POETAS 109. Czeslaw Milosz (II) (Tierra inalcanzable)

Czeslaw Milosz nace en Vilna (Lituania) el 30 de junio de 1911, en el seno de una familia de la alta burguesía polaca. Los distintos avatares por los que pasará Vilna a lo largo del siglo XX van a ser un espejo en el que se reflejará la ajetreada existencia de Milosz. En el momento en que nace el poeta, Lituania formaba parte del Imperio ruso; después de la Primera Guerra mundial la zona de Vilna se convertirá en uno de los focos culturales más importantes de Polonia, caerá luego bajo el dominio soviético tras concluir la segunda guerra mundial, para convertirse en Estado independiente tras la caída de los regímenes comunistas que gobernaban Europa central. En ese mosaico de épocas y culturas diversas -donde coexistían idiomas como el polaco, el ruso, el yidish y el lituano-, fue donde Miolosz se crió, una Lituania llena de leyendas y poesía que iba a alimentar su imaginación. A pesar de que sus orígenes y su condición viajera iba a propiciar el conocimiento de varias lenguas, y a pesar del largo exilio en el que vivió una buena parte de su vida, Milosz permaneció siempre fiel a su tradición y a la lengua polaca en la que escribiría la casi totalidad de  su obra. “El idioma –escribió en “Abecedario”- es mi madre, de forma literal y metafórica. Con seguridad es también mi casa, con la que vago por todo el mundo”. Milosz se estrenó como poeta en la década de los 30 con un par de libros que explotaban la veta más irracional y visionaria de la poesía polaca, en contacto con las vanguardias europeas: “Tres inviernos” (1933) y “Poema sobre el tiempo congelado” (1936), libro este último que le valió en 1934 una beca para estudiar en Francia. Antes se había licenciado en derecho y durante algún tiempo trabajó como pasante en un bufete de abogados. Luego comenzó su carrera de funcionario trabajando en las oficinas de radio Polonia entre 1935 y 1939. El estallido de la segunda guerra mundial le lleva a Varsovia, donde es testigo de la ocupación alemana y el levantamiento del gueto judío. En esta ciudad se moverá en la clandestinidad ofreciendo su apoyo a los perseguidos por el régimen nazi. Al finalizar la guerra, abandona una Varsovia devastada para irse a vivir a Cracovia, donde publica “Salvación” (1945), poesía de carácter realista que trata de convertirse en denuncia de una época de barbarie y deshumanización. Después de Salvación (1945), se inicia una época de poesía más social, de acerada denuncia a través de la ironía. Durante la ocupación de Varsovia, Milosz traduce la tierra baldía de T.S. Eliot, poema que ejercerá una gran influencia en el autor. Harto de la imagen de una Polonia desolada tras haber sido tomada por el ejército soviético, Milosz busca una vía de escape que lo aleje de su país y por fin encuentra un trabajo, en el año 1946,  como agregado cultural en la Embajada de la república popular de Polonia en Washington. En 1950 Milosz es destinado a Francia, como primer secretario de la embajada polaca en París, pero en diciembre de ese mismo año le retiran al pasaporte cuando decide volver a Varsovia. En 1951, de nuevo en Francia, empieza su largo exilio, que iba a durar treinta años. Tras vislumbrar en Varsovia la faz bárbara del estalinismo, rompe con el Gobierno de su país y pide asilo en Francia. Quiere regresar a Estados Unidos, donde ha dejado a su familia, pero una trama urdida a su alrededor para desacreditarle como topo soviético ante el gobierno de los Estados Unidos convierte la obtención del visado en un trámite kafkiano que iba a demorarse durante diez años. Durante esta década va a malvivir en una Francia difícil y desocupada, ganándose la vida a duras penas con colaboraciones esporádicas para algunas revistas del exilio. Allí traba amistad con Albert Camus, que a la sazón estaba siendo acosado por una campaña de denigración orquestada por Jean Paul Sartre desde la revista “Les temps Modernes”, purgando por el pecado de no querer