Categoría: Cuentos de P. hablador

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EL SUELO POR LAS PAREDES

Querido Bernardo:

Te escribo esta carta porque hace un rato que la maestra nos ha dicho en clase de redacción que escribamos sobre lo que se nos pase por la cabeza y desde el otro día resulta que no pasa nada por mi cabeza, que más bien siento como que no tengo cabeza más que para hablar contigo; sólo que después de lo que nos ocurrió la otra semana me da tanta vergüenza que no me atrevo a hablar con nadie. Es como si nuestros padres se hubieran peleado y ya no se hablasen y nos hubieran cambiado de colegio para castigarnos. (más…)

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MANÍA PERSECUTORIA

Al último hombre que me estuvo siguiendo le gustaba pegar la oreja tras la puerta del water cuando yo iba a hablar por el móvil. Era inútil que intentase disimular lavándose las manos en el lavabo del pasillo, o haciéndose retoques en el pelo y ajustando la corbata, porque ya me lo había encontrado antes en otros bares en los que llamaba la atención nada más entrar por la puerta. Siempre lo he dicho: no es este un barrio para pasar de puntillas; si alguien aparece por aquí buscando informes por encargo, enseguida se descubre. Pero aquel hombre no parecía enterarse de que este no es un negocio para gente inexperta. Muchas veces ahí estaba él cuando iba a cruzar un semáforo, o sentado dentro de su coche mientras hacía oscilar el dial de la radio al verme asomar por el garaje. Empezaba a fastidiarme su coche gris pegado a la trasera de mi coche, el traje de cheviot y la camisa blanca y arrugada que invariablemente llevaba siempre encima, junto con esas horribles corbatas de rayas compradas de forma casual en alguna tienda del barrio, toda esa ropa barata impregnada del olor a tabaco negro que yo olía cada vez que nos cruzábamos en alguna esquina. Un hombre triste y gris que se hubiera hecho invisible sólo con que tomase algunas precauciones. Sin embargo, giraba el cuello bruscamente si me daba la vuelta. No parecía percatarse de que todo aquel disimulo hacía que se me grabase más su cara. (más…)

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BIOSCA

BIOSCA


Biosca. Juega en el Getafe. Es un jugador de fútbol mediocre. Nuevo fichaje del equipo esta temporada. Apenas ha jugado unos minutos este año. Mide 1,86 y pesa 79 kilos. Es defensa central, 27 años, natural de Rojas, Argentina. José Luis Biosca Maldonado. Todo esto lo sé porque me lo ha dejado ver Carreño en el dorso del cromo que él tiene repetido, el único que a mí me falta para acabar mi álbum. Y creo que jamás completaré ese álbum. Tendré siempre un hueco ridículo dentro de un equipo absurdo que ni siquiera debería estar en primera división. Un jugador mediocre en un cromo estúpido que lo tiene un compañero de clase que no se merece tenerlo.


Carreño. José Manuel Carreño Miñambres. Repite curso y tiene un año más que yo. En clase se sienta en el pupitre que está delante del mío. Como su padre es rico, no necesita estudiar. Ha completado ya un álbum de la liga, va por el segundo álbum y ya sólo le faltan tres cromos. Llega siempre tarde a clase dejando ver un fajo de cromos en el bolsillo trasero de sus tejanos y en los recreos cambia un cromo de los difíciles por varios cromos más fáciles. Hace un mes me cambió a Murillo (lateral del Osasuna) por seis cromos que le faltaban a él y varias de mis mejores canicas. Ahora sólo le faltan tres jugadores para completar su segundo álbum. Esos son los cromos que me pide por Biosca. Uno de ellos lo tengo repetido, pero los otros dos los tendría que arrancar del álbum y ¿qué habría ganado yo entonces obteniendo a Biosca? En vez de faltarme un cromo tendría un agujero más dentro del álbum. El no tiene que esperar más de dos semanas, que es lo que calculo que tardará en conseguir los cromos que le faltan, para completar su segundo álbum; siempre anda con dinero en el bolsillo –le va sonando la calderilla cada vez que se levanta del pupitre para ir a la pizarra-, y lo primero que hace en el recreo es ir al kiosco que hay enfrente del colegio para pedirle a Tomás que le dé quince, veinticinco sobres de cromos. Luego se reúne con nosotros delante del frontón y nos los cambia. Tal vez no necesite ni comprarlos. Tal vez los consiga antes cambiando cromos en los recreos. Pero aunque complete otro álbum más, sé que jamás me regalaría a Biosca. Le ha puesto precio: me lo vende por 30 euros. Pero el no necesita más cromos ni más dinero. Tampoco necesita estudiar. Heredará las tres panaderías de su padre y cuando sea mayor andará con un fajo de billetes en el mismo bolsillo en el que ahora guarda los cromos.


