POETAS 109. Czeslaw Milosz (I). «Hijo de Europa»

 

Czeslaw Milosz nace en Vilna (Lituania) el 30 de junio de 1911, en el seno de una familia de la alta burguesía polaca. Los distintos avatares por los que pasará Vilna a lo largo del siglo XX van a ser un espejo en el que se reflejará la ajetreada existencia de Milosz. En el momento en que nace el poeta, Lituania formaba parte del Imperio ruso; después de la Primera Guerra mundial la zona de Vilna se convertirá en uno de los focos culturales más importantes de Polonia, caerá luego bajo el dominio soviético tras concluir la segunda guerra mundial, para convertirse en Estado independiente tras la caída de los regímenes comunistas que gobernaban Europa central. En ese mosaico de épocas y culturas diversas -donde coexistían idiomas como el polaco, el ruso, el yidish y el lituano-, fue donde Miolosz se crió, una Lituania llena de leyendas y poesía que iba a alimentar su imaginación. A pesar de que sus orígenes y su condición viajera iba a propiciar el conocimiento de varias lenguas, y a pesar del largo exilio en el que vivió una buena parte de su vida, Milosz permaneció siempre fiel a su tradición y a la lengua polaca en la que escribiría la casi totalidad de  su obra. “El idioma –escribió en “Abecedario”- es mi madre, de forma literal y metafórica. Con seguridad es también mi casa, con la que vago por todo el mundo”. Milosz se estrenó como poeta en la década de los 30 con un par de libros que explotaban la veta más irracional y visionaria de la poesía polaca, en contacto con las vanguardias europeas: “Tres inviernos” (1933) y “Poema sobre el tiempo congelado” (1936), libro este último que le valió en 1934 una beca para estudiar en Francia. Antes se había licenciado en derecho y durante algún tiempo trabajó como pasante en un bufete de abogados. Luego comenzó su carrera de funcionario trabajando en las oficinas de radio Polonia entre 1935 y 1939. El estallido de la segunda guerra mundial le lleva a Varsovia, donde es testigo de la ocupación alemana y el levantamiento del gueto judío. En esta ciudad se moverá en la clandestinidad ofreciendo su apoyo a los perseguidos por el régimen nazi. Al finalizar la guerra,a abandona una Varsovia devastada para irse a vivir a Cracovia, donde publica “Salvación” (1945), poesía de carácter realista que trata de convertirse en denuncia de una época de barbarie y deshumanización. Después de Salvación (1945), se inicia una época de poesía más social, de acerada denuncia a través de la ironía. Durante la ocupación de Varsovia, Milosz traduce la tierra baldía de T.S. Eliot, poema que ejercerá una gran influencia en el autor. Harto de la imagen de una Polonia desolada tras haber sido tomada por el ejército soviético, Milosz busca una vía de escape que lo aleje de su país y por fin encuentra un trabajo, en el año 1946,  como agregado cultural en la Embajada de la república popular de Polonia en Washington. En 1950 Milosz es destinado a Francia, como primer secretario de la embajada polaca en París, pero en diciembre de ese mismo año le retiran al pasaporte cuando decide volver a Varsovia. En 1951, de nuevo en Francia, empieza su largo exilio, que iba a durar treinta años. Tras vislumbrar en Varsovia la faz bárbara del estalinismo, rompe con el Gobierno de su país y pide asilo en Francia. Quiere regresar a Estados Unidos, donde ha dejado a su familia, pero una trama urdida a su alrededor para desacreditarle como topo soviético ante el gobierno de los Estados Unidos convierte la obtención del visado en un trámite kafkiano que iba a demorarse durante diez años. Durante esta década va a malvivir en una Francia difícil y desocupada, ganándose la vida a duras penas con colaboraciones esporádicas para algunas revistas del exilio. Allí traba amistad con Albert Camus, que a la sazón estaba siendo acosado por una campaña de denigración orquestada por Jean Paul Sartre desde la revista “Les temps Modernes”, purgando por el pecado de no querer doblegarse