consciente o subconscientemente, una capacidad que le hace supuestamente distinto. Por eso casi siempre me tomé esas percepciones a beneficio de inventario y  nunca concedí un crédito extraordinario a lo que pasaba por mi imaginación al mirar con un cierto detenimiento pero sin esfuerzo, a una persona. Para mí eran y son, simplemente, figuraciones tontas o una distracción involuntaria para un paseo solitario.

No sé quien me lo dijo, pero a esto suelen llamarlo «ver las auras».

*                      *                      *

Si no hubiera sido por el calor con que me acogieron los viejos amigos me hubiera vuelto a ir. Uno de los más cariñosos fue mi amigo Gabriel. Por él había encontrado trabajo en la misma empresa en la que él trabajaba. Al revés que yo, se había casado y tenía dos hijos y dos hijas. Las dos niñas gemelas.

Poco a poco, a lo largo de los días, me fui enterando de más detalles de su vida familiar:

Por ejemplo, que no era extraño que sus hijas fueran gemelas porque su mujer también tenía una hermana gemela. Por ejemplo, que la hermana de su mujer nunca se casó, a pesar de ser agraciada y de carácter alegre. Por ejemplo, que como eran huérfanas, la hermana soltera se fue a vivir con ellos nada más volver del viaje de bodas.

Al cabo de unas semanas, cuando todo se había asentado un poco, Gabriel me dijo que ya era hora de que conociera a su familia y me invitó a cenar en su casa el viernes siguiente. Se lo agradecí porque, resueltos los primeros problemas del traslado, yo necesitaba algo de vida social y, por otra parte, sentía curiosidad por conocer a las dos hermanas gemelas, de las que había oído decir que eran más guapas y jóvenes de lo que el mismo Gabriel me había dicho.

La verdad es que mis necesidades concretas pasaban por la compañía femenina y en los círculos en que me había movido: el trabajo, unos vinos apresurados al salir por la tarde y los paseos solitarios de los fines de semana, como el que empecé contando, en esa rutina, no había encontrado a nadie que tuviera un aura que me interesara.

Me podría reír de mí mismo por lo que acabo de decir… pero a veces me dejo influenciar por las intuiciones, aunque no las crea: Una empanada mental.

Pensé que, puesto en situación de buscar compañía, la cuñada de Gabriel podría ser tan buena como otra cualquiera… o mejor: tenía asegurada la aprobación de la familia… o así se podría pensar.

Y llegó el viernes.

Compré dos cajas de bombones idénticas y a las nueve, según lo acordado toqué el timbre de la casa.

Ya he dicho que a veces veo el aura de las personas. Es difícil explicarlo porque no se trata de una visión «con los ojos», no son detalles concretos y, en conjunto, la impresión no tiene nada que ver con las percepciones que recibimos a través de los sentidos comunes. Simplemente, me parece conocer algunas cosas sobresalientes del carácter, presiento la amistad o la enemistad, sé si la persona en cuestión ha estado consagrada a Dios y otra serie de cosas sin relación unas con otras pero que conforman un retrato de un tipo muy distinto del lo habitual. Debo decir que estas apreciaciones no se producen de cualquier modo. Necesito poder concentrarme en mí, en lo que percibo, no en la otra persona. Por eso, si estoy en una conversación interesante con alguien no veo su aura. Del mismo modo, si estoy distraído con algo o concentrado en el trabajo, me pasa como al común de los humanos, miro sin ver y oigo sin escuchar: lo mismo con las otras sensaciones. Una de las cosas curiosas es que las mujeres vírgenes tienen un aura muy característica.

Volviendo a mi cena, entré en casa de Gabriel y mis dos cajas de bombones fueron recibidas con grandes fiestas, más aun por los pequeños, que se me antojaron iguales en edad y no solamente las niñas, más pequeñas, idénticas hasta en el último detalle, incluso en el vestido. Los chavales no eran gemelos pero podían haberlo sido. Gabriel me explicó que solo se llevaban ocho meses, que en doce años casi no se notan.