Mi padre. Cuarenta y cinco años. No es tan rico como el padre de Carreño, pero me cae mejor que toda su familia junta. Trabaja de encargado en una tienda de ropa de un centro comercial. Mi madre, en cambio, está en el paro desde que la conozco y por eso andamos siempre ahogados de dinero. Mi padre llega a casa tarde, ya por la noche, y no se quita la chaqueta hasta que se va a la cama. Mi madre y mi padre hacen una pareja curiosa. Mi madre se pasea en casa con la bata y mi padre no se apea la chaqueta. Sólo se quita la corbata. Cuando ya se va a dormir deja por fin la chaqueta sobre el respaldo de la silla del dormitorio, con el móvil, la llave del coche y el monedero negro dentro de los bolsillos. Así que la única oportunidad de llegar al monedero de mi padre es esperar a que se queden los dos dormidos en la cama. Entonces abro la puerta con cuidado para qué no chirríe, me arrastro patinando por debajo de la cama en medio de la oscuridad, llegó a meter mi mano izquierda en el bolsillo derecho de su americana, vuelvo a atravesar la cama por debajo con el monedero ya en una mano, salgo de la habitación, voy a la mía con sigilo, cojo las monedas que me hacen falta para comprar los cromos al día siguiente y repito, a la vuelta, la misma operación, hasta que dejo el monedero en su sitio un poco más ligero de monedas. A veces tardó mas de media hora en ejecutar todos estos delicados movimientos: con lentitud de tortuga; con agudeza de tigre al acecho. Algunos días me doy cuenta, sólo con palparla, que apenas hay monedas en la cartera y que ya no puedo sacar dinero sin que mi padre se dé cuenta. Sobre todo, los últimos días de mes, esos días en que no puedo comprar cromos, ni puedo coger dinero de la cartera de mi padre. Pero mi padre es un buen tipo y tiene muchos amigos y uno de ellos es Albertito, que antes era taxista, pero hace unos meses ha abierto una pastelería donde despachan también cromos y otras chucherías, y a veces a mi padre le regala un par de sobres y me los trae a casa; a veces me los trae ya abiertos, otras deja que sea yo el que los abra, porque sabe que me falta Biosca y se emociona tanto como yo, y a menudo no puede esperar más y los va abriendo de camino a casa. Pero en el barrio donde Albertito tiene la pastelería tampoco debe ser fácil conseguir a Biosca. Porque los que fabrican los cromos saben lo que se traen entre manos. Nos lo venden caro. Nos hacen soñar con Bioscas y tener pesadillas con Carreños. Incluso cuando jugamos al fútbol, nos gustaría ser Biosca. Y la verdad es que soy feliz como soy, no me puedo quejar, sólo que me siento desgraciado cuando abro las páginas del álbum de cromos y paso revista desde el principio: el real madrid, el barcelona, el deportivo, los 20 equipos de primera división, los 400 jugadores con sus preciosos uniformes todos diferentes, los 399 cromos pegados con pegamento en sus recuadros respectivos, la última pagina dónde está el equipo del getafe, dónde veo el hueco ridículo, el espantoso vacío que debería estar llenando Biosca.

Ayer, 14 de marzo. El día más negro de mi vida. Como me han castigado sin salir de casa, me he pasado todo el día escribiendo en mi diario y he tenido tiempo de sobra para meditarlo: ahora sé que nunca he tenido un día peor. Y es que ayer por la mañana me di cuenta que solo había un medio de conseguir a Biosca. Ayer por la mañana me levanté temprano, mejor dicho, no pude dormir en toda la noche, la primera vez que paso toda una noche en blanco, con el monedero de mi padre en la mano, toda la noche mirándolo sin saber qué hacer con él, escuchando a mi padre cómo se quejaba del dolor de muelas y a mi madre reprochándole que tenía que haber ido al dentista cuando ella se lo había recordado. Ni siquiera abrí la cartera para mirar el dinero que había dentro, y eso que estaba a reventar de monedas, pero no podía volver a la habitación para colocar la cartera en la chaqueta, porque mi padre se había despertado al poco de acostarse, daba vueltas en la cama, se incorporaba, le oía quejarse y después dar zancadas nerviosas por el pasillo y la cocina, y se volvía a acostar, y así toda la noche, los dos en vela. Mi padre fue a trabajar con dolor de muelas a la misma hora de siempre; nunca le veo por las mañanas, pero ayer me levanté una hora antes y salí a despedirle, a darle un beso de despedida y a ver si podía, sin que notase nada, meterle la cartera en su bolsillo cuando le daba el beso; pero me fue imposible. Con los nervios se me paralizó la mano y eso me perdió; y así se fue al trabajo, con dolor de muelas y sin su cartera. No me tembló la mano sin embargo en clase de matemáticas. Que Carreño se siente en el pupitre de enfrente enseñándome su flamante mazo de cromos asomando en el bolsillo trasero, que Carreño siempre esté garabateando dibujos en clase de matemáticas y ande siempre despistado, eso, y no otra cosa, fue lo que me perdió. Eso fue lo que hizo más fácil que yo deslizase la mano por debajo del pupitre, aprovechando que se me cayó un bolígrafo, que dejé caer el bolígrafo, que logré meter la mano por el hueco del respaldo de la silla en la que siempre anda dormitando. Un ligero tirón en su bolsillo y ahí estaba…, en mi mano Biosca; podía estar o tal vez podía ser que no. Nunca lo sabré. Nunca sabré que jugadores se había traído Carreño, que es despistado, pero no tonto. Nada más levantarse para ir a la pizarra, se dio cuenta del hueco que tenía en el lado derecho del culo, pidió permiso para ir al servicio y se marchó de clase. Y tan pronto acabó la clase de matemáticas se abrió la puerta de golpe y entró el jefe de estudios acompañado de Carreño. Y comenzaron a registrar todos los pupitres de la clase. Aunque estaba claro que era mi pupitre el que buscaban, no era necesario aquel registro, era evidente que los tenía yo, aunque ni siquiera me había dado tiempo a ver si estaba Biosca. Allí estaban los cromos dentro de mi pupitre, desparramados entre los libros. Y también el jefe de estudios estaba frente a mí, con el cuello rojo y una vena hinchada, gritándome que por favor le acompañase a su despacho mientras, al mismo tiempo, podía ver a Carreño devorándome con sus ojos de odio, como si le hubiese birlado una novia. Y también estaba allí mi madre, media hora más tarde, en su despacho, pidiéndole al Jefe de Estudios que me diesen una nueva oportunidad y jurándole que hablaría seriamente conmigo y que le pediría perdón a Carreño.