a la línea antipiimperialista que dictaba escribir en contra de los Estados Unidos para alinearse con la política de la Unión Soviética. Fue Camus quien facilitó desde la editorial Gallimard, de la que era asesor, la publicación de sus novelas “El poder cambia de manos” y “El valle de Issa”, además de su libro de ensayo “El pensamiento cautivo”, denuncia –este último libro- de la mentalidad intelectual bajo el estalinismo, que hace del artista un títere desde el momento en que coloca su talento al servicio del poder. “Cuando me entregué a la escritura del pensamiento cautivo –comentó Milosz más tarde- sentía con fuerza que estaba haciendo algo incorrecto, que estaba violando las reglas del juego aceptado por todos, incluso más, que me estaba adentrando en el espacio sagrado para blasfemar”. Esta audacia suya por denunciar los tejemanejes del totalitarismo en su propio país le costó la desgracia de ser señalado como un enemigo del pueblo por escritores polacos que hasta entonces habían sido sus amigos. Durante la década de los cincuenta seguirá publicando más libros de poemas: “La luz del día” y “Tratado político”.   A partir de 1960 obtiene por fin su visado a los Estados Unidos al lograr una invitación como profesor de lenguas y literaturas eslavas en la Universidad de Berkeley.Para Milosz, América – a la que llegó a definir  como un cúmulo de contradicciones-, era, sobre todo, Walt Whitman, el gran bardo americano con el que iba a compartir su visión panorámica del mundo. «En él se cumple -escribió en cierta ocasión- la fórmula de la poesía entendida como totalidad de lo real. Conforme a esta fórmula, la poesía debe ser como un río caudaloso, un río que lo arrastra todo: arena, ramas, troncos de árboles y, por supuesto, pepitas de oro. Ahí radica la grandeza de Walt Whitman». Aparecen en esta década cuatro libros de poesía que representan un cambio respecto a la poética anterior: el más importante de ellos, “Ciudad sin nombre”, 1969. La poesía social pasa a un segundo plano para dejar paso una obra lírica más reflexiva en donde se pregunta por la finalidad de la poesía, por los ideales humanos o por el sentido de la muerte. En los años setenta publica un único libro de poemas, pero que resulta de una importancia capital en su obra: “Desde donde el sol sale hasta donde se pone”. Al mismo tiempo imparte cursos sobre la obra de Dostoyevski, cuya influencia va a estar presente tanto en su reflexión sobre el bien y el mal y la responsabilidad moral del hombre como en la multiplicidad de voces con que va a acompañar su poesía. Comienza entonces la época de mayor plenitud en la carrera del poeta, culminada con la obtención del premio nobel de literatura en el año 1980. La nueva apertura de Polonía, tras la aparición  del sindicato “Solidaridad”, le permite regresar a su país, lo que provocará un nuevo giro en su poesía, ahora centrada en la memoria y en la imposibilidad de evocar las cosas con la fidelidad con que se sucedieron. La traducción durante esta época de algunos libros bíblicos va a tener influjo en sus nuevos poemas, así como la obra esotérica de Swebendorg, William Black o Simone Weil. En el año 2000 publica el volumen “Esto”, poesía cuyo tono abandona el lirismo de obras anteriores, para partir a la búsqueda de un lenguaje más depurado y esencial. Especial trascendencia para su vida personal tendrá la muerte de su segunda mujer, Carol Thigpen, que desencadena la escritura del largo poema Orfeo y Eurídice. En 2006, dos años después de su fallecimiento, producido el 14 de agosto de 2004, aparece su libro póstumo “últimos poemas”, la mayoría de ellos compuestos durante los últimos meses de vida. Libro testamentario en donde en donde hace un repaso a la totalidad de su vida y obra con la lucidez y la ecuanimidad que otorga el estar en el último tramo del camino, al borde de una frontera que le permite volver a plantearse las grandes interrogaciones metafísicas y religiosas que siempre acompañaron su poesía.