doblegarse a la línea antipiimperialista que dictaba escribir en contra de los Estados Unidos para alinearse con la política de la Unión Soviética. Fue Camus quien facilitó desde la editorial Gallimard, de la que era asesor, la publicación de sus novelas “El poder cambia de manos” y “El valle de Issa”, además de su libro de ensayo “El pensamiento cautivo”, denuncia –este último libro- de la mentalidad intelectual bajo el estalinismo, que hace del artista un títere desde el momento en que coloca su talento al servicio del poder. “Cuando me entregué a la escritura del pensamiento cautivo –comentó Milosz más tarde- sentía con fuerza que estaba haciendo algo incorrecto, que estaba violando las reglas del juego aceptado por todos, incluso más, que me estaba adentrando en el espacio sagrado para blasfemar”. Esta audacia suya por denunciar los tejemanejes del totalitarismo en su propio país le costó la desgracia de ser señalado como un enemigo del pueblo por escritores polacos que hasta entonces habían sido sus amigos. Durante la década de los cincuenta seguirá publicando más libros de poemas: “La luz del día” y “Tratado político”.   A partir de 1960 obtiene por fin su visado a los Estados Unidos al lograr una invitación como profesor de lenguas y literaturas eslavas en la Universidad de Berkeley. Para Milosz, América – a la que llegó a definir  como un cúmulo de contradicciones-, era, sobre todo, Walt Whitman, el gran bardo americano con el que iba a compartir su visión panorámica del mundo. «En él se cumple -escribió en cierta ocasión- la fórmula de la poesía entendida como totalidad de lo real. Conforme a esta fórmula, la poesía debe ser como un río caudaloso, un río que lo arrastra todo: arena, ramas, troncos de árboles y, por supuesto, pepitas de oro. Ahí radica la grandeza de Walt Whitman». Aparecen en esta década cuatro libros de poesía que representan un cambio respecto a la poética anterior: el más importante de ellos, “Ciudad sin nombre”, 1969. La poesía social pasa a un segundo plano para dejar paso una obra lírica más reflexiva en donde se pregunta por la finalidad de la poesía, por los ideales humanos o por el sentido de la muerte. En los años setenta publica un único libro de poemas, pero que resulta de una importancia capital en su obra: “Desde donde el sol sale hasta donde se pone”. Al mismo tiempo imparte cursos sobre la obra de Dostoyevski, cuya influencia va a estar presente tanto en su reflexión sobre el bien y el mal y la responsabilidad moral del hombre como en la multiplicidad de voces con que va a acompañar su poesía. Comienza entonces la época de mayor plenitud en la carrera del poeta, culminada con la obtención del premio nobel de literatura en el año 1980. La nueva apertura de Polonia, tras la aparición  del sindicato “Solidaridad”, le permite regresar a su país, lo que provocará un nuevo giro en su poesía, ahora centrada en la memoria y en la imposibilidad de evocar las cosas con la fidelidad con que se sucedieron. La traducción durante esta época de algunos libros bíblicos va a tener influjo en sus nuevos poemas, así como la obra esotérica de Swebendorg, William Black o Simone Weil. En el año 2000 publica el volumen “Esto”, poesía cuyo tono abandona el lirismo de obras anteriores, para partir a la búsqueda de un lenguaje más depurado y esencial. Especial trascendencia para su vida personal tendrá la muerte de su segunda mujer, Carol Thigpen, que desencadena la escritura del largo poema Orfeo y Eurídice. En 2006, dos años después de su fallecimiento, producido el 14 de agosto de 2004, aparece su libro póstumo “últimos poemas”, la mayoría de ellos compuestos durante los últimos meses de vida. Libro testamentario en donde  hace un repaso a la totalidad de su vida y obra con la lucidez y la ecuanimidad que otorga el estar en el último tramo del camino, al borde de una frontera que le permite volver a plantearse las grandes interrogaciones metafísicas y religiosas que siempre acompañaron su poesía.

