Esto no es filosofía 3

3.- Esto no es erudición (Continua “Esto no es filosofía”)

Todo esto no es erudición. Un erudito sabe, almacena en su memoria una enorme cantidad de información ordenada y dispuesta a aclarar cualquier duda que se plantee acerca de su o sus especialidades. Detrás de lo que dicen o escriben los eruditos hay ficheros virtuales llenos de precisiones, esquemas y estructuras que sirven para intentar comprender el mundo. Y para responder a cualquier cuestión de modo casi inmediato. En resumen tienen memoria cultivada. Otros mortales son incapaces de recitar las doce categorías kantianas, cosa a la que el incapaz de mi yo no da mayor importancia, sobre todo después de que Schopenhauer se planteara en el apéndice “Critica a la filosofía…” que sólo era necesaria una categoría, que imagino que sería la de “Uno” porque no recuerdo otra que fuera imprescindible, aunque sí quedó impresa en mi recuerdo la ausencia de “Ninguno” como concepto puro a priori, acompañando a “Uno”, “Varios”, “Todos”. Me parece que es discriminar a la Nada, aunque excuso a Kant porque ya debía tener en la mente la imposibilidad de la metafísica trascendental… y no debía recordar los sermones del Maestro Eckhart. Esto es una demostración de los jardines a los que puede conducir el “pensamiento artístico” acompañado por mi ignorancia. De paso tengo que reconocer que me dan mucha envidia sana los eruditos, sobre todo si son amigos. Si alguien pretende ser erudito debe encomendarse a Santa Catalina de Alejandría que es la patrona de ellos, tal vez porque lo fuera ella misma. Los que saben más acerca de todos los que se han llamado filósofos antes que ellos son eruditos. Pero ¿Qué aportan al pensamiento artístico?

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POETAS 108. CLAUDIO RODRÍGUEZ

(Zamora, 1934-Madrid 1999)

 

NANA DE LA VIRGEN MARÍA

Duérmete, Niño amante

Luz de mi sueño.

Duérmete sin cuidados

Que yo te velo.

 

Cuando caiga la noche

Sobre el silencio,

Se hará cojín de espumas

Mi blanco pecho.

 

Cuando frías estrellas

Nieven del cielo

Será para tu carne

Pañal mi beso.

 

Cuando sepan pastores…

Cuando el misterio…

¡Duérmete, Niño amante,

Luz de mi sueño!

¿Por qué tienes los ojos

limpios y abiertos?…

 

Ya más no puedo darte…

Duerme, lucero.

Duérmte. Mira:

Hosannas

Dicen los vientos…

(Despacio…

Callad

Despacio,

Que está durmiendo…)

 

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POETAS 103. Philip Larkin (III). Albada y otros poemas

Un hombre vive; vive todavía. Un hombre vive de lleno todo el asco de su existencia: trabaja todo el día y por la noche se emborracha. Se narcotiza día y noche. De día se deja intoxicar por el veneno del trabajo y de noche olvida su trabajo con el narcótico del alcohol. Su antídoto es a la vez su veneno. Un hombre vive; vive todavía y no sabe por cuánto tiempo. Un hombre vive por el día como si estuviera soñando y de noche sigue entregándose a los sueños. Vista así la existencia de un hombre, es difícil ver qué tipo de fisura se le puede abrir para que le sea dado encarar la muerte y poner en claro su existencia. Un hombre vive como si no viviese. Es alguien obstinado en darle la espalda a la muerte. Un hombre que vive en estado de ceguera permanente y que vive plenamente el vacío de su existencia. Vista así la existencia de un hombre, es difícil ver qué puede venir a iluminarle. Y, sin embargo, tal tipo de hombre es el hombre que todos somos. Poco antes de morir, Larkin compuso un poema que nos representa a todos, un poema que representa la relación que todos podemos mantener con la muerte, cada cual a su manera, con la figura que arme su propia mirada.