HIJO DE EUROPA

Nosotros, a quienes la dulzura del día penetra hasta los pulmones

Y vemos ramas que florecen en mayo,

Somos mejores que los que perecieron.

 

 

Nosotros, que saboreamos la comida al masticar

Y valoramos en su totalidad los juegos amorosos,

Somos mejores que ellos, los enterrados.

 

De los hornos abrasadores, tras la alambrada donde silba el viento de interminables otoños,

De las batallas, cuando en un espasmo ruge el viento herido,

Nos salvamos gracias a la astucia y al conocimiento,

 

Enviando a los otros a lugares más peligrosos,

Azuzándolos con gritos para la batalla,

Retirándonos cuando preveíamos que todo estaba perdido.

 

Teniendo para elegir la propia muerte y la muerte de un amigo

Elegimos su muerte, pensando fríamente: ojalá se cumpla.

 

Cerramos herméticamente las puertas de las cámaras de gas, robamos pan

Sabiendo que el día siguiente sería más duro que el anterior.

 

Como corresponde a los hombres, conocimos el bien y el mal.

Nuestro malicioso conocimiento no tiene igual en la tierra.

 

Hay que dar como demostrado que somos mejores que ellos,

Crédulos, impulsivos pero débiles, que valoraban poco su propia vida.

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¿Quién me robó el tiempo?

¿Quién me robó el tiempo?

¿Quién me robó el tiempo
de la escritura?

¿Quién dejó marchitos
mis sentimientos?
Secos, deseosos de amar
sin osar pensarlo:
¡Tan pobre es mi oferta!

Ya no es tiempo de nada.
Ninguna cabeza
se apoyaría en mi hombro.
Ningún brazo
cruzaría mi pecho
soportando una mano
que busca mi rostro
para dejar un mimo.

¿Quién me robó esas caricias
que nunca me dieron?
Y sueño manos preciosas
que vienen del recuerdo
y reviven lo imposible:
me tocan.

¿Qué hacer
con todo el cariño
que no pude dar en la vida
y me sobra?
Y vendrá un continuo
sin dimensiones,
y me gustaría creer
que allí todo lo insatisfecho
se allanará como un monte
que cae en el valle,
y tendré tanto amor
como me arde en la carne.

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Objeto para un sujeto

Objeto para un sujeto

Soy objeto para un sujeto…
Si no hubiera sujeto ¿Qué sería yo?
Un vejete insignificante,
un rostro pura arruga,
puro guiño,
oferta de simpatía
difícil de aceptar…
al fin le queda tan poco…

Objeto sin sujeto
que no ve el tiempo pasar.

Mas miro alrededor y nadie vive
si no pervive su objeto,
si no tiene el reflejo de él mismo
en el espejo:
Objeto yo de mi mismo sujeto
o de mi ideal, porque la imagen
en mí reflejada no es
como yo creía, interesante,
cómo años atrás.
Es una pura ruina:
esferitas rebotando
en el interior de otra esfera,
objetos sin sujeto
esperándome a mí
o lo que es más: una relación
que las lleva a juicio.

Insisto con un extraño
y todo vuelve a empezar:
Un vejete insignificante…

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Sosiego 2015

Sosiego.

Es la perfección de la ataraxia
pues tiene tras sí el cimiento
del ser sosegado
sobre quien se construyen
esos sentimientos imprecisos,
como de duda,
que levantan las novedades,
sean buenas o malas.

Sosiego.
Es casi detenerse,
mirar sin turbar, esperar.
Pero no es un no hacer:
vivir con sosiego es cumplir
con el trozo de vida
del que se es deudor,
sin alterar la calma de los calmos,
y contemplando la ira de los iracundos
sin intentar comprenderla.