Mi madre. No la quiero más que a mi padre. Aunque mi padre casi nunca me da dinero, yo quiero más a mi padre, que se va a jugar conmigo al fútbol en la campa, me trae cromos de la pastelería de Albertito y me deja su cartera a tiro para que yo le meta mano. Pero ayer mi madre tuvo un gesto que hizo que la quiera más que nunca, que la quiera más que a mi padre. Ayer mi madre me dijo que no iba a contar nada a nadie, que me iba a subir la paga los domingos y que no era necesario que se enterase mi padre de lo que había pasado, aunque ya era raro que mi padre estuviese en casa a la hora de comer, ni siquiera tuvo curiosidad por saber el motivo de que viniésemos tan temprano del colegio los dos juntos. Yo sabía que estaba en casa mi padre porque vi su chaqueta colgada del respaldo de la silla de su dormitorio, ya casi no me acordaba que había dejado la cartera tirada debajo de la silla, a ver si así colaba, pero no coló; ya casi no me acordaba que era viernes, los viernes el se pasa a desayunar por la pastelería de Albertito. Los viernes siempre me trae unos cuantos sobres de cromos, a veces él los abre y a veces me los da cerrados para que yo los abra; ayer era viernes y me los trajo abiertos. Ayer, cuando entramos en la cocina, mi padre estaba en camiseta, sentado y con los codos hincados en la mesa, la barbilla apoyada sobre las dos manos, mirando fijamente, con su cara de dolor de muelas, hacia donde estaban los cromos que había sacado de los sobres: todo un fajo de cromos derramados sobre la mesa, y allí, destacando por encima de todos, en color y más brillante que nunca, asomaba el inasequible Biosca. Lo conozco como si yo fuera el fotógrafo que le sacó su foto, porque todos los días, desde hace meses, sueño con Biosca; y seguiré soñando; tendré pesadillas con Biosca. De sobra sabía, al entrar en la cocina, que ese día no iba a ser mi día, lo supe nada más entrar que iba a ver a Biosca tan sólo unos segundos, lo intuí cuando vi a mi padre sacar la cartera del bolsillo del pantalón y colocarla al lado de Biosca y de los otros cromos. Yo agaché la cabeza, no tenía fuerzas ni para seguir mintiendo después de lo que me había pasado en el colegio. No tenía fuerzas para llorar cuando vi lo que hacia mi padre, mejor dicho, cuando con la cabeza gacha oí lo que hacia mi padre sin decir palabra, hubiera preferido que me pusiera la mano encima por primera vez, cualquier cosa mejor que oír como mi padre hacia añicos a Biosca con las dos manos, ras y ras y ras, cualquier cosa mejor que odiar a mi padre, lo odio desde que ayer tuve dos Bioscas al alcance de mi mano, toda una vida por delante para odiar con calma a mi padre, lo odio cada vez que abro el álbum y miro el recuadro donde he ido pegando a Biosca pedacito a pedacito, toda la noche hurgando en la bolsa de basura y componiendo el puzzle: un brazo sin mano por aquí, un botín con manchas de yogur y mayonesa, un trozo de cabeza a la que le falta el pelo; y allí estaba, por fin, Biosca, atrapado dentro del álbum, pero como si una manada de jugadores le hubiese pasado por encima: tullido, medio tuerto y con la sonrisa torcida.

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LA NATURALEZA DEL MONSTRUO

Nadie mejor que yo sabe cómo es el monstruo. Sus ojos llamean como si fuera a prender fuego a todo cuanto mira y tiene un cuerno en medio de la frente. Es más feroz cuando ríe que al ponerse furioso, pues entonces deja ver su lengua bífida y sus largos colmillos afilados. Su piel es oscura como un ascua apagada y una pelambre densa recubre todo su cuerpo. Cuando los hombres escuchan retumbar sus pasos, se apartan de su camino y huyen espantados, sin ni siquiera mirar atrás. Tratan de evitar la letal embestida de su cuerno, el rapto de los niños, el ultraje de sus mujeres. Ahora ya sé cuál fue el propósito por el que me dejó con vida, por qué no me sacrificó como hizo con los otros niños. Pero entonces, cuando yo no era más que un animalillo dócil entre sus garras, me echaba a temblar pensando que en cualquier momento moriría aplastado al mínimo aliento salido de su boca.
Todo cuanto sé me lo enseñó el monstruo. Durante un tiempo intenté resistirme, pero al fin, con infinita paciencia, fue instilándome su ración de odio diaria contra los hombres. Ahora lo sé, pero entonces no conseguía entender por qué los odiaba tanto.

El monstruo me llevaba a todas partes consigo y viendo cómo acechaba a sus presas, cómo colocaba sus trampas, cómo arrancaba a los cachorros de sus madres, fui aprendiendo todo lo que debe aprender un monstruo para provocar el mayor horror posible. Por allí por donde el monstruo pasaba, sembraba el dolor y el llanto. Desmoronaba casas, calcinaba con sus pisadas las plantaciones, y los animales que los hombres tenían consigo desfallecían de espanto sólo con ver su sombra. Para los hombres, el monstruo era la encarnación del mal. Para el monstruo, el mal no existía.
El mal es cosa de los hombres y de su diablo –solía repetirme. Pero el diablo no es más que un humilde siervo de la muerte. Algo en lo que siempre piensan los hombres y sin embargo nunca llegan a conocerla. Pero nosotros obramos sin disimulo y directamente les enseñamos el sabor de la muerte, para que aprendan a valorar su pobre vida. El mal con el que los hombres quieren contagiarse, los vuelve tontos y nosotros les abrimos los ojos definitivamente. Pero el miedo no les deja ver que la muerte es una liberación. Nosotros somos los heraldos de la muerte, clamaba.
Y debía ser así, porque donde el monstruo pisaba no volvía a brotar la hierba, las aguas se pudrían, descarnados esqueletos iban creciendo en torno. A sus espaldas siempre dejaba un rastro de ruinas y devastación.

