¡Ah! ¿Sí?

Es un cuento sin pretensiones, en blanco y negro. Una mirada atrás hacia un tiempo que un hipotético lector joven no puede imaginar y los mayores no podemos olvidar.

¡Ah! ¿Sí?

Salgo siempre a la misma hora. Me gusta ir bien arreglado, mi traje cepillado aunque brille, los gastados zapatos limpios, el afeitado perfecto.

En menos de cinco minutos estoy en la parada del autobús. En general no debo esperar demasiado y a las nueve menos cinco llego al Ministerio. Ficho y comienzo el rito de cada día.

Primero un café en el bar, para oír los comentarios de los correveidiles que se encargan de mantener informado a todo el funcionariado real y verdadero: A esa hora los advenedizos no aparecen por el café.

Yo hablo poco. Tan poco que sé que me llaman «Así», porque dicen que siempre contesto diciendo: – «¡Ah! ¿Sí?». Pero es que realmente hay pocas cosas de interés en esa cháchara de cada mañana: miserias pequeñas, reivindicaciones eternas, llantos de almas sin el coraje para buscar un trabajo fuera del país ni tampoco para conformarse con un destino elegido.

Me quedo poco tiempo. El justo de liar el primer pitillo de «caldo» cambiándole el papel por «Smoking»: dicen que el de la Tabacalera tiene plomo; a mí me parece que la única diferencia es que el sabor cambia… en realidad me da lo mismo: el fumar es más un hábito o un pequeño lujo que una cuestión de placer.

A las nueve y cuarto ya estoy en mi mesa. Benigno aparece minutos más tarde trayendo los expedientes del día. Ya lo sabe: los coloca sobre el montón de los pendientes de revisar. Cojo el primero lo compruebo, cotejo la propiedad de la documentación adjunta, veo si es conforme a ley, y sello la carpeta del expediente con el sello azul de «Tramítese» o con el rojo de «Rechazado», según el caso. No es un proceso largo. Un expediente normal me ocupa 10 minutos más o menos. A seis por hora, de nueve y media a una y media podría ver veinticuatro expedientes, pero eso sería sin parar un momento.

Cuando acabo uno siempre uso unos segundos para mirar alrededor: Veo un negociado de suelo de madera, gastado, que ha adquirido un color gris… y me paro a pensar en qué clase de gris, y todavía, después de los años, no sé qué clase de gris es, ni como ha llegado a tomar ese color.

También veo las otras mesas: la de Juan, que es un bocazas; la de Carlos, bellísima persona que perdió toda oportunidad de medrar por ser republicano, y suerte tuvo al reingresar… La de Felipe, siempre estudiando, siempre tratando de ganar honradamente un duro más sin conseguirlo. Extraño asunto la felicidad, porque Felipe parece feliz a pesar de sus trajes vueltos, sus zapatos gastados y sus corbatas baratas.

Luego, al fondo, junto a la puerta que da al pasillo, están Gabriel y Teresa. Gabriel anda cerca de la cuarentena y Teresa tiene unos… pocos más de treinta, los justos para haberse casado y tenido tres hijos varones, que la obligan a mantener su puesto de modesta funcionaria para cubrir lo que falta al salario de su marido para llevar una vida aparente.

Toda la escena la iluminan tres ventanas de marco y hojas pintados de gris. Este gris sí: este gris es un gris «barco de guerra». La luz es también gris, sea invierno o verano; como la ventana da a un patio interior la luz es gris: «gris negociado».

Yo vuelvo a coger otro expediente. Cuando lo acabo llega el momento de fumar otro pitillo. Lo lío con detenimiento, con devoción casi. De hecho el diálogo que establezco con el pitillo, cada vez que lo lío, es el más largo: Veo mis dos dedos, índice y corazón, teñidos por la nicotina, que son su cuna; miro al cenicero de baquelita marrón que será su tumba y dejo mi vista reposar en las quemaduras que alguna colilla olvidada ha tallado en él. Un mundo volcánico es el cenicero de baquelita.

