Cómo los Bunyoro llegaron a tener un rey

La historia de Ishua me ha llevado a África, y he recordado la historia que me contó un viejo Bunyoro en mis tiempos de juventud, cuando exploraba el África profunda en compañía de Conrad, de la que tomé buena nota en taquigrafía. Es un cuento sobre lo exótico. A quien no le apetezca leer sobre eso, que no lo lea.

Cómo los Bunyoro llegaron a tener un rey

Los Bunyoro son un pueblo real de Uganda, en el sur este de África, y su rey se llama realmente Mukama. Esto es lo único de verdad que hay en las páginas siguientes. Esto y las verdades que el hombre sin nombre va contando. Pido excusas a los Bunyoro si su historia no se parece en nada a ésta.

A ti te contaré la verdad. Te la contaré para que cuando regreses a tu país se la cuentes a tus ancianos y así ellos sean más sabios y dirijan a tu gente de manera que no les ocurra lo mismo. Yo sé la verdad porque me la contó mi padre a quien se la había contado su padre y así hasta mil o dos mil padres de padres. Si tú no crees que sea una historia tan antigua ¿cómo puedes pensar que yo pueda creerte cuando dices que en tu pueblo viven más personas que en mil pueblos como éste? Pero no es este el caso. Te lo cuento a ti porque tengo una preocupación: no sé si se lo he dicho suficientemente a los ancianos que quedan, o si me han escuchado alguna vez los jóvenes del poblado y así alguno podrá ser el mensajero que guarde la verdad. Porque creo que todos los pocos ancianos que quedan, menos yo, están vendidos al Mukama, por un poco de comida un poco de cerveza y un poco de joo-k-anna… pero mira, ahora que lo menciono, dame aquella bolsa que está allí, colgada de aquella estaca… tu eres joven y te mueves con menos trabajo que yo que sólo espero el momento de reunirme con mis antepasados. Pero te decía que los viejos están vendidos y los jóvenes sueñan con otro mundo que a lo mejor se parece al tuyo pero que yo creo que es peor… Ves, nunca cojas mucha joo-k-anna. Como con todas las cosas, coger demasiado no solo da mala suerte, también sienta mal… lo he visto varias veces, muchas veces, siempre que ocurre una desgracia el culpable de atraerla era uno que cogía mucho. Siempre lo dijo el chamán. Ves, está húmeda, pero no debe darte asco: es buena, ves, se frota entre las manos… coge, coge… verás como se te duermen un poco y ya no son tus manos, son las manos de los dioses, y lo respiras así, juntando las manos y poniendo tu nariz en el agujero que dejan las dos manos juntas… así, con los dedos solos juntos y los dedos acompañados haciendo una casita. Ves que el agujero tiene la forma de la nariz… ¿Por qué pensabas que eran las manos así sino para dejar el agujero para la nariz? ¿Para que si no las habrían hecho los dioses de este modo? Y ahora respira hondo, ves ya todo es más claro, tan claro como la verdad que he prometido contarte. ¿No dices que en tu pueblo se puede hablar a muchos muchos hombres al mismo tiempo? Tantos hombres que no son ni tus parientes ni tus vecinos… No se si sabes bien lo que dices, pero si fuera verdad yo me preocuparía de que me escucharan, no fuera como si yo solo me pusiera a gritar en un recodo del río y sólo me oyeran los monos y los cocodrilos, que de nada me vale… pero ya te he dicho que estaba preocupado, porque puede que los jóvenes borrachos de deseos extraños y los viejos vendidos al Mukama sean ahora como los monos y los cocodrilos, que, si les gritas hasta les haces huir, pero no te hacen caso. Así que tú eres, a lo mejor, un alguien que me han enviado los dioses para que la verdad no se pierda como la flecha que no da al pájaro. Al fin tú estás tan solo como yo en el poblado. A mí me tratan como a un viejo chocho, tanto que ni un ayudante de un ayudante de un ayudante del Mukama se ha acercado a sobornarme para que me calle… y tú, tú estás peor. De ti se ríen porque eres pálido como la luna y porque hablas mal el lenguaje de los hombres. A mí me causaría risa también ver un poblado todo lleno de gente pálida… pero toma un poco de joo-k-anna, no seas tonto, esta es muy buena, me la ha preparado una de las mujeres de mi hijo el mayor que es muy habil encontrando las hierbas y las raíces… ya sabes, nunca demasiado, no te siente mal o el chamán te eche la culpa de que tengamos un Mukama y tengamos que matarte ¡Ha!