Cuando ya no le quedaba al monstruo nada que enseñarme, me abandonó a las puertas de un poblado humano. Quizás para que mostrase a los hombres todos los misterios del horror con el que había sido aleccionado o tal vez para que al fin pudiese regresar por fin con los míos. Durante varios días vagué por los alrededores olvidado de mí, enloquecido por un miedo cerval a los hombres. Los años en que había estado apartado de ellos habían hecho que olvidase mi naturaleza humana. Varias veces me propuse mi regreso y otras tantas desanduve el camino. Hasta que un día en que por fin me había decidido a ingresar en el poblado, sentí que un solo cuerno empezaba a brotarme en el medio de la frente, que mis colmillos habían acabado de aguzarse, que mis garfios habían crecido en punta lo suficiente como para poder hender la carne. Entonces comprendí que mi padre me había abandonado cuando mi aprendizaje había llegado a su fin.

Aunque había sido educado como un monstruo, en mi interior había intentado comportarme como un hombre y, como tal, me sentía atraído por los otros hombres. Me fascinaban de algún modo sus modales delicados, su lenguaje zalamero, su voz sensible y aflautada. La sed y el hambre me habían al fin acorralado y el olor de la comida en la lumbre me hizo aproximarme hasta los márgenes del río que atravesaba su poblado. Mientras acudía al encuentro de los hombres, iba pensando que tal vez ellos me acogerían como a uno de sus animales domésticos. O tal vez, me dije, pueda enseñarles lo que no saben y pueda convertirme en maestro de hombres.

Cuando llegué al río observé que había una niña que estaba bañándose en la orilla. Su cuerpo desnudo, virginal aún, su larga cabellera rubia y sedosa como un penacho me dejaron petrificado en la orilla. Era la primera vez que la niña veía a alguien tan salvaje como yo y debí de parecerle hermoso. Ella se acercó a acariciarme la cabeza mientras me disponía a beber y sus labios dibujaron un gesto delicado que nunca antes había visto ni volveré a ver jamás. Por cortesía, yo le devolví aquel gesto y mis labios se crisparon hasta violentar mi naturaleza feroz. La niña me miró con ternura y curiosidad. Hasta entonces yo sólo había visto miedo y desolación en la mirada de los hombres. El brillo de alegría en la mirada de la niña me cegó y sació toda mi sed de golpe. Para cuando abrí los ojos ya todo había concluido. Pues en nuestra inocencia ni ella ni yo supimos resistirnos. ¿Cómo podíamos saber entonces que nunca se debe acariciar el cuerno de un monstruo? El río ya descendía teñido de rojos resplandores y al contemplarme en su reflejo sentí revivir el rostro de mi padre; y por primera vez no sentí miedo al verle, sino una entrañable ternura, y me vino de golpe a la memoria todo cuanto me había enseñado. Vi que mis ojos llameaban junto al cuerno que había atravesado ya mi frente. Vi que mi piel se había vuelto negra y más peluda. Mis sentidos estaban desmesuradamente abiertos, como si el hambre los hubiera desatascado, y sentía que el olor de la sangre había liberado mis instintos largo tiempo dormidos. Algo se conmovió en mi seno como si acabase de ser preñado. Lancé un mugido al aire y comencé a beber. Mientras lamía aquella sangre dulce, supe que no era el agua lo que había ido a buscar al río; supe, mientras me dirigía al poblado con el cuerno erguido y orgulloso, que aquellos gritos de horror que percibía a lo lejos iban a acompañarme para siempre como una segunda sombra.

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El silencio del poeta

De entre los muchos libros de Borges yo me quedo con el “hacedor” y dentro de este libro hay una parábola que a mí me gusta mucho y en la que suelo pensar a menudo, cuando intento definir ante mis ojos la verdadera esencia del arte. La parábola o cuento trata de un emperador amarillo que invita a un poeta a su palacio. El palacio es tan espléndido y está tan abigarrado de innumerables objetos y adornos que casi se asimila al universo. Cuando el poeta ya casi está acabando de presenciar todas las interminables maravillas de las que está dotado el palacio, recita una composición y el palacio desaparece “como abolido o fulminado por la última silaba”. El emperador, ciego de ira ante el rapto de su palacio, ordena que corten la cabeza del poeta. El texto recitado por el poeta se ha perdido, concluye Borges, pero en él estaba entero y minucioso el palacio enorme, a pesar de que tal vez constase de un solo verso, o acaso una sola palabra. Pero en el mundo no puede haber dos cosas iguales, “bastó que el poeta recitase sus versos para que el palacio desapareciese”. “La composición cayó en el olvido pero sus descendientes buscan aún la palabra del universo”, acaba informándonos Borges.