Sosiego.
Amar sin decirlo,
si decirlo fuera indiscreto,
y dejar de amar cuando toca,
sin publicar un poema.
(Aunque se escriba)

Sosiego.
Echar de menos las mismas cosas
sin que eso enturbie la mirada.
Volver siempre a pensar lo repensado
sin que nos azore
el conocer ya el resultado.
Y afrontar la decadencia
con una profunda ironía
pues cuando todo enseña su final
lo perdido muestra
que eran sentimientos sin valor.

Sosiego.
Una de esas bonitas palabras
tan cargadas de paz
que su grafía sola
en un pliego de papel
sirve para llenarlo.

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Esto no es filosofía 8

8.- Dos arquetipos pero un ser o un pensar

 Me parece recordar y si no es así haremos como si lo fuera: En el Islam en torno al siglo VIII, quizás hasta el XVI[1],  el mundo se dividía en dos partes: La casa del Islam y la casa de la guerra. La moral, las leyes, las costumbres, los derechos, etc., para los mismos creyentes, eran distintos si se encontraban físicamente en una u otra Casa. Desgraciadamente el Islam no ha evolucionado todo lo deseable para el mundo occidental.

Esto es sólo una anécdota para introducir el concepto de dualidad extensa:El Universo total es dual, no sometido al tiempo y al espacio  y ajeno al principio de causalidad.  “Es” y engloba a todo cuanto existe: 0 y 1; Noúmeno y Fenómeno; Idea y Realidad; Voluntad y Representación. Bien y mal si los hubiera. ¿Dios y yo?: Sí, a Dios y a mí también. No se comprende pero es así, lo dice la canción que cantan todas las cosas todas.

Sólo el no-universo es Uno.

¿Y el “mal”? Mal en el sentido de dolor, existencial o no, Dice Don Arturo que es imprescindible para doblegar la “Voluntad”, beatificarse por la ascesis y, no lo dice pero debe ser así, alcanzar el Nirvana.

Ahora convendría hacer una comparación y adivinar en que casa estamos, en la de los filósofos o en la de los eruditos. ¿Somos o pensamos?

[1].- Lepanto en 1571.- El Estado Islámico está resucitando esta antigua realidad en el siglo XXI.-

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Esto no es filosofía 7

7.- El arte y Yo

El joven Monclús, en un arrebato que parecía imitación de otros repentes artísticos pero no lo era, destrozó gran parte de unos maravillosos óleos que había pintado.

Leo, oigo-escucho, medito, busco un texto o una voz. Pudiera ser una música. Me parece extraño pero no puedo descartar el sentimiento de lo intuido ante algo que me parezca una obra de arte. Rara vez. Posiblemente todo el arte que me movería está destruido, necesariamente destruido para ser arte.

La otra parte es el Yo, mi yo en este caso. Ese Yo es mi primer acto de conocimiento, mi primera intuición: ¿O no? Me parece discutible: “existo luego puedo dudar” no es un pensamiento tan banal. ¿Hay experiencia sensible de mí mismo? ¿Quién es el objeto y quién el sujeto en este primer acto de conocimiento? ¿Cuándo se produce? ¿Por qué ocurre? ¿Todo se integra, desaparece, y queda únicamente la relación?

Me siento uno con todos los pintores de paisajes rotos que no llegaron a ser conocidos, los músicos de partituras olvidadas, los poetas de versos soñados y nunca escritos. Es la relación lo que nos une: el intento de trascender sin posibilidad de hacerlo.

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Esto no es filosofía 6

6.- Objetivación.-

 Quizás en esta palabra y su no-significado están las razones por las que esto no es filosofía. El entendimiento o la razón, sin querer, se hacen una pregunta: ¿Es objetivable el Uno?