¡Ha!¡Ha!… pero no me distraigas, es que eres raro, pero la verdad que los dioses hacen a veces cosas muy raras, por ejemplo tú, ¡Ha!¡Ha!¡Ha!… ves, la joo-k-anna me ha quitado la preocupación… bueno, no me la ha quitado, pero me puedo reír aunque la tenga… No te olvides, nunca cojas demasiado… Es que eres una cosa rara, siempre dibujando en esas láminas blancas como tú… ¿Qué dibujas? ¿Insectos?, porque no son ni plantas ni pájaros ni ningún otro animal… bueno, dejémoslo… sólo que eres raro y no me extraña que los niños te sigan a donde vayas para verte hacer rarezas… ¡Ahhhhh! Es buena ¿Eh?… pero ¿No tomas?… eso puede ser también malo. No debe fiarse uno de un hombre que no toma joo-k-anna, debe estar pensando que no se fía de ti y no quiere ponerse de buen humor contigo por si escondes una punta de flecha envenenada en tu bolsa… Pero la preocupación la tengo… la verdad… Hace muchos muchos veranos e inviernos los Bunyoro éramos felices, tan felices que ni nos llamábamos Bunyoro siquiera. Y eso es una señal de felicidad: no llamarse de ninguna manera. El que no se llama de ninguna manera no tiene necesidad de tener un nombre, y ese peso menos que lleva encima; si tienes un nombre el nombre te posee: ya no eres un hombre ni un espíritu eres un sonido. Y los sonidos se apagan en la selva. El hombre que quiere tener un nombre es tonto… pero ves, ahora todos los Bunyoro se llaman de una manera u otra. En aquel tiempo que me contó mi padre que le contó su padre y así hasta… bueno, muchos padres si te gusta más así… en aquel tiempo los hombres no tenían tinajas para la cerveza en casa, de hecho tampoco tenían casas ni chozas, acampaban en un sitio en el que hubiera comida, las mujeres recogían plantas los hombres cazaban. Nunca guardaban comida ni siquiera para el día siguiente. Cuando un hombre cazaba un cerdo gritaba o golpeaba las ramas de manera que todos pudieran oírle y ayudarle a llevar el cerdo si era grande y se organizaba una fiesta en la que todo el pueblo participaba, se asaba el cerdo y se comía hasta acabarlo y el cazador era feliz de ver a sus parientes y vecinos disfrutar de su caza, tan feliz que él casi no lo probaba, y sus vecinos le admiraban por su generosidad… ya sabes: nunca cojas demasiado. Si faltaba la caza o las raíces o el agua, todos, hombres, mujeres, ancianos y niños cogían las cuatro cosas que tenían y se cambiaban de sitio. Se iban sin prisa, al paso del que menos podía; cazaban y recolectaban por donde pasaban y a lo mejor estaban moviéndose varias lunas hasta encontrar un sitio lo bastante bonito como para quedarse una temporada. Entonces se apreciaba a los ancianos, porque era muy raro llegar a serlo. Cada uno se moría cuando le tocaba, niño, joven o viejo, y no era una cosa triste, como ahora, que parece que quien se muere no haya hecho lo que los dioses le habían encargado… y ¿sabes que pienso? Que a lo mejor es verdad, porque desde que el poblado se instaló en este sitio, que yo no era todavía viejo, y no se movió más, se abandonaron las viejas costumbres. Se atacó a los vecinos, se les robaron las mujeres y el ganado, nos mataron a parientes muy queridos y un grupo de hombres se volvió violento hasta en la vida en común… pero esto es el final, no el principio de lo que te iba a contar, porque estas cosas son las que nos ha traído el Mukama. Y te lo voy a contar porque no quiero que el que yo me muera sea una cosa triste, quiero que todos los que me aprecian, si es que queda alguno, sepan que yo cumplí con mi mandato, que fui en la madre selva un buen hombre que siempre repartí mi caza y nunca tomé demasiado de la de los otros, que cuando fui anciano y sabio no guarde mi sabiduría sino que siempre di consejo, incluso cuando, como ahora, la tribu ha enloquecido y no quiere escucharme, y no me respetan, a pesar de que yo ya conocí al padre del padre del Mukama, que no era Bunyoro, o que no era de los hombres sin nombre, sino que vino de otra familia, que vivía muy lejos, hacia el lado contrario de la sombra, y que tenía un nombre que no recuerdo porque para nosotros siempre fue “el visitante”. Un visitante que se quedó hasta que fue a reunirse