La mosca en el vaso

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La mosca en el vaso
Meditación provisional de Enrique Gippini
Agosto 2017 (2)
 

Seguramente todas las personas son capaces de imaginar la escena en la que una mosca atrapada bajo un vaso vuelto del revés intenta salir de su encierro y choca con las paredes una y otra vez sin alcanzar la libertad. Es un experimento tan sencillo que no es necesario haberlo realizado alguna vez para sacar conclusiones, cada cual las que le parezcan útiles. Lo que se ve es un drama, seguro, a no ser que, deus ex maquina, un demiurgo levante el vaso: Al final, la mosca muere.

Es curioso como a partir de un pensamiento tan simple se puede generar un torrente de ideas acerca de los vasos y las moscas, en este caso, pero también es sorprendente como la observación de un hecho simple nos lleva a encontrar un modo de ilustrar pensamientos mucho más profundos.

El caso es que, puesto en el límite inferior de la experimentación, es difícil resistir el impulso de profundizar más en la situación, de la mosca, se entiende, y, aunque se eviten las desviaciones sádicas sobre el comportamiento de los humanos con las moscas españolas, el experimento da más de sí: por ejemplo podría calificarse a la mosca por su comportamiento frente a un posible orificio en el vaso, así le cabría la posibilidad de huir de su destino, pero… ¿Es esto lo que ocurre? Claro que depende del tamaño del orificio pero aunque tenga una cierta entidad, por ejemplo que sea diez veces el tamaño de la mosca, la estadística de huidas nos mostrará un descorazonador resultado: la mayor parte de las moscas muere antes de encontrar la salida.

¿Sois moscas atrapadas bajo el manto de Maya buscando esa salida que, tal vez, no existe?

Saco conclusiones demasiado pronto. Es posible mejorar el experimento. Pongamos una luz en un punto indiferenciado del vaso. Desilusión, la mosca sigue el mismo patrón estadístico 99 por ciento. Pongamos la luz frente al orificio: Sorpresa: El modelo estadístico no cambia: Conclusión primera: La mosca no es atraída por la luz.

No sé si es cierta la conclusión pero: ¿Es la religión una luz que no nos ayuda?

Los pensadores son incansables, y algunos traviesos. También los hay como abejas: introduzcamos una abeja en el vaso. ¡Ah la estadística! Esté o no esté la mosca la estadística de las huidas de abejas son estadísticamente iguales. Ninguna huye: Otro drama. El orificio 10 tampoco supone un gran cambio. Casualmente alguna escapa. ¿Y la luz puesta frente al orificio?… ¡Sorpresa agradable! Las abejas son sensibles a la luz. Muchas (estadísticamente) abejas encuentran en esa iluminación el camino de la salvación. (Suponiendo que la Salvación exista y sea definible.)

Sin querer, la pequeña historia me ha arrastrado al terreno de lo impensable: la Salvación.

Hoy mi amor por la estadística se manifiesta con particular intensidad, estaba pensando en hacer una encuesta en una esquina cualquiera: de mil aleatorios sujetos consultados ¿Cuántos creen en la Salvación? Y digo Salvación, no un ente de razón en el que los trabajos sean estables y los salarios y las pensiones dignas. Ahora los veo, veo a los encuestados como moscas debajo del vaso. Ya en disposición de hacer encuestas falsas podemos dar un resultado… Ninguno cree.

El sujeto que encontraba un objeto digno de llamarse así diluía su intensidad tratando de definir un par de caracteres típicos en el objeto definido, y, desgraciadamente, una gran mayoría anclaba la Salvación en un reclamo económico.

Si esto fuera un relato, que podría titularse “El ejército de las moscas”, podríamos presentar a un grupo de moscas idealistas que en vez de lanzarse ferozmente contra las paredes del vaso intentando perforarlas formara un conjunto ordenado en el centro de su espacio formando otra esfera más pequeña. El micromundo del vaso descrito es una esfera de cristal impenetrable, que contiene otra esfera interior, concéntrica, formada por un pequeño  grupo de moscas que se niegan a separarse del conjunto, rebeldía que como viento divino,[1] o cayendo mansa del cielo, sin mecha al parecer[2], rompen la lógica estadística, rota, aunque sea con un imposible y hermoso resultado estético. Los idealistas siempre acaban destrozando lo útil.

Ni el orificio de salida, ni la luz, ni siquiera la diferencia de las especies, pues alguna abeja se ha colado, bastan para llevarlas a la considerada normalidad: todas las rebeldes forman un precioso sólido esférico, irisado, así es mi pensamiento. ¡Qué valor el de esos pocos que dejan de luchar! y construyen un mundo indetectable: la violencia siempre es evitable. Esa mayoría silenciosa no reclama los derechos obvios, que ya veremos cuales son, se limitan a contemplar como la vida pasa a través de ellos, rompiendo y manchando ese cristal que debía llegar impoluto hasta el final de los tiempos, es decir hasta siempre, pero no es así.

Moscas escépticas, desesperadas, convencidas de su inanidad respecto a la Salvación, un poco luteranas, que no reclaman nada (¿A quién reclamar?) pero saben que tienen el mayor Derecho a equivocarse, a hacer las cosas mal, a mantener opiniones malolientes, a ser feo… etc. y no sólo “derechos pasivos”, como funcionarios que son de la vida duramente real, tienen derecho a usar el mal, a ser enemigos activos, asesinos, monstruos como los que llenan las crónicas negras de los noticiosos, que hacen daño sin motivo, sólo porque ya estaba escrito en su predeterminada biografía y, como el escorpión de la charca no pueden hacer otra cosa. Así es el Mundo: unos pocos enfrentados a la lógica por la estética, luchando por alcanzar ese círculo interior bello, y muchos volando como locas moscas hacia el cristal que los encierra y que los mata -la muerte es el final seguro- sin ni siquiera intentar inventar un porqué que les sirva como razón y pretexto de su loco vuelo.

Y un demiurgo levantó el vaso y las moscas se dispersaron.

Y fuera todo era oscuridad.

[1] (Hara Kiri 腹切 o 腹切り, ‘ «corte del vientre»)

[2] Permitida la colaboración de otros clásicos desesperados.

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