Mes: octubre 2007

Disputa entre neuronas

Según la científica Micaela Gallagher, doctora en psicología en la Universidad John Hopkins, las neuronas con el paso de los años no mueren, sino que no se relacionan entre sí.

Diálogo de la neurona Mª Fe con la neurona Carlota, que con la convivencia de los años se llevan fatal.

– Desde luego Mª Fe no tienes perdón, tienes a esta pobre mujer que todo se le olvida.

– Habló la solidaria.

– Yo pongo todo lo que puedo de mi parte, eres tú que eres irascible.

– Mira Carlota, como esta cabeza se demencie, tú tendrás la culpa.

– Vamos a dormir, a ver si nos calmamos.

– Eso, mandona, serías perfecta para regentar la mente de un gran dictador.

– Mª Fe, he pensado que ya que tenemos que vivir en el mismo cerebro y no nos podemos obviar, que la relación vuelva a ser como antaño.

– Un poco difícil será, el paso de los años todo lo desgasta, pero por mi parte de acuerdo, vamos a intentarlo.

La señora volvió a tener memoria de elefante.

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Alegría

Serio, político y triste se está poniendo el blog. Y encima todos los cuentos son largos… pues algo corto y simple, que no se si os gustará, pero que es lo que necesitamos siempre: Alegría.

 

 

ALEGRÍA

Rio que lleva el agua.

Rio que se está riendo.

Rio que se va cayendo

en la historia seca de la fragua.

Piedra gris y dura

que al monte choca.

Risa fresca y pura

del agua en cascada loca.

Alto surtidor, perdida piedra,

alivio del calor, umbría,

murmullo suave entre la yedra.

Descanso del caminar del día,

reposo en el que el alma medra,

risa descanso y sombra: Alegría.

 

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LOS UTOPISTAS (Aristóteles y Gandhi)

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LOS OTROS PENSADORES (Ernest Jünger)

En alguna ocasión, Borges, que se jactaba de ser un voraz lector, llego a decir: “Que otros se jacten de los libros que han escrito, yo me jacto de los libros que he leído” Se podría dar un paso más; se podría decir: “habría que jactarse de los textos que otros han  escrito”.

 

Digo esto, porque me gustaría iniciar una sección, abierta al resto de lectores, en la que tuvieran eco las reflexiones de poetas y novelistas. Incluso deberían entrar también pintores, escultores, arquitectos, historiadores. Y otros analfabetos. Así quedaría patente que no es sólo el pensar patrimonio de los filósofos. Quedaría en entredicho esa funesta escisión entre el filósofo y el poeta. Quedaría acorralada  también esa definición estanca que señala al filósofo como el que piensa bien y al poeta como el  que dice bien.  Esa separación ha llevado a que parezca que el filósofo no sabe decir y que el poeta no sabe pensar. Pero ya un filósofo presocrático escribió un poema para señalar que ser y pensar y decir son una y la misma cosa.

 

Probablemente se trata de la vieja querella, reavivada por Platón, entre la filosofía y la poesía. Pero en toda querella late una polémica artificial que puede apaciguarse. En toda querella ya hay una desintegración y una disarmonía. Acaso la historia del hombre no sea más que la representación de ese desintegrarse y el progreso mismo un regreso a la barbarie por el camino de la especialización. Todas las virtudes humanas han logrado unificarse e integrarse en la técnica. Pero en esa transferencia de poderes y facultades del hombre a la máquina, el hombre se ha ido desintegrando y se ha sustraído a sus propios poderes y facultades.