Sabemos con inquietud que los descendientes siguen buscando, por eso escribe Borges este texto, porque el propio Borges los ha visto buscando, porque tal vez el propio Borges sea uno de esos descendientes. Esto justifica la presente parábola sobre la que ahora me pongo yo a hacer cábalas. Puesto que los descendientes buscan todavía esta palabra que ya nadie conoce, el texto aún sigue abierto. Todos los textos de Borges están así de abiertos, porque parecen custodiar un enigma que hay que tratar de descifrar. Pero este descifrado es más una inacabable tarea que un premio. Mientras el enigma continúe sin descifrar, el texto sigue siendo repetido. Tal vez el enigma estriba en que el texto está incompleto o mal transcrito. Bastaría añadirle unas pocas palabras o transmutar el orden de las palabras contenidas para que el enigma se revele y pueda ya por fin abandonarse la lectura del texto. Pero mientras esto no sucede, uno continúa dándole vueltas a los textos de Borges. Y esto es lo que ocurre con esta parábola, que a poco que se ahonde en ella, empiezan a barajarse distintas interpretaciones, a entrecruzarse nuevas lecturas, uno tiene ganas de completar el texto, de añadirle sus propias palabras, de prolongarlo en puntos suspensivos y acaba cayendo en la tentación de contar la parábola dándole otro sesgo. Esta es una de las muestras por las que un texto se reconoce como una obra de arte. El texto se ha vuelto inagotable y, a la vez que se hace memorable, también se hace huidizo y olvidable, porque empezamos a agregarle con la imaginación y dentro del recuerdo aspectos que no se encontraban en el texto, nuevas ideas que nos ha ido sugiriendo a lo largo de los años y que se las vamos incorporando nosotros. Es el don que nos entregan  los grandes creadores: además de entregarnos la mirada con la que miramos el mundo, nos permiten también a nosotros estar a su altura y convertirnos en autores con más o menos fortuna. Seguramente por eso le gustaba insistir tanto a Borges que la buena literatura es una obra colectiva y es hija de la tradición. El artista, el poeta no es más que un médium que ha conectado con el espíritu del pueblo o de la humanidad y lo transmite, pero puesto que ha accedido a algo que nos es esencial, es ya algo que está insito en el corazón de todos los hombres y es reconocido como algo colectivo, es decir, como una obra espiritual de la que siempre es posible extraer nuevas enseñanzas y que nos sirve de guía porque ilumina y marca un camino siempre nuevo y distinto, una metáfora palpitante en cuyas distintas facetas se van reflejando las distintas generaciones que lo van leyendo. El texto, se hace inagotable, abierto, nunca es posible fijarlo de una vez por todas, lo que garantiza que siempre se va a hablar de él, siempre se va a tener presente, y esto ocurre porque de alguna manera lo llevamos con nosotros, de alguna manera lo hemos escrito nosotros también, de alguna manera lo queremos rescribir o, al menos, nos hubiera gustado haberlo escrito.

Esto es lo que me ocurre con este texto de Borges. Que quisiera  haberlo escrito. Cada lectura es de, alguna manera, una forma de escritura. Con cada interpretación que suscita, se vuelve a rescribir el texto. A diferencia de los malos textos, siempre está mudando, nunca nos parece el mismo. Por eso los buenos textos están vivos y sugieren la idea de una inmortalidad literaria. Yo voy a intentar insuflarle un poco de vida a esta parábola añadiendo mi interpretación en forma de apostilla.

Tal como yo lo veo, el emperador ha mandado traer al poeta porque necesita su canto. El emperador necesita que el poeta haga un canto de alabanza, un panegírico. Necesita certificar la excelsitud de su imperio. No se puede fiar ni de sus edecanes ni de sus chambelanes porque sabe que éstos le pueden engañar, no dirán más que aquello que él espera que digan, pero, sobre todo, necesita el dictamen del poeta porque sabe  que en el fondo es el único que entiende sobre belleza. El único que puede apreciar su palacio. Pero el poeta no entiende de esas bellezas con las que se recrea el emperador. El poeta está atento a otro tipo de belleza, persigue el son de una armonía distinta, mora en otro reino ajeno a aquel en el que el emperador ha edificado su palacio. El poeta sólo sabe de las cosas del mundo espiritual y si acaso sabe de las cosas mundanas es porque las puede comparar con las cosas de ese otro mundo en el que le gusta indagar, en el que a veces sumerge su mirada. En realidad es posible ver la parábola como un intento de tentación diabólica, en el mejor sentido evangélico. El emperador es un demonio que intentar ganarlo para su mundo. Intenta comprarle su alma. “Todo lo que contemplas podrá ser tuyo”, parece susurrarle diabólicamente el emperador al poeta. Si lo acoge en su canto, el poeta será acogido en su reino. En el tendrá su lugar sacrosanto. No tiene más que sonreír lisonjeramente y hacer bien su trabajo con el recitado de una composición. El emperador no duda que lo hará. Está acostumbrado a que quienes le rodean muevan la cabeza afirmativamente y sonrían. Porque todos trabajan para él. Pero el poeta no. El poeta ni siquiera es un trabajador y si su obra se puede considerar un trabajo, difícilmente encuentra acomodo en un mercado. El emperador espera. El poeta vacila. Está entre dos mundos. Pero conoce el valor del otro, del que los demás apenas sospechan nada. El poeta decide no hablar, pues sabe que sus palabras no encontrarían eco entre los exornados muros del palacio. Pero puede realizar un gesto. Mira en su entorno y ve que todos mueven la cabeza afirmativamente y sonríen. El poeta en cambio ya no vacila, mueve la cabeza negativamente y se echa a llorar. Por supuesto, ese llanto demasiado ostentoso, en un momento de celebraciones, le cuesta al poeta su cabeza. Pero cabe aún otra conjetura para este silencio del poeta. El poeta sabe que callar es la única manera de que no se le interprete mal y de que pueda salvar así su cabeza. El poeta baja la cabeza y calla. Pero ahora habría que preguntarse porqué calla el poeta. Tal como yo lo veo, el poeta ha visto algo que los demás no habían tenido el valor de ver. El poeta ha adivinado que el emperador le ha tendido una trampa. Que el palacio sólo puede resplandecer de verdad cuando tenga ya lo único que le falta: el canto aprobatorio del poeta. En ese momento el emperador habrá completado su colección de falsos esplendores y su reino se habrá consumado. El poeta lo sabe y calla. El poeta cierra los ojos y vuelve la espalda al reino. Pero al cerrar los ojos y volver la espalda, se ha encontrado con el reino en que habitualmente suele morar, en él está todo lo que acaba de contemplar, pero concebido y ordenado de otra forma. El emperador entonces descubre la verdad, descubre que su reino es perecedero, que está ya atacado por la destrucción y la muerte; él mismo no podría librarse de este deterioro, tiene envidia del palacio del poeta, invisible y perenne, y para que nadie más lo vea, para impedir que al poeta le salgan descendientes que se acuerden del palacio, le da muerte allí mismo, y ordena también la muerte de todos aquellos que han presenciado la ofensa cometida contra el emperador. Sólo así podrá evitar futuras sediciones. Pero el silencio del poeta continúa resonando, es un silencio que consume todo cuanto toca, el emperador lo oye y sabe que mientras el silencio del poeta siga sonando ningún reino está a salvo de la ruina. Siempre habrá poetas rebeldes que le den la espalda. Pero para despistar a futuros sedicentes, el emperador hace correr la voz de que fueron las palabras del poeta, y no su gesto de renuncia, lo que trajo su ruina y la de su palacio. Así logra que sus descendientes se pongan a buscar la palabra del universo por el lado equivocado. Sus descendientes hurgan en la música de las palabras, olvidando que existe un armonioso lenguaje hecho de gestos, con más poder que las mismas palabras. Ignoran que es, precisamente, en el olvido de estas palabras que sus descendientes buscan donde se halla la solución al enigma.

