Un momento de bienestar

Cuando redacté este escrito jugué con los márgenes, porque hay tres historias superpuestas, la de Teresa en su oficina, la de Teresa y Gabriel, y la del chino. Pero el útil de «Publicar» lo aplana todo. Espero que, de todas maneras, se entienda y guste. Gracias por leerme.

Un momento de bienestar

Ángeles. Hablaban de ángeles pero ella no hacía ningún caso.

Oía hablar como quien oye una música de fondo, o mejor como oía el murmullo de la televisión su marido cuando se quedaba traspuesto después de comer en el sofá: decía que le ayudaba a dormir.

Un ruido suave y no desagradable del que captaba de vez en cuando una frase suelta. Lo preciso para disimular lo divertido de su momento íntimo.

Jorge había dicho:

-«Ángeles… No existen»

Mati defendía encarnizadamente pero sin argumentos la existencia… no recordaba las palabras que había dicho Mati hacía un momento…

La voz de Toni, que era grave, le sonaba realmente como un ruido, solamente como un ruido sin significado. Era el colega con quien peor… menos bien… se llevaba y eso se notaba en la atención disminuida. En la ignorancia real de sus argumentos.

La frialdad era consecuencia de una mala entrada.. A pesar de saber que era casada, el primer día que ella apareció por el bufete, Toni se portó como si ella fuera una conquista fácil, y eso le cayó mal.

Las malas entradas tienen mala cura, graban neuras en lo más profundo de la conciencia imposibles de borrar. No las borran ni el amor ni la guerra. Lo opuesto a los primeros encuentros afortunados.

Miraba sin ver y les veía como si estuvieran en otro lugar: Jorge, Mati y Toni: todos relajados, era un lunes sin trabajo urgente, después de un éxito fulgurante en la fusión de dos grandes empresas que les daba aún mayor tranquilidad económica que la de sus influyentes familias…

La influencia era la que les proporcionaba el negocio y ahora esperaban otro empujón de influencia para comenzar el siguiente. Mientras…pensaba:

-«Tontos que no saben nada…»

y sonreía sin querer, con ese sentimiento infantil que da alegría a la posesión de un secreto… tanta más alegría cuanto mas secreto.

Claro que tampoco lo hacían tan mal, cuatro abogados jóvenes o casi jóvenes con una carísima formación, un buen curriculum a sus espaldas y unos consejeros y una información de primera calidad… pero esto sólo significa tranquilidad económica, que no es poco. Y ella, además, tenía ese, ese secreto profundo.

Había dormido bien, se sentía sana y en forma y, aunque había llegado temprano a la oficina para solucionar una inquietud que había poblado sus sueños, ahora gozaba de una particular alegría.

-«Todos callados: eso es que ha pasado un ángel»

estaba diciendo Toni.

Efectivamente, por un momento de había hecho un silencio relativo mientras todos se dedicaban a sus preferencias en minibollitos que Jorge había traído de «Mallorca». El desayuno también contribuía al buen ambiente. El tortelito de crema que mordisqueaba distraídamente estaba especialmente bueno y saltarse la ascética dieta un día era sanísimo, especialmente si este era un lunes especial. Su sonrisa podría deberse al sabor del tortel pero… no.

El run run de la conversación no la adormecía, pero la falta de interés la llevaba cada vez más dentro de sí:

Le había conocido en una librería que hay en Jacometrezo, si, aquella del librero casi ciego pero que se ha leído todos los libros que tiene en la tienda. Ella buscaba «Comentarios de Derecho Internacional» de Abarca, él las cartas a Eloisa, de «Abelardo». Fue muy cómico, ambas pistas conducían a la estantería de abajo con lo que viniendo de direcciones opuestas y «marcha atrás» acabaron juntando con una cierta violencia trasero con trasero.

No era lo oportuno pero no se le ocurrió otra cosa y él dijo:

-«Gabriel Ruiperez, escritor»

y lo dijo fuera de tono, con una voz baja como hacen los falsos tímidos, como si hubiera dicho «siento mucho lo del encontronazo».