 

En su Historia de la Literatura Europea y Edad Media Latina, E. R. Curtius  dedica un capítulo a las relaciones entre poesía y filosofía y muestra como era un tópico de la antigüedad y la Edad media el intentar armonizar ambas artes. Se afirmaba que la poesía contiene y debía contener no sólo una sabiduría secreta sino también un conocimiento universal de las cosas. Y se hace eco de unas elocuentes palabras de Goethe, ejemplo, él mismo, de armonización entre el poeta, el pensador y el hombre de acción. Ante la pregunta de cuál sea la función del poeta en el mundo, Goethe pone en boca de Wilhelm Meister las siguientes palabras:

 

“En el fondo de su corazón crece innata la hermosa flor de la sabiduría, y mientras los demás sueñan despiertos y se angustian con monstruosas imaginaciones que les llegan por todos sus sentidos, él vive el sueño de la vida como hombre despierto, y las cosas más extrañas que sucedan son para él pasado y futuro a un mismo tiempo. De este modo, el poeta es a la vez maestro, amigo de los dioses y de los hombres.”

 

Pero no se trata de hacer una apología del poeta sino una  recusación del filósofo que expulsa a los poetas y del poeta que expulsa a los filósofos. Porque cuánto más se aproximen ambos, más profundos poetas y filósofos serán.  Los seres más perfectos son andróginos. Los jinetes más diestros son centauros. Los hombres más sabios son tontos.

 

La sección está abierta a cualquier aportación, porque toda sección para subsistir necesita colaboraciones. Si alguien quiere cambiar el título a la sección, es muy libre de hacerlo. Siempre nos encontramos textos que nos hacen pensar y que no están en los tratados de filosofía. A mí, de hecho, los tratados de filosofía me estriñen y me cohíben pensar. Pero luego cierro las tapas del tratado, abro un libro de Edgar Allan Poe y digo ¡Eureka!

 

Supongo que ya alguien habrá escrito un libro filosófico plagiando todas las pintadas que se topaba detrás de la puerta del water o en algún paredón de fusilamiento. Y es que es en los momentos más apurados donde le da al hombre por ponerse a pensar. Yo recuerdo especialmente una pintada anarquista que me encontré el año pasado en el monte haciendo el camino de Santiago. Me vino muy bien porque no me había llevado ningún libro para el camino. Decía, más o menos: “Los libros me ensañaron a pensar. Pensar me hizo libre” Por supuesto, esto, escrito sobre una pared con grandes trazos de pintura adquiere una solemnidad y una verdad que queda ridiculizada en estas letritas de pata mosca que va regurgitando mi ordenador. También recuerdo aquella humorada de taza de water digna de un Julio Camba que decía más o menos: “Si la tauromaquia es arte, el canibalismo es gastronomía. Más abajo, se podía leer: Ningún obrero sin  jornada y ningún torero sin cornada”. Aún no me ha quedado muy claro si quien hizo la pintada era un toro o un anarco.

 

El texto que dejo aquí es un texto humilde. Ya habrá tiempo de encontrar textos más profundos que los de Heráclito. Este texto me lo he encontrado hoy mientras descansaba de la fatigosa lectura de un filósofo que me estaba haciendo ir de la Ceca a la Meca. Y es que a mí las teorías del conocimiento me agotan. Hay tanto que conocer y que saber que uno no sabe por donde ponerse a empezar. Y para centrarme me puse a leer los diarios de Ernest Jünger, titulado “Radiaciones”, pero como enseguida me tope con una alusión a Heráclito, me dije “!que fastidio!, ya no se puede descansar de la filosofía ni leyendo literatura”. El susodicho texto venía a decir, más o menos, lo siguiente

 

Se me han hecho claras las diferencias entre la primera y la segunda guerra mundial. Entonces, en la primera guerra, las más altas condecoraciones para abatir adversarios, hoy, en la segunda guerra, la pequeña cinta –medallita- por un paseo para recoger un herido. También es notable la distancia a la que he quedado del fuego. Tiene razón Heráclito, nadie cruza dos veces el mismo río. Lo que en ese cambio hay de misterioso es que responde a modificaciones en nuestro interior –somos nosotros los que nos formamos el mundo y lo que nosotros vivimos no está sujeto al azar. Es nuestro estado interior el que atrae y selecciona las cosas. El mundo es como lo hemos creado nosotros. Cada uno es capaz, por tanto, de transformar el mundo –ese es el enorme significado que ha sido concedido al ser humano. Y de ahí que sea tan importante el que trabajemos en nosotros.”

