Otra tormenta

Fue como si alguien, un lector, de hubiera metido en mi sueño. Así que me tuve que defender y anoche pensé este cuento.

Ahora me doy cuenta de que este podría ser el principio de una novela de ciencia ficción de estilo de “Matrix» o Blade runner. Un “lector” podría ser un aparato de esos minúsculos que se introducen en tu cerebro y te exprimen toda la información y se la transmiten a un ordenador central… y un ordenador puede ser una computadora o una persona que ordena, y, por supuesto, domina y quiere dominar más y por eso implanta “lectores” a las personas inteligentes o supuestamente inteligentes, y a los que no cumplen con los mínimos los mata…
Pero el mío no era un “lector” sino un lector que de lo único que se quejaba era de lo largos que eran mis cuentos… y encima quería ser amable. La única ventaja de mi lector es que para exprimirme el cerebro tendría que leerse mis obras completas, y como son muy largas no le daría tiempo.
Y esto que me acaba de ocurrir, que es lo que acaban de leer, es un ejemplo de lo que me lleva a escribir cuentos largos, porque mi intención no era contarles nada de “lectores” ni de ciencia ficción. Lo único que quería era volver a escribir “La tormenta”. Y un lector inadvertido pensaría que quería volverla a escribir para hacerla más corta. Pero no. No quiero hacerla más corta, ni quería. Lo que deseo es repetir el experimento. Al fin estudié química, materia cercana a la alquimia, y los alquimistas, o por lo menos muchos de ellos, se limitaban a repetir el mismo experimento, esperando que los imponderables, que son las cosas que no se pueden pesar, cambiaran el resultado del intento. Por cierto, que creo que los imponderables no son las cosas que no se pesan…

Bueno, entonces voy a escribir otra vez “La tormenta”. Pero empezar exactamente del mismo modo puede satisfacer a un alquimista, pero creo que no al lector. Por cierto, llegados a esta altura debemos interrogarnos, el lector y yo: ¿He leído “La tormenta”? ¿Ha leído “La tormenta”? La tormenta es un cuento… en el que hay una tormenta, claro.
Pero no admito cualquier lector. No señor. Para leerla en cualquiera de sus versiones hay que ser amigo mío. No hasta el punto de prestarme dinero, pero si hasta tener ganas de charlar relajadamente un rato con un servidor. ¿A través de un papel? Sí. A través de 20 hojas o las que sean, porque, a ver: ¿como se pueden decir todas las cosas que quiero decir en menos papel?
Bueno, pues comienzo el relato, porque supongo que mi amigo ha impreso la historia, está relajado, no tiene sueño ni hambre, ni angustia; si fuma puede haber encendido un cigarrillo, y si la lectura se realiza en 1960 a lo mejor era una pipa. A lo mejor hasta ha cenado y se ha servido una copa de… pequeña, que da sueño.

Lo que quiero contar es que un matrimonio bien avenido de cierta edad está pasando unos días, a lo mejor bastantes, en Septiembre, en Menorca. El es un vejete que se deja manejar por su mujer, la cual sabe que no se deja manejar sino que la sigue la corriente mientras le va al hilo, que es casi siempre. El protagonista es un poco pícaro y todo lo que hace o dice tiene cierta ironía. Y por supuesto quiere a su mujer con el cariño que sólo pueden dar 35 ó 40 años de vida en común, sólo posibles con una elevada dosis de tolerancia. La mujer es de firmes convicciones, no podría soportar la visión ligeramente irónica del marido, pero la soporta. Se enfada si sus actos van contra pequeña moral del trato social, pero el enfado no dura más que la frase que lo expone.
Y por la mañana se van a la playa, a una calita. Andando.
¡Ah¡ la calita.

Oye, lector: ¿Sabes que quiero? Mira, me lo he pasado en esas calas de Menorca ¡tan bien! Quisiera pasarte parte de ese placer y no se me ocurre nada más que describir una cala ideal. Pequeña, con una playita de arena blanca… ven, vente conmigo, recuerda aquellas vacaciones, aquel mar. Quizás aquella compañía. Ves, es discreta, tiene un empinado pinar cerrándola por detrás y un arroyo seco que verdea una línea que se pierde en una minúscula torrentera. Te das cuenta de que por ahí correrá el agua si cae una septembrina tormenta.
Y me gustaría que te lo pasaras tan bien y de modo tan sencillo como nosotros, mi mujer y yo. Yo leyendo o haciendo crucigramas ella tostándose al último sol del verano.
Tu sillón se ha convertido en una silla de playa, y estos papeles en un ejemplar de “La Vanguardia” Disfruta de la temperatura, del aura.