Aunque “Albada” fue publicado en el suplemento literario de “The Times” poco antes de su muerte, este poema fundamental en la obra de Larkin puede considerarse como obra póstuma, ya que nunca llegó a integrar ninguno de los tres libros de poesía que publicó en vida. Larkin demuestra con este poema que la muerte no es sólo uno de los grandes temas de la filosofía, sino también de la poesía. Cuando un poeta logra descifrar una de las muchas figuras que la muerte gusta adoptar, sus versos llegan entonces a alcanzar la cumbre de su obra. “Albada” es sin duda el mejor poema de Larkin y tal vez uno de los mejores poemas dedicados nunca a la muerte. Un extraordinario poema. Pero lo primero que hay que decir de este poema es que no hay que creérselo a pies juntillas. La facilidad con la que parece haber sido escrito es sólo engañosa. Es un poema fruto de una medida y meditada puesta en escena. Por eso el poema es tan significativo y tan certero. Nada en él está colocado al azar. Para causar mayor efecto el poeta se nos ha ido de caza. Y la pieza que quiere ir a cazar es nada menos que la muerte. Y, después de muchas batidas y de buscarle las vueltas, el poeta ha llegado a conocer las costumbres de la pieza que se quiere cobrar. Después de mucho acecharla, ha aprendido que la muerte puede dejarse sorprender en esa última hora previa al amanecer. En esa hora en que un hombre se despierta de su borrachera para ir a un trabajo brutal. Es en esa hora, si un hombre se despierta y se mantiene en vela, cuando todavía se puede cazar a la muerte. Sólo que la muerte es una pieza difícil de cobrar. Sólo que la muerte más bien suele sorprendernos que dejarse sorprender. A esa hora previa al amanecer, los bordes de las cortinas no tardarán en iluminarse, pero todavía se puede sorprender a la muerte antes de que se haga de día y se disuelva como una sombra más. Tras la filtración del alba por entre los bordes de las cortinas ya será imposible sorprenderla. La muerte tiene su hora de mediodía en la cual nos puede venir a iluminar. Es en medio de una callada oscuridad, a esa hora poco antes del alba, cuando se puede alcanzar la iluminación de la muerte. Pero como suele ocurrir en las iluminaciones, no se comienza a percibir claramente algo que era imperceptible, sino que se percibe algo que ya estaba ahí: sólo que nuestra insensata ceguera nos impedía verlo. Pero la muerte es lo que siempre ha estado ahí, la más vieja presencia del mundo, siempre infatigable, tal como la sombra acompaña a toda luz cuando toca un cuerpo. Otra característica tiene también para Larkin la muerte inexorable: cada día que pasa, está más cerca. Ella rejuvenece mientras nosotros envejecemos. Tal es la extraña simetría con la que se nos opone la muerte. Su modo de aparecérsenos es siempre la aproximación. Para quien ve la muerte como algo negativo, toma siempre la forma de lo que nos amenaza. Pero también cabe una visión más hospitalaria de la muerte. Es lo que ya desde el primer día nos anuncia que viene a visitarnos. Ignorar esos anuncios, esos signos, es entregarse al abandono. Es, so pretexto de mirar a otro lado, no encarar la vida con arrojo y vivir arrojados a la vida. Cada uno ve la muerte según la imagen que ya lleva impresa en la mirada. Y la mirada que lanza Larkin a la muerte es de sobrecogedor terror. Es el “mysterium tremendum” que fascina hasta el punto de hacer imposible otro pensamiento que no sea el de la muerte: el de cómo y dónde y cuándo moriremos. El pensamiento de la muerte tiene semejante poder. Invade el pensamiento hasta el punto de convertirse en el único pensamiento que no deja traspasar otros pensamientos. Es el terror de la muerte manifestándose en el pensamiento, ocupando la mente por entero. Es la muerte que comienza a ganar la batalla a la vida. La vuelve vacua. Es la cosa más extravagante del mundo, pues no admite interrogaciones. Por eso la muerte es aquello de lo que no sabemos nada, porque es ininterrogable. Su hermetismo es el silencio y su palabra es la acción. Su luz es cegadora, pues es la luz del terror absoluto. Sus efectos: dejar la mente en blanco, primer signo anticipatorio de la devastación que producirá a su hora. La muerte desocupa todo lo que ocupa. No admite rival ni comparte su poder con cualquier otra instancia. Es la forma del éxtasis ante la muerte cuando se le ha sorprendido en su forma más pura: su total y perfecta vacuidad. Larkin alcanza a ver la nuda muerte, sin ropajes ni trampantojos. Plantearle cuestiones a la muerte sería un subterfugio más, sería privarse de mirarla tal cual es: el punto final de todas las cuestiones. Ni siquiera puede ya provocarnos buenos o malos sentimientos, porque la muerte anuncia la defunción de todo sentimiento. Larkin no busca a la muerte como consejera. No busca hacer balance, ni componendas, ni un motivo para todavía mejorarse antes de que sea demasiado tarde. Es la muerte como extinción, el final de un viaje cuya única meta era el correr hacia su encuentro; es la certeza de la derrota. No un perder la batalla sino un perderse en ella. Es la imposibilidad de estar en algún lugar, que es la manera que tiene la muerte de ganarnos el espacio y de acostumbrarnos a lo imposible. Es lo doblemente terrible, por ser además lo más cierto. Larkin le descubre otro atributo más a la muerte: nadie ha escapado de ella; lo que quiere decir que no admite trucos, ninguna impostura. La postura que adopta Larkin ante la muerte representa la escéptica postura del hombre moderno. La postura del hombre que sabe que a la altura de su tiempo, tras el derrumbamiento de todas las creencias, ya no puede fingir que no ve la verdad de la muerte: la muerte es y será y nosotros ya no seremos. Y ante ese no ser, comenzamos a no ser nada. Y todavía tiene tiempo de sorprender Larkin el más terrible atributo de la muerte. Nos priva de todo hedonismo, de aquello con lo que más nos ligamos a la vida. He aquí por qué Larkin ve a la muerte como el monstruo más horroroso. Porque a su vez nos convierte en el monstruo mayor de los horrores: un monstruo que no tiene vista, que no tiene oído, que no tiene tacto, que no puede oler ni saborear. Quien le ve el rostro a la muerte se queda sin su propio rostro. La muerte toma cuerpo dejándonos sin cuerpo. La muerte posee el sortilegio de convertirnos en ese animal imposible y nos despoja de nuestro mayor tesoro: nuestro amor propio. Después de esa iluminación ya nada vuelve a ser igual. La muerte ha dejado su tarjeta de visita, su huella indeleble: una pequeña mancha desenfocada que desenfoca el resto y un escalofrío permanente a la altura del hombro. En Larkin, la muerte es lo helador por excelencia, lo que paraliza todo impulso vital y vuelve indecisa toda decisión. Lo que vuelve tan terrorífica a la muerte, lo que la convierte en el terror absoluto es precisamente el que estamos ante ella completamente desarmados. Podemos enfrentarnos ante cualquier eventualidad porque tenemos el poder de anularla, regularla o hacerla imposible. Podemos obrar con cualquier cosa y contra cualquier cosa. Pero la muerte es la única cosa contra la que no podemos hacer nada. Es el gran suceso: lo que sucederá, se quiera o no, inexorablemente. La muerte es nuestra gran impotencia. Todo lo que vemos alrededor de nuestra vida habla el lenguaje de la potencia, en mayor o menor medida. La muerte nos habla en otro idioma incomprensible y su reino es el de la impotencia. Nadie ha podido regresar de la muerte porque contra la muerte nada se puede. Y la paradoja de la muerte es que siendo su reino el de la impotencia, al mismo tiempo lo puede todo. Y la imagen de un Larkin que comprende semejante verdad sin poder aferrarse a una copa o a una compañía, completamente desarmado, sin consuelo, sin aditamentos ni intermediarios, nos hace también a nosotros lanzar un rugido de miedo al crematorio. Larkin se ha ido de caza, ha intentado cobrarse su pieza, ganar la batalla a tan terrible rival. Se ha medido con él y no ha conseguido descubrirle ningún flanco vulnerable. Prueba por última vez y esgrime el arma del coraje, la sempiterna apelación del sentido común. Pero también descubre Larkin que el coraje es un truco más, el último truco que le quedaba al hombre después de haber utilizado todos los otros trucos. Y es quizás el peor truco, porque es un truco urdido para fingir ante los demás que no tenemos miedo. Pero la parálisis ya nos ha penetrado: podemos fingir que la muerte no va con nosotros, y sin embargo la muerte viene con nosotros y acabaremos yendo con ella.

Igual que el pensamiento de la muerte tiene su mediodía, también tiene su ocaso. El día se va filtrando por la habitación, los bultos van tomando su forma y el fantasma de la muerte se va disipando. Pero nos ha dejado una certeza y el fruto de su saber. La verdad de la muerte se nos ha hecho evidente. Hemos sido cercados por la muerte, es decir, hemos intimado con ella, hemos sentido su aliento, nunca antes tanto se nos había aproximado y hemos comprobado que de esa su proximidad ya no podremos escapar. Sabemos que ya de nada sirven las evasivas, ninguno de los antídotos contra el malestar de la muerte. Ni siquiera la resignación. Pero el mundo sigue girando mientras tanto y la muerte va mostrándole, al despertarse, la verdad que trata de enterrar con su tráfago mundano. El poeta ha probado la amarga manzana de la muerte, ha degustado la sabiduría del gusano y ya nada le será igual. Sabe que tras la indiferencia que muestra el mundo hacia la muerte, se agazapa la misma presencia de la muerte que lo vuelve todo diferente. Sabe que tras los afanes de los hombres en su trabajo diario se esconde la inconsciente evasiva a la muerte. Larkin ha tenido su iluminación y sabe que no hay escapatoria. El mundo de los afanes cotidianos se le ha hecho transparente: los afanes son la forma más laboriosa que el hombre ha urdido para escapar de la muerte. El trabajo no puede esperar. Igual que los médicos y los carteros, la muerte infatigable también va ejecutando su sordo trabajo. Larkin ha descifrado el intrincado enigma de la muerte. Saber descifrarlo consiste en no darle la espalda y mirarla cara a cara. No en desesperarse hundiéndose en el narcótico de los afanes diarios, sino en vivir a la espera de la muerte sin apartar la cara.

 

ALBADA

Trabajo todo el día, y por las noches me emborracho.

Me despierto a las cuatro en una oscuridad callada, y miro.

Los bordes de las cortinas no tardarán en iluminarse.

Hasta entonces veo lo que siempre ha estado ahí:

La muerte infatigable, ahora un día entero más cerca,

Que borra todo pensamiento excepto

Cómo y dónde y cuando moriré.

Árida interrogación: no obstante el temor

De morir, y estar muerto,

Centellea de nuevo, te posee, te aterra.

 

La mente se queda en blanco ante el resplandor. No

Por remordimiento –el bien no hecho, el amor no dado,

El tiempo desperciado- ni con tristeza porque

Una vida pueda tardar tanto en superar

Sus malos inicios, y quizá nunca lo consiga;

Sino ante la total y perpetua vacuidad,

La segura extinción hacia la que viajamos

Y en la que nos perderemos para siempre. No estar

Aquí, no estar en ninguna parte,

Y pronto; nada más terrible, nada más cierto.

 

Es un miedo concreto que ningún truco

Disipa. Antes lo hacía la religión,

Ese vasto brocado musical apolillado

Creado para fingir que no morimos nunca.

Y ese capcioso discurso que dice Ningún ser racional

Puede temer lo que no sentirá, no ver

Que eso es lo que tememos: ni vista, ni oído,

Ni tacto ni sabor ni olor, nada con que pensar,

Nada que amar ni a lo que estar ligado,

El anestésico del que nadie despierta.

 

Y así permanece al borde de la visión,

Una pequeña mancha desenfocada, un escalofrío

Permanente que deja todo impulso en indecisión.

Hay muchas cosas que quizá nunca ocurran; esta sí,

Y el comprenderlo es un rugido

De miedo al creamtorio cuando nos pilla

Sin nadie y sin bebida. El valor no sirve:

Significa no asustar a los demás. Tener coraje

No te salva del último viaje.

Igual muere el llorón que el fanfarrón.

 

Lentamente se hace de día, y la habitación cobra forma.