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VAMPIROS

La chica volvió a entrar en la pensión de mala muerte donde se refugiaban desde hacia una semana, trayendo consigo el frío de la noche, la intemperie, la ruina de un barrio que iba a venirse abajo. Apenas saludó con una mueca: lo siento, me han dado el palo, nada más que he podido conseguir esto…; sacó de una bolsa de plástico las cervezas, más tabaco y la pipa que pronto iba a estar repleta de polvos y cristales. El chico estaba contento de volver a verla porque regresaba viva, impetuosa, más bella que nunca: se había quitado las dos cazadoras que llevaba encima, la gorra de lana beis, el bolígrafo azul con que liaba el moño, el pelo en mechas derramándose denso, ondulante hasta casi las caderas, y le había enseñado entonces el dedo malamente torcido, con desgarrones, todavía echando sangre y algo amoratado. Esto tiene mala pinta, le dijo el chico soplándole la uña, no quiero que te metas en más líos o acabarás perdiendo al niño. Se tocó la barriga asegurándose de que aún seguía ahí, sonrió después de varios días, dejó las cosas en la mesa carcomida, cajetillas, los mecheros, la pipa, las bolsitas en forma de canicas, botes de cerveza y se sentaron sobre la cama para fumar mirando la ventana.

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Bisonte

BISONTE

El anciano se había abierto paso entre la muralla de hombres que miraban estupefactos la mancha de color almagre en la pared caliza, mientras hacía aspavientos y gritaba, “¿y para qué sirve todo eso?”, parecía preguntar enfadado el anciano arropado con la piel de un antílope. Y el hombre joven volvió a mirar, a la luz oscilante de la antorcha,  la mancha indeleble que acababa de dibujar con la sangre del último bisonte que se había cobrado con su flecha, casi podría jurar, ahora que lo miraba a través de unos ojos visionarios, que se trataba del mismo bisonte que estaba ahí pintado en la pared, el mismo bisonte macho cuyo cráneo había sido clavado en una estaca a la entrada de la cueva, podría jurar que aquel contorno que había trazado aprovechando la fisura de una roca era el mismo bisonte que él había tumbado de un disparo certero antes de que la luna comenzara a menguar, debió haberle atravesado el corazón aquella flecha que había disparado con un sentimiento piadoso, cuando su mirada conectó por un instante con la del animal en peligro, sólo así podía explicarse que sintiera como si la flecha hubiera atravesado su propio corazón al mismo tiempo, no podía contarle aquello al hechicero que ahora volvía a inquirir con rabia por la  mancha movediza en forma de bisonte que empezaba a insinuarse y a latir y a crecer, adentrándose por la pared rugosa, no conseguía encontrar  el hechicero ningún beneficio en aquel garabato que no iba a quitarles el hambre y tras el cual parecía ocultarse una hechicería nueva, no había lengua bastante para decirle todo aquello al hombre más viejo de la tribu, nunca conseguiría  hacerle entender al hechicero que aquel bisonte idéntico al que se le había estado apareciendo en sueños al hombre joven, desde que aquella mirada le lacerara el corazón, estaba atravesando ahora la pared  rupestre sólo para poder ser contemplado de nuevo tal como él lo había visto antes de tensar el arco, palpitante y lleno de poder, sólo para eso había estado exhumando con delicadeza el cadáver envuelto en la propia sangre y lo había trasladado, punto por punto, a la pared, hasta engendrarlo de nuevo en las entrañas de aquella roca propicia, aunque aquellas caricias que había estado haciendo con el dedo en el pelaje almagre del animal le llevasen a no poder disparar otra flecha contra el corazón del bisonte, aunque aquel hermoso ejemplar, ahora ya invulnerable y que parecía huir por las galerías a través de las paredes calizas de la cueva,  acabara arrollando al hechicero.

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Animalario

Como había vuelto otra vez a quedarme solo, fui al animalario que hay cerca de mi casa y le pedí a la dependienta que me aconsejase un nuevo animal de compañía. La mujer que estaba detrás del mostrador era tan esquelética que parecía un animal de feria, con esa mirada lánguida y la cara de cera que se les va poniendo a los vegetarianos. Mi ultimo animal – le contesté, requiriendo a su pregunta- fue un gatito trimesino que yo alimenté con leche de cabra recién preñada. Pero le expliqué que antes había tenido un camaleón que se ponía rojo cuando el día se nublaba y se ponía verde cuando salía el sol, y antes había tenido un perrito de bolsillo que yo iba enseñando por la calle para que la gente me diese conversación, y también le hablé del grillo amaestrado con cuyo arrullo yo recuerdo haberme quedado dormido durante las noches del último invierno, y al invierno aquel hubo de sucederle la primavera, y por aquel entonces yo ya estaba muy alterado y me despertaba tempranito para darle la comida que pedía a trinos el mirlo blanco que yo tenía en una jaula de color amarillo.