De fondo, un murmullo, también gris, de comentarios casuales. De pronto, inconscientemente, me doy cuenta de que Gabriel está coqueteando con Teresa. No es lo que dice, es el tono de voz. Pero no es un coqueteo soez. No está intentando seducirla como he visto hacer a muchos hombres. Está diciendo que está solo, aunque las palabras que salen de su boca tienen un significado bien distinto. Teresa no le oye; bueno, oye las palabras halagadoras y sonríe, contesta con banalidades pero se le nota que la conversación le agrada.

Yo pongo la fecha: 16 de Abril de 1957, en el fechador. Mientras, el humo del pitillo me hace guiñar un ojo y sigue su trabajo lento de teñir mi bigote, blanco, de un color amarillo que me parece bello. Me recuerda que, de joven, yo era rubio.

Hace un buen día. La luz que atraviesa las ventanas es un poco menos gris de lo acostumbrado. Teresa se ha vestido de verano, tal vez prematuramente, y, aunque ya no es tan joven y nunca fue guapa, resulta atractiva. Gabriel habla de pasión. Lo hace en voz alta, como si quisiera discutir con todos. Le miro sin quitarme el pitillo de la boca y veo, a través del humo, que solo la mira a ella.

Otros momentos son como este. Un expediente, un pitillo, esa cálida sensación que da el humo subiendo en un delgado hilo, azul, como si fuera una prolongación del cuerpo… Ver la vida.

Normalmente veo diez o doce expedientes en el día. Suelen entrar quince, esto quiere decir que el montón crece. De vez en cuando me quedo unas horas por la tarde para reducir el tamaño de lo atrasado y poner alguna peseta más en mi sueldo. ¡Benditas horas extraordinarias! que me permiten ir alguna vez al fútbol o tomar un tinto con sifón y unos boquerones en vinagre en el bar Correos. No muchas veces, claro: ¡El orden es la base del orden! Y la economía es la economía.

Siempre dejo algunos expedientes en el sitio destinado a los entrantes. Si no lo hiciera Benigno no sabría donde colocar los que trae, se extrañaría, se quedaría desconcertado pensando que algo me había pasado. A veces miro el montón y pienso que a los del final no les va a tocar nunca así que tomo la torre entera y le doy la vuelta. Es justo que a todos les toque su turno y yo soy un amante de la justicia.

Otro expediente, otro pitillo, otra observación del ambiente. La cháchara de Gabriel con Teresa sigue, pero sutiles cambios se han ido produciendo con el correr de los días. Ahora él se levanta con frecuencia y se acerca a la mesa de ella, le dice algo rápidamente y ella sonríe. Ahora su voz es más baja, como si no quisiera molestar a los demás… o que nos enteráramos. Ya es primavera y Teresa lleva vestidos de colores vivos que se hace ella misma. Lo sé porque se pone a la luz de las ventanas y lo dice orgullosa: -«Miren ustedes, mire Gabriel, que vestido me he hecho con los patrones «Martí»…» Y se pasa la mano como alisando imaginarias arrugas de la cintura o quitando inexistentes motas de la falda, y gira una o dos veces. Se encuentra guapa, y su sentimiento se transmite a los demás, que también la encontramos más atractiva que de costumbre. Gabriel la mira e inclina la cabeza a un lado, ligeramente.

Otro expediente. Otro pitillo. Hoy Felipe me ha dicho que me ha visto dar la vuelta al montón de expedientes. Le he contestado que es para evitar que uno se quede abajo para siempre, que no sería justo. Y él me ha dicho textualmente: – ¿No cree que es probable que haya alguno al que no le haya llegado el turno ni por arriba ni por abajo?

Lógicamente, pero con más sorpresa de lo habitual le he dicho -«¡Ah! ¿Sí?». He sonreído, pero me ha hecho pensar: Realmente sería un caso de mala suerte.

Y así pasan los días. Ya hace calor. Juan abre las ventanas que crujen y se quejan por la falta de costumbre de ser usadas. Ya es verano. No me gusta demasiado porque los tres trajes que tengo todos abrigan y es impensable, para una persona como yo, quitarse la chaqueta o prescindir de la corbata.