Era guapísimo. No se puede explicar lo que es un hombre guapísimo, no tiene nada que ver con los modelos de los anuncios, ni con los cuerpos trabajados en los gimnasios; es algo especial para cada mujer, que se divide en ojos grandes, cara expresiva, edad apropiada, voz agradable, dientes perfectos, etcétera, pero que cuando se divide pierde todo sentido. La aprehensión de la belleza es una experiencia mística, como otras, e intransmisible.

¿Qué podía contestar sino: -«Teresa Céspedes, abogada»?

Se habían mirado y se rieron al unísono del mutuo ridículo que reconocían. Ella olvidó los libros. En aquel momento ella no supo qué pensaba él .

No deseaba que aquella visión de su ideal se perdiera en la nada así que con ese instinto seductor que poseen todas las mujeres se puso una mano tres centímetros por debajo de ese hoyo del cuello, que su marido decía ser tan hermoso, y, en medio de la risa dijo: -«Necesito beber algo.», acompañando la frase con un suspiro, una respiración más honda o algo que tiene que ver con los pulmones y su dilatación pero que se convirtió en una exhibición de figura femenina.

Gabriel era evidentemente más joven que ella, pero sin exageración, tal vez cinco años, no más. Un hombre en la treintena… la edad perfecta. ¿Qué podía hacer Gabriel? Sólo ofrecer una bebida.

Ella era también guapa, muy guapa, lo sabía y sabía usarlo. Antes de doscientos pasos habían encontrado la mesa de un bar en el que apagar el deseo… o la sed. Y hablaron. ¡Vaya que si hablaron!

Teresa Céspedes y Gabriel Ruiperez, en aquella época se llamaban a sí mismos con nombre y apellido, como si hubieran dejado atrás sus vidas reales y fueran personajes de una novela, comenzaron a verse un rato todas las tardes. Un día encontraron el motivo para cenar juntos. Otro, él le cogió la mano y le besó los dedos uno a uno, y la palma, y la mejilla. Y la miró muy de cerca, y sintió su aliento cercano, aliento que no se alejaba.

Otro sus labios se rozaron.

Otro se juntaron en la urgencia mutua de un abrazo.

Otro no supieron separarse y las manos de él buscaron el cuerpo de ella y el cuerpo de ella el cuerpo de él. Por Dios, ¡menos mal que era en un mal sitio! En medio de una calle transitada, aunque fuera dentro del coche.

¡Qué recuerdos!

-«Teresa… ¡Teresa!… ¿Estás con tu ángel?»

Era Jorge quien lo decía trayéndola violentamente a la realidad.

-«Teresa: ¿Verdad que sí? ¿Verdad que los ángeles habitan tu silencio?

-«Sí, claro, y algo más…»,

respondió sin pensarlo mucho, y sonreía.

Comenzaron a verse para satisfacer su deseo. ¿Pueden verse un hombre y una mujer por otro motivo? En la vida real sí, claro, para hacer la declaración de la renta o para firmar un contrato, pero no es lo normal. Y que no se moleste nadie, ésta es la creencia común.

Claro que el deseo de ella acababa pronto. Quizás únicamente estaba necesitada de presencia masculina. Su marido viajaba mucho y tenía muchas reuniones muy importantes que hacían polvo cualquier horario normal. Los hijos al cuidado del servicio…: La soledad de la mujer del «manager».

Su intimidad fue en aumento, tanto que comenzaron a hacer proyectos de vida en común. A todo esto ella no sabía casi nada de él y él casi todo de ella. Su gran pasión: sus hijos. Su compromiso la familia. Una mujer conservadora atrapada en un negocio extraño. Curioso, cuando los besos y las caricias comenzaban a hacerse más apasionadas ella empezaba a hablar de las gracias de sus hijos y de la valía de su marido…: -«Gabriel: mensaje descorazonador.» Pero Gabriel no podía oír. Y nunca pasaron de ahí.

Un día ella quiso terminar: recordaba la violencia de las palabras exactas, violencia porque nada inmediato las había provocado:

-«No te voy a ver nunca más. No soporto ser infiel a nadie.»

Ese era el resumen de horas de meditación solitaria. De toma de conciencia de la realidad.