Es evidente como un guardarropa, lo que sabemos,

Lo que hemos sabido siempre, sabemos que no podemos escapar,

Pero no lo aceptamos. Algo tendrá que desaparecer.

Mientras tanto los teléfonos se agazapan, dispuestos a sonar

En oficinas cerradas, y todo este mundo indiferente,

Intrincado y de alquiler comienza a despertar.

El cielo es blanco como arcilla, sin sol.

Hay trabajo que hacer.

Los carteros, como los médicos, van de casa en casa.

 

AUBADE

I work all day and get half-drunk at night.

Waking at four to soundless dark, I stare.

In time the curtain-edges will grow light.

Till then I see what’s really always there:

Unresting death, a whole day nearer now,

Making all thought imposible but how

And where and when. I shall myself die.

Arid interrogation: yet the dread

Of dying, and being dead,

Flashes afresh to hold and horrify.

 

The mind blanks at the glare. Not in remorse

-The good not donde, the love not given, time

Torn off unused- nor wretchedly because

An only life can take so long to climb

Clear of its wrong beginnings, and may never;

But at the total emptiness for ever,

The sure extinction that we travel to

And shall be lost in always. Not to be here,

Not to be anywhere,

And soon; nothing more terrible, nothing more true.

 

This is a special way obeing afraid

No trick dispels. Religión used to try,

That vast moth-eaten musical brocade

Created to pretend we never die,

And specious stuff that says No rational being

Can fear a thing it will not feel, not seeing

That this is what we fear –no sight, no sound,

No touch or taste or smell, nothing to think with,

Nothing tol ove or link with,

The anaesthetic form whieb none come round.

 

And so it stays justo n the edge of visión,

A small unfocused blur, a Standing chill

That slows each impulse down to indecisión.

Most things may never happen: this one will,

And realisation of it rages out

In furnace-fear when we are caught without

People or drink. Courage is no good:

It means not scaring others. Being brave

Lets on one off the grave.

Death is no diferente whined a than withstood.

 

Slowly light strengthens,and the room takes shape.

It stands plain as a wardrobe, what we know,

Have always know, knonw that we can’t escape,,

Yet can’t accept. One side will have to go.

Meanwhile telephones crouch, getting ready to ring

In locked-up offices, and all the uncaring

Intricate rented world begins to rouse.

The sky is White as clay, with no sun.

Work has to be done.

Postmen like doctors go from house to house.

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Quién me robó el tiempo

Quién me robó el tiempo

¿Quién me robó el tiempo
de la escritura?

¿Quién dejó marchitos
mis sentimientos?
Secos, deseosos de amar
sin osar pensarlo:
¡Tan pobre es mi oferta!

Ya no es tiempo de nada.
Ninguna cabeza
se apoyaría en mi hombro.
Ningún brazo
cruzaría mi pecho
soportando una mano
que busca mi rostro
para dejar un mimo.

¿Quién me robó esas caricias
que nunca me dieron?
Y sueño manos preciosas
que vienen del recuerdo
y reviven lo imposible:
me tocan.

¿Qué hacer
con todo el cariño
que no pude dar en la vida
y me sobra?
Y vendrá un continuo
sin dimensiones,
y me gustaría creer
que allí todo lo insatisfecho
se allanará como un monte
que cae en el valle,
y tendré tanto amor
como me arde en la carne.

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2.- Eruditos y pensadores.

Hay eruditos y pensadores. Por desgracia es relativamente fácil, aunque largo, pasar del pensamiento a la erudición y muy difícil deshacer el cambio: el erudito genérico cree que se ha acercado a la verdad más que otros, tal vez porque los conoce, craso error: la verdad es inaprehensible. De estar en alguna parte debe ser en el caos, lugar imposible para el estudio organizado. Los eruditos no son pensadores. En algún caso raro un erudito es también un pensador. Pero no hay que fiarse: la mayor parte de las veces los intereses personales corrompen la actividad de pensar.

Pensar, filosofar artísticamente, es nadar en el caos de los pensamientos. Sin pretender llegar. Atender a lo que sugieran esas intuiciones independientes de la actividad inmediata que, de tarde en tarde, nos propone… ¿el Demiurgo?

Ese planeo sobre las ondas de toda la actividad de la razón preguntando por el todo, no es, por ejemplo, quedarse prendido en la página 153 de la “Filosofía real[1] de Hegel un año entero, y sin ponerse divino. No es pero se parece, sobre todo si se revisa después de haber conocido superficialmente a Arturo Schopenhauer. Tratas de comprender lo escrito pero, sin querer, surge de la nada, del caos, del absurdo, una idea de cierto valor perecedero independiente del trabajo propuesto, de valor perecedero porque está destinada a ser sustituida por la siguiente y porque no es válida para nadie más. Y eso que pasa forzosamente es, para Schopenhauer, el resultado de la acción de la “Voluntad”.

Todo el interés de Ripalda estaba centrado en enseñarnos a pensar. Decía que lo importante era el método. El tema ya lo escogeríamos después, según nuestro interés. El problema de aquella didáctica era y es que el “pensamiento artístico” es incomprensible, incomunicable, y perfectamente inútil para otros sujetos. La hermenéutica, interpretación recurrente de temas difíciles, tampoco es filosofía. Pero ese modo de pensar pudiera ser un primer paso.

Busco un término apropiado: hace tiempo repetí el hallazgo de otros buscadores y me pareció que el adjetivo “líquido”, “pensamiento líquido”, era suficientemente esclarecedor: un pensamiento que se adapta a la forma de su continente, pero creo que ahora debe cambiarse por el de “pensamiento artístico” para incluir esas intuiciones kantianas que superan subliminalmente a los productos de la razón y hacen de puente entre ella y los sentimientos. Me refiero al interés desinteresado ante la obra de arte genial y al sentimiento de lo sublime estético o matemático, descritos en “La crítica del juicio”, incomprensibles, incomunicables, perfectamente inútiles.

Dice Aristóteles que “Todos los hombres desean por naturaleza saber[2], es el comienzo de su estudio sobre lo que está más allá del mundo tangible, prescindiendo de coincidencias editoriales, es verdad. El conocimiento de lo que coloquialmente se conoce como “la realidad” no es el saber que añoran “todos los hombres”[3]. Ese conocimiento deseado sabemos, desde finales del siglo XVIII, que nos está vedado, precisamente por el estudio de la metafísica que demuestra que el conocimiento termina allá donde lo hacen las sensaciones. El deseo del “hombre” es estar comunicado, ser uno con los demás, de aquí la manía compulsiva de aferrarse al teléfono. No es que lo que se dice no tenga el más mínimo interés, que no lo tiene, es que la necesidad de ser uno fundido en los demás es la vocación definitiva y absoluta aunque sea tan lejana en el pensamiento que muy pocos alcancen a intuir su existencia. Y tan próxima a la realidad como la misma muerte.

[1] Edición de Ripalda.- Fondo de cultura económica 1984.-

[2] Libro A parágrafo 980a línea 21: PanteV anqrwpoi tou eidenai oregontai fusei

[3] Aristóteles.- Comienzo de la Metafísica.-

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Esto no es filosofía 1

Meditaciones provisionales II.
12:06:2014

1.- Esto no es filosofía

Las ideas platónicas, el Deus sive natura de Espinosa, la cosa en sí o noumeno kantiano, el Yo de Fichte, el Absoluto de Hegel, alguna voluntad de Schopenhauer (hay varias a escoger) y la Voluntad de poder de Nietzsche… más o menos hasta aquí llega la filosofía. Y es sólo semántica, o flatus vocis que diría Ockham. Lo escrito que sigue no es filosofía.

Pensar es un placer. No el pensar en la solución de un problema. Pensar dejando que las ocurrencias resbalen siguiendo trayectorias curvas, onduladas, en un espacio sin dimensiones, sin resultado. Ese pensamiento es una obra de arte más efímera que las esculturas de hielo pero tan arte como las manzanas de Cézanne. O más: el cuadro se podría vender. Esos pensamientos deslizantes son invendibles; no son de este mundo. son para el único disfrute del pensador.