Gabriel y Teresa van juntos a tomar café. Comentan cosas en grupo, con gente de su edad pero ella siempre está al lado de él, y cuando se ríe se apoya en su brazo, como si se fuera a caer. Van a las diez y media, como yo, y eso me da ocasión de observarlos. He pensado que me hubiera gustado ser zoólogo; de esos que observan el comportamiento de los animales salvajes y toman notas y luego las publican… les pagan por hacer algo que les gusta. Me hubiera gustado, pero la guerra… ya hace veinte años, pero está y estará siempre ahí; o aquí, dentro de mi vida.

En la cafetería me pongo en el rincón, casi detrás de la puerta, y lío mi pitillo. Tomo despacio el café… extraño café. Brebaje de composición incierta al qué la costumbre me hace acudir: En vez del placer, la costumbre. Ellos se ponen en un grupo de gente más joven, en el extremo opuesto. Yo miro alternativamente al humo que sale de mi mano y al grupo. La visión del hilo azul me hace pensar que, según sube, se va llevando el tiempo que debo esperar para irme de aquí. Se lo lleva sin utilidad ni dolor para nadie. El grupo me hace añorar una juventud que no tuve. Pero no me dan envidia. Casi me alegro de que lo pasen bien… no casi: desde mi soledad y mi silencio me siento parte de ellos. Teresa casi pone su cabeza en el hombro de Gabriel. Sus manos se rozan como por casualidad. Se miran a los ojos. Sin duda se han enamorado.

Pero ella es casada. Extraño. Yo mismo, que me siento liberal, encuentro un regusto a rechazo, un runrún ajeno, influencia de la educación y del ambiente. Un cierto escándalo en el fondo de mi conciencia me sorprende: Teresa es casada… y oigo una pregunta oscura, un tanto teñida de tristeza, como rebotando en las paredes de la caverna oscura que es mi intimidad más profunda: Los casados ¿No tenemos derecho a la pasión? Vuelvo a mirar a la pareja en el fondo del bar. Los movimientos de ella me recuerdan a un ballet, la música sus sentimientos y, en ese momento, para mí, sonaba tan fuerte que ocultaba el rumor tonto de todas las demás conversaciones banales.

Un expediente, un pitillo. Miro la cara de Teresa. Sus facciones son las mismas de siempre, un poco vulgares, pero un resplandor especial la hace aparecer más bella. «El reflejo del amor» se me ocurre pensar y recuerdo que es una luz que se aumenta cuando los ojos que miran son los del amado y, más aún, estalla en un relámpago dulce y largo cuando ambos son amante y amado… y eché de menos esa sensación tan pocas veces sentida, esa que da tanto gozo con la presencia y tanto dolor en la ausencia; terrible vacío la falta del amado… y saqué la petaca y lié un pitillo y lo encendí. El hilo de humo azul me llevó a otro tiempo y me hizo ver otra cara que me miraba a mí en vez de a Gabriel.

Al fin es sábado, son las tres. Dudo si volver el montón. Pienso en tomar nota del número del registro del primer expediente para controlar su salida. Me siento inquieto y tentado de mirar uno por uno para comprobar que no queda ninguno del año pasado, o, incluso, anterior… Este pequeño asunto me ha incomodado profundamente. Me voy a casa de mal humor. Me despido, bajo la escalera porque el ascensor está completamente lleno. Llego al primer piso y cambio de parecer. No podré pasar el domingo tranquilo sin saber si he condenado a algún desgraciado a no ser atendido nunca…

Espero que llegue y se vacíe el ascensor. Juan, Felipe y Carlos pasan por mi lado, me vuelven a decir adiós con cara de extrañeza viéndome en la puerta del ascensor: me encojo de hombros y señalo arriba como si hubiera olvidado algo… Hace calor.

El ascensor tiene un olor particular. Me recuerda una greguería que leí el domingo pasado en el ABC: «El metro huele a sudor eléctrico».