Bueno, este es el final común de casi todos los devaneos amorosos: globo de pasión pinchado por una sobredosis de realidad. Se alargaban los pensamientos de Teresa mientras su café se enfriaba. Ahora se ponía seria, como si una nube de tristeza, leve, eso sí, pasara por su pensamiento.

Y así fue, casi. Durante tres largas semanas no se vieron.

Ahora Teresa soltó una pequeña carcajada en medio de la lánguida conversación. Los tres pares de ojos se volvieron hacia ella, interrogantes. Y, entonces, sin saber si venía cuento o no, dijo:

-«Gabriel si existe.»

Y, la verdad, no venía a cuento.

El recuerdo de su último encuentro llenó toda su capacidad y se olvidó de los tres colegas que miraban su sonrisa cambiante y que casi podían seguir los pasos de una historia sin tema ni palabras que se dibujaba en su rostro: Una historia sin embargo feliz.

El viernes pasado. No fue antes. Solamente el viernes pasado. Estaba en su despacho haciendo un crucigrama cuando entró Lola, la recepcionista, y dijo:

-«Ahí hay un señor joven que dice que acaba de llegar de China y que tiene un problema de Derecho Internacional y quiere consultar con alguien, y dice Don Jorge que, ya que a usted le gusta el tema, que le reciba»

Sacó una carpeta con papeles atrasados de un cajón, la abrió, para disimular, y dijo:

-«Está bien, que pase…»

Y pasó Gabriel.

No le dio tiempo ni a respirar, ni a protestar, ni tan siquiera a hablar. Antes de llegar a el sillón de los clientes, en el que acabó sentándose, Gabriel largó este parlamento más o menos…

-«Ya se que no quieres verme. No es necesario. Puedes volverte de espaldas si lo prefieres. Sólo te pido que me escuches un momento, muy corto además.

Acabo de llegar de China. Si no hubiera estado allí las dos pasadas semanas tal vez habría venido antes. O tal vez no habría venido nunca. Pero he estado allí y allí me vuelvo para un tiempo largo. Si te sienta bien pensarlo, piensa que en gran parte me voy por dos motivos ambos relacionados contigo:

El primero es que te quiero.

El segundo es que te comprendo y eso hace que me gustes más todavía.

No. No digas nada.

He venido porque quiero dejarte un regalo. Un recuerdo mío que espero que guardes para siempre y del que saques todo el placer que yo no he sabido darte.»

Ella se había quedado mirándole con los ojos muy abiertos. Quería decir algo, pero no sabía que decir y además la autoridad de él era grande pidiendo silencio: se le veía en el rostro que aquel instante era para él el más importante de cuantos habían vivido juntos.

En aquel momento sacó de alguna parte un pequeño estuche de una madera preciosa, tal vez palorosa, trabajado con relieves y con unos kanjis en marfil incrustado. Se veía que el contenido debía ser algo de gran valor, y también antiguo. Lo puso mirando hacia ella y lo abrió.

Dentro había dos bolas de marfil de unos treita y cinco o cuarenta milímetros de diámetro, perfectamente pulidas, sin ninguna juntura apreciable. Ambas tenían incrustado el símbolo del yin y el yang, pero hecho con tal maestría que un ciego que las hubiera manoseado nunca habría sabido que no eran perfectamente lisas.

El continuó:

-«Cógelas sin miedo»

Ella lo hizo y un sonido precioso… no se podría describir de otro modo, un sonido precioso y tenue llenó la habitación. Casi milagroso. Era un sonido débil y parecía llenar el despacho de armonía.

Y continuó:

-«Lo que te voy a decir ahora lo puedes creer o no. Es una leyenda china que ha llegado a mis oídos por casualidad, pero coincidía tanto con mis sentimientos que no he podido más que hacerla mía. Debo acusarme de que mi educación occidental me ha impedido hacer lo que debía haber hecho si fuera consecuente con el profundo amor que te tengo. Lo siento, pero no he podido.

La leyenda que te decía cuenta que un príncipe de un país del norte de China, hace muchos años, se enamoró de una princesa casada. La cortejó y casi logró su sueño de yacer con ella, pero no solo no lo consiguió, sino que en aquel mismo instante que él esperaba que sería el culmen de su felicidad, ella llorando le separó de su lado y le dijo que su conciencia no le permitía ofender el honor de su esposo, por más que le amara a él.