Paradójicamente ahora que apenas me queda tiempo por vivir es cuando tengo más tiempo para pensar. Pensamientos lentos, que se superponen a cualquier otra actividad, como si estuviera ya cerca del Atman, o a punto de alcanzar la ataraxia de Menekles el pirrónico.

Veo el mundo inmediato como algo externo, ajeno a mí. Algo que debo abandonar, no me preguntes cómo. En cambio, si miro adelante, en la lejanía intuyo un universo en el que es mi necesario destino confundirme. Lo necesario no puede ser triste. Morir no puede ser un drama porque es cumplir con el destino, completar el ciclo para el que fuimos creados, si es que eso nos pasó. Una enorme geometría imposible, sin espacio y sin tiempo, sin sentido externo ni sentimiento interno eso es lo que percibo fuera y siento en mi interior un aliento de lo sublime kantiano: yo soy todavía mayor que ese espacio apeirónico.

Pero supongo que será un breve instante, algo como la visión de un veloz viajero que contempla, desde el proyectil imaginario que le arrastra, el mundo que deja atrás y desaparece. Y no se atreve a volverse y mirar hacia delante pues ignora cuál será su destino. Y siente miedo.

Llegados aquí, se puede imaginar cómo serán los pensamientos de alguien que ha escrito los párrafos anteriores. Evidentemente esos pensamientos no serán filosofía y el escritor no será, en modo alguno, un filósofo.

¿Qué hace entonces en una reunión de filósofos?

La más absurda de las esperanzas ha movido a cientos de escribientes a imaginar una estructura comprensible. No me interesan. Ese empeño es inútil. Algunos son muy buenos escritores; otros nunca serán leídos. Yo, como uno de ellos, grito desde el papel como si no supiera que soy el único y solipsista habitante de mi mundo. Un mundo en el que no hay eco. Mi grito es inútil, pero siento por mi pensamiento un profundo interés desinteresado, que diría Kant, aunque sea un mensaje sin destinatario y sin respuesta.
Para mí, mi pensamiento es una obra de arte, incomprensible, incomunicable, perfectamente inútil, incluso efímera. Se podría adjetivar a este pensamiento de “artístico”, pero no es filosofía. Ni tampoco erudición.

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POETAS 63. Mark Strand (II)

 

Mark Strand nació en 1934 en Sunmerside (Canadá) y murió en Nueva York el 29 de noviembre de 2014. Aunque Mark Strand abandonó pronto Canadá, siempre conservó un vínculo con este país. Canadá representaba para Strand el país de sus primeros recuerdos, en el que sus padres vivieron sus últimos años y en el que estaban enterrados: “Era el refugio de su pena, y era tan grande y vacuo que cada día que vivieron ahí tuvieron la certeza de estar perdidos”. Su destino itinerante iba a llevarle con su familia a instalarse en Estados Unidos. Cleveland, Montreal, Nueva York y Filadelfia fueron las plazas del padre como directivo de Pepsi-cola, convirtiendo los primeros años del poeta en una mudanza continua. También vivió durante estos años en Colombia, México y Perú, donde aprendió un español suficiente que a la larga le serviría para traducir a Rafael Alberti y Octavio Paz. Pero más que de Canadá o Estados Unidos, se consideraba ciudadano de un mundo hecho de libros, cuadros o fotos y cuya nación era la nación del idioma inglés. “No creo –comentó en cierta ocasión -que las condiciones geográficas que se me impusieron por haber nacido en Canadá y vivido en los Estados Unidos me definan en absoluto. Creo que me define de manera más elocuente lo que leo, lo que miro, la gente que conozco, y lo que escribo”. Después de graduarse en Antioch College en 1957, su vocación por la pintura le llevó a Yale para estudiar con el artista Joseph Albers, graduándose como pintor en la facultad de Bellas Artes en 1959. Desde entonces la pintura iba a ser una de las constantes de Mark Strand. Se ha dicho que en sus versos surrealistas e introspectivos se proyecta la sombra de Max Ernst, Giorgio de Chirico, o Magritte. Iba a ser precisamente el surrealismo una de las influencias capitales de su obra poética, como confesaría a Rosa Pereda en una entrevista: “yo creo que la poesía tiene tanto que ver con el azar como con la causalidad, que lo irracional tiene un papel tan importante en la vida como la razón”. La pintura le enseñaría, además, el valor de la paciencia, a darse cuenta que uno siempre puede volver sobre el trabajo al día siguiente. Pero mientras estudiaba en Yale, las lecturas de poesía, especialmente Wallace Stevens y Forster, le encaminaron de forma imprevista a su segunda vocación. “Nunca fui muy bueno con el lenguaje cuando era niño. Créame –aseguró en una entrevista a “Los Angeles Times” en 1991”-, la idea de que algún día me convertiría en poeta habría sido una gran sorpresa para toda mi familia”. No menos importante para su formación como poeta fue la fascinación que “veinte poemas de amor…” de Neruda ejerció en sus inicios. Neruda era un genio –escribió en “Alfabeto de un poeta”- pero en cuya escritura se mezclan inextricablemente la belleza y la banalidad. Cuando lo leemos, nos sentimos felices porque todo ha alcanzado una condición privilegiada. El universo es bueno después de todo. La utopía verbal de Neruda, dependiendo de la credulidad de cada quién, es un antídoto inocuo contra este siglo torturante”. De Neruda también llegó a decir que era el gran demócrata de la poesía, por rebajar lo elevado y elevar lo bajo, aunque le decepcionaban sus limitaciones intelectuales. No pensaba lo mismo de Octavio Paz, a quien consideraba uno de los hombres de letras más inteligentes del siglo XX, y cuya obra poética le había conmovido especialmente. Ya resuelto en su vocación poética, en 1960 se traslada con una beca Fulbright a Florencia para estudiar a los poetas italianos del siglo XIX. En Iowa continúa sus estudios literarios en el “Iowa Writers Workshop”, graduándose en 1962. Allí se hace amigo de Philip Roth, concluye su primer libro y comienza a dar clases en un taller de literatura. Su carrera docente le iba a hacer recorrer parte de Estados Unidos: Utah, Chicago, Nueva York o Boston. Su desembarco literario tiene lugar en 1970, cuando el responsable de la editorial Athenaeum, Harry Ford, publica su segundo volumen de poesía, «Reasons for Moving». Ford continuaría publicando su poesía con otras tres colecciones durante esa década hasta que, en 1980, Strand decidió pausar su producción poética. «Ya no creía en mis poemas autobiográficos», dijo entonces. Sentarse en su escritorio cuando no tenía nada que decir se le empezó a volver un suplicio, por lo que “ya sólo escribía cada vez que tenía tiempo y ganas y estos periodos empezaron a espaciarse cada vez más, y a veces hubo periodos de silencio de dos o tres años…De cualquier manera, ya nadie lee poesía. Los poetas sí, pero el lector común ha sido abandonado por la poesía». Mark Strand se empeñó entonces en otras aventuras literarias, como libros para niños, relatos o ensayos sobre arte. Una década después volvió con nuevos bríos, con volúmenes como «A Continuous Life» (1990), «Dark Harbor» (1995) y «Blizzard of One» (1998). Mientras tanto, comenzó a ganar terreno su pasión por la pintura. Escribió ensayos sobre Edwar Hopper o William Bailey, al mismo tiempo que en un taller en Hell’s Kitchen producía sus papeles pintados, mezclando pulpas de colores secos. A partir de 2011 se trasladó a Madrid de la mano la marchante de arte Mari Cruz Bilbao, quien se convirtió en su pareja. Trasladó cuadros, libros y gran parte de su mobiliario a un piso de Chamberí donde seguía recortando y pegando esos papeles pintados para convertirlos en collages que este mismo otoño expuso en una galería de Nueva York. El final de su carrera como poeta estuvo jalonado de números reconocimientos. Fue nombrado Poeta Laureado de Estados Unidos, ganador de la beca MacArthur en 1987, del premio Bollingen en 1993 y del Pullitzer de poesía en 1999 por “Tormenta de Uno”. Este mismo otoño estaba nominado al National Book Award por sus Collected poems. Su traductor, Dámaso López García, a quien se debe la traducción de los poemas aquí seleccionados, ha señalado como rasgos característicos de su poesía el que su mundo no tenga rasgos diferenciales propios. Los lugares no tienen nombre, los personajes son anónimos: “comparten los rasgos comunes de todos los paisajes y de toda la humanidad”. La presunta oscuridad de sus poemas no se relaciona tanto con la dificultad del lector ante un lenguaje oscuro como con la ausencia de referencias a un universo familiar. Las manifestaciones de temor ante un mundo maligno, el valor de la poesía ante una naturaleza apática y el deseo de gozar de un “momento perfecto” han sido también rasgos señalados por la crítica. Pero el propio Mark Strand nos ha dejado en diversas entrevistas una visión personal sobre su poesía. Mark Strand se consideraba un poeta metafórico. A diferencia de los poetas metonímicos, que representan fielmente el mundo de la experiencia, el poeta metafórico cree en un mundo alternativo con sus propias reglas y regulaciones. “Lo que me importa –dijo- es la integridad del mundo que creo, y no lo que estoy revelando sobre el mundo en el que viven los demás.” Mark Strand no se consideraba un poeta de la naturaleza, sino un poeta que ahonda en el comportamiento de las cosas. “Mis poemas describen actividades, a veces de carácter nervioso o absurdo, a veces muy pacífico, pero eso es lo que les da vida”. Era un poeta al que le gustaba mezclar la melancolía y lo elegíaco, que nunca desdeñaba el humor, interesado en las sintaxis complejas pero amante de las palabras sencillas como “piedra” o “cielo” o “mar”. Para Mark Strand los poemas no tienen por qué tener sentido: “son en primer lugar, y sobre todo, una experiencia, no un vehículo para un significado”. Por eso creía que la musicalidad verbal era un elemento imprescindible y confiaba esa musicalidad al ritmo que aporta la escritura a mano. “La gente que escribe en la computadora se olvida de escuchar el poema, creo que establecen un contrato visual con la computadora. En primer lugar, los poemas llegan tan rápido a imprenta que parecen mucho más terminados de lo que realmente están.” Puesto que la métrica es lo que distingue la poesía de la prosa, era fundamental para Strand que el poeta educase su propio oído escuchando el ritmo y la cadencia que otros poetas han imprimido a sus versos. También consideraba importante la tarea de reescritura de los poemas: “Los poemas no son estáticos. Cobran una vida propia y van hacia donde quieren. Pueden volverse estériles o resistirse. Si no mejoran, los odias” Por eso solían tener muchísimos borradores de cada poemas, a veces treinta o cuarenta. Escribía a mano varias versiones y después los pasaba a la computadora. Trataba de postergar lo más posible el momento de ponerlos en limpio. “Más que leer mis poemas, me interesa escucharlos, y cuando están escritos a mano me parece que los estoy escuchando”. Dos cosas consideraba importantes en su poesía: el misterio y la muerte. “La vida me parece misteriosa, mi presencia en la Tierra me parece misteriosa. Muchas veces, cuando termino un poema, no estoy muy seguro, aunque generalmente estoy seguro de lo que he dicho, siempre hay un elemento inexplicable”. Respecto a la muerte, llegó a escribir en “Alfabeto de un poeta” que había sido la influencia medular de su escritura. Pero también la preocupación central de la poesía lírica: “La poesía lírica nos recuerda que vivimos en el tiempo. Nos recuerda que somos mortales. Celebra o reconoce estados de ánimo, ideas e incluso acontecimientos para recordarnos que existen sólo en su forma transitoria. Pues ¿qué habría que tuviera significado fuera del tiempo? La poesía es un prolongado epitafio, un recuerdo de nuestra estancia aquí en la tierra”. También comentó: “Buena parte de lo que amamos en los poemas, sin considerar su tema, es que nos dejan con una sensación de novedad de vida agregada. La vida, por otra parte, nos prepara para nada y nos deja sin dónde ir. Sólo se detiene”