El negociado tiene dos puertas, una que da al pasillo principal y otra, en el extremo opuesto que da al descansillo donde están los ascensores de la parte de atrás, precisamente por donde subía. Las dos puertas son de doble hoja y siempre están abiertas. Como mucho, en invierno Teresa cierra media hoja de la puerta que tiene más cerca. Aunque parezca extraño, no hay corrientes fuertes, y el suave desplazarse del aire ayuda a limpiar el ambiente de humo: Todos menos Teresa fumamos.

Entre cada hoja abierta y los ficheros de madera de la pared opuesta a las ventanas quedan unos rincones que solo se pueden ver desde el lado opuesto del negociado.

El ascensor no se ha parado en mi piso. Una fatalidad. Debo bajar uno andando. Mi enfado va en aumento pero mi conciencia quiere tranquilizarse con el pensamiento de que voy a cumplir con un deber. Perderé el autobús de las tres y veinte.

Por fin llego al descansillo. Doy dos pasos para entrar en el negociado y…

No. No me han visto. Pero yo si he visto a Teresa y Gabriel abrazados en el rincón: Se besaban con pasión. Tanta pasión que no me han visto.

He dado dos pasos atrás, sigiloso. Pero me ha parecido que tiraba los muebles al suelo, que caían obuses sobre Madrid, como hace veinte años o que una sirena de alarma antiaérea aullaba en mi hombro. Pero no. No me han visto. No me han oído.

He vuelto a bajar andando. Hace mucho calor. He perdido el autobús. Estoy desconcertado. Siento como un vacío en el estómago, o un demasiado en la conciencia. Me voy al café Correos y pido un tinto con sifón. Llamo al limpiabotas y, mientras tengo un pie en la caja del betún, lío un pitillo, lo enciendo y me concentro en mi conversación con él. Pero es una conversación tan secreta que no tiene palabras. Solo sentimientos de dos almas gemelas que arden lentamente.

Algo me sentó mal. Probablemente el precio de los boquerones. Me he pasado la noche del sábado en vela, de procesión de la cama al baño y del baño a la cama. Tengo gastroenteritis, por llamarlo de alguna manera. El lunes sigo tan mal que ni siquiera fumo. Por fin, el martes vuelvo al negociado, en contra de la opinión de mi mujer.

Encuentro un silencio extraño, una ausencia intuida. Inmediatamente Juan me pregona que Teresa y Gabriel se han fugado… ella ha abandonado a su marido. Tiene el pregón bien aprendido, no dice por qué lo sabe, solo me mira esperando un gesto que no quiero hacer. Mi mano va a buscar la petaca, aunque aún no he llegado a la mesa, pero se detiene y no se me ocurre nada más que decir: -¡Ah! ¿Sí? El segundo que ha durado el silencio se ha alargado indefinidamente. Me ha parecido que la vida se detenía y que yo veía todo pasar, lo de aquí y lo de allí: Imaginaciones.

Luego todo ha seguido. Juan amplía la información: No me importa la historia, sí la persona, pero no puedo, no quiero, no me sale de dentro hacer el más mínimo gesto a esa cara que espera mi complicidad con su sonrisa estúpida.

Otro expediente, otro pitillo, y así pasa el día. Ya no tengo nada que observar y observo el humo, pienso: volutas. Y me parece una palabra bonita que describe ese retorcerse bello del hilo azul. Así pasan algunos días, apenas una semana.

El lunes, cuando llego están en sus mesas Felipe y Teresa. Felipe me mira y se encoge de hombros, no dice nada. Teresa ha contestado a mis buenos días y ya no me mira. Yo sí la miro, sin disimulo pero ella no quiere ver que la veo. Está pálida. Encuentro que ha adquirido una belleza especial, como la que tienen las caras de quienes sufren. Está sufriendo o ha sufrido mucho. No es el desgarro de un grito, es el rostro de una pena serena, de la resignación… Ahora veo también firmeza, o valor. Y entonces tomo el primer expediente.