Ha hecho bien en ponerme en antecedentes, me contestó la dependienta, yo también he tenido muchos bichos en mi casa durante los últimos años, y dejó caer un catálogo de bichos todavía más extravagante. Como aquella mujer ya empezaba a abrumarme con aquellas extravagancias, le hice un gesto adusto, la mujer me dio a entender que no le gustaban demasiado todos aquellos bichos, y me preguntó, para ir al grano, si todos esos animales de compañía había muerto de muerte natural. Entonces me di cuenta que no sabía muy bien de qué habían muerto todos aquellos bichitos tan queridos. Y me sentí culpable. Nisiquiera había tenido curiosidad por saber de qué habían muerto todos aquellos animales. Tal vez, yo los había ido envenenando con mi género de vida, con el género de vida que les hacía pasar en mi compañía. Tal vez, pensé, yo era la peor compañía posible. Sabiendo que mi interlocutora iba a comprenderme, comencé a contarle la triste historia de la hormiguita que yo tenía metida en una caja cuando estudiaba oposiciones y que yo soltaba de vez en cuando para que comiese pisto por el suelo de la cocina. Pero cuando ya estaba a punto de entrar en los detalles tiernos de aquel accidente doméstico, me interrumpió haciéndome ver que no era necesario tanto alarde de ternura animal y me pidió que le siguiese hasta la trastienda, donde enseguida vislumbré, recortado su perfil al trasluz de un ventanuco, un empleado que estaba escribiendo a maquina con papel de carboncillo. Aunque aquella estancia seguía oliendo a bichos, por más que miraba a todas partes, no conseguía ver ni siquiera una triste cobaya de laboratorio. Así que me costó mucho comprender que el hombre con manguitos y gafas de contable, que estaba como salmodiando encima de una vieja olivetti, era precisamente el animal que yo andaba buscando. (más…)

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Viaje al fondo de la tierra

VIAJE AL FONDO DE LA TIERRA
Como puedes ver, mirando en el dorso la foto de esta postal, durante los últimos días la grieta en los Urales se ha estado ahondando y ensanchando mucho más que lo que anunciaron por televisión –creo que nos queda, incluso, menos tiempo del que habían calculado en el Instituto de Ontorio- Antes de iniciar el viaje teníamos cuatro o cinco grietas para elegir, además de varias decenas de volcanes que se habían ido despertando en los últimos meses, y es una pena que no se pueda prever con bastante anticipación donde va a tener lugar el siguiente temblor de tierra. Ahora mismo, si te digo la verdad, este planeta me esta pareciendo más fantástico que nunca; de hecho, estaba empezando a pensar que la vida en esta tierra era demasiado aburrida para que valiera la pena vivir en ella. Sin embargo, ha sido en este viaje donde me he dado cuenta que en este planeta todavía quedan muchos fenómenos prodigiosos por manifestarse y tengo que decir que la expedición ha sido todo un acierto; de todas las grietas que teníamos para elegir, ésta grieta en los Urales era, sin duda, la más extraordinaria. La raja, desde luego, era descomunal: uno se sentía diminuto e impotente ante ese crujir de la tierra. Lástima que por aquel agujero todo se viese tan negro. Creo que puedes recomendar, con toda confianza, la agencia de viajes que se ha encargado de organizar nuestra expedición: todas las promesas que se anunciaban en el cartel publicitario y en los folletos de mano acabaron cumpliéndose. El viaje no pudo ser más emocionante. Llegamos a sentir un vértigo de montaña rusa; la tierra no paraba de conmoverse y abrirse debajo de nuestros pies, expeliendo de vez en cuando alguna fumarola que parecía como si fuese a abrirse la misma boca del infierno, y de las doce personas que iniciamos el viaje, no hemos regresado más que cuatro. Ahora que tengo que volver a Madrid me siento de verdad vacío. ¿Podrías mirarme si han vuelto a anunciar más viajes de esos tan espectaculares? Aquí no hemos podido todavía asomarnos a la televisión. El guía nos ha contado, sin embargo, que una maravillosa lluvia amarilla está empapando el desierto de Sonora y que un éxodo de americanos ha empezado a extenderse tras la frontera mejicana. ¿Nos estaremos volviendo, precisamente ahora, todos nómadas y mestizos? Antes de partir, la misma agencia estaba anunciando viajes de saldo para ver los bosques de sequoias gigantes del National Park de California, tal como están saliendo estos días en televisión, envueltos en llamas, con sus enormes pies en ascuas y sus verdes hojas de butano crepitando contra los cielos. Debe sentirse, en fin, algo espectacular, como si nos cayese encima una lluvia de cometas encendidos. Es una lástima que en estos momentos especialmente delicados, cuando es necesario tomar tantas decisiones impostergables, vengan las agencias de viajes a ponérnoslo tan difícil. Parece como si el planeta se hubiera vuelto loco de repente y no diera abasto con tanto corrimiento de tierra. De hecho, la oferta de viajes es tan ingente que nosotros mismos estuvimos vacilando durante varios días entre bañarnos en las aguas sulfurosas del Cráter Lake en Oregon o llegar hasta la ribera del lago Nicaragua para contemplar desde lejos como ruge y espolvorea nieve roja el volcán del Momotombu; y es que resulta que ahora mismo no sé que voy a hacer con todo el dinero que he ido ahorrando de una manera tan guardosa en la libreta. Tú me entiendes, ¿verdad? Nada me molestaría más que el fin del mundo me acabase pillando medio dormido en la chaise-longe mientras veo por la televisión “Adivina quién gana esta noche”.