La madre y la tía eran idénticas, estaban peinadas igual y vestían lo mismo. Sentados a la mesa, aunque una hacía el papel de madre y ama de casa, me resultaba imposible distinguirlas. Y si se iban las dos, al volver podían intercambiar sus papeles sin que yo pudiera darme cuenta. La verdad es que eran muy guapas, rubias, con cierto aire ario, exótico en Burgos, y me sentí atraído por… cualquiera de las dos.

Los chicos revoloteaban a mí alrededor, estaban deseando que les contara cosas de mi vida en China de manera que entre sus preguntas y mis cumplidos estuve distraído la mayor parte del tiempo.

En un momento en que me quedé solo con Gabriel, lleno de curiosidad, le pregunté:

-¿Tú las distingues?

Y él me contestó, riéndose a carcajadas:

-«Muchas veces no…»

Por fin, acabó la cena y tras una pequeña lucha, los cuatro chicos se fueron a la cama… a ver la televisión. Y se produjo un momento de paz.

Los cuatro teníamos tazas de café y Gabriel y yo copas de Armagnac en la mano. Hubo un momento de silencio. Nos miramos. Las dos hermanas, sentadas frente a mí, indistinguibles.

Volví a sentirme atraído e incluso comencé a escribirme una de esas novelas que nos contamos los humanos cuando nos inventamos un futuro. Quería dilucidar, saber cual de las dos podría ser mi próxima posible compañera. Determinar a cual debía dirigirme, intentar agradar, venderme, en suma: conquistar.  Entonces me concentré, a riesgo de parecer grosero las miré fijamente y, palabra de honor que fue sin querer, percibí que el aura de las dos ¡era también idéntica!

Aunque yo no quisiera hacer mucho caso de mis «intuiciones», inevitablemente, algo cambió en mi interior, como si una duda incómoda se hubiera aposentado en mi epigastrio. Mis pensamientos se dispararon a tal velocidad que no eran comprensibles, solo producían sensaciones en vez de ideas: un inexplicable y amargo sentimiento de «déjà vú» me invadió. Sentía una frustración profunda sin querer admitir por qué.

Hacia fuera, la avalancha de ideas desconcertantes y suposiciones extrañas me hicieron enrojecer, como enrojece quien invade, sin querer, la intimidad de unos amigos. Tal vez se me notó y ellas supieron lo que yo pensaba que sabía.

Confieso que un ramalazo de envidia pasó como un rayo por mi conciencia.

La velada decayó rápidamente por mi culpa. Después de aquel relámpago de… ¿conocimiento?… fui incapaz de mantener el tono brillante que la conversación había tenido. Creo que bajé la vista y no me atreví a mirar a los ojos a nadie el resto de la velada. Pero mi lado oscuro me hacía apreciar la sensualidad de las gemelas cuando las miraba a hurtadillas.

Enseguida llegó la hora de despedirme. Gabriel me acompañó a la puerta. Algo me debió notar, tal vez un fruncimiento de las cejas del espíritu, porque, sin venir a cuento, me dijo :

– «Bueno, no te preocupes, debo confesarte que algunas veces yo he pensado lo mismo.»

Hizo una pausa dramática, difícil de interpretar, y continuó:

-«… el Burgos nunca llegará a primera.»

*                      *                      *

Hacía mucho frío en Burgos aquella noche, mucho. Pero yo volví andando a mi casa nueva, extraña y huérfana de amor. Los pensamientos no me dejaban andar deprisa. Me sentía más solo que unas horas antes.

Me puse un pijama de franela, como si hubiera renunciado definitivamente a parecer atractivo. Me preparé un cacao caliente: pócima que cura la soledad. Me lo bebí sentado en la cocina, dejando pasar el tiempo sin sentirlo y, por fin, me acosté.

Esa noche, en sueños, en mi cama me acompañaron dos Gabrieles rubios, con cierto aire ario, exótico en Burgos, y no fui capaz de ver su aura…

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Una respuesta a “ Gemelas ”

  1. Tupacalos dice:

    He cambiado un poco el final, que ahora me parece más acorde con la nimiedad de un cuento sin pretensiones. ¿Le habrá gustado a alguien?

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