PENSAMIENTOS 13. Novalis

Friedrich von Hardenber nació el 2 de mayo de 1772 en Oberwiedertedt (Turingia) y murió de tisis a la edad de 29 años, el 25 de marzo de 1801 en Weissenfels. “Novalis”, el apelativo con el que es conocido literariamente, lo comenzó a usar a partir de 1798, tomándolo del nombre de una posesión familiar que significa: el que construye el nuevo país. Su familia pertenecía a una antigua estirpe nobiliaria y fue educado por su padre – director de las minas de sal de Sajonia- en la tradición pietista, asesorándole también para que se formase como administrador de las minas de sal. En 1790 se matriculó en las facultades de Filosofía y de Leyes de la Universidad de Jena, donde asistió a las lecciones de Schiller, con quien llegaría a intimar hasta el punto de seguir su consejo de trasladarse a Leipzig para continuar sus clases de derecho. Allí acaba llevando una vida desordenada, contrae deudas, se enreda en lances amorosos y se rezaga en sus estudios. En 1794 supera al fin los exámenes de Derecho y se emplea como pasante en Tennstedt. Justo en esta época va a conocer a una mujer que cambiará su vida y que provocará uno de los gestos más estridentes del romanticismo. Se trata de Sophie Von Kühn, una adolescente de 12 años a la que pronto se promete, pero que al morir tres años después provocará en Novalis una honda desesperación. Atraído por la nostalgia de la mujer amada, va a visitar a diario el sepulcro donde yace y se encierra durante días en su antigua habitación sólo para tener más vivo su recuerdo. Novalis creía que la muerte de Sophie podría ser revocada mediante una aproximación mágica al invisible mundo de ultratumba. Esta experiencia le conduce a escribir en 1997 “los himnos de la noche”, publicados en la revista “Athenaum” en 1800, alternando la prosa con el verso. La noche es identificada con el misterio de la muerte y elevada a símbolo de la verdadera vida, en sintonía con la concepción cristiana que hace de la superación de la muerte un símbolo primordial de redención. En contraste con el reino de la luz que representa lo diurno, la noche es símbolo del amor creador, de la libertad –al romper las ataduras de la existencia diurna- y de lo infinito. Pero también representa una nueva fase de la humanidad, una edad de oro que supera la edad de hierro en que cohabitaban los dioses y los hombres. Una edad aurea marcada por la aparición de Cristo, que se convierte en símbolo victorioso de la muerte y es garantía del tránsito hacia la otra vida, donde al fin puede ser saciada la sed de amor infinito y puede ser sofocado el sufrimiento. “Los himnos a la noche”, al igual que los fragmentos filosóficos que publicaría más tarde en la revista Atenaum, llevan la influencia de la filosofía de Fichte, al que había comenzado a estudiar el mismo año que conoce a Sophie. Fichte había proclamado como primer principio creador el yo trascendental, con una actividad ilimitada. Para la toma de conciencia de un yo que obra contra lo que se le resiste, tenía una importancia extrema la imaginación productiva. Pero este poder de la imaginación que en Fichte aparece contrapesado por la realidad de todo aquello que no es yo, en Novalis puede ser modificado a voluntad y usado con fines taumatúrgicos: es lo que llamó “idealismo mágico”. No hay nada más allá del absolutismo del yo que actúa y que conoce; para Novalis todo conduce hacia su interior: “el camino misterioso va hacia dentro”. Las fuerzas de la naturaleza ya operan en nuestro interior y quien conoce las leyes del mundo del espíritu puede domeñar la materia. Pero para adentrarse en los secretos del espíritu hay que conocer los arcanos de las ciencias naturales. A principios de 1798 comienza a enfrascarse en sus estudios en la Academia de Minas de Freiberg, a la vez que comienza a olvidarse de Sophie, prometiéndose con la hija de su mentor, Julie Von Charpentier. Comienza entonces a fraguar un ambicioso proyecto novelístico del que al final sólo nos ha quedado su inacabado Enrique de Ofterdingen”. “me gustaría dedicar toda mi vida a una novela, que llenaría por sí sola una biblioteca entera, y que quizá habría de contener los años de aprendizaje de una nación.” “Enrique de Ofterdingen” es su libro más autobiográfico. Contrapuesto al Wilhelm Meister de Goethe, su protagonista encarna al verdadero poeta romántico que sale en peregrinaje tras una flor azul que vislumbra en un sueño y que representa la imagen ideal de la poesía, lo único capaz de tender un puente entre el mundo visible y el invisible. Por la misma época en que escribe Enrique de Ofterdingen, Novalis comienza a publicar en la revista Ateneum unos fragmentos que son apuntes de pensamientos y que pretendía constituir con el tiempo “una biblia científica que fuera ejemplo y germen reales e ideales para todos los libros”. Se deja aquí una selección de estos pensamientos que representan su idealismo mágico. A menudo Novalis contemplaba la vida no desde el plano material, sino desde el espiritual. Buscaba la espiritualización de la vida entera, o por lo menos trataba que lo espiritual no estuviera soterrado por lo material. El sentido de la vida del hombre estaba para Novalis en expandirse hacia el infinito, y ese infinito sólo podría ser ahondado por el camino interior, estableciendo un vínculo entre el microcosmos que representa el hombre y el macroanthropos que postula el universo. Ser hombre para Novalis es tanto como ser universo; sólo si el hombre se concibe como microcosmos puede elevarse a una condición sobrehumana.  El mundo no es más que “un índice enciclopédico y sistemático de nuestro espíritu, una metáfora universal, una imagen simbólica de éste”, y por lo tanto es posible transforma el mundo por medio del sentimiento moral y una libertad creadora que nos podría asemejar a Dios. Y este arte infinitamente creador que puede convertir al hombre en mago, Novalis lo ve en la poesía, un grado por encima de la filosofía, porque el poeta puede traducir en sentimientos lo que el filósofo piensa y con este sentir moral puede obrar milagros, porque conoce mejor que el sabio la correspondencia entre su espíritu y la naturaleza, y puede restablecer así la salud que ha ido perdiendo al romperse la armonía entre ambos mundos.