 

(Ernest Jünger, escritor, filósofo, novelista e historiador alemán nacido en Heidelberg en 1895 y fallecido en Wilfingen en 1998)

 

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CUENTO URBANO

Pedrito sale del colegio y se dirige a su casa con su carrito lleno de libros, y piensa, luego dirán que no estudiamos pero… ¡ peso sí que llevamos! Y como la ciudad está llena de obras todo son socavones que tengo que sortear, ¡ caramba que mi carrito no es un ferrari!, giro a la derecha, ahora a la izquierda, parece que de frente está más lisito; por fin después de tanta fatiga llego a mi casa. Hola mamá, hola Pedrito, ¿qué tal la escuela? Muy bien (por decir algo), ten cuidado hijo si pasas al baño pues acabo de fregar el suelo, ¡qué barbaridad!, ni en tu propia casa puedes caminar recto, hay que seguir haciendo malabarismos. Rendido de tanto contratiempo se sienta en el sillón a esperar la merienda, pero tan cansado estaba que se queda dormido, y sueña que sale volando por la ventana, con su carrito, a una velocidad supersónica y llega a la luna, ¡qué silencio!, ¡pero horror!, está llena de cráteres, ¡Dios mío me voy a quedar atrapado en uno de ellos!, qué angustia, aquí no hay quien me rescate…pero sorpresa, sigo volando con mi carrito, recorro mil sitios misteriosos, ¡qué felicidad!, floto y me elevo como Mary Poppins, pero sin paraguas. Pedrito ¡despierta que ya te he preparado la merienda!, ¡pero mamá ahora que era tan feliz me despiertas! Soñaba que no tenía que evitar tantos socavones. Hijo mío, los sueños, sueños son, como dijo el poeta, pero no te preocupes que el alcalde ha dicho que se acabaron las obras urbanas, ya veremos si es verdad; todo será que salga una compañía nueva de teléfonos o electricidad y volvamos a lo mismo. Bueno mamá pues mirándolo así, voy a merendar .¡caramba, para remate mortadela, con lo poco que me gusta! No hay felicidad completa.

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Alguna vez yo también he escrito cuentos raros

Creo que «La cueva» es rarillo. Hay veces que el estado de ánimo de uno no está para otra cosa. Parte de la gracia es la poesía «Si has servido…» que ya está en el blog, pero no inmporta: Si tienes ganas de leer un cuento raro y ya has leido «Vampiros» puedes leer este…

«L A C U E V A» (Cuento hermético)
Acababa de llegar.
– Habrá sido muy duro sobrevivir ahí fuera…
Las palabras resonaron en la cueva de un modo opaco, como si hubieran sido pronunciadas en otro lugar y otro tiempo.
Por supuesto no contesté.
El hombre miraba hacia afuera como si esperara la llegada de alguien tras de mí, o, tal vez, como si disfrutara del tardío amanecer, retrasado más aún por la niebla. De hecho no miraba nada, porque la vista se perdía en un manto espeso y blanco antes de alcanzar los primeros árboles.
La mañana era templada y el ambiente de aquella bóveda irregular resultaba cálido y acogedor; tenía un cierto aire de hogar.
Las gotas que escurrían de los árboles hacían un ruido de lluvia perezosa.
Estaba cansado. Me recosté contra la pared de roca gris y mi pensamiento se fue muy lejos de allí. Veía al hombre a través de una capa de niebla más compacta que la real que envolvía al bosque. Meditaba: Estaba adquiriendo una conciencia profunda de la posibilidad: Hay deseos y posibilidades. Cuando una cosa no es posible no sirve de nada el desearla…
El hombre extrajo trabajosamente de las profundidades de su ropa, bajo el gastado chaquetón de piel, dos cigarrillos en bastante mal estado. Los acarició como a su más preciada pertenencia, los olió y volvió a guardarlos.
(más…)

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Romance del siglo XX

Era Florinda la Cata

la chica ye-ye del barrio,

y de cabeza llevaba

a Rodrigo y Arnaldo,

y por ella vientos bebían

desde Sol hasta Portazgo,

y ella les daba cuerda

de pita y también de esparto.