TAN POCO

He dicho tan poco.

Días breves.

Días breves.

Noches breves.

Años breves.

He dicho tan poco.

No he tenido tiempo.

Han fatigado mi corazón.

El entusiasmo,

La desesperación,

El ardor,

La esperanza.

Las fauces del leviatán

Se han cerrado sobre mí.

He yacido desnudo en orillas

De islas desiertas.

 

La blanca ballena del mundo

Se me ha llevado hacia el abismo.

 

Y ahora ya no sé

Qué ha sido real.

Berkeley, 1969

(“Desde donde el sol sale hasta donde se pone”, 1974)

LECTURAS

Me preguntas qué utilidad tiene leer los Evangelios en griego.

Te contesto que conviene que dirijamos nuestro dedo

A través de letras más perdurables que las grabadas en la piedra

Y que también, pronunciando lentamente los sonidos,

Conozcamos la verdadera dignidad del lenguaje.

Al forzarnos la atención, aquellos tiempos no nos parecen

Más lejanos que ayer aunque las caras de los emperadores

Sean hoy otras en las monedas. Sigue durando ese eón,

El temor y el deseo son los mismos, el aceite, el vino

Y el pan significan lo mismo. También la inestabilidad de las masas,

ávidas como otrora de milagros. Incluso las costumbres,

los festines de boda, los remedios, el llanto por los muertos

se diferencian sólo aparentemente. Por ejemplo, también

entonces estaba lleno de los que en el texto llaman

daimonizomenoi, es decir, endiablados

o endemoniados (nuestra lengua los llama “poseídos”,

Pero no es más que una fantasía del diccionario).

Convulsiones, espuma en la boca, rechinar de dientes,

En aquella época no eran rasgos distintivos del talento.

Los endemoniados no tenían escritos ni pantallas,

apenas tenían contacto con el arte o la literatura.

Pero una parábola sobre ellos se mantiene con fuerza:

Que el espíritu que los domina puede entrar en unos cerdos

Y éstos, desesperados por un embate tan repentino

De dos naturalezas, la suya propia y la luciferina,

Saltan al agua y se ahogan. Y no para de repetirse,

Y así a cada nueva página el lector perseverante

Ve veinte siglos como veinte días

De un eón que alguna vez tendrá su fin.

         Berkeley, 1973

(“Desde donde el sol sale hasta donde se pone”, 1974)

 

 

NUEVAS

De la civilización terrestre, ¿qué diremos?

 

Que fue un sistema de bolas de colores, de cristal ahumado

En el que se ovillaba y desovillaba un hilo de líquidos luminosos.

 

O que fue un conjunto de palacios fulgurantes

Erguidos con sus cúpulas y sus portales fortificados

Tras los cuales pasaba una monstruosidad sin cara.

 

Y que cada día lo echaban a suerte, y a quien le tocaba

Un número bajo se lo llevaban como sacrificio: viejos, niños,

Niñas, muchachos.

 

O también diremos que vivíamos en un vellocino de oro,

En una red irisada, en un capullo como de nube

Que pendía de una rama en un árbol galáctico.

Y aquella red estaba tejida de signos:

Jeroglíficos para el ojo y la oreja, anillos de amor.

Y el sonido resonaba en el interior esculpiéndonos el tiempo,

El titileo, el aleteo, el gorjeo de nuestro lenguaje.

 

Entonces, ¿con qué pudimos tejer la frontera

Entre fuera y dentro, la luz y el abismo,

Sino con nosotros mismos, con el cálido respirar,

El color en los labios, de la gasa, de la muselina,

Con el pulso, que cuando calla muere el mundo?

O quizás no diremos nada de la civilización terrestre.

Porque en realidad nadie sabe lo que fue.

Primavera 1973

(“Desde donde el sol sale hasta donde se pone”, 1974)

 

ELEGÍA PARA N.N.

Dime si es demasiado lejos para ti.

Podrías haber ido sobre una pequeña ola del báltico

Y por los campos de Dinamarca, tras un hayedo,

Girar hacia el océano, y allí cerca habrías encontrado

Labrador, blanco en esta época del año.

Y si a ti, que soñabas con una isla solitaria,

Te daban miedo las ciudades y el centelleo de las luces en las carreteras,

Podrías tener un camino por el centro de una soledad boscosa,

En la lividez del deshielo con huellas de alces y de caribús,

Hasta Sierras, las minas de oro abandonadas.

El río Sacramento te habría conducido

Entre colinas cubiertas de espinosos robledos.

Aún un bosque de eucaliptos y habrías llegado a mí.

 

Es verdad que cuando florece la manzanita

Y la bahía es azul en las mañanas primaverales,

Pienso con desgana en la casa entre los lagos

Y en las traínas que lanzan bajo el cielo lituano.