con sus antepasados. Él, aunque era mayor, había tomado una mujer, que le dio un hijo y ese hijo ya no tuvo nombre, o por lo menos no al principio, porque aunque creció más alto que los demás hombres, y aun así no le llamamos “el alto”, porque todavía era un niño, pero cuando se hizo un hombre y aprendió a cazar resultó ser el mejor cazador de todos. Siempre reía, a mí me parecía un poco estúpido, pero todos los demás hombres le apreciaban y varios empezaron a salir juntos a cazar con él, en contra de las costumbres de los hombres sin nombre: Un hombre y la madre selva o el padre desierto o el padre río… y sus manos y sus pies y un arco o una lanza, así que alguien comenzó a llamarle “el cazador”. Y era grande y fuerte y risueño y pronto comenzó a tentar a las mujeres y muchas le hicieron caso a pesar de que tenían un hijo de otro hombre, y pasó que el número mágico de la tribu de tantos hombres como lunas, que son todos los dedos de las manos de dos hombres y los dedos acompañados de otro, y nacieron más niños de lo afortunado. Esto fue una desgracia: una mujer no puede caminar con dos hijos pequeños y su comida y las otras cosas que le toquen… en poco tiempo la movilidad de la tribu se vio reducida y tampoco pudimos atravesar el padre desierto para vivir en los bosques del lado por donde nace el sol porque “el cazador”, que no aceptaba al desierto como un hecho, con lo claro que es verlo, él dijo que si intentábamos atravesarlo moriríamos todos de hambre porque allí no había caza; entonces comenzó a escasear la comida y “el cazador” convenció a sus amigos de que, según le había enseñado su padre, había un gran río caminando en dirección contraria a la sombra, en donde la comida no faltaba nunca: La selva es espesa, hay árboles que dan frutos todo el año, la caza abundante y el río está lleno de peces… pero estoy muy cansado. Creo que he hablado demasiado… acércame otra vez la bolsa de la joo-k-anna… toma, toma tu también. ¿Cómo vas a entenderme si no estás de mi mismo humor… yo creo que “el cazador” puso un veneno en la comida o en la joo-k-anna, de sus amigos… O quizás les hizo un hizo un embrujo… Pero tengo sed… Creo que hay cerveza todavía en aquella tinaja pequeña… Claro que tu no entiendes nada, los embrujos son poderosos. Un hombre malo puede hacer cualquier cosa si sabe encontrar el embrujo necesario, y los espíritus malos seguro que le ayudan… Si el chamán hubiera actuado entonces casi seguro que lo habría descubierto, pero el chamán sólo actúa cuando hay un mal… y no había mal, solamente un poco menos de comida y eso ha pasado tantas veces que no se pueden contar y además es bueno, ayuda al pueblo a estar en su número afortunado, si niños y ancianos se van a vivir con los antepasados será porque era su momento. Los mayores nos adaptamos hasta que también cumplimos nuestro tiempo. Es natural. Pero la escasez y el consejo de los cazadores nos llevaron a buscar el gran río. Hay hombres muy raros, aunque no sean tan raros como tú, aunque parezcan de nuestra familia; y los hay buenos y malos, amigos naturales que te ayudan o enemigos naturales que te atacan… ¿No quieres tampoco cerveza? Tal vez esté un poco fuerte porque tiene días, pero está buena… Anda, acércame un poco en ese cuenco que está al lado… y toma tú también… no sé por qué me fío de ti… será porque eres raro… porque no te puedes fiar de un hombre que no bebe cerveza contigo, a lo mejor tiene escondida una punta de flecha envenenada en su bolsa. Pues cuanto más nos acercábamos al gran río prometido más espesa era la selva y más caza había… La tribu estaba contenta, los cazadores traían más comida de la que necesitábamos. Las noches acababan muchas veces en un festín de carne y cerveza, cada vez nos hacíamos más perezosos porque no necesitábamos hacer nada para tener frutas, raíces o carne. Es más, ves la tinaja grande junto a la otra… no la podríamos llevar si quisiéramos cambiar de campamento, pero en esa guardo algo de comida, no dura mucho, pero a mí mismo me da una sensación de seguridad: sé que mañana comeré. Te lo dije antes: nunca se sabe lo que es bueno, verás como tus ancianos también saben esto… cuando vuelvas a tu pueblo pregúntaselo, ya lo verás… Pero ¿qué quería decirte?