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El lenguaje significa para la filosofía lo mismo que para la música o para la pintura: de ninguna manera es el medio adecuado de la representación.

La vida es una enfermedad del espíritu, una acción apasionada.

El espacio traspasa al tiempo como el cuerpo al alma.

Tiempo es espacio interior. – Espacio es tiempo exterior.

Morir es una actitud genuinamente filosófica.

Como seres terrestres aspiramos al perfeccionamiento espiritual, hacia el cuerpo. Como seres no terrestres, sino espirituales, aspiramos al perfeccionamiento terrestre, hacia el cuerpo. Solamente por medio de la moral logramos los dos fines. Un demonio que pueda aparecer, efectivamente aparecer, tiene que ser un espíritu bueno. Tiene que ser lo mismo que el hombre que sabe efectuar maravillas verdaderas, y que verdaderamente sepa tratar con los espíritus. Un hombre que se vuelve espíritu es al mismo tiempo espíritu que se vuelve cuerpo. Esta especie más sublime de la muerte –si se me permite hablar de este modo- no tiene nada que ver con la muerte común; será algo que podemos llamar transfiguración.

La ocupación del hombre es el ensanchamiento de su existencia hacia lo infinito.

El hombre: una metáfora.

El hombre es un sol, y sus sentidos son los planetas.

Hace falta que no seamos meramente hombres, sino más que hombres. O dicho de otra manera: ser hombre es tanto como ser Universo. No es nada determinado. Tiene y debe ser al mismo tiempo algo determinado e indeterminado.

Soñamos viajes a través del Universo: pero ¿no está el Universo dentro de nosotros? No conocemos las profundidades de nuestro espíritu. Hacia dentro va el camino misterioso. En ninguna parte sino dentro de nosotros, está la eternidad con sus mundos, el pasado y el porvenir.

El filósofo vive de problemas como el hombre de manjares. Un problema insoluble es un manjar indigesto. Lo que los condimentos son para los manjares, las paradojas para los problemas. Verdaderamente solucionado está un problema cuando se ha destruido como tal. Lo mismo en los manjares. Lo que se sale ganando en ambos casos es la actividad que por ellos se origina. Pero hay problemas nutritivos como existen manjares nutritivos, cuyos elementos llegan a provocar un acrecentamiento de mi inteligencia. Por el acto de filosofar, siempre que sea una operación absoluta, se mejora continuamente mi inteligencia, además de renovarse sin cesar –lo que no tiene lugar en los manjares sino sólo hasta cierto punto. Una mejoría rápida de nuestra inteligencia es tan peligrosa como un fortalecimiento rápido. El ritmo propio de la salud y de la mejoría es lento, aunque haya también aquí, según las diferentes constituciones, grados diversos de velocidad. Así como no comemos para suministrarnos materias extrañas y absolutamente nuevas, tampoco filosofamos para dar con verdades extrañas y absolutamente nuevas. Filosofamos exactamente por el por qué del vivir. Supuesto el caso que se llegase un día a vivir sin alimentos dados, entonces se llegaría también a filosofar sin problemas dados –si es que no han logrado ya algunos este fin.

Los dolores deben ser soportables por el solo hecho de ser nosotros mismos los que los originamos, pues no sufrimos más que en la medida en que somos activos en el sufrir.

La humanidad es, por así decirlo, el sentido más excelso de nuestro planeta, el ojo que levanta hacia el cielo, el nervio que une este miembro con el mundo superior.

Lo desconocido, lo misterioso, es resultado y comienzo de todo (conocemos sólo lo que a si mismo se conoce). Lo que no se comprende, se halla en un estado imperfecto y tiene que ser paulatinamente hecho comprensible. La naturaleza es incomprensible per se.