Con lo que nadie contaba,

con su padre Don Juliano

pues malas pulgas tenía,

y un genio de mil diablos.

A su retoño quería, casada

pero casada

no con unos mequetrefes

de 3 y 2 al cuarto.

Mucho cuidado Rodrigo, también

te lo digo a ti, Arnaldo.

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A Sandra Palo

Sandra, de los campos

eras una alegre margarita,

arrancaron tus pétalos, uno a uno,

te dejaron tirada y maltrecha,

y quemaron tu cuerpo.

Pero la mala hierba ahí queda,

sigue creciendo en los campos, pero,

y aunque la savia le injerten

sigue igual de rastrojo,

no os esforcéis con ella, siempre será mala hierba.

Sandra, que desde el espacio celestial

si es que existe, tu alma

goce de un eterno descanso.

María papelotes

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Impresiones de otoño (I)

Se inaugura una nueva estación, en la que el viento irá dejando caer por aquí algún que otro ‘haiku’, esporádico como las hojas.

Éste primero va dedicado a Eva, a Pobrecito hablador y a A.C., que caminaron hace unos días junto a los árboles a los que se alude (aunque no sé si repararían en los pájaros que se paseaban, no por las ramas, sino por la verticalidad de los troncos…). El último verso, por supuesto, va para Tupacalos ;)

~·~·~·~

sol en las hojas

pájaros sobre el tronco

recóndita raíz

~·~·~·~

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BIOSCA

BIOSCA


Biosca. Juega en el Getafe. Es un jugador de fútbol mediocre. Nuevo fichaje del equipo esta temporada. Apenas ha jugado unos minutos este año. Mide 1,86 y pesa 79 kilos. Es defensa central, 27 años, natural de Rojas, Argentina. José Luis Biosca Maldonado. Todo esto lo sé porque me lo ha dejado ver Carreño en el dorso del cromo que él tiene repetido, el único que a mí me falta para acabar mi álbum. Y creo que jamás completaré ese álbum. Tendré siempre un hueco ridículo dentro de un equipo absurdo que ni siquiera debería estar en primera división. Un jugador mediocre en un cromo estúpido que lo tiene un compañero de clase que no se merece tenerlo.


Carreño. José Manuel Carreño Miñambres. Repite curso y tiene un año más que yo. En clase se sienta en el pupitre que está delante del mío. Como su padre es rico, no necesita estudiar. Ha completado ya un álbum de la liga, va por el segundo álbum y ya sólo le faltan tres cromos. Llega siempre tarde a clase dejando ver un fajo de cromos en el bolsillo trasero de sus tejanos y en los recreos cambia un cromo de los difíciles por varios cromos más fáciles. Hace un mes me cambió a Murillo (lateral del Osasuna) por seis cromos que le faltaban a él y varias de mis mejores canicas. Ahora sólo le faltan tres jugadores para completar su segundo álbum. Esos son los cromos que me pide por Biosca. Uno de ellos lo tengo repetido, pero los otros dos los tendría que arrancar del álbum y ¿qué habría ganado yo entonces obteniendo a Biosca? En vez de faltarme un cromo tendría un agujero más dentro del álbum. El no tiene que esperar más de dos semanas, que es lo que calculo que tardará en conseguir los cromos que le faltan, para completar su segundo álbum; siempre anda con dinero en el bolsillo –le va sonando la calderilla cada vez que se levanta del pupitre para ir a la pizarra-, y lo primero que hace en el recreo es ir al kiosco que hay enfrente del colegio para pedirle a Tomás que le dé quince, veinticinco sobres de cromos. Luego se reúne con nosotros delante del frontón y nos los cambia. Tal vez no necesite ni comprarlos. Tal vez los consiga antes cambiando cromos en los recreos. Pero aunque complete otro álbum más, sé que jamás me regalaría a Biosca. Le ha puesto precio: me lo vende por 30 euros. Pero el no necesita más cromos ni más dinero. Tampoco necesita estudiar. Heredará las tres panaderías de su padre y cuando sea mayor andará con un fajo de billetes en el mismo bolsillo en el que ahora guarda los cromos.