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ACOTACIÓN A PIE DE PÁGINA

[1] Durante mucho tiempo el autor tuvo esta página sobre la mesa de su escritorio. La tuvo en forma de folio en blanco, esperando a ser escrita. Ni siquiera había alumbrado el título, ahora ya definitivamente desenfocado en la cabecera de esta página, pues ¿cómo iba a colocar un título que aún no correspondía a un folio en blanco, un título que debía esperar a la conclusión del texto para llegar a ser definitivo? Y sin embargo, al autor le gustaba barajar los títulos antes de empezar a escribir sus textos o, a veces, le llegaba la ocurrencia mientras los estaba escribiendo. Llamarle por su nombre al texto que había de nacer, le evocaba un sinfín de imágenes, y las imágenes iban despertando palabras que luego ya no podía detener. Cuando veía que el título no se ajustaba a la materia del texto que estaba urdiendo, lo cambiaba; a veces, tanto lo cambiaba que el nuevo título no conseguía hacer recordar al viejo. El nuevo título solía hacer mención a alguna deriva que recientemente había irrumpido en el texto, pero resultaba que aquella intromisión ya estaba de alguna manera trastocando el texto, lo que hacía que el título se tambalease y se acabara viniendo abajo. Debido a todas esas mudanzas, al autor le costaba mucho dar término a sus textos. Cada vez que cambiaba el título iba modificándose  el sentido del texto, a veces, incluso, en el mismo momento en que lo tachaba. ¿Y cómo iba a escribir aquel texto si ya había comenzado a mudar su sentido? El autor pensaba que tendría que ir retocando el texto conforme el sentido se fuera perfilando de un modo u otro y dejarse guiar por ese rumbo titubeante  y movedizo que no paraba de modificar el título. Podía ocurrir que no cambiase más que una coma, un signo de interrogación, o acaso no fuera más que el paréntesis en que ahora colocaba el titulo y que hacía, a la vez, entreverar todo el texto aún no nato entre unos paréntesis provisionales ¿Y si fuera, simplemente, que se le había ocurrido colocar la letra en bastardilla? La bastardilla también repercutiría sobre el texto; no se podía modificar la bastardilla del título y pensar que el texto iba  a continuar inalterable. Era como si la bastardilla se pusiera a interrogar al texto y le estuviese indicando  que también él tendría que ir en  bastardilla, lo que tal vez abriese en el mismo texto otro punto de giro que acabaría modificando el título. Por supuesto, todos estos cambios en el seno de sus textos, provocaban en el autor algunas convulsiones. Se desalentaba y le venían ganas de retorcer los papeles que traía entre manos. Por eso, últimamente, acababa dejando un folio en blanco encima de su escritorio, acaso con la idea loca, que no se atrevía siquiera a confesarse a sí mismo, de que el texto se fuese escribiendo solo. Y por eso no se atrevía ni a escribir el título. Ni siquiera se atrevía a pensar en la suerte de texto que podría reflejarse en aquel folio cuando dejara de estar en blanco. “! Que se escriba solo!”, se decía a sí mismo cuando pasaba cerca de su escritorio, “dejémoslo ahí que dormite un buen tiempo sobre la mesa”, pensaba, “dejémoslo que sueñe y que se vaya escribiendo solo”.  Naturalmente, esto que se decía el autor cuando pasaba al borde del texto que estaba incubando, allí, sobre el escritorio, no se lo decía de una forma literal, ni siquiera premeditada, sino que lo hacia de una manera que estaba más allá de las palabras  y más acá de todas las meditaciones. Y de esta manera había empezado a comprender que no podía dejar que pasaran muchos días más sin atravesar aquel folio en blanco. Pues veía que si seguía dejando aquel folio en blanco encima de la mesa, su vida se alteraría extremadamente, tal vez, incluso, quedase suspendida. El autor, a veces, cuando quería reflexionar sobre lo estaba ocurriendo en su entorno, gustaba de asomarse a la superficie de aquel folio, aún libre de mácula, y contemplar cómo había ido mudando su vida en los últimos días. Y pensaba, mientras intentaba traspasar con los ojos aquella blancura impenetrable, que su vida había ido transformándose en aquel pedazo de papel  que todavía no había empezado a ser escrito. El autor sabía que  iba a llegar el momento en que tendría que deslizar su pluma sobre la superficie de aquel folio, tendría que abrir surcos y remover allí, hincar la pluma en lo hondo, desparramar la tinta; y tenía miedo ya de lo que pudiera brotar de aquel papel, pues sabía que fuera lo que fuera aquello que escribiese, arrastraría la semilla de algo que no vivía en el papel, algo venido del otro margen,  trasplantado desde aquella vida que tanto había cambiado desde que el folio estaba sin tocar. Y tenía miedo de lo que pudiera brotar de allí, de lo que ya estaba brotando en su vida misma. Y sólo había una manera de acabar con la maldición de aquel folio en blanco, sólo un modo de acabar con el sortilegio y abortar aquel texto maldito que había estado sembrando sin querer en aquella pagina en blanco. Por eso, el autor estaba ahora empuñando la pluma y escribiendo sobre lo alto del aquel folio un título, daba igual cuál fuera aquel título, un título al sesgo que diera muerte a aquel folio inanimado, unas pocas palabras que pudieran congelar algún instante de su vida  movediza, cualquier ardid que le permitiese  nacer al otro margen,  aunque no fuera más que a título de acotación a pie de página.

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