7

-7-

un echar de menos que alivio tallando
una caja que será un "forget me not".

*  *   *

Debería haber escrito esto anteayer pero no lo hice. Ya se sabe como es la vida en los clipper de la ruta del té. Cuando no estás de guardia hay tormenta o se ha
quedado sin aceite el candil... por eso y porque esta carta no te llegará hasta dentro de unos meses he puesto en el encabezamiento el número 7, que es la
página en la que debería estar escribiendo ahora y el tema de las 6 anteriores se ha perdido, porque todo lo que no se escribe en el momento pierde algo tan
sutil como la inspiración, aunque lo de la caja es tan verdad como que ahora estoy a bordo del "Windjammer Seadreams" con bandera holandesa. Pero no era de
esto de lo que quería hablarte sino de que anteayer no hablamos casi, claro, yo estaba un poco ausente, por esto de la navegación, y, al mismo tiempo te
encontraba distante, que también puede ser un efecto colateral, o tal vez sólo una secreta forma de mantener las distancias con un viejo marino embarcado en busca
de té, que casi siempre acaba convertido en chinos amontonados, que sueñan que el ferrocarril de oeste es un paraíso, en vez de un moridero. Lo del moridero
no sé si es muy correcto, pero describe sucintamente lo que les pasaba a los chinos en el ferrocarril de  oeste.

Bueno, pues yo embarcado, escribiendo en el escritorio de Guillermo Graves, una preciosidad de caoba... y tu carita aflorando secretos de esos nimios pero
decisivos, pues no hubo mucha ocasión, por eso volví a mi barco, a no encontrar el modo de enviar poemas por internet, que es lo más parecido al aislamiento de
un velero de cuatro palos arribando al sur, en busca del cabo de Hornos, en Junio de mil ochocientos tantos... Los sentimientos de un viejo marino ya te los describí en las seis páginas anteriores, aunque debo recalcar ese sentimiento de paternidad que me excitas, que me hace recordar la teoría del incesto como tabú... porque siempre me vienen a la memoria aquellas palabras de tu padre, que yo modifico un poco: -"Criatura: ¿Cómo vas a vivir?" El "cómo" es mi aportación. Y es que la bohemia es terriblemente atractiva, y sirve para tapar momentáneamente la botella de las insatisfacciones profundas, pero es inútil que la tires al lago de la Casa de Campo o al océano más extenso, el tiempo te la devuelve...¡Y de qué manera!

Entonces me retraigo, porque uno no tiene derecho a entrar en la vida de otra persona como un elefante en una cacharrería... y si en cuestiones de amor, o de enamor, por aquello del deseo instantáneo, a veces se consiente con gusto que te invadan, en los temas de la realidad inmediata no suelen ser bien recibidos los
consejos no pedidos... Un poco traído por los pelos pero mira esto de nuestro común amigo Juan de Yepes:

Diréis que me he
perdido,

-Que, andando
enamorada-

Me hice perdidiza y
fui ganada
.

Todo sería mucho mejor si el mensaje se demorara esos seis u ocho meses que tardan los correos de los veleros, y la presencia física del elefante... del marino, se
demorara otros tantos, porque en ese año la vida real habrá dado miles de vueltas, y las recomendaciones, más que obsoletas, se habrán descargado de todo
su carácter conminatorio y se leerian sólo como mensajes de cariño, de amor, que un padre o un amigo dice, sabiendo que difícilmente le harán caso, si es
que no le malinterpretan, y además probablemente el aconsejado ha llegado a las mismas conclusiones... a veces hay que esperar años para que florezca ese
pensamiento de acuerdo con lo que entonces parecía razonable... Perdóname si este comentario te ha molestado no era mi intención... y, además, siempre está el tema del roce físico, el tabú otra vez, amortiguado por la distancia que el océano pone por medio.