Todo parece que fluye hacia nosotros porque salimos de nosotros. Somos negativos porque queremos. Cuanto más positivos nos volvemos, tanto más negativo se vuelve el mundo que nos rodea, hasta que, por fin, no haya ninguna negación, sino que seamos todo en el todo.

El mundo es la suma del pasado y de lo que se desprendió de nosotros.

No sólo la facultad de reflexión funda la teoría. Pensar, sentir y contemplar hacen una sola cosa.

Pensar es un movimiento muscular.

La separación entre el poeta y el pensador es sólo aparente y desventajosa para ambos. Es indicio de enfermedad y de constitución enfermiza.

El verdadero poeta es omnisciente; es un mundo verdadero en pequeño.

El poeta comprende la naturaleza mejor que el sabio.

El poeta se sirve de las cosas y palabras cual teclas, y la poesía entera se funda en una asociación activa de ideas, en una azarosa producción automática, intencional e ideal.

La poesía es una parte de la técnica filosófica.

El mundo humano es el órgano común de los dioses. La poesía les une con nosotros

El pensador sabe hacer, de cada cosa, el todo. El filósofo se vuelve poeta. El poeta representa sólo el grado más sublime del pensador o de aquel que en vez de pensar, siente.

La poesía es el gran arte de construir la salud trascendental. El poeta, por consiguiente, es el médico trascendental.

El aire es también órgano del hombre, como la sangre.

Tan acertadamente como se deducen causas corporales de meteoros espirituales y de los movimientos extraordinarios y violentos, intentando con buen éxito hacer desaparecer el estado patológico por medios corporales, de la misma manera se puede proceder en los males corporales, partiendo del lado psíquico, mitigando y haciendo desaparecer por funciones y efectos psíquicos estos síntomas; las misma influencia que el cuerpo ejerce sobre el alma, ejerce ésta sobre aquél. La mayoría de las enfermedades son complejas y hay que buscar el foco del mal a la vez en el alma y en el cuerpo, tanto en las partes consistentes como en los humores.

¿No sería posible curar enfermedades por medio de enfermedades?

Nuestras enfermedades son todas fenómenos de una sensibilidad más elevada, que quisieran transformarse en fuerzas superiores.

Tenemos que considerar las enfermedades como locuras orgánicas, o sea, al menos en parte, como ideas fijas.

Es extraño que el interior del hombre haya sido observado tan escasamente hasta el día, y que haya sido tratado de una manera tan poco intelectual. La llamada psicología pertenece también a las larvas que ocupan hoy aquellos lugares del santuario donde tendrían que estar las verdaderas imágenes de los dioses. Cuán poco se ha utilizado la física para el alma, cuán poco el alma para el mundo exterior. Inteligencia, fantasía, razón, estos son los pobres armazones del Universos dentro de nosotros. De sus fusiones maravillosas, de sus formaciones y de sus transiciones, ni una palabras. A nadie se le ocurre buscar fuerzas nuevas, nunca mentadas, ni escudriñar sus intrincamientos. Quién sabe qué clase de uniones y generaciones maravillosas están por llegar aún en nuestro interior.

El sueño es digestión del alma: el cuerpo digiere el alma.

Quizá se origina ahora la necesidad del sueño por la desproporción entre los sentidos y el resto del cuerpo. El sueño tiene que reparar las consecuencias de una excitación excesiva de los sentidos en beneficio del resto del cuerpo. El sueño lo conocen sólo los habitantes del planeta. Un día el hombre dormirá al tiempo que vela. La mayor parte de nuestro cuerpo, de nuestra humanidad misma, duerme aún un sueño profundo.

Cuando soñamos que soñamos es que ya nos vamos acerando al despertar.

Nos imaginamos a Dios de una manera personal, como también nos figuramos a nosotros mismos de esta manera. Dios es tan absolutamente personal e individual como nosotros –pues lo que llamamos nuestro yo no es verdaderamente nuestro, sino su reflejo.

Dios quiere dioses.

Hay que separar a Dios de la Naturaleza. Dios no tiene nada que ver con ella. El es la meta de la naturaleza, aquello con la cual tendrá un día ésta que armonizarse.

Todo lo que llamamos azar proviene de Dios.

Hay que buscar a Dios entre los mortales. El espíritu del cielo se revela del modo más nítido en los sucesos humanos en nuestros pensamientos y en nuestros sentires.

Para los antiguos la religión era ya hasta cierto punto lo que tendrá que llegar parra nosotros: poesía práctica.

Amor absoluto, independientemente del corazón, fundado en la fe, esto es religión.

Los azares de nuestra vida son materiales con los cuales podemos hacer lo que queramos.

Cada empresa tiene que ser tratada artísticamente, si se quiere que salga bien y de una manera segura, duradera y absolutamente conveniente.

El sentimiento moral es un sentimiento de la facultad absolutamente creadora, de la libertad productiva, de la personalidad infinita, del microcosmos y de la divinidad propia de dentro de nosotros.

 

 

 

 

 

 

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