Mi padre. Cuarenta y cinco años. No es tan rico como el padre de Carreño, pero me cae mejor que toda su familia junta. Trabaja de encargado en una tienda de ropa de un centro comercial. Mi madre, en cambio, está en el paro desde que la conozco y por eso andamos siempre ahogados de dinero. Mi padre llega a casa tarde, ya por la noche, y no se quita la chaqueta hasta que se va a la cama. Mi madre y mi padre hacen una pareja curiosa. Mi madre se pasea en casa con la bata y mi padre no se apea la chaqueta. Sólo se quita la corbata. Cuando ya se va a dormir deja por fin la chaqueta sobre el respaldo de la silla del dormitorio, con el móvil, la llave del coche y el monedero negro dentro de los bolsillos. Así que la única oportunidad de llegar al monedero de mi padre es esperar a que se queden los dos dormidos en la cama. Entonces abro la puerta con cuidado para qué no chirríe, me arrastro patinando por debajo de la cama en medio de la oscuridad, llegó a meter mi mano izquierda en el bolsillo derecho de su americana, vuelvo a atravesar la cama por debajo con el monedero ya en una mano, salgo de la habitación, voy a la mía con sigilo, cojo las monedas que me hacen falta para comprar los cromos al día siguiente y repito, a la vuelta, la misma operación, hasta que dejo el monedero en su sitio un poco más ligero de monedas. A veces tardó mas de media hora en ejecutar todos estos delicados movimientos: con lentitud de tortuga; con agudeza de tigre al acecho. Algunos días me doy cuenta, sólo con palparla, que apenas hay monedas en la cartera y que ya no puedo sacar dinero sin que mi padre se dé cuenta. Sobre todo, los últimos días de mes, esos días en que no puedo comprar cromos, ni puedo coger dinero de la cartera de mi padre. Pero mi padre es un buen tipo y tiene muchos amigos y uno de ellos es Albertito, que antes era taxista, pero hace unos meses ha abierto una pastelería donde despachan también cromos y otras chucherías, y a veces a mi padre le regala un par de sobres y me los trae a casa; a veces me los trae ya abiertos, otras deja que sea yo el que los abra, porque sabe que me falta Biosca y se emociona tanto como yo, y a menudo no puede esperar más y los va abriendo de camino a casa. Pero en el barrio donde Albertito tiene la pastelería tampoco debe ser fácil conseguir a Biosca. Porque los que fabrican los cromos saben lo que se traen entre manos. Nos lo venden caro. Nos hacen soñar con Bioscas y tener pesadillas con Carreños. Incluso cuando jugamos al fútbol, nos gustaría ser Biosca. Y la verdad es que soy feliz como soy, no me puedo quejar, sólo que me siento desgraciado cuando abro las páginas del álbum de cromos y paso revista desde el principio: el real madrid, el barcelona, el deportivo, los 20 equipos de primera división, los 400 jugadores con sus preciosos uniformes todos diferentes, los 399 cromos pegados con pegamento en sus recuadros respectivos, la última pagina dónde está el equipo del getafe, dónde veo el hueco ridículo, el espantoso vacío que debería estar llenando Biosca.