El príncipe, con el corazón desgarrado, huyó, más que marchó, del palacio en que vivía su amor y dando, por casualidad, con un barbero que hacía castraciones (en sus ratos libres), le dio una moneda de oro para que ejercitara su arte con él.

Cuando llegó a su palacio entregó sus masculinidades a su chambelán con el encargo de que las hiciera eternas, cosa que el chambelán hizo secando aquellos pedacitos de amor en polvo de opio y jade. Premió al chambelán con mil monedas de oro. Vendió su palacio y se puso a viajar en busca del mejor artesano del marfil que hubiera. Al fin lo encontró y le dio toda su fortuna a cambio de que hiciera estas dos bolas y pusiera dentro de cada una uno de aquellos trocitos de amor eterno empapados en opio y jade. También le encargó su estuche e hizo grabar en él estos signos que significan algo muy largo…

«Los hombres envejecen.

Los amores languidecen.

El marfil es eterno como mi-tu amor por ti.»

Traducción que no se comprende inmediatamente pero que el chino que me vendió me aseguró que todas las mujeres entienden antes que los hombres… yo, al fin, creo haberla entendido también.

El chino que me vendió el cofre me hizo resaltar la calidad de la música que emiten las bolas al más leve movimiento, cosa que realmente me impactó por su dulzura y su rareza, y que el me dijo que solo el amor de hombre es capaz de producir cuando es eterno y prisionero.

El príncipe, que se había reservado sólo el dinero suficiente para la última parte de su plan, cuando tuvo todo esto volvió a la ciudad en que vivía su amor, escribió una carta que casi me sé de memoria y que creo que entenderás. La carta del príncipe chino decía así:

«Pálida luna que hizo brillar mi vida más que mil soles en el filo de mi espada. Te escribo estas pobres palabras para que sepas que quien te amó ya no existe aunque sea mi misma mano la que escribe. Todo lo que fui va en esta caja. Espero que su contenido, flecha dirigida a lo más íntimo de ti, sepa darte el placer que yo no supe.»

Entregada la carta y el regalo en la puerta del palacio de la princesa, el príncipe desapareció sin dejar rastro. Nunca más se supo de él.

Esta es la historia. Solo me queda decirte una última cosa: Creo que la leyenda no es verdad porque el chino que me vendió el estuche me preguntó para quien iban a ser, y, dicho que para una mujer, me hizo contarle mí, nuestra, historia, cosa que hice con gusto porque creí que no me entendía muy bien y porque necesitaba desahogarme con alguien y «lo nuestro» no se lo podía contar a ningún amigo, especialmente en el norte de china donde estaba solo.

Después de saber como eras y que tenías tres hijos fue cuando sacó la cajita que ahora ves y me dijo algo así como:

-«…tres hijos… creo que este tamaño le irá bien…»

Yo pregunté:

-«¿Cómo?»

Y él me contestó:

-«Si, le irán bien y ella lo sabrá enseguida.»

Llegado este punto Gabriel dijo:

-«No te levantes.»

Él sí se levantó del sillón de los clientes y sin darle tiempo a abrir la boca se fue.

Seguramente debido a la intensidad del momento, estas palabras, incluso con las incorrecciones que la espontaneidad le había hecho cometer a Gabriel, quedaron impresas en su memoria, y ahora se las repetía en silencio, y sonreía a consecuencia del experimento que había realizado aquella mañana temprano… que para eso había llegado la primera al bufete…

Mientras, la conversación de sus colegas seguía languideciendo: lo normal cuando se trata del sexo de los ángeles y de los silencios que provocan, por ejemplo el de ahora mismo.

En aquel momento Teresa cambió de postura en el sillón: apoyó las manos en la parte trasera del asiento, levantó ligeramente la parte delantera de la pelvis y se arrellanó dejándose caer un poco… Una suave música, dulce como el amor de hombre, llenó la sala de reuniones…

Alguien parpadeó. Mati dijo:

-«¡Un ángel, ahora si que ha pasado un ángel y no lo hacen en silencio!»

Y Teresa, sonriendo un tanto bobamente dijo:

-¡Siii, Gabriel!»

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