La pregunta viene al caso porque intento centrar el concepto de Voluntad en Schopenhauer y según de qué escrito es la lectura parece que “Voluntad” y” Uno” son algo muy próximo. De hecho, al comienzo del libro IV dice inequívocamente “Puesto que la voluntad es la cosa en sí,[…]”[1] Pero esta afirmación lo único que hace es retrotraer el problema a definir qué es “la cosa en sí”. Otra aporía de la que un no-filósofo intentaría salir siguiendo a Schopenhauer así:

En primera y lejana aproximación “Voluntad” es algo que “objetivado” da lugar a una representación. O, tal vez, a todas las representaciones porque la primera duda es si la Voluntad es una o son varias. Si cuando dice Voluntad se refiere al Uno, a la Idea platónica, a la Cosa en sí, al Noúmeno… o a algo nuevo, distinto. Algo como el entendimiento agente de Averroes…Un entendimiento para todos los pensadores y cuando se alcanza se comprende todo, se está realmente en el Atman.

En vez de resplandecer la verdad se aumentan las dudas: ¿Qué es objetivar? ¿Ser un objeto para un sujeto? Podría ser la operación de introducir un objeto en el espacio-tiempo-causalidad. Así, si el Uno es objetivable podría definirse el Ser como la “Propiedad primigenia y fundamental de todo lo objetivable”. Y “Existir” sería “Ser en el tiempo”.  Pero: ¿Quién objetiva? ¿Cualquier sujeto que contempla una entelequia tiene la capacidad de objetivar? ¿Quién posee la causa eficiente? ¿La capacidad de ser objeto es una propiedad de lo intuido o algo que “pone” el que intuye? El paso de la Idea o de la Cosa en sí a lo existente, el nacimiento del fenómeno sin causa ¿No es un acto de creación ex nihilo reservado al sujeto?

La metafísica transcendental no es posible. Kant dixit.

[1] WWV Trotta 2004.- T.1 pag. 331

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Esto no es filosofía 5

5.- Vanidad de vanidades (Eclesiastés 1,2; 2,21-23)

No siempre se medita sobre pensamientos propios: Muchas veces un texto ajeno dispara el entendimiento, incluso la razón. Eso siento de este comienzo del Eclesiastés:

 ¡Vanidad de vanidades, dice Qohélet; vanidad de vanidades, todo es vanidad! Hay quien trabaja con destreza, con habilidad y acierto, y tiene que legarle su porción al que no la ha trabajado. También esto es vanidad y grave desgracia. Entonces ¿Qué saca el hombre de todo su trabajo y de los afanes con que trabaja bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. También esto es vanidad.

¿Quién pudiera decirlo mejor? Y dicen que Schopenhauer era pesimista.

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POETAS 63. Mark Strand III (Tormenta de uno»)