… ¡Ah! Sí, que yo siento tristeza recordando los tiempos en los que cambiábamos de campamento, te parecerá una tontería pero me gustaría sentir hambre y salir a cazar sólo, con un arco o una lanza, y sentir que puedo robarle a la madre selva lo que necesito, o notar el calor del mediodía del desierto enterrado en la arena, reservando mis fuerzas para la noche y contando las gotas de agua que me quedan… y no es que quiera volver a ser joven, cuando puedes hacer esas cosas y valerte por ti mismo, a lo mejor si fuera de una tribu de hombres sin nombre haría tiempo que me habría reunido con mis antepasados. Te aseguro que tengo ganas de volver a verles y escuchar todas las palabras de aquellos que son mucho más ancianos que yo… y más sabios. ¡Cuantas cosas estarán claras en sus mentes, que yo no acierto a explicarme! Lo único que me retiene es la preocupación que te dije. Y, además, dejaré de ver cómo la vida de la tribu desaparece. Vaya, si ya no hay ni tribu. Esto es lo que han llamado un mercado. Entre los amigos que se unieron y los enemigos que conquistamos aquí habrá ahora tal vez diez tribus o familias y vienen de otros sitios y el Mukama les acoge porque cada uno que viene le trae algo y él lo guarda y luego lo usa para sobornar a quién le conviene… pero estoy muy cansado… déjame dormir un poco. La joo-k-anna siempre me da un poco de sueño… Ves, ¡ah!, ha sido un momento… pero todavía estás ahí, dibujando en tus hojas… pero veo que el sol está bajo… ¡Oh! Ha debido ser un tiempo más largo… bueno, creo que no te aburro: ¿Contarás a tus ancianos y a toda tu gente los que te digo?: La verdad. ¿Por donde iba? ¡Ah!, sí, fue nuestro último viaje, las lluvias vinieron varias veces antes de que llegáramos aquí, incluso varias veces establecimos campamentos en lugares bonitos y esperamos que las mujeres parieran, y era verdad que cada vez había más caza y un joven sin nombre, que era del grupo de los amigos de “el cazador”, se hizo tan buen cazador como él y era tan alto como él y sabía reír tan bien como él, y hasta desafiaba al grupo a traer tanta caza como él solo. Era un hombre sin nombre notable pero después de que dejara al grupo de cazadores en ridículo trayendo él solo un enorme cerdo, arrastrándolo encima de unas hojas de plátano, a la mañana siguiente apareció muerto en su rincón en la choza de los hombres solteros: tenía una punta de flecha envenenada clavada en el costado. Ya sabes que es cuando pasa algo así cuando el chamán debe preguntar a los antepasados quién es el culpable, y que se lo dicen y lo encuentra seguro, por más que se esconda, por más que mienta. Así que acordamos que enterraríamos al joven cazador y al día siguiente el chamán haría sus encantos y señalaría al culpable. Pero a la mañana siguiente el chamán amaneció muerto con una punta de flecha envenenada clavada en su costado. Nunca había pasado algo así en el pueblo de los hombres sin nombre. “El cazador” dijo que seguro que era una tribu vecina la que enviaba de noche a un guerrero revestido con un hechizo que le hacía invisible que mataba a nuestros más queridos familiares… y despachó a sus amigos a rastrear la presencia de alguna tribu, y la encontraron. Estaba a medio día de camino, tenía unos diez hombres, sin contar niños y ancianos. El grupo de los cazadores les atacó al caer la noche y mataron a todos los varones y a las niñas muy pequeñas y se trajeron al poblado a las mujeres. Yo nunca había visto tales gestos en las caras de una mujer ni de un hombre. Yo no sé como sería mi cara cuando unos y otros contaron la hazaña… Ves, tú tampoco te lo crees. Pues nadie podía creer una cosa así. Las caras eran de, no sé todavía como decirlo, de ver con tus ojos y oír con tus oídos cosas que no pueden ser reales. Así creció nuestro grupo, de repente, en doce mujeres y seis niñas mayores. Y así vimos, por primera vez, un arma de metal que fue el único objeto que trajeron del campamento atacado. Ya sabes quién se quedó con ella… claro, “el cazador”. Y también dijo que las dos jóvenes más bellas raptadas eran de su propiedad y que mataría a quién se atreviera a acercarse a ellas. Y se instaló en una choza grande, que sus amigos le ayudaron a construir, o mejor dicho, que hicieron