La cabina del baño en la que te ponías el vestido

Ha cambiado para siempre en un cristal abstracto.

Allí hay una oscuridad melosa cerca de la veranda

Y ridículas lechuzas pequeñas, el olor de las correas.

 

¿Cómo se podía vivir entonces? Ni yo lo sé.

Los estilos y las ropas vibran, imprecisos,

Dependientes, tendiendo hacia su final.

Y qué sacamos de añorar las cosas por sí mismas.

El saber del tiempo pasado sollama a los caballos en la fragua

Y las pequeñas columnas en la plaza del pueblo

Y las escaleras, y la peluca de Mama Fliegeltaub.

 

Aprendimos realmente mucho, tú misma lo sabes.

Cómo gradualmente se sustrae

Lo que no debería sustraerse, las regiones, la gente.

Y el corazón no muere cuando parece que debería morir,

Sonreímos, tenemos té y pan en la mesa.

Y sólo remordimientos de no haber amado como se debía

Las pobres cenizas en Sachsenhausen

Con un amor absoluto que supera el límite humano.

 

Te acostumbraste a los nuevos y húmedos inviernos,

A la villa de cuyas paredes limpiaron la sangre

Del propietario alemán que ya nunca volvió.

Yo también me llevé lo que pude, ciudades y países.

No se entra dos veces en el mismo lago

Sobre un fondo de hojas de alisos

Rompiendo una delgada línea de sol.

 

¿Culpas tuyas o mías? Culpas pequeñas.

¿Secretos tuyos o míos? Diminutos secretos.

No cuando se atan un pañuelo a la mandíbula, tienen una crucecita en los dedos

Y en algún lugar ladra un perro y brilla una estrella.

 

No, no fue porque estuviera lejos

Que no me visitaste aquel día o aquella noche.

De año en año madura en nosotros hasta que nos domina,

Y la entendí igual que tú: la indiferencia.

Berkeley, 1962

(“Desde donde el sol sale hasta donde se pone”, 1974)

 

 

 

 

SOBRE LOS ÁNGELES

Os privaron de las blancas vestiduras,

De las alas e incluso de la existencia,

Pero yo os creo,

Mensajeros.

 

Donde el mundo está invertido,

Una tela bordada con estrellas y animales,

Paseáis observando las costuras fidedignas.

 

Vuestra estancia aquí es breve,

Quizás una hora matinal, si el cielo está claro,

En una melodía que repite un pájaro

O en el olor de las manzanas por la tarde

Cuando la luz hechiza los huertos.

 

Dicen que alguien os inventó,

Pero esto no me convence.

Porque la gente se ha inventado a sí misma.

 

La voz, ésta es quizás la prueba

Porque pertenece a las criaturas claras, sin duda,

Ligeras, aladas (después de todo, ¿por qué no?),

Circundados por un relámpago.

 

He oído esta voz varias veces en sueños

Y, lo que es más extraño, comprendí más o menos

Una orden o una llamada en una lengua celestial:

 

El día se acerca

Un nuevo día

Haz lo que puedas.

Octubre 1969

(“Desde donde el sol sale hasta donde se pone”, 1974)

 

 

REGALO

Qué día tan feliz.

Se disipó la niebla temprano, yo trabajaba en el jardín.

Los colibríes se detenían sobre las madreselvas.

No había nada en la tierra que deseara tener.

No conocía a nadie que valiera la pena envidiar.

Olvidé todo el mal acontecido.

No me avergonzaba pensar que era el que ahora soy.

En el cuerpo no sentía ningún dolor.

Al incorporarme, vi el mar azul y unas velas.

Berkeley, 1971

(“Desde donde el sol sale hasta donde se pone”, 1974)

 

CAÍDA

La muerte de un hombre es como la caída de un poderoso país

Con ejércitos combativos, capitanes y profetas,

Y ricos puertos, y barcos en todos los mares,

Pero al que ahora nadie ayuda, no se alía con nadie,

 

Porque sus ciudades están vacías, la población dispersa,

Los cardos han cubierto su tierra que antes daba cosechas,

Su misión ha sido olvidada, la lengua se ha perdido,

Un dialecto rural en algún lugar lejano de las montañas.