Juan llega tarde. Entra resoplando, creo que se va a quejar de algo, según la costumbre, pero ve a Teresa y cambia la frase que tal vez había pensado mientras subía la escalera por un sonoro taco. No dice ni buenos días. Se ha quedado mudo pero las ideas le hinchan el cerebro. Tengo la sensación de estar viendo a una locomotora con el vapor a tope, detenida, esperando hacer un esfuerzo gigantesco y, también, dispuesta a explotar. Pero no estalla. Murmura un saludo y se sienta en su mesa. Finge que trabaja y mira, de reojo, a Teresa, que está dos mesas más allá y en su mismo sitio y medio oculta por Carlos. Luego me mira y levanta la barbilla mientras frunce los labios un poco, preguntándome mudo. Pero yo hago como que no le veo.

Un momento más tarde se levanta y se acerca a mí, hasta casi rozarme y me susurra:- «La puta ha vuelto». Sentí como se me fruncía el ceño: ¡Que fuerza tienen algunas palabras! Algunas palabras tanta que no se deben pronunciar. Miré hacia en fondo del Negociado y allí estaba, absorta como en un sueño, Teresa.

Teresa no tiene un solo papel en su mesa, no tiene nada que hacer. Su trabajo lo han llevado a otro negociado. Por fin se levanta y se va al aseo de señoras que está un piso más abajo. Apenas ha transpuesto la puerta la locomotora estalla. Las preguntas que se hace en voz alta nos las dirige a nosotros tres, y Carlos, Felipe y yo le miramos como a un espectáculo. Felipe dice, como disculpándose:

«- ¿Qué podemos hacer?».

Carlos dice:

«- No. No estuvo bien, pero en realidad no sabemos nada. y, la verdad es que es un tanto violento.»

A veces, en los rostros se pueden leer historias enteras. Felipe se apunta a la mayoría y la moral que impera en un círculo como el nuestro es rígida. Carlos ignora el problema. ¡Bastantes problemas tiene con los suyos! Y, además, no está dispuesto a significarse de ninguna manera.

Teresa vuelve y el silencio también. Ahora miro su cara. Parece que se hubiera ido a llorar. Tiene ojeras y el pálido morado resalta sus ojos. Ahora veo que los tiene grandes y muertos. Recuerdo mis observaciones de los últimos días: entonces, vivos, miraban de cerca de la cara de Gabriel y saltaban de rasgo en rasgo, inquietos, como queriendo bebérselos todos. Y Gabriel me daba envidia, sana envidia: el deseo de ver unos ojos mirándome así a mí. La añoranza de la pasión.

 Pasan las horas y nadie le habla. Los expedientes, los pitillos, tal vez cuatro. Teresa ha estado con los codos en la mesa y las manos cruzadas. Ella tampoco dice nada, ni alisa su falda de vuelo. Ahora se ha recostado en el respaldo de la silla y ha cruzado los brazos mientras frunce los labios en un gesto de estoicismo.

Enciendo el quinto pitillo. Me levanto y recorro el pasillo entre las seis mesas. Es algo que no suelo hacer. Juan, Felipe y Carlos me miran, porque, además, estoy hablando en voz alta y cuento la historia del expediente perdido. Ahora Teresa también me mira mientras me acerco, despacio, como si meditara una solución. He debido pronunciar doce, quince o tal vez veinte palabras en voz bastante alta. Cuando llego al final, al espacio que hay entre la mesa de Teresa y la que fue de Gabriel, miro a Juan. A Felipe. A Carlos y otra vez a Juan. A éste un segundo más. Ellos están sorprendidos. Todos.

El tercer espectáculo del día soy yo mismo. Por fin miro a Teresa, me acerco. Veo que el gesto de su cara ha cambiado, su problema ha quedado oculto por la sorpresa y yo digo deprisa, mirándola a los ojos:

– «Todo el problema del expediente extraviado se arreglaría si las carpetas se numerasen: Teresa: ¿Quieres tú numerar mis expedientes?»

Y, a mí, el eco de mis palabras me sonó como una declaración de amor.

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