lo que él quería y les iba diciendo. Se puso a vivir allí con cuatro mujeres que le hacían la comida, y le lavaban y le acicalaban, y algo completamente asombroso: dejó de ir a cazar. Pienso yo que si uno tiene un don debe usarlo y si él era cazador era ir contra la voluntad de todos los dioses y los antepasados quedarse en el poblado mientras los demás cazábamos. No sé si en tu pueblo hay gente que hace esas cosas, pero aquí era la primera vez que se veía, y aunque los demás poníamos la caza al servicio de todos, sus amigos le llevaban la caza a él y él la repartía como quería. Era un hombre malo y eso se vio claramente cuando una de las mujeres que había traído del primer poblado que asaltó se escapó durante la noche. A la mañana siguiente el y sus amigos salieron a buscarla y la encontraron, claro que la encontraron, pero les hizo correr y “el cazador” estaba terriblemente enfadado cuando la cogieron y casi la mata, primero a golpes, tan feroces que sus amigos mismos trataban de detenerle, y alguno dejó de reunirse con él después de todas estas cosas, porque cuando creían que habían conseguido que se calmara se volvió como se vuelve el rayo que parte al árbol y con su arma de metal le arrancó los dos pies a la mujer y la dijo: “Así no querrás huir nunca más”. Claro que casi se muere… pero era muy fuerte… Tu no habrás conocido a una persona igual: Su ansia de venganza no se calmó nunca pero nunca la manifestó. Fue como una de esas espinas largas que no te puedes sacar de debajo de la piel y se pudren y, aunque no sean venenosas acaban por matarte… ¿No te lo crees? Pues más difícil será que te creas que siguió viviendo con él y que le dio un hijo que es el Mukama que tenemos ahora. El cazador creía que mandaba él, pero ella debió tratar con brujos muy poderosos a sus espaldas y lo hechizó de tal manera que ella era la que decía qué se hacía y qué no, y a que mujer se repudiaba y a cual se raptaba para convivir con el Mukama, y a que pueblo se atacaba e incluso a quién tenía el chamán que designar culpable de cualquier desgracia. Y todo eso sentada en una enorme silla de la que no se volvió a levantar, sino que se fue haciendo más y más gorda y con una mirada que daba miedo a todos, incluyendo a “el cazador”. Con sus manejos fue separando a los amigos del gran hombre. A sus parientes los hizo matar o huir. Las demás mujeres eran sus esclavas y también tenía esclavos de otras tribus para que hicieran lo que ella deseaba en cada momento. Y fue ella la que un día dijo que “el cazador” ya nunca más se llamaría así sino que era “el Mukama”, amo y señor de todas cuantas cosas había en su territorio, que había que adorarle y servirle porque así lo querían los dioses y los antepasados. Y así fue como él se hizo más poderoso, aunque yo pienso que no mandaba nada, y los Bunyoro tuvimos nuestro primer Mukama. Ya verás que esto está en contra de lo que te he dicho antes: que nunca cojas demasiado. Pero mi consejo es para hacerte un hombre feliz, no un hombre poderoso. Lo peor que nos pasó no fue tener un Mukama, que hizo a nuestro pueblo temido y respetado, fue que nos convertimos en un pueblo, que empezamos a tener cosas, además de Mukama. Como él guardaba y repartía, todos comenzaron a desear guardar y repartir, ya ves que yo tengo dos tinajas… y más cosas, tantas cosas que no me podría ir a cazar o a cruzar un desierto, aunque estuviera en mi mejor edad. Y creo, por lo que puedes ver en la juventud y en los ancianos vendidos, que el espíritu de las cosas se pega al de los hombres, como la resina de los árboles de la goma, y en el mundo de los espíritus deben pesar más que en el mundo nuestro y deben estorbar demasiado para seguir el paso de los antepasados en sus viajes… Y esta es la verdad que debes contar a tus ancianos… Así que estimo que en las mil o dos mil lunas que he vivido, aunque a lo mejor han sido tres mil, porque me falla la memoria y he perdido la cuenta, no he hecho más que empeorar y que lo mejor que me podría haber pasado es que me hubiera quedado solo en aquel poblado al que llegó “el viajero” y haber ido cada día a cazar y a buscar mis frutas y mis raíces, que para mí hubiera habido suficiente. Pero: ¿No quieres un poco de joo-k-anna?…