(“Himno de la perla”, 1982)

 

 

PRUEBA

Y no obstante conociste las infernales llamas.

Incluso podrías decir cómo son: reales,

Con ganchos puntiagudos para desgarrar la carne

A trozos, hasta el hueso. Y al pasar por la calle

Había torturas, sangre derramada, azotes.

Lo recuerdas y no dudas. Seguro que existe el Infierno.

(“Himno de la perla”, 1982)

 

ALÉJATE DE MÍ

Aléjate de mí, sombrío espíritu.

No me digas que eres la verdad de mi ser

Y que toda mi vida ha sido solo esconder el mal.

Te impreco en mis momentos de amor desinteresado,

Aunque hayan sido escasos.

Te impreco por lo que he hecho para otros,

Incluso si no era con la mejor intención.

No te atormentes en la hora de la prueba.

 

Jóvenes santos que ofrendasteis vuestra vida en la batalla,

Ayudadme a mí, mutilado.

 

Desconocidas hermanas de poderosa caridad, salvad

A los presos tras el alambre de púas,

Acompañadme en el aire de esta noche.

 

Trabajadores de audaz corazón que durante años, en silencio,

Encontráis días férreos,

Dadme la luz de vuestros nombres olvidados.

 

Os invoco hímnicamente a todos y os recuerdo.

 

Si el hombre puede ser como vosotros,

Yo también formo parte de la auténtica naturaleza humana.

 

En contra de mi voluntad me tocaste,

En contra de mi voluntad hablas, sombrío espíritu.

1977

(“Himno de la perla”, 1982)

 

 

RUE DESCARTES

Dejando la calle Descartes,

Bajé hacia el Sena, viejo bárbaro de viaje

Intimidado por haber llegado a la capital del mundo.

 

Éramos bastantes, de Iasi y de Kolozsvár, de Vilna y Bucarest, de Saigón y Marrakech,

Que recordaban con vergüenza las costumbres de sus casas,

De las que no convenía hablar a nadie:

Palmadas para el servicio, chicas que acuden descalzas,

Repartir la comida con oraciones,

Rezos corales que recitan los señores y la servidumbre.

 

Dejé atrás regiones nubladas.

Entré en la universal, admirándola, deseándola.

 

Después mataron a muchos de Iasi y de Kolozsvár,

O de Saigón o de Marrakech porque querían derribar las costumbres propias.

 

Después, sus compañeros lograron el poder

Para matar en nombre de las bellas ideas universales.

 

Mientras, la ciudad se mantenía de acuerdo con su naturaleza,

Hablaba en la oscuridad con una risa gutural,

Cocía largos panes y vertía vino en jarros de arcilla,

Compraba en los mercados panes y vertía vino en jarros de arcilla,

Compraba en los mercados pescado, limones y ajo,

Indiferente al honor y a la infamia, a la grandeza y a la gloria,

Porque todo esto ya había existido y se había transformado

En monumentos que representan no se sabe a quién,

En arias apenas audibles o en locuciones.

 

De nuevo apoyo el codo en el áspero granito del muelle,

Como si volviera de un viaje por países subterráneos

Y viera de repente, a la luz, la rueda de las estaciones girando,

Allí donde cayeron los imperios, y donde los que vivían, murieron.

Y ni aquí ni en ningún sitio está la capital del mundo.

Y han devuelto el buen nombre a todas las costumbres derribadas.

Y ya sé que el tiempo de las generaciones humanas es diferente al de la tierra.

 

En cuanto a mis pecados graves, el que recuerdo mejor es éste:

Pasando una vez por un sendero cerca de un riachuelo

Arrojé una gran piedra a una serpiente de agua enroscada en la hierba.

 

Y todo lo que me ha sucedido en la vida ha sido un justo castigo

Que tarde o temprano recibe quien rompe una prohibición.

1980

(“Himno de la perla”, 1982)

 

CUENTAS

La historia de mi estupidez llenaría muchos volúmenes.

 

Unos estarían dedicados a la acción en contra de la conciencia,

Como el vuelo de una falena que, aunque lo supiera,

Igualmente tendría que alcanzar la llama de la vela.

 

Otros se ocuparían de las maneras de ahogar la ansiedad,

El murmullo que advierte pero que no es escuchado.