¡Ah! Pero querías hablar de poesía, o mejor de poemas. Sobre los míos debo aclarar que son anárquicos en su orden. Cuando voy a publicar uno busco entre los
borradores que duermen en su carpeta, elijo el que me parece que ha madurado, incluso hago alguna corrección, y, si el resultado me gusta lo muestro. El
ejercicio de escribir y el placer de saber que alguien me lee, y todavía más el de comentar con alguien el por qué, el cómo, y el valor del resultado me sirven
de bálsamo. Así, genéricamente, como el de fierabrás, quiero decir que me ayuda a vivir, incluso a creer que aunque sea en un poquito  poquito, mi vida del momento mereció la pena. Y ¿Leer poemas? ¿Oír poemas? Bien, me gusta. Pero no todos los poemas promueven sentimientos  -cualesquiera sentimientos- en el lector/oidor, y eso pasa con todos los poemas, los míos y los de Góngora, por mencionar alguien extraño que escribía versos. El que lee poesía busca sus sentimientos en lo que lee, no los que el poeta pretendía poner en el papel. Y si te estás curando de un mal de amores poca impresión puede producirte una loa del amanecer en Delos. Genéricamente mis sentimientos son de esa falta de amor que no tiene solución en este mundo, por más que te quieran, porque si la razón kantiana pide por el todo, la sed de ser querido pide más aún. Busco lo que me falta que es todo lo que no soy yo. Por eso, por si me das una pista en mi búsqueda estoy deseando oír tus comentarios, o leerlos en una larga carta... o verlos reflejados en un cuento. Claro que supongo que pasarán seis meses o más hasta que pueda recibir un mensaje tuyo, como si lo enviaras a Nankin o a Manila, en barco de vela, claro.

Ahora pienso que yo nunca seré poeta de verdad, como tú, que todo lo que vives lo transformas en poema. Para mí, que me siento incapaz de hacer "buena poesía",
el límite está en conseguir que mis sentimientos pasen al papel, y que no aburran a quien lea lo escrito.  Casi todos los poemas tuyos que conozco son muy buenos, en el sentido que transmiten y excitan sentimientos con un estilo novedoso, esas metáforas minerales que te dije un día.
Queda mucho que decir, pero me llaman a guardia, en otro momento seguiré, antes de llegar a Usuaia donde franquearé esta carta o lo que quede de ella.

*   *   *

A bordo del  "Seadreams" muy al sur del ecuador. Cualquier día de cualquier mes de hace muchos años. Continúo mis meditaciones de marinero  sobre unos
supuestos papeles encontrados en el escritorio de barco de Guillermo Graves. Y esta creo que sería la página 10. Algunas de las anteriores se han perdido,
pero no decían nada nuevo. Y en ésta sólo están los primeros renglones, más o menos así:

-10-

...sin ninguna razón ni motivo, sólo por el saber que hacía un ex pastor enarenando la cubierta...

Hay una serie de notas sueltas, reflexiones de Guillermo, que yo he completado como he podido, y otras páginas sin numerar que corresponden casi seguramente al mismo viaje con lo que la narración casi completa podría ser muy parecida a lo siguiente:

A mí me van a contar lo que es la lejanía. Con suerte 18 meses hasta volver a casa. Y en medio todas las tormentas que se pueda imaginar, de unas y de otras. Y la cercanía: eso que se siente al pensar en un ser querido. Más si es una mujer que te dio esperanzas... pero ¡qué vida para la mujer de un marino! O las mujeres, porque ya es conocida la leyenda de uno que decía llamarse Simbad, como el del cuento, que decía que tenía una familia en cada puerto que arribaba. Pero no es verdad, o al menos no es una cosa que te pueda hacer feliz: Si echas de menos a una ¡qué pasará con cuatro! O cinco. Claro que las mujeres no echáis de menos a otras mujeres fundamentalmente porque no navegáis.

Echar de menos es sentir la presencia de aquellos que están lejos. Y en sueños, en ensoñaciones o bien despierto del todo, desear acariciarles, abrazarles,
apretar tanto que la persona abrazada entre en ti, se convierta en una parte de ti. De hecho así pasa porque si mi hembra canta cada día que su Bony[1]
vuelva a casa yo la tengo en mi coy cada noche. Y es perfecto. O sea, que estoy a la vez cerca, muy cerca, y lejos, muy lejos, y no es raro porque las millas del mar son de una clase y el tacto y el perfume de los pensamientos de otra. Bien visto las dos son distancias o proximidades. Dice Sparrow que todo es relativo, y que los días del último mes de navegación son mucho más largos que los del primero; yo le digo que es porque estamos cansados de tanta navegación y él responde que es el deseo lo que los alarga. Pero no dice qué clase de deseo. El caso es que tengo mucho sueño y el vaivén de la luz del candil me hace sentirme un poco mareado, así que no estoy para discutir ni para responder a la pregunta de mi hija la de 6 años, la de Southampton: - Padre, me llama padre: yo sé
cómo me llamo y donde vivo, cómo es mi cara y todas las demás cosas, pero: ¿Quién soy yo?
 Y yo le contesto: -"Pregúntaselo al mar".