 

La presente selección de poemas va acompañada de un «vínculo»  a la valoración que Antonio Lucas -desde el diario «El mundo»- hace sobre la figura de Mark Strand.

http://www.elmundo.es/opinion/2014/12/01/547cc085ca4741894a8b457b.HTML

 

EN QUÉ PENSAR

Piensa en la selva,

El vapor verde ascendiendo.

 

Es tuya.

Eres el príncipe del Paraguay.

 

Tus favoritos se arrodillan

Bajo la sombra de enormes hojas

 

Mientras caminas

Benevolente como el oro.

 

Besan el aire

Que hace un momento

 

Resbaló por tu piel,

Y se levantan sólo cuando has pasado.

 

Piensa en ti, casi un dios,

Tu pelo en llamas,

 

El fuelle de tu corazón bombeando.

Piensa en los murciélagos

 

Saliendo veloces de sus cuevas

Como un viento oscuro para celebrarte;

 

O en las inmensas ciudades nocturnas

De las luciérnagas brillando

 

Mientras flotan río abajo

Desde Minas Gerais;

 

O en las serpientes de coral;

O en los pájaros carmesí

 

Con su pico esmeralda;

O en las toneladas de mariposas morpho

 

Llenando el aire

Como frío confeti del paraíso.

 

WHAT TO THINK OF

Think of the jungle,

The Green stearn rising.

 

It is yours

You are the prince of Paraguay.

 

Your minions kneel.

Deep in the shade of giant leaves

 

While you drive by

Benevolent as gold.

 

They kiss the air

That moments before

 

Swept over your skin,

And rise only after you’ve passed.

 

Think of yourself, almost a god,

Your hair on fire,

 

The bellows of your heart pumping.

Think of the bats

 

Rushing out of their caves

Like a dark wind to greet you.

 

Of the vast nocturnal cities

Of lightning bugs

 

Floating down

From Minas Gerais;

 

Of the coral snakes;

Of the tons and tons of morpho butterflies

 

Filling the air

Like the cold confeti of Paradise.

 

(«Reasons for Moving», 1968″)

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POETAS 63. MARK STRAND

Puesto que los periódicos de hoy se hacen eco de la muerte del poeta Mark Strand, acaecida el 29 de noviembre, se vuelve a reeditar la entrada que se le dedicó en septiembre de 2010, con una selección de sus poemas, anticipo de otra selección que aparecerá próximamente. Se deja también enlace a la reseña de su muerte, realizada por dos periódicos españoles.

http://www.abc.es/cultura/libros/20141130/abci-mark-strand-201411301900.HTML

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/11/30/actualidad/1417371485_148704.HTML