 

Trataría de manera independiente la satisfacción y el orgullo,

Cuando era aquel que creía,

Así que avanzaba a paso victorioso sin sospechar nada.

 

Y todo tendría como tema el deseo. Si fuese

El mío propio. Pero no. Por desgracia,

Me alentaba porque yo quería ser como los otros.

Sentía miedo ante lo que era salvaje y arrogante en mí.

 

Ya no escribiré la historia de mi estupidez

Porque es tarde y se hace difícil llegar a la verdad.

(“Himno de la perla”, 1982)

 

 

A FINALES DEL SIGLO XX

A finales del siglo veinte, nacido en su inicio,

Tras escribir libros, buenos o malos, pero laboriosos,

Tras conseguir, perder y recuperar,

 

Estoy aquí con la esperanza de que se puede recomenzar

Y curar la propia vida pensando con fuerza en las cosas conocidas,

Con tanta fuerza que el tiempo no arrancará a la gente ni a los sitios

Y todo durará de manera más verdadera de lo que fue.

 

Sin comprender de dónde vienen los años de éxtasis

Y de tormentos, aceptando el destino e implorando otro,

No he sido indulgente, he sellado los labios.

 

Orgulloso de una sola virtud que yo conocía:

 

Siempre empiezo de nuevo porque lo que pongo en un relato

Pasa a ser una ficción que otros pueden leer, pero no yo,

Y me embrolla, me cubre,

Y no soy honrado con el deseo de la verdad.

 

Entonces pienso en las reglas de un estilo elevado

Y en la gente que nunca las necesitó.

Y también que la esperanza me ha confundido toda la vida.

1980

(“Himno de la perla”, 1982)

 

 

EL JARDÍN DE LAS DELICIAS

  1. INFIERNO

Si no existiera la tierra, ¿existiría el Infierno?

Los instrumentos de tortura en el Infierno son de factura humana:

Cuchillos de cocina, tajaderas, barrenos, lavativas,

Como también los instrumentos para hacer un ruido infernal:

Trombitas, tambores, una zanfoña, un arpa

Con un pobre condenado enredado en sus cuerdas.

El hielo de un invierno perpetuo corta las aguas infernales.

Reuniones, desfiles militares en el hielo

Bajo un resplandor humoso-sangriento de ciudades en llamas.

De las ventanas estalla el fuego, no son chispas sino figuras

Pequeñas y negras las que vuelan antes de caer en el abismo.

Sucios mesones de mesas que cojean.

Mujeres con pañuelos, baratas, por una libra de ternera.

Y una multitud de verdugos ajetreados,

Hábiles, bien entrenados en su arte.

Así pues se puede inferir que la humanidad existe

Para proveer y poblar el Infierno,

Cuya esencia es perdurar. El resto, es decir, el Cielo,

El abismo, los mundos girando son sólo por un instante.

El tiempo en el infierno no quiere detenerse. Miedo y aburrimiento

Juntos (es, no obstante, posible). Y nosotros, frívolos,

Siempre persiguiendo y siempre esperanzados,

Como nuestros bailes y vestidos efímeros,

Roguemos para que un día nos salvemos

Del estado permanente.

(“Tierra inalcanzable”, 1984)

 

 

TRAS LA EXPULSIÓN

No corras más. Silencio. Qué suave cae la lluvia

En los tejados de esta ciudad. Qué perfección tiene

Todo. Ahora, para nosotros dos que nos despertamos

En un lecho real bajo la ventana de la buhardilla.

Para los hombres y las mujeres. O para esta planta

Dividida entre feminidad y masculinidad que se añoran.

Sí, éste es mi regalo. Sobre las cenizas.

En esta amarga, amarga tierra. Sobre un eco

Subterráneo de llamadas y juramentos. Para que al alba

Estéis atentos: la inclinación de la cabeza,

Una mano con un peine, dos caras en el espejo

Son una vez para siempre. Y no necesariamente en la memoria.

Para que estéis atentos a lo que existe, aunque desaparezca,

Y agradecidos a cada instante, celebrando cada existencia.

Que este pequeño parque, los verdosos bustos de mármol

En la luz perlada, en la diminuta lluvia estival,

Permanezca como era cuando empujasteis la cancela.