Es bueno tener un mar al que hacerle todas las preguntas sin respuesta. ¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Por qué estoy  aquí ahora?... y lo que se te ocurra. Por ejemplo, ¿Por qué te conocí? O ¿Por qué te escribo a ti estas cartas extrañas, que no se sabe muy bien de quién y a quién son? Si hace buen tiempo, pensar esas preguntas es un buen modo de pasar la tarde, estés o no estés de guardia. Estés o no estés enamorado, estando, como estás, solo, y a miles de millas de tu pensamiento.

Pero sigue la noche. En un segundo una ola enorme golpea a la "Seadreams" por el través de estribor, la nave escora y el candil se cae y se apaga. Me sujeto esperando el golpe de una segunda ola, a oscuras. Y de una tercera... parece que ya pasó, la cuarta es mucho más suave. Los de la guardia corren arriba y abajo
asegurando todo. La luz de una linterna sorda me da en la cara y es la luz del sol. Ya no me siento en el mar. Ahora estoy solo frente a un desierto inmenso.
Un sombrero de alas anchas me protege la cabeza, sudo y tengo barba de algunos días. Ese soy yo. Un hombre débil frente a un pedregal ardiente con una montaña
azul al fondo, que es una promesa. Todo es estático, como si yo estuviera calculando mis posibilidades y el desierto, inmóvil, esperando mi decisión. Pero no hay ninguna decisión, solamente pasión. No está en mis manos dar el próximo paso, ya está todo calculado y escrito: el día y la hora. Queda sólo que se cumpla. Y ese cálculo es sólo y único para mí. Los días y las horas. El dolor de la lejanía y el placer del recuerdo idealizado. Y no saber ni el cuándo ni el cómo y mucho menos el por qué.

La noche vuelve a la calma y la calma a la noche.  El mar se llevó dos hombres y una ballenera. Ni intención de buscarlos. Dos hombres que casi eran amigos... ¡Qué pronta parece su ida!

La linterna ya no me ciega. Me acuesto en el coy y te abrazo por la cintura. ¡Qué tierno es tu calor! No quiero más que oler tu pelo. El resto es el camino frecuentado. Me duermo abrazado a un sueño y escribiendo una carta. En el sueño tampoco yo sé quién o qué soy. Soy el hombre solo frente al desierto. Soy el ex pastor luterano e inquieto que fui. Soy el marinero que parece real, que escribe una carta, hace guardias y preguntas y se juega la vida trepando por la jarcia. Soy el amante de no se sabe quién. Amante perfecto amada perfecta. Soy sólo un hombre en espera de su último instante. Soy una cosa.

Ni siquiera sé qué son las cosas ¿Son mis servidores? ¿Puedo  apagar mi furia rompiendo el candil de barro? El mar paga con nosotros su malestar, nos golpea,
nos arranca de nuestro asidero, nos ahoga. Yo soy una cosa para el mar. Yo soy una cosa frente a mi destino. Soy una cosa que ama. Soy otra clase de cosa. Una
clase de cosa que necesita ser amada, sin límites.

Estos pensamientos me irritan. No me gustan las preguntas que no puedo entender, pero estoy condenado a no entender casi nada y a no ser amado más de dos meses cada dos años. Suponiendo que sea así. Porque ya lo dijo mi amigo Antonio: "Todo amor es fantasía..."[2] O sea, que para lo relativo a esta historia no importa nada que no tenga yo cinco a seis familias, es más, ni
siquiera que tu ausencia sea tan real como parece en este caos de recuerdos y fabulaciones, que, por no tener, no tiene ni siquiera otro objetivo que resbalar sobre el tiempo, como lo hacen esos jóvenes sobre la olas, entreteniendo la espera de no se sabe el qué.