Mark Strand nació en 1934 en Sunmerside (Canadá) y murió en Nueva York el 29 de noviembre de 2014. Aunque Mark Strand abandonó pronto Canadá, siempre conservó un vínculo con este país. Canadá representaba para Strand el país de sus primeros recuerdos, en el que sus padres vivieron sus últimos años y en el que estaban enterrados: “Era el refugio de su pena, y era tan grande y vacuo que cada día que vivieron ahí tuvieron la certeza de estar perdidos”. Su destino itinerante iba a llevarle con su familia a instalarse en Estados Unidos. Cleveland, Montreal, Nueva York y Filadelfia fueron las plazas del padre como directivo de Pepsi-cola, convirtiendo los primeros años del poeta en una mudanza continua. También vivió durante estos años en Colombia, México y Perú, donde aprendió un español suficiente que a la larga le serviría para traducir a Rafael Alberti y Octavio Paz. Pero más que de Canadá o Estados Unidos, se consideraba ciudadano de un mundo hecho de libros, cuadros o fotos y cuya nación era la nación del idioma inglés. “No creo –comentó en cierta ocasión -que las condiciones geográficas que se me impusieron por haber nacido en Canadá y vivido en los Estados Unidos me definan en absoluto. Creo que me define de manera más elocuente lo que leo, lo que miro, la gente que conozco, y lo que escribo”. Después de graduarse en Antioch College en 1957, su vocación por la pintura le llevó a Yale para estudiar con el artista Joseph Albers, graduándose como pintor en la facultad de Bellas Artes en 1959. Desde entonces la pintura iba a ser una de las constantes de Mark Strand. Se ha dicho que en sus versos surrealistas e introspectivos se proyecta la sombra de Max Ernst, Giorgio de Chirico, o Magritte. Iba a ser precisamente el surrealismo una de las influencias capitales de su obra poética, como confesaría a Rosa Pereda en una entrevista: “yo creo que la poesía tiene tanto que ver con el azar como con la causalidad, que lo irracional tiene un papel tan importante en la vida como la razón”. La pintura le enseñaría, además, el valor de la paciencia, a darse cuenta que uno siempre puede volver sobre el trabajo al día siguiente. Pero mientras estudiaba en Yale, las lecturas de poesía, especialmente Wallace Stevens y Forster, le encaminaron de forma imprevista a su segunda vocación. “Nunca fui muy bueno con el lenguaje cuando era niño. Créame –aseguró en una entrevista a “Los Angeles Times” en 1991”-, la idea de que algún día me convertiría en poeta habría sido una gran sorpresa para toda mi familia”. No menos importante para su formación como poeta fue la fascinación que “veinte poemas de amor…” de Neruda ejerció en sus inicios. Neruda era un genio –escribió en “Alfabeto de un poeta”- pero en cuya escritura se mezclan inextricablemente la belleza y la banalidad. Cuando lo leemos, nos sentimos felices porque todo ha alcanzado una condición privilegiada. El universo es bueno después de todo. La utopía verbal de Neruda, dependiendo de la credulidad de cada quién, es un antídoto inocuo contra este siglo torturante”. De Neruda también llegó a decir que era el gran demócrata de la poesía, por rebajar lo elevado y elevar lo bajo, aunque le decepcionaban sus limitaciones intelectuales. No pensaba lo mismo de Octavio Paz, a quien consideraba uno de los hombres de letras más inteligentes del siglo XX, y cuya obra poética le había conmovido especialmente. Ya resuelto en su vocación poética, en 1960 se traslada con una beca Fulbright a Florencia para estudiar a los poetas italianos del siglo XIX. En Iowa continúa sus estudios literarios en el “Iowa Writers Workshop”, graduándose en 1962. Allí se hace amigo de Philip Roth, concluye su primer libro y comienza a dar clases en un taller de literatura. Su carrera docente le iba a hacer recorrer parte de Estados Unidos: Utah, Chicago, Nueva York o Boston. Su desembarco literario tiene lugar en 1970, cuando el responsable de la editorial Athenaeum, Harry Ford, publica su segundo volumen de poesía, «Reasons for Moving». Ford continuaría publicando su poesía con otras tres colecciones durante esa década hasta que, en 1980, Strand decidió pausar su producción poética. «Ya no creía en mis poemas autobiográficos», dijo entonces. Sentarse en su escritorio cuando no tenía nada que decir se le empezó a volver un suplicio, por lo que “ya sólo escribía cada vez que tenía tiempo y ganas y estos periodos empezaron a espaciarse cada vez más, y a veces hubo periodos de silencio de dos o tres años…De cualquier manera, ya nadie lee poesía. Los poetas sí, pero el lector común ha sido abandonado por la poesía». Mark Strand se empeñó entonces en otras aventuras literarias, como libros para niños, relatos o ensayos sobre arte. Una década después volvió con nuevos bríos, con volúmenes como «A Continuous Life» (1990), «Dark Harbor» (1995) y «Blizzard of One» (1998). Mientras tanto, comenzó a ganar terreno su