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3 respuestas a “ Cómo los Bunyoro llegaron a tener un rey ”

  1. Pobrecito hablador dice:

    Joo-k-anna, dices, no gracias, me parece que puedo pasar sin eso (que todavía no sé lo que es, por cierto, pero me puedo hacer una idea).

    Es díficil de comentar. Dices cosas que me resultan muy interesantes, pero me parecen difíciles de encajar en una narración.

    Tal vez sea muy arriesgado un cuento tan largo: el peligro es claro; es más fácil de perderse, sobre todo si se trata de un monólogo discursivo. Siendo más narrativo,ese discurso ganaría en vivacidad -si estuviera más articulado sobre una historia. Mejor también más corto, pienso
    Y tú mismo ya nos has advertido sobre lo exótico. Otro peligro, pues resulta que lo exótico ya no existe; el mundo ha dejado de ser recóndito -yo también me apropio de la palabra, que cada vez me gusta más-. Pero puesto que se te da también todo lo que es exótico, y todas tus historias rinden ese maravilloso tributo al exotismo, te desafío a que te pongas a buscar lo exótico en nuestro extraño y desconcertante mundo cotidiano. (de paso, ya me desafío también a mí mismo)

    De todas formas, ese regusto exótico del texto forma parte del encanto que tiene;todavía deberían las narraciones transportarnos a otros lugares; lo que no sé es cómo se puede conseguir eso. ¿Alguna pista?

  2. María papelotes dice:

    El machismo es un mal de todas las sociedades. Las mujeres éramos libros, que nadie quería abrir, y ahora a algunos se les agarrotan las manos al pasar las páginas.
    Tremenda historia.

  3. odiseo dice:

    estan tribonitos..los felicito…….

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