*   *   *

Otros documentos contradicen la temporalidad de eso que acabo de completar y transcribir. La realidad se impone. Los sueños no pueden dejar de ser sueños,
en cuanto se tocan se deshacen, el barco nunca abandonó el puerto, que, por cierto, no tiene mar, y los pocos años como pastor, a finales del XIX, en Canterbury, sobre los que encuentro más testimonios, no dejan de ser una justificación fantástica. Pero ese imponerse de lo palpable no es definitivo. El espíritu reclama sus otras vidas, la razón su consuelo. Esa parte del alma que llamamos corazón tiene huecos que también se quejan de su vacío con "gemidos inefables "[3]. Y la pluma de Guillermo se rinde y vuelve a los apacibles paseos por la campiña del sur de Gran Bretaña y al suave vaivén de las olas de la mar tendida del Atlántico sur. A los sermones de los oficios y a las cartas a la luz de un candil apoyado sobre un barril de salazón.

El hombre solo frente al desierto debe ser una interiorización del estado de ánimo de Guillermo, que en este momento deja de llamarse así, pero cuyo nombre verdadero no diré. Se despierta a las cinco de la mañana de un día de verano en el sur de Gran Bretaña. Por la ventana entra una luz fuerte. Es un pastor el
que escribe, piensa y habla. En este puerto también hay un amor. Tiene nombre: Cynthia.

Salmo 23: "El Señor es mi pastor nada me falta", y estoy frente al desierto. Y soy yo, otro yo, en busca de la justificación de la historia de unos personajes extraños que son al mismo tiempo unos y otros y yo mismo también. Antiguos y actuales, verdaderos pero inexistentes.

Guillermo el joven siente: Debo preparar el sermón de Pentecostés. Y está felizmente casada. Salmo 41: "Como el ciervo suspira por las fuentes de las aguas, así desea mi alma a Ti, oh Dios mío". ¿Puede una mujer ocupar el puesto de Dios en mi conciencia? Pero no leeré yo mi sermón, Será el pastor Evans, el titular de la rectoría quién lea el suyo. Yo soy demasiado joven todavía para sustituirle en una fiesta tan importante. Vendrá toda la congregación, vendrá Cynthia con su arido y yo, cuando el servicio acabe estaré junto a la puerta, con el pastor Evans, para darles la mano. Yo empezaría mi sermón con Deuteronomio 32: "Oíd, cielos, lo que voy a proferir; escuche la tierra las palabras de mi boca.". Les invitaré a venir a la rectoría a una reunión en la que fortalezcamos la fe. Y podré verla despacio. El pastor Evans les hablará hoy de las lenguas, yo les hablaría de dinero. La congregación es rica, mantiene la rectoría con holgura, pero olvida al resto del mundo, y el resto del mundo es pobre. Les sugeriré que hagan donaciones al orfanato de Stuppington, les indicaré que las donaciones no son lo suficientemente generosas si no alteran nuestra vida, si no nos hacen sentirnos pobres. Todos deberíamos ser pobres, al menos los cristianos. Yo hoy no comeré a mediodía, el ayuno es una donación espiritual. ¿Y si viene ella sola? ¿Y si no viene? Si no viene, mejor. Puedo cruzar ese desierto que reverbera, solo.

Del mismo momento Guillermo el viejo escribió: Sujeto a un guardamancebo me dejo acunar por el mar. El viento es frío, como en Inglaterra y sueño con el calor
del recuerdo del encuentro con Cynthia. Y, al mismo tiempo, siento en mi alma el desgarro que produce la culpa y quiero arrancar de mí su memoria. He gastado
una vida entera en el mar y no puedo olvidar la tierra. Lo irreparable del pasado.

El pastor sigue su relato: Vino sola. Es verdad que las mujeres se sienten atraídas por los hombres de Iglesia. Se sienten seguras en ese aspecto que la religión enseña a cuidar extraordinariamente... no, no es el dinero. Se sienten seguras y bajan la guardia, abren su corazón, no para enseñar qué contiene sino para que algo extraño llene lo que sienten vacío.