pasión por la pintura. Escribió ensayos sobre Edwar Hopper o William Bailey, al mismo tiempo que en un taller en Hell’s Kitchen producía sus papeles pintados, mezclando pulpas de colores secos. A partir de 2011 se trasladó a Madrid de la mano la marchante de arte Mari Cruz Bilbao, quien se convirtió en su pareja. Trasladó cuadros, libros y gran parte de su mobiliario a un piso de Chamberí donde seguía recortando y pegando esos papeles pintados para convertirlos en collages que este mismo otoño expuso en una galería de Nueva York. El final de su carrera como poeta estuvo jalonado de números reconocimientos. Fue nombrado Poeta Laureado de Estados Unidos, ganador de la beca MacArthur en 1987, del premio Bollingen en 1993 y del Pullitzer de poesía en 1999 por “Tormenta de Uno”. Este mismo otoño estaba nominado al National Book Award por sus Collected poems. Su traductor, Dámaso López García, a quien se debe la traducción de los poemas aquí seleccionados, ha señalado como rasgos característicos de su poesía el que su mundo no tenga rasgos diferenciales propios. Los lugares no tienen nombre, los personajes son anónimos: “comparten los rasgos comunes de todos los paisajes y de toda la humanidad”. La presunta oscuridad de sus poemas no se relaciona tanto con la dificultad del lector ante un lenguaje oscuro como con la ausencia de referencias a un universo familiar. Las manifestaciones de temor ante un mundo maligno, el valor de la poesía ante una naturaleza apática y el deseo de gozar de un “momento perfecto” han sido también rasgos señalados por la crítica. Pero el propio Mark Strand nos ha dejado en diversas entrevistas una visión personal sobre su poesía. Mark Strand se consideraba un poeta metafórico. A diferencia de los poetas metonímicos, que representan fielmente el mundo de la experiencia, el poeta metafórico cree en un mundo alternativo con sus propias reglas y regulaciones. “Lo que me importa –dijo- es la integridad del mundo que creo, y no lo que estoy revelando sobre el mundo en el que viven los demás.” Mark Strand no se consideraba un poeta de la naturaleza, sino un poeta que ahonda en el comportamiento de las cosas. “Mis poemas describen actividades, a veces de carácter nervioso o absurdo, a veces muy pacífico, pero eso es lo que les da vida”. Era un poeta al que le gustaba mezclar la melancolía y lo elegíaco, que nunca desdeñaba el humor, interesado en las sintaxis complejas pero amante de las palabras sencillas como “piedra” o “cielo” o “mar”. Para Mark Strand los poemas no tienen por qué tener sentido: “son en primer lugar, y sobre todo, una experiencia, no un vehículo para un significado”. Por eso creía que la musicalidad verbal era un elemento imprescindible y confiaba esa musicalidad al ritmo que aporta la escritura a mano. “La gente que escribe en la computadora se olvida de escuchar el poema, creo que establecen un contrato visual con la computadora. En primer lugar, los poemas llegan tan rápido a imprenta que parecen mucho más terminados de lo que realmente están.” Puesto que la métrica es lo que distingue la poesía de la prosa, era fundamental para Strand que el poeta educase su propio oído escuchando el ritmo y la cadencia que otros poetas han imprimido a sus versos. También consideraba importante la tarea de reescritura de los poemas: “Los poemas no son estáticos. Cobran una vida propia y van hacia donde quieren. Pueden volverse estériles o resistirse. Si no mejoran, los odias” Por eso solían tener muchísimos borradores de cada poemas, a veces treinta o cuarenta. Escribía a mano varias versiones y después los pasaba a la computadora. Trataba de postergar lo más posible el momento de ponerlos en limpio. “Más que leer mis poemas, me interesa escucharlos, y cuando están escritos a mano me parece que los estoy escuchando”. Dos cosas consideraba importantes en su poesía: el misterio y la muerte. “La vida me parece misteriosa, mi presencia en la Tierra me parece misteriosa. Muchas veces, cuando termino un poema, no estoy muy seguro, aunque generalmente estoy seguro de lo que he dicho, siempre hay un elemento inexplicable”. Respecto a la muerte, llegó a escribir en “Alfabeto de un poeta” que había sido la influencia medular de su escritura. Pero también la preocupación central de la poesía lírica: “La poesía lírica nos recuerda que vivimos en el tiempo. Nos recuerda que somos mortales. Celebra o reconoce estados de ánimo, ideas e incluso acontecimientos para recordarnos que existen sólo en su forma transitoria. Pues ¿qué habría que tuviera significado fuera del tiempo? La poesía es un prolongado epitafio, un recuerdo de nuestra estancia aquí en la tierra”. También comentó: “Buena parte de lo que amamos en los poemas, sin considerar su tema, es que nos dejan con una sensación de novedad de vida agregada. La vida, por otra parte, nos prepara para nada y nos deja sin dónde ir. Sólo se detiene”.