Mark Strand nació en 1934 en Sunmerside (Canadá) y murió en Nueva York el 29 de noviembre de 2014. Aunque Mark Strand abandonó pronto Canadá, siempre conservó un vínculo con este país. Canadá representaba para Strand el país de sus primeros recuerdos, en el que sus padres vivieron sus últimos años y en el que estaban enterrados: “Era el refugio de su pena, y era tan grande y vacuo que cada día que vivieron ahí tuvieron la certeza de estar perdidos”. Su destino itinerante iba a llevarle con su familia a instalarse en Estados Unidos. Cleveland, Montreal, Nueva York y Filadelfia fueron las plazas del padre como directivo de Pepsi-cola, convirtiendo los primeros años del poeta en una mudanza continua. También vivió durante estos años en Colombia, México y Perú, donde aprendió un español suficiente que a la larga le serviría para traducir a Rafael Alberti y Octavio Paz. Pero más que de Canadá o Estados Unidos, se consideraba ciudadano de un mundo hecho de libros, cuadros o fotos y cuya nación era la nación del idioma inglés. “No creo –comentó en cierta ocasión -que las condiciones geográficas que se me impusieron por haber nacido en Canadá y vivido en los Estados Unidos me definan en absoluto. Creo que me define de manera más elocuente lo que leo, lo que miro, la gente que conozco, y lo que escribo”. Después de graduarse en Antioch College en 1957, su vocación por la pintura le llevó a Yale para estudiar con el artista Joseph Albers, graduándose como pintor en la facultad de Bellas Artes en 1959. Desde entonces la pintura iba a ser una de las constantes de Mark Strand. Se ha dicho que en sus versos surrealistas e introspectivos se proyecta la sombra de Max Ernst, Giorgio de Chirico, o Magritte. Iba a ser precisamente el surrealismo una de las influencias capitales de su obra poética, como confesaría a Rosa Pereda en una entrevista: “yo creo que la poesía tiene tanto que ver con el azar como con la causalidad, que lo irracional tiene un papel tan importante en la vida como la razón”. La pintura le enseñaría, además, el valor de la paciencia, a darse cuenta que uno siempre puede volver sobre el trabajo al día siguiente. Pero mientras estudiaba en Yale, las lecturas de poesía, especialmente Wallace Stevens y Forster, le encaminaron de forma imprevista a su segunda vocación. “Nunca fui muy bueno con el lenguaje cuando era niño. Créame –aseguró en una entrevista a “Los Angeles Times” en 1991”-, la idea de que algún día me convertiría en poeta habría sido una gran sorpresa para toda mi familia”. No menos importante para su formación como poeta fue la fascinación que “veinte poemas de amor…” de Neruda ejerció en sus inicios. Neruda era un genio –escribió en “Alfabeto de un poeta”- pero en cuya escritura se mezclan inextricablemente la belleza y la banalidad. Cuando lo leemos, nos sentimos felices porque todo ha alcanzado una condición privilegiada. El universo es bueno después de todo. La utopía verbal de Neruda, dependiendo de la credulidad de cada quién, es un antídoto inocuo contra este siglo torturante”. De Neruda también llegó a decir que era el gran demócrata de la poesía, por rebajar lo elevado y elevar lo bajo, aunque le decepcionaban sus limitaciones intelectuales. No pensaba lo mismo de Octavio Paz, a quien consideraba uno de los hombres de letras más inteligentes del siglo XX, y cuya obra poética le había conmovido especialmente. Ya resuelto en su vocación poética, en 1960 se traslada con una beca Fulbright a Florencia para estudiar a los poetas italianos del siglo XIX. En Iowa continúa sus estudios literarios en el “Iowa Writers Workshop”, graduándose en 1962. Allí se hace amigo de Philip Roth, concluye su primer libro y comienza a dar clases en un taller de literatura. Su carrera docente le iba a hacer recorrer parte de Estados Unidos: Utah, Chicago, Nueva York o Boston. Su desembarco literario tiene lugar en 1970, cuando el responsable de la editorial Athenaeum, Harry Ford, publica su segundo volumen de poesía, «Reasons for Moving». Ford continuaría publicando su poesía con otras tres colecciones durante esa década hasta que, en 1980, Strand decidió pausar su producción poética. «Ya no creía en mis poemas autobiográficos», dijo entonces. Sentarse en su escritorio cuando no tenía nada que decir se le empezó a volver un suplicio, por lo que “ya sólo escribía cada vez que tenía tiempo y ganas y estos periodos empezaron a espaciarse cada vez más, y a veces hubo periodos de silencio de dos o tres años…De cualquier manera, ya nadie lee poesía. Los poetas sí, pero el lector común ha sido abandonado por la poesía». Mark Strand se empeñó entonces en otras aventuras literarias, como libros para niños, relatos o ensayos sobre arte. Una década después volvió con nuevos bríos, con volúmenes como «A Continuous Life» (1990), «Dark Harbor» (1995) y «Blizzard of One» (1998). Mientras tanto, comenzó a ganar terreno su pasión por la pintura. Escribió ensayos sobre Edwar Hopper o William Bailey, al mismo tiempo que en un taller en Hell’s Kitchen producía sus papeles pintados, mezclando pulpas de colores secos. A partir de 2011 se trasladó a Madrid de la mano la marchante de arte Mari Cruz Bilbao, quien se convirtió en su pareja. Trasladó cuadros, libros y gran parte de su mobiliario a un piso de Chamberí donde seguía recortando y pegando esos papeles pintados para convertirlos en collages que este mismo otoño expuso en una galería de Nueva York. El final de su carrera como poeta estuvo jalonado de números reconocimientos. Fue nombrado Poeta Laureado de Estados Unidos, ganador de la beca MacArthur en 1987, del premio Bollingen en 1993 y del Pullitzer de poesía en 1999 por “Tormenta de Uno”. Este mismo otoño estaba nominado al National Book Award por sus Collected poems. Su traductor, Dámaso López García, a quien se debe la traducción de los poemas aquí seleccionados, ha señalado como rasgos característicos de su poesía el que su mundo no tenga rasgos diferenciales propios. Los lugares no tienen nombre, los personajes son anónimos: “comparten los rasgos comunes de todos los paisajes y de toda la humanidad”. La presunta oscuridad de sus poemas no se relaciona tanto con la dificultad del lector ante un lenguaje oscuro como con la ausencia de referencias a un universo familiar. Las manifestaciones de temor ante un mundo maligno, el valor de la poesía ante una naturaleza apática y el deseo de gozar de un “momento perfecto” han sido también rasgos señalados por la crítica. Pero el propio Mark Strand nos ha dejado en diversas entrevistas una visión personal sobre su poesía. Mark Strand se consideraba un poeta metafórico. A diferencia de los poetas metonímicos, que representan fielmente el mundo de la experiencia, el poeta metafórico cree en un mundo alternativo con sus propias reglas y regulaciones. “Lo que me importa –dijo- es la integridad del mundo que creo, y no lo que estoy revelando sobre el mundo en el que viven los demás.” Mark Strand no se consideraba un poeta de la naturaleza, sino un poeta que ahonda en el comportamiento de las cosas. “Mis poemas describen actividades, a veces de carácter nervioso o absurdo, a veces muy pacífico, pero eso es lo que les da vida”. Era un poeta al que le gustaba mezclar la melancolía y lo elegíaco, que nunca desdeñaba el humor, interesado en las sintaxis complejas pero amante de las palabras sencillas como “piedra” o “cielo” o “mar”. Para Mark Strand los poemas no tienen por qué tener sentido: “son en primer lugar, y sobre todo, una experiencia, no un vehículo para un significado”. Por eso creía que la musicalidad verbal era un elemento imprescindible y confiaba esa musicalidad al ritmo que aporta la escritura a mano. “La gente que escribe en la computadora se olvida de escuchar el poema, creo que establecen un contrato visual con la computadora. En primer lugar, los poemas llegan tan rápido a imprenta que parecen mucho más terminados de lo que realmente están.” Puesto que la métrica es lo que distingue la poesía de la prosa, era fundamental para Strand que el poeta educase su propio oído escuchando el ritmo y la cadencia que otros poetas han imprimido a sus versos. También consideraba importante la tarea de reescritura de los poemas: “Los poemas no son estáticos. Cobran una vida propia y van hacia donde quieren. Pueden volverse estériles o resistirse. Si no mejoran, los odias” Por eso solían tener muchísimos borradores de cada poemas, a veces treinta o cuarenta. Escribía a mano varias versiones y después los pasaba a la computadora. Trataba de postergar lo más posible el momento de ponerlos en limpio. “Más que leer mis poemas, me interesa escucharlos, y cuando están escritos a mano me parece que los estoy escuchando”. Dos cosas consideraba importantes en su poesía: el misterio y la muerte. “La vida me parece misteriosa, mi presencia en la Tierra me parece misteriosa. Muchas veces, cuando termino un poema, no estoy muy seguro, aunque generalmente estoy seguro de lo que he dicho, siempre hay un elemento inexplicable”. Respecto a la muerte, llegó a escribir en “Alfabeto de un poeta” que había sido la influencia medular de su escritura. Pero también la preocupación central de la poesía lírica: “La poesía lírica nos recuerda que vivimos en el tiempo. Nos recuerda que somos mortales. Celebra o reconoce estados de ánimo, ideas e incluso acontecimientos para recordarnos que existen sólo en su forma transitoria. Pues ¿qué habría que tuviera significado fuera del tiempo? La poesía es un prolongado epitafio, un recuerdo de nuestra estancia aquí en la tierra”. También comentó: “Buena parte de lo que amamos en los poemas, sin considerar su tema, es que nos dejan con una sensación de novedad de vida agregada. La vida, por otra parte, nos prepara para nada y nos deja sin dónde ir. Sólo se detiene”.