Y esa calle de altas puertas desportilladas

Que vuestro amor transformó de repente.

(“Tierra inalcanzable”, 1984)

 

 

INEXPRESADO

Para escribir un poema inteligente hay que saber más de lo que en él se expresa. La conciencia va por delante de cualquier medio de expresión. Y queda la aflicción de que la memoria nos hará más estúpidos de lo que hemos sido en nuestros momentos de penetrante comprensión.

Un laberinto, construido cada día con palabras, son sonidos musicales, con líneas y colores de pinturas, con bloques de esculturas y la arquitectura. Dura muchos siglos, es tan interesante de visitar que quien se sumerge en él, fortalecido, ya no necesita el mundo porque está construido en contra del mundo. Y quizás el mayor prodigio: que cuando nos deleitamos nosotros en él, empieza a desvanecerse como un palacio de niebla. Puesto que tan sólo lo mantiene en pie el afán de salir afuera, a algún sitio, hacia el otro lado.

(“Tierra inalcanzable”, 1984)

 

 

AL AMANECER

Oh, cuán duradero! ¡Oh, cómo necesitamos la durabilidad!

El cielo se sacia de luz antes de la salida del sol.

Los edificios, los puentes, el Sena adoptan un tono rosado.

Estuve aquí, cuando ella, con quien ahora paseo, no había nacido aún.

Y las ciudades de una lejana llanura estaban intactas,

Antes de que se elevara en el aire el polvo de ladrillos sepulcrales

Y vivían allí personas que no lo sabían.

Para mí, tan sólo este instante al amanecer es real,

Las vidas pasadas son como mi yo anterior, inciertas.

Lanzo un conjuro a la ciudad pidiéndole que perdure.

(“Ciudad inalcanzable”, 1984)

 

 

RETORNO A CRACOVIA EN 1880

Así pues, he vuelto aquí desde las grandes capitales,

A esta pequeña ciudad en una cuenca bajo la colina de la catedral

Con su panteón real. A la plaza bajo la torre

Desde donde la penetrante voz de la trompeta anuncia el mediodía

Y se interrumpe porque de nuevo una flecha tártara atraviesa al trompetista.

Y las palomas. Y los pañuelos abigarrados de las vendedoras de flores,

Y la gente conversando ante el portal gótico de la iglesia.

Han llegado mis maletas con libros, esta vez para siempre.

Del día laborioso sólo sé que existió, las caras son

Más pálidas en la memoria que en los daguerrotipos.

Yo no tengo que sentarme por la mañana antes las cartas y los informes

Porque otros lo harán por mí, siempre con la misma esperanza

Que, como se sabe, será inútil a pesar de que se le dedique toda una vida.

Mi país ya se quedará así, un pasillo lateral de imperios,

Un sueño provinciano que se salva de las humillaciones.

Golpeando con el bastón hago mi paseo matutino:

En el lugar de la gente vieja de nuevo hay gente vieja,

Por donde pasaban las chicas con frufrú de las faldas

Pasan otras de la misma manera, orgullosas de su belleza.

Y los niños hacen rodar aros desde hace al menos medio siglo.

El zapatero en un sótano levanta la mirada,

Me cruzo con un jorobado y su lamento interno

Y con una dama, gorda imagen de los siete pecados capitales.

Así que la tierra perdura con cada pequeño detalle

Y con las irreversibles vidas de los hombres.

Y es para mí un consuelo. ¿Perder? ¿Ganar?

Y para qué, si igualmente el mundo nos olvidará

(“Tierra inalcanzable”, 1984)

 

 

ELEGÍA PARA Y.Z.

Un año después de tu muerte, querida Y.Z.

Volé desde Houston hasta San Francisco

Y recordé nuestro encuentro en la Tercera Avenida

Cuando de inmediato nos gustamos el uno al otro.

Me explicaste que de niña nunca habías visto

Un bosque, sólo los muros enladrillados tras la ventana.

Y me entristeció, y aún sigue entristeciéndome un poco que en nosotros hubiera tanta desheredación.

Si eras la hija de un rey, no lo sabías.

Ninguna patria con un castillo donde confluyen los ríos,

Ninguna procesión en junio con el humo azul del incienso.

Eras humilde y no hacías preguntas.