Sentados en dos incómodas sillas, frente a frente, ella me oía: "...yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso" (Éxodo 20:4-5). Puse mi mano sobre la suya y no la retiró. ¡Un Dios celoso! Y yo quería arrebatarle una de sus más sencillas flores. Sí, eso era lo que quería, lo sé ahora; entonces sólo quería aplacar los latidos de mi corazón, traspasárselos a ella. Giró su mano y apretó suavemente la mía. Dijo: - "Deberíamos tener confesión como los católicos..." Me pregunté sin decirlo: "¿Nombrar en voz alta nuestros pecados?" ¡Qué fuerza tiene el lenguaje! Algunos creen que es la clave del perdón. Cuando hablo me comunico, o, al menos lo intento. Es en la prédica cuando más se siente ese lazo entre los que me oyen y mi yo predicador, que es otra persona independiente de mí. En el rezo privado estoy más cerca de mí mismo, no me comunico, espero que Dios me comprenda. Yo no conozco su lenguaje, lo siento como una incapacidad de expresarme. Cuando quiero estar ante Dios sólo puedo decir "Señor, aquí está tu siervo." Y cuando veo un día espléndido o una tormenta feroz o la inmensidad del mar en calma, sigo sin tener lenguaje y, al mismo tiempo estoy más cerca de mi yo verdadero, y de Dios. El hombre es hombre porque puede tener un lenguaje pero no lo necesita para hablar con Dios. Ni para interrogar al mar. Ni para cruzar el desierto de las ardientes piedras de las propias debilidades.

Mis palabras eran saetas dirigidas rectamente al entendimiento de Cynthia. Y a mi propio oído, porque salían de mi garganta resbalando como una música hecha de susurros, en la que desnudaba mis sentimientos. Y más tarde, cuando me quedaba otra vez en soledad encontraba mi retórica como una habilidad maldita. Deseaba no tener lenguaje. No poder hablar sino con Dios... y con el mar. Estar forzosamente silente frente al desierto.

¡Qué bella es la pasión si tiene objeto. Y que terrible en su conclusión! Todo amor profundo está teñido de injusticia porque entregamos
al amado lo que no es sólo nuestro. Mis palabras, mis caricias, mi cuerpo, mi
inteligencia, son del universo, es una perversión desear sólo a un amado,
entregarse sólo a él. Olvidar todo lo demás. Dios es un dios celoso y amarle
sobre todas las cosas no es contradictorio porque todo es en Él por Él y con Él.
Y celoso de los pasionales humanos. Amar a otro humano conlleva dolor, dolor
propio y ajeno. Desconcierto. Se adora al amado cuando se le desea y se le
culpabiliza de lo que se considera traición, pecado propio... Adán ya lo hizo con
Eva. Y el deseo de ser instrumento del castigo es una planta venenosa que anida
en el corazón de muchos amantes. Una pasión positiva y otra negativa se unen. En
los momentos de deseo el amante idolatra, cuando el sentimiento de culpa aflora
desea castigar al amado, tan violentamente cuanto fuerte sea su pasión.

*   *   *

Me ha costado mucho resumir este último párrafo. Creo que
el pastor trataba de justificarse, explicar su propio laberinto. Yo no pienso
así, tal vez porque no soy un hombre de iglesia. Además sobra, porque sí hay
una carta a su obispo, que debió pasar mucho tiempo guardada en un cajón y
recibir algunos rociones marinos por el estado de conservación en que se
encuentra. En esa carta se explica ¡Se confiesa! toda la historia que desde mi
punto de vista sólo es un vulgar enamoramiento de jóvenes, con las únicas
connotaciones de que ella era casada y él pastor de iglesia y creyente bastante
radical. Podría recuperarla casi íntegramente pero creo que los detalles que
relata no son de interés así que reproduciré únicamente los párrafos que me han
parecido dignos de leerse por una u otra cualidad. El romance progresaba como
era de esperar, en su confesión el pastor escribe:

Cynthia dio en venir cada tarde a la rectoría. A veces se
quedaba largo rato con el pastor Evans. A veces venía con una amiga. A veces venía
sola y yo la evitaba. A veces venía y encontrábamos el lugar y el tiempo para
acariciarnos, para besarnos. No más. ¡Oh mi primer beso! Tras días de ausencia
triunfaba el deseo. Tras días de arrepentimiento venía el evitarnos, mirarnos
de lejos, cambiar unas palabras en el despacho del pastor y generar más deseo.