 

 

KEEPING THINGS WHOLE

In a field
I am the absence
of field.
This is
always the case.
Wherever I am
I am What is missing.

When I walk
I part the air
and always
The air moves in
to fill the spaces
where my body´s been.

We all have reasons
for moving.
I move
to keep things whole.

MANTENER LAS COSAS JUNTAS

En el campo
soy la ausencia
de campo.
Siempre
es así.
Dondequiera que esté
soy lo que falta.

Cuando camino
parto el aire
y siempre
vuelve el aire
a ocupar los espacios
donde estuvo mi cuerpo.

Todos tenemos razones
para movernos.
Yo me muevo
para mantener las cosas juntas.

 

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POETAS 107. Jaime Sabines (I)

(Txula Gutiérrez, 1926-México D.F., 1999)

 

Lento, amargo animal

Que soy, que he sido,

Amargo desde el nudo de polvo y agua y viento

Que en la primera generación del hombre pedía a Dios.

 

Amargo como esos minerales amargos

Que en las noches de exacta soledad

-maldita y arruinada soledad

Sin uno mismo-

Trepan a la garganta

Y, costras de silencio,

Asfixian, matan, resucitan.

 

Amargo como esa voz amarga

Prenatal, presubstancial, que dijo

Nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,

Que murió nuestra muerte,

Y que en todo momento descubrimos.

 

Amargo desde dentro,

Desde lo que no soy

-mi piel como mi lengua-,

Desde el primer viviente,

Anuncio y profecía.

 

Lento desde hace siglos,

 

Lejano, lejos, desconocido.

 

Lento, amargo animal

Que soy, que he sido.

(“Horal”, 1950)

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PENSAMIENTOS 14. Friedrich Schlegel

Friedrich Schlegel Nace en Hannóver, el 10 de marzo de 1772, hijo de Johanna Christiane Erdmuthe Hübsch y del superintendente general Johann Adolf Schlegel. Pertenecía a una dinastía familiar que se había consagrado al estudio de las letras, de la que había destacado el hermano de su padre, Elias Schlegel, célebre escritor de su tiempo cuyos estudios críticos habían rivalizado con la obra Winckelmann. A pesar de esta tradición familiar, el padre tuerce su vocación por las letras y le obliga a dedicarse al comercio con 16 años, bajo la tutela de un banquero de Leipzig. Un año después comienza sus estudios de Derecho en Gotinga, donde su hermano August Wilhelm, cinco años mayor que él, ya estudiaba filología clásica como discípulo de Heyne. Dentro de éste círculo, retoma su vocación y profundiza en diferentes lenguas y disciplinas artísticas. En 1791 retorna a Leipzig y comienza una larga relación epistolar con su hermano. Al año siguiente conoce a Novalis y a Schiller. Novalis se va a convertir en su mejor amigo y colaborador – de él llegará a decir en carta a su hermano: “El destino ha puesto en mi camino a un joven del que es posible esperarlo todo”-; Schiller se encargará de introducirle en los círculos literarios hasta que se produce la ruptura de la relación, cuatro años más tarde, cuando Schiller encaja mal una crítica desfavorable después de haber sido odiosamente comparado con Goethe. En 1794 se instala en Dresde donde entra en contacto con Humboldt y otras personalidades. Allí se enfrasca en lecturas filosóficas, queda admirado por la obra de Fichte y se empapa de los clásicos de la antigüedad. Fruto de estas lecturas va a ser la redacción, durante el año siguiente, de la obra “Sobre el estudio de la poesía griega”, que todavía tardará dos años en verse publicada. Esta obra se convierte en el primer manifiesto del movimiento romántico, al preconizar una revolución estética que dé un paso más allá del clasicismo. Tal revolución estética debía encaminarse a ordenar el caos de la cultura moderna por medio del desarrollo y predominio de la libertad sobre la naturaleza, haciendo de enlace entre el mundo del pasado -donde prevalece “la formación natural”, guiada por los impulsos naturales y basada en la imitación- con el mundo moderno –en el que impera “la formación artificial”, guiada por la libertad individual y basada en la creatividad. Este juego de fuerzas entre naturaleza y libertad se convierte en el motor que hace desarrollar arte, historia y humanidad hacia un progreso que no tiene fin. La tarea del artista es interiorizar en su conciencia el genio de la época y darle expresión en el seno de una obra abierta que contenga todas estas tensiones. De este modo, el artista se da licencia para mezclar en una misma obra lo épico, lo lírico y lo dramático, lo mismo que el pensamiento discursivo, la crítica, la reflexión y la ciencia. En 1796, Friedrich Schlegel se traslada a Jena junto con su hermano, quien acaba de casarse con Carolina Böhmer. Es en esta ciudad donde traba amistad con Goethe, Fichte y Schelling. Un año más tarde, ya en Berlin, conoce a su futura esposa, Dorothea Veit, hija del filósofo Moses Mendelssohn y esposa de un conocido banquero. Durante esta época se muda a vivir a la casa de Schleiermacher, cuya obra “Los discursos sobre la religión” iba a conmover posteriormente su concepción religiosa. Comienza entonces a publicar los fragmentos del Lyceum, abriendo los cauces de un género que iba a tener fortuna entre los escritores románticos. El “fragmento” se constituye en esbozo de un pensamiento con intención estética, que rehúye lo sistemático para poder expresar mejor lo inabarcable del mundo. En consonancia con esta virtualidad que posee el fragmento de lograr reflectar en su desgajada finitud la totalidad del mundo, comienza a desarrollar su concepción de la ironía: que es para Schlegel “conciencia de la agilidad eterna, del caos y su infinita plenitud”. Se trata de una disposición de ánimo que, mediante la paradoja, permite al artista elevarse por encima de todo lo condicionado y partir de su propio caos para hacer surgir un mundo propio, modo de trascender la subjetividad para dar el salto más allá de sí mismo. En 1798 funda junto con su hermano, la revista Athenäum, donde sale ese año la gran recensión de Friedrich sobre el Wilhelm Meister de Goethe, que consagra la función de esta obra como punto de referencia para la novelística romántica alemana, haciendo de Goethe el portavoz de la nueva sensibilidad. Los dos años que duró esta revista, supervisada remotamente por Goethe, marcan el clímax de la etapa del primer romanticismo. A través de ellas iba a difundir Schlegel sus primeros escritos de juventud. En el verano de 1798 se produce en Dresde el primer encuentro de los componentes de la Frhüromantik (Fichte, Schelling, Carolina, Dorothea, Novalis, Steffens y ambos Schlegel), con el propósito de intervenir activamente en la cultura alemana. Más tarde Ludwid Tieck rememoraría estos años como uno de los más brillantes de su vida, señalando que aquella congregación de espíritus “creaban casi sin interrupción una fiesta de agudezas, buen humor y filosofía”. En 1798 Dorothea Veit se separa de su marido y se va a vivir con Friedrich a Jena. En 1799 publica su novela «Lucinda», manifiesto del amor romántico, sensual y místico, que se propone como una insurrección ante las convenciones sociales. La muerte de Novalis el 25 de marzo 1801 deja a Friedrich en un estado de orfandad intelectual y supone el inicio de la dispersión del círculo de Jena. Novalis representaba para Schlegel el ejemplo de un espíritu donde se había compenetrado íntimamente poesía y filosofía. La congenialidad con Novalis había llegado hasta tal punto que en uno de los fragmentos Schlegel había podido afirmar: “Lo que tú has pensado, lo pienso yo; lo que yo pienso, lo pensará tú, o lo has pensado ya”. En 1802 viaja a París, donde se reencuentra con Wilhelm von Humboldt. Comienza en esta época su estudio de las lenguas orientales y de la literatura medieval, a la vez que publica el drama “Alarcos”. En 1804 se instala en Colonia para trabajar como docente y se casa finalmente con Dorothea Veit, culminando así una relación que se había hecho íntima desde que ésta se hubiera separado de su marido. Fruto de sus estudios del sanscrito es la publicación de la obra “Sobre la lengua y la sabiduría de los indios”, convirtiéndose en el primer escritor que vierte textos sánscritos a la lengua alemana. Amparándose en la relación que William Jones había descubierto entre el sánscrito y algunas lenguas europeas antiguas y modernas (griego, persa, etc), Schlegel señala a la India como cuna de la cultura europea y la toma como modelo de la búsqueda del infinito que caracterizó el espíritu romántico. Ya en su obra publicada en 1800, “dialogo sobre la poesía”, había proclamado que era en Oriente donde había que buscar el romanticismo supremo. Schlegel fue uno de los primeros escritores en mencionar a los arios como un pueblo que emigró de la India a Europa y que extendió su cultura superior por una amplia franja del viejo mundo. Estas ideas que había esbozado sobre una cultura indogermánica iban a servir para sustentar el mito de una raza aria, noble y superior, que podía ser emparentada con el pueblo germánico. 1808 es también el año en que Friedrich y Dorothea se convierten al catolicismo y se instalan en Viena, donde entra a trabajar como secretario de la corte, iniciando así un sesgo reaccionario en su orientación política, que se extendió también a su obra. A juicio de Rüdiger Safranski, la colaboración de Schlegel con la Santa Alianza ayudó a imprimir en una parte del público “la imagen poética de un romanticismo beato, fijado en la edad media, propenso a la fe católica y al germanismo”, viniendo a desmentir aquella primera etapa romántica más experimental y revolucionaria. Como consejero áulico llegó a desempeñar cargos en la Comisión de Defensa, acompañando al archiduque Carlos en las batallas de Aspern y Walgram. En 1812 colabora como informador político en el Congreso de Viena bajo el auspicio de Metternich. Su dedicación acabará siendo premiada cuando éste le nombra legado imperial austriaco en el Deutscher Bundestag, en Francfort; allí realizará labores de propaganda imperialista hasta 1818. En 1820 publica, en la revista Concordia (fundada por él y que durará hasta 1823) sus últimos trabajos sobre filosofía y estética. En 1827, tras romper relaciones con su hermano, se traslada a Dresde, donde muere un año más tarde.