Se deja aquí una selección de poemas de su libro “Tormenta de uno”, libro que recibió el premio Pulitzer y que compuso mientras trabajaba como profesor durante el periodo que pasó en Chicago y Baltimore entre 1993 y 1998.

 

ME VA A ENCANTAR EL SIGLO XXI

La cena se enfriaba. Los invitados, con la esperanza de los habituales

Encuentros rápidos, fríos y caprichosos, estaban echados

En los dormitorios. Las patatas estaban duras; las alubias, blandas; la carne…

No había carne. El sol de invierno había vuelto amarillos los olmos y las casas,

Los ciervos bajaban por la carretera como si fueran refugiados; en el camino unos gatos

Se calentaban sobre el motor de un automóvil. Luego un hombre se dio la vuelta

Y me dijo: “Aunque amo el pasado, su oscuridad,

Su peso que nada nos enseña, su pérdida, su todo

Que no pide nada, me va a encantar aún más el siglo XXI,

Pues veo en él a alguien en albornoz y zapatillas, con ojos castaños y pobre,

Que camina sobre la nieve sin dejar tras de sí ni siquiera una huella”.

“Ah”, dije mientras me ponía el sombrero, “ah”.

 

I WILL LOVE THE TWENTY-FIRST CENTURY

Dinner was gettin cold. The guests, hoping for quick,

Impersonal, random encounters of the usual sort, were sprawled

in the beadroms. The potatoes were hard, the beans soft, the meat-

there was no meat. The Winter sun had turned the elms and houses yellow;

Deer were moving down the road like refugees; and in the driveway cats

Were warming themselves on the Hood of a car. Then a man turned

And said to me: “Although I love the past, the dark of it,

The weight of it teaching us nothing, the loss of it, the all

Of it asking for nothing. I will love the twenty-first century more,

For in it I see someone in bathrobe and slippers, Brown-eyed and por,

Walking through snow without leaving so much as a footprint behind”

               “Oh,” I said, putting my hat on, “Oh.”

 

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Esto no es filosofía 4

 4.- Apocalípticos e integrados

 Es el título de un ensayo extenso de Umberto Eco, de 1965. El título es sugerente pero el contenido no tiene que ver con este deslizarse. Para mí los eruditos son “integrados”, su pensamiento es apolíneo. Los pensadores son “apocalípticos”, dionisíacos, y el producto de sus cavilaciones es, a veces, escandaloso. Por ejemplo:

Los derechos humanos no existen. Son un ente de razón. Nadie tiene derecho a evitar totalmente el dolor, de cualquier clase, físico o moral. Nadie tiene derecho a la vida. Ambos supuestos derechos son negados por la naturaleza que nos tortura y nos mata. La vida no es el bien supremo, que decía Semprún; todos tenemos justificación ética para matar, siempre que sea por un bien que nos parezca “mayor”. Lo hacemos con los animales que nos alimentan y con los enemigos que se nos oponen, y viceversa si les damos la oportunidad. Esto no lo decía Semprún.

Pero jamás se me ocurrirá decir que los apocalípticos son “mejores” que los integrados o los pensadores más simpáticos que los eruditos. Si no sé que pueda ser “lo bueno” ¿cómo voy a saber que es “mejor”?

 

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