Te encogías de hombros: venga, ¿quién soy

Para pasear majestuosamente con una guirnalda de mirto?

Corpórea, frágil, irónica, pobre,

Te entregabas a los hombres sin preocuparte de ti misma.

Y fumabas como si quisieras coger un cáncer de pulmón.

Conocía tu sueño: tener tu propia casa

Con cortinas y con plantas para regar por la mañana.

Tenía que cumplirse, pero no se sabe por qué.

Y nuestro instante pasado: un apareo de pájaros,

Sin intención, ni reflexión, casi aéreo,

Sobre el esplendor de los cornejos y los arces otoñales,

Apenas se grabó en nuestra memoria.

Te estoy agradecido porque me enseñaste algo

Aunque nunca lo pude abarcar con las palabras:

En esta tierra, donde no hay ni palmera ni cetro,

Bajo un cielo que es como una tienda de campaña enrollada,

Queda alguna compasión para nosotros, las personas, alguna ternura,

Y sencillamente la bondad, querida Y. Z.

Post scriptum

Pero en realidad me afecta más de lo que expresan las palabras.

Representa un amargo rito de tristeza para todos nosotros.

Quisiera que todos supieran que son hijos de rey

Que estuvieran seguros de su alma inmortal,

Es decir, que creyeran que lo que les es más propio es indestructible

Y perdura como las cosas que tocan,

Ahora vistas por mí fuera de las fronteras del tiempo:

Su peine, su pote de crema y el pintalabios

En una mesa ultraterrenal.

(“Tierra inalcanzable”, 1984)

 

 

TAN SÓLO ESTO

Un valle y sobre él bosques de colores otoñales.

Llega un viajero, le ha traído aquí un mapa

O quizás la memoria. Una vez, hace tiempo, al sol,

Experimentó una dicha, intensa, sin motivo,

Una dicha de los ojos. Todo era un ritmo

De los árboles desplazándose, de un pájaro en el vuelo,

De un tren en el viaducto, una fiesta del movimiento.

Vuelve pasados los años, no desea nada.

Tan sólo quiere una cosa, la cosa más preciada:

Ser una mirada pura, sin nombre.

Sin esperas, sin temores ni esperanzas,

En la frontera donde termina el yo y el no yo.

(“Crónicas”, 1987)

 

 

CONFESIÓN

Señor, me gustaba la mermelada de fresa

Y la dulzura sombría del cuerpo femenino.

También la vodka helada, arenques en aceite,

Olores: de la canela y de los clavos.

Entonces, ¿qué profeta podría ser? ¿Por qué el espíritu

Podría visitar a un hombre así? Tantos otros fueron

Justamente elegidos, eran creíbles.

Y a mí, ¿quién me creería? Pues vieron

Cómo me abalanzo sobre la comida, vacío las jarras,

Y miro con avidez el cuello de la camarera.

Con defectos y consciente de ello. Deseando la grandeza,

Sabiendo reconocerla allí donde estuviera,

Y con todo, con una visión no muy clara,

Sabía qué les quedaría a los pequeños como yo:

Un festín de efímeras esperanzas, una reunión de vanidosos,

Un torneo de jorobados, literatura.

1986

(“Crónica”, 1987)

 

 

PERO LOS LIBROS

Pero los libros seguirán en los estantes, seres auténticos

Que aparecieron una vez, frescos, todavía húmedos,

Como castañas brillantes bajo el cielo en otoño,

Y empezaron a vivir, tocados, acariciados,

A pesar del resplandor en el horizonte, de castillos saltando por los aires,

De las tribus en marcha, de los planetas en movimiento.

Somos, dijeron, incluso cuando les arrancaban las hojas

O cuando la llama ardiente lamía las letras.

Muchos más duraderos que nosotros, cuyo calor frágil

Se enfría junto a la memoria, se disipa, desaparece.

Me imagino la tierra cuando ya no esté

Y no pasará nada, ninguna pérdida, seguirá el mismo espectáculo,

Los vestidos de las mujeres, un jardín húmedo, una canción en el valle.

Pero los libros seguirán en los estantes, de buena estirpe,

Nacidos de la gente, aunque también de la luz, de las alturas.

1986

(Crónicas”, 1987)

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