De pronto somos testigos, los cuatro si tú quieres traer a alguien, de uno de esos cruces mágicos y trágicos de la vida: Hay un barco, con bandera alemana, en la cala y viene un chico a estudiar. Trae un perro.
Hay un chico en la cala y en el barco alemán una chica más o menos de la misma edad, que se baña y se viene a la playa.Está momentánea y aparentemente sola. Esas cosas pasan a veces. No muchas, pero pasan. Y para que pasen en el cuento estoy yo mismo.
Y flirtean. ¡Que bonito es eso de flirtear a los quince o diecisiete años! Empezar una relación de un modo inesperado con alguien inesperado y con todas las ventajas, porque estamos solos. Está el perro, pero eso no importa. Los ancianos simplemente no molestan. Bueno, los chicos tampoco se entienden porque hablan distintos idiomas. Pero ¿que importancia tiene el lenguaje si se puede rozar una mano?

Y pasa un día. Y en ese día hacemos muchas cosas, hay que dar tiempo al tiempo. No se arregla todo con decir “flirtean”. ¡Hala!. Tenemos que disfrutar de flirt, también nosotros. Recordar algo parecido que nos pasó… ¿Te acuerdas? A que fue bonito. ¡Y te enamoraste, bandido! Ves, ahora quisieras que el cuento fuera “El don apacible”, que es la novela más larga que conozco. Pues todo lo que cuento de lo que pasa en la cala es para que lo vivas o lo revivas. Desgraciadamente no me salió más largo.

A la mañana siguiente surge el Drama. “Nada es perfecto”, que decía la zorra de “El principito”: El barco no está. La chica no está. El chaval se frustra. Una tragedia: Se está enfrentando a la finitud schelingiana. Esquilo, Sófocles y Eurípides nunca escribieron nada tan trágico. Y la solución, lo soteriológico es expresar el drama, y eso no puede hacerse en prosa, porque los sollozos del alma acortan los renglones. Y el chaval escribe una poesía… que, por cierto, no se si es malísima o soportable, pero me sentí como un niño que está perdiendo un juguete y pensé en sirenas que lloran, peces que cantan y ríos de agua que corren bajo el agua. Ya ves, imposibles. Al fin una lágrima es una gota pequeña de agua delante de un humano relativamente grande y el mar una lágrima muy grande delante de toda la humanidad. Y esto, que es como lo de la luna: un paso pequeño, etc., no se a qué viene.

Y ahora el final. Los protagonistas no son Gabriel y Ute. No lo han sido nunca. Los protagonistas somos nosotros, los que hemos presenciado la anécdota, que casi no nos ha añadido nada porque estamos “de vuelta”. Porque ya nos hemos enamorado y desenamorado tantas veces como la vida nos ha deparado. Por cierto, todos mis protagonistas se llaman Gabriel. Espero que me dejes más veces sitio en tu sillón y puedas comprobarlo.
El final es la tormenta. Ahora que lo pienso si que es esta la verdadera protagonista, porque tuve una experiencia estética anclado frente a Formentor, y quisiera compartirla. El cielo oscuro. El agua golpeando en la cubierta, chorreando por la frente, aliviando el calor. Rizando la superficie del mar en absoluta calma con un susurro intenso. Cesar la lluvia y ver el vapor subir entre los pinos y formar una niebla que se transforma en nube, que se deshace en jirones mientras el silencio se hace dueño del mundo y el sol nos devuelve a la realidad.

Quizás pudiera hacerlo más largo, pero no se si te he convencido de nada. Oye, no hace falta que sigas.
Por si acaso te resumo que el salvamento de los papeles de Gabriel me da la oportunidad de leer su carta, lo cual enfada a mi mujer. Cuando pasa todo la digo que nos vayamos, la llamo por su nombre: Helga. Y con eso te hago un guiño para que comprendas que el hecho de que mi mujer sea alemana cambia los sentimientos que habías supuesto en mí al ver a aquel balear flirteando con una joven también alemana. Si no te habías dado cuenta es que no merecías el guiño. Tampoco importa. Como dicen los hermenéutas, saber el final del cuento cambia su principio.
¡Caramba! he escrito un cuento en tres páginas. Claro que esto ha sido como explicar un chiste a alguien que no lo ha entendido: Tiene poca “gracia”.
Pero, a lo mejor no es eso sino que es el mismo cuento contado de otro modo, como si el cuentacuentos, que los repite en sesiones de tarde y noche, estuviera de otro humor o hubiera querido transmitir otras ideas, y la interpretación hubiera sido esta.

Te figuras lo que podría pasar si un “lector” entrara en el cerebro de la cerillera?

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Una respuesta a “ Otra tormenta ”

  1. Ushuaia dice:

    Yo ya me pierdo en mis neuronas, como para entrar en las ajenas. Siempre sé quien es el asesino, pero de ahí no paso. Lo de las lágrimas y el mar me ha dejado sin habla ¡qué belleza de frase! y en general el segundo relato me ha gustado aún más que el primero, que ya era hermoso y romántico, será que lo tengo más fresco. O que este amor ya invernal lo tengo más cercano que el de los jovencitos.

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