Parece que muchos años más tarde Guillermo Graves el viejo
escribe:

Cuando empiezo a escribir esto la pluma tiembla en su buscar
el tintero. El hombre frente al desierto no está allí por casualidad, ha
llegado allí huyendo. El mar, envidioso de la agitación de mi espíritu, se
embravece y hace temblar y crujir la nave.

Y la letra es indudablemente la misma pero percibo que es un
pensamiento del joven pastor:

Yo me alejaba de Dios. Cambié los salmos por el Cantar de
los cantares: Ya no eres huerto cerrado ni fuente sellada y nunca has sido
esposa mía. Ayuno más de lo recomendable, he adelgazado. Siento que cada vez la
deseo más. Los besos y las caricias no me bastan y el ayuno no es suficiente.
¡Señor, guarda mi virginidad para tu servicio! Trato de calmar el dolor del
arrepentimiento disciplinándome hasta sangrar. Pero el arrepentimiento cede y
las caricias vuelven. Sé que he enloquecido.

¡Pobre
Guillermo Graves! El joven y el viejo. Está ante el Cabo de Hornos que debemos
pasar los que deseamos cambiar el rumbo de nuestra vida. Y en esta tesitura,
sin oídos que escucharan su queja, los suplía escribiendo gritos de dolor que
guardaba en el compartimento secreto de su escritorio. Decía el joven:

El final de esta
locura fue como un rayo en medio de un día de sol. Habíamos encontrado el
escondite perfecto... mis palabras y mis caricias también la habían enloquecido y
el deseo más intenso parecía haberse apoderado de ella.

Y el viejo: Nunca
antes confesé esto. Ahora tampoco, no me oigas. Sólo el frío viento toma mis
palabras, el solo las oye y el solo las dispersa sobre esa superficie negra e
invisible donde dialogan nave y mar. Es imposible explicar hasta qué punto la
pasión desbordada nos cambia la percepción de la realidad. La tensión entre el
deseo animal y la llamada a la vida consagrada a la religión fue insoportable,
me rompí. ¿Por qué te cuento esto precisamente a ti espíritu de lo femenino? ¿Por
qué lo escribo? ¿Por qué lo releo una vez y otra y no lo arrojo por la borda? Necesito
comprensión. La locura, vista desde la sensatez, pide ser entendida. Y el yo también
necesita saber que la debilidad es compartida. No, lo digo muy mal, lo que
necesito es que alguien me perdone.

¡Hola
mujer! No sé. Tú qué piensas: ¿Le comprendes? ¿Le entiendes? ¿Le perdonas? ¿A
los dos? ¿A ninguno? ¡Pero si no conoces la historia! Y, además, qué historia
si son retazos mal cosidos de no sé cuantas fabulaciones... y al hombre del
sombrero en el desierto no hay nada que perdonarle, el pobre sólo espera que se
cumpla su destino: atravesar el pedregal o romper sus botas tratando de
hacerlo. Él, ya te lo digo, está dispuesto, aunque no sabe muy bien si tendrá
fuerzas para cumplir su empeño. El marino es un penitente que lo más que ha
hecho ha sido hablar de más, incluso ha dicho algo sobre ti, pero creo que no
hay que tomárselo en cuenta. Al fin es, también, un recuerdo de una vida
anterior, una anamnesis. Y, ahora que lo pienso: ¿Será también lo del pastor
evangélico el recuerdo de cosas que hice a finales del XIX en una vida anterior?
Sería terrible. Verás lo que pasó.  Sigue Guillermo el navegante:

El mar estaba embravecido ¿Recuerdas? Por los vientos o por la agitación de mi
conciencia. Sujeto a un obenque o un guardamancebos me dejaba empapar por los rociones
que caían como una lluvia espesa... Los marineros no hacemos semejante cosa,
esperar que una ola nos arrastre, si no nos hemos vuelto locos, y a mí, algunos
recuerdos me hacen portarme como tal. A mí y a ese mar de este relato, que
nunca llegará a parte alguna aunque haya miles de chinos esperándole y
cargamentos de té pudriéndose en los puertos. Recordaba aquella tarde en la
rectoría y me sujetaba el viejo sombrero como si fuera mi tabla de salvación...
¡Oh! Cynthia podría caminar sobre las alborotadas aguas dónde yo imagino, veo,
su rastro. En la rectoría el sol brillaba y hacía parecer menos tétrico
el pequeño cementerio. Ese día, el último de mi vida de predicador, acudí a
nuestra cita con la intención de terminar esa relación que tanto desgarro me
producía. Cynthia no lo esperaba. Recuerdo que mi voz estaba ronca y en vez del
suave siseo de los primeros días surgía a golpes. Para sellar con una entrega
nuestra relación ella se ofrecía para ser poseída y yo me negaba aferrándome a
mi entrega a Dios sabiendo que era una batalla perdida. Sin preocuparnos del
ruido discutíamos pasando de las risas a las lágrimas en un segundo. Yo creo
que nos queríamos. En un momento rompió su vestido yo acabé de desnudar su pecho
y la abracé violentamente sintiendo su carne contra la mía. Yo lloraba, sentía
la pena inmensa del hijo prodigo alejándose del padre y, al mismo tiempo, era
incapaz de resistir toda la fuerza de mis instintos. Nunca hasta ese momento
había comprendido el significado de "pasión". Me vino a la mente el Salmo 26: "El
Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi
vida, ¿Quién me hará temblar
?"
¡Yo! Yo mismo que abandono las praderas, yo que debo traicionar a mi Dios o a
mi instinto. Yo, que quiero internarme en el desierto solo, sin Dios. Me besaba con ternura
y se movía como la hembra en celo que era. Besó mis lagrimas y dijo: "- No tienes de que preocuparte estoy preñada
de tres meses
."

El mensaje entró en mi cerebro como un hierro al rojo, imaginé lo que no había
querido saber. Mi cuerpo se enderezó en un espasmo incontrolable. El celo
divino me poseyó. Mis manos rodearon su cuello y despreciando que alguien me
oyera la grité como Otelo a Desdémona: "- ¡Impúdica ramera!". El deseo de
golpear fue superior al de asfixiar y la golpeé con todas mis fuerzas en la
cara y en el cuerpo, pero enseguida el dolor del amor roto superó a cualquier
otro sentimiento.

Con la ropa desordenada, aullando incongruencias y el rostro
desencajado como puede imaginarse el de alguien que acaba de pasar por
semejante trance, crucé la entrada de la rectoría sin volver la vista atrás,
tomé al pasar mi viejo sombrero de alas anchas y caminando como un juguete
mecánico me alejé de todo lo que había sido mi vida, sin saber adónde iba.

*  *   *

Cualquier parecido de esta historia con la realidad es pura coincidencia. Guillermo
Graves nunca contó esa parte de su historia, que fue la que hizo que comenzara
su vida de marinero con este nombre. Yo la he deducido de las copias de cartas
y otros documentos que encontré dentro del escritorio "de barco", muchos de los
cuales estaban en negativo porque se habían sacado copias con la lona húmeda.
Entre esos documentos había varios poemas, pero si alguien los lee alguna vez
no será porque yo los muestre. Yo iba a ser solamente el relator frío, pero la
lectura de sus poemas y de alguna carta incompleta que creo que no fue enviada
nunca, me involucraron tanto en la historia que acabé estropeándola mezclando
vivencias e imaginaciones mías.

El loco del crimen de la abadía, que se llamaba de un modo
que no revelaré, nunca fue encontrado, aunque un sombrero parecido al suyo apareció
en una posta del camino de Southampton. Aunque Cynthia se salvó de morir sí
perdió al hijo que esperaba y al cabo de poco tiempo, unos meses, se separó de
su marido, cosa que en el Canterbury de la época fue muy mal considerado, fue
rechazada hasta tal punto que acabó emigrando a Australia en un barco en el que
casualmente  iba un muchacho llamado Oliver
Twist.

¡Ah!
El hombre del desierto acabará atravesándolo.

Las Rozas 8 de Julio del 2011.-



[1] Antigua canción popular inglesa. "... bring back
my Bony to me..."[2] A. Machado:"Todo
amor es fantasía;...
él inventa el año, el día,

la hora y su melodía;

inventa el amante y, más,

la amada. No prueba nada,

contra el amor, que la amada,

no haya existido jamás".

[3] Romanos, 8

541 total views, 1 views today

Los comentarios están cerrados.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

dieciseis − nueve =