Se deja aquí una selección de los “fragmentos del Lyceum” (1797) y de sus “Ideas” (1800) publicadas en la revista Athenäum. La traducción al español se le debe a Diego Sánchez Meca y a Anabel Rábade Obradó.

En estos fragmentos se ensalza la labor de la poesía y de la filosofía como instrumentos de formación humana para lograr el progreso en el arte y la ciencia, teniendo como ideal la fusión de ambas. Para lograr esta fusión, la filosofía debe volverse poética y la poesía ha de hacerse filosófica. Pero tal tarea no puede ser culminada sin el concurso de la religión, entendida como la búsqueda de lo divino en el hombre y en la naturaleza. Sin esta idea de lo divino, que es para Schlegel la idea de todas las ideas, no puede alcanzarse ni la cima del arte ni la profundidad de la ciencia. Lo divino, que puede verse en todas partes, en ninguna parte se expresa mejor que en el seno de la propia humanidad, si esta humanidad está representada por “un hombre lleno de sentido”. La humanidad logra cultivarse al modo divino cuando, cultivando la poesía, pone sus pensamientos en concordia con la idea de lo divino que ya lleva en su seno. Se trata sólo, pues, de dar expresión a su propia naturaleza después de haber tomado conciencia de ella. A la vez que la poesía nos engarza con la plenitud de la cultura humana, la filosofía nos permite llegar al fondo de esa humanidad. La humanidad ya contiene el infinito del mundo cuando alcanza su estado de plenitud y profundidad. Pero es la religión la que nos permite relacionarnos con lo infinito, ya que el hombre de religión, en sentido originario, es el que aspira a dar a lo finito la forma de lo eterno. No religión en sentido positivo, sino una religión natural producto de la fantasía humana, a la que nos aproximamos por medio del entusiasmo. La necesidad de encontrar una nueva religión por parte de los románticos descansaba en la idea de que la Religión, al igual que el arte y la ciencia, no puede ser algo estático y sentado canónicamente de una vez por todas, pues también está sometida al mismo proceso progresivo que hace evolucionar a la poesía y a la filosofía. Por este motivo, la religión va a presentarse en la historia siempre transformándose y adquiriendo nuevas formas. La conciencia por parte de los románticos de que la humanidad está sometida a un proceso de progresión sin fin del que se desprenden nuevas formas de expresión en sus diversas dimensiones, de acuerdo con las distintas etapas históricas por las que tiene que pasar, llevó a proponer una nueva mitología que estuviera en consonancia con las exigencias de los nuevos tiempos. En este proyecto utópico donde vuelven a converger poesía, filosofía y religión. Para el Schlegel de los fragmentos y las ideas, el centro de la poesía se halla en la Mitología y en los Misterios de los antiguos. Pero a la nueva cultura le faltaba ese centro al que los griegos habían accedido por medio de la formación natural recibida en intimidad con el mundo sensible. En el diálogo con la poesía, formula la idea de que la nueva mitología que necesita el genio de la época “debe llegar a formarse en la profundidad más honda del espíritu”. Y Schlegel detecta la profundad del espíritu de su época en el nuevo idealismo alemán en ciernes. El será el encargado de surtir una nueva mitología de la razón, una mitología que ha de recorrer el camino inverso que tuvo que salvar la mitología griega, es decir, partiendo de su propio espíritu ha de sacar a la realidad formas ideales que reflejen su mundo interior y su subjetividad. Una mitología que como escribe Schlegel en los fragmentos, sacie el sentimiento de la vida con la idea de lo infinito. Pero la armonización entre lo ideal y lo real sólo lo puede llevar a cabo la poesía. Es de importancia para esta armonización un concepto que toma prestado de Novalis: la mediación. El mediador es aquel que percibe en sí mismo lo divino, se aniquila y renuncia a sí mismo para poder proclamar o comunicar lo divino a todos los hombres. La figura del mediador aparece encarnada en el artista, que representa en sí mismo una obra de la naturaleza a través de toda su persona, ya sea costumbres o actos, palabras u obras. Es en el artista donde la humanidad se convierte en un individuo pleno, digno ejemplar de la especie, que hace de puente entre el mundo pasado y el por venir; órgano superior del alma en cuya sede resplandece preeminentemente lo divino del hombre y hace que fructifique la humanidad interior, que anuncia ya el progreso en el que más tarde se desplegará la historia humana.

FRAGMENTOS DEL LYCEUM (1797)

Se llama artistas a muchos que, en realidad, son obras de arte de la naturaleza.

El genio no es, ciertamente, cosa de la voluntad (willkür), pero sí lo es de la libertad, al igual que el ingenio, el amor y la fe, que en su momento han de llegar a ser artes y ciencias. Debe exigirse genio de todo el mundo, pero sin esperarlo. Un kantiano llamaría a esto el imperativo categórico de la genialidad

Un texto clásico nunca debe poderse comprender totalmente. Pero aquellos que son cultos y que se cultivan deben siempre querer aprender cada vez más de él.

Al igual que un niño es en realidad algo que quiere llegar a ser un hombre, así también el poema es sólo una cosa natural que quiere llegar a ser una obra de arte.

La filosofía es la auténtica patria de la ironía, la cual podríamos definir como belleza lógica: pues dondequiera que se filosofa en diálogos orales y escritos, y en general de manera no totalmente sistemática, se debe ofrecer y exigir ironía; e incluso los estoicos consideraron la urbanidad una virtud. Sin duda hay también una ironía retórica, que usada con moderación produce excelentes efectos, especialmente en la polémica; mas comparada con la sublime urbanidad de la musa socrática es como una pompa del discurso retórico más brillante comparada con una tragedia antigua de estilo elevado. Únicamente la poesía puede alzarse también desde este aspecto hasta la altura de la filosofía, y no se apoya, como la retórica, en retazos irónicos. Hay poemas antiguos y modernos que, en su totalidad, exhalan por doquier universalmente el divino hálito de la ironía. Vive en ellos una verdadera bufonería transcendental. En su interior, la disposición de ánimo que todo lo abarca y que se eleva infinitamente por encima de todo lo condicionado, incluso sobre el arte, la virtud o la genialidad propios en el exterior, la manera mímica al actuar de un buen actor bufo italiano tradicional. (más…)

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