Ayer, 14 de marzo. El día más negro de mi vida. Como me han castigado sin salir de casa, me he pasado todo el día escribiendo en mi diario y he tenido tiempo de sobra para meditarlo: ahora sé que nunca he tenido un día peor. Y es que ayer por la mañana me di cuenta que solo había un medio de conseguir a Biosca. Ayer por la mañana me levanté temprano, mejor dicho, no pude dormir en toda la noche, la primera vez que paso toda una noche en blanco, con el monedero de mi padre en la mano, toda la noche mirándolo sin saber qué hacer con él, escuchando a mi padre cómo se quejaba del dolor de muelas y a mi madre reprochándole que tenía que haber ido al dentista cuando ella se lo había recordado. Ni siquiera abrí la cartera para mirar el dinero que había dentro, y eso que estaba a reventar de monedas, pero no podía volver a la habitación para colocar la cartera en la chaqueta, porque mi padre se había despertado al poco de acostarse, daba vueltas en la cama, se incorporaba, le oía quejarse y después dar zancadas nerviosas por el pasillo y la cocina, y se volvía a acostar, y así toda la noche, los dos en vela. Mi padre fue a trabajar con dolor de muelas a la misma hora de siempre; nunca le veo por las mañanas, pero ayer me levanté una hora antes y salí a despedirle, a darle un beso de despedida y a ver si podía, sin que notase nada, meterle la cartera en su bolsillo cuando le daba el beso; pero me fue imposible. Con los nervios se me paralizó la mano y eso me perdió; y así se fue al trabajo, con dolor de muelas y sin su cartera. No me tembló la mano sin embargo en clase de matemáticas. Que Carreño se siente en el pupitre de enfrente enseñándome su flamante mazo de cromos asomando en el bolsillo trasero, que Carreño siempre esté garabateando dibujos en clase de matemáticas y ande siempre despistado, eso, y no otra cosa, fue lo que me perdió. Eso fue lo que hizo más fácil que yo deslizase la mano por debajo del pupitre, aprovechando que se me cayó un bolígrafo, que dejé caer el bolígrafo, que logré meter la mano por el hueco del respaldo de la silla en la que siempre anda dormitando. Un ligero tirón en su bolsillo y ahí estaba…, en mi mano Biosca; podía estar o tal vez podía ser que no. Nunca lo sabré. Nunca sabré que jugadores se había traído Carreño, que es despistado, pero no tonto. Nada más levantarse para ir a la pizarra, se dio cuenta del hueco que tenía en el lado derecho del culo, pidió permiso para ir al servicio y se marchó de clase. Y tan pronto acabó la clase de matemáticas se abrió la puerta de golpe y entró el jefe de estudios acompañado de Carreño. Y comenzaron a registrar todos los pupitres de la clase. Aunque estaba claro que era mi pupitre el que buscaban, no era necesario aquel registro, era evidente que los tenía yo, aunque ni siquiera me había dado tiempo a ver si estaba Biosca. Allí estaban los cromos dentro de mi pupitre, desparramados entre los libros. Y también el jefe de estudios estaba frente a mí, con el cuello rojo y una vena hinchada, gritándome que por favor le acompañase a su despacho mientras, al mismo tiempo, podía ver a Carreño devorándome con sus ojos de odio, como si le hubiese birlado una novia. Y también estaba allí mi madre, media hora más tarde, en su despacho, pidiéndole al Jefe de Estudios que me diesen una nueva oportunidad y jurándole que hablaría seriamente conmigo y que le pediría perdón a Carreño.


Mi madre. No la quiero más que a mi padre. Aunque mi padre casi nunca me da dinero, yo quiero más a mi padre, que se va a jugar conmigo al fútbol en la campa, me trae cromos de la pastelería de Albertito y me deja su cartera a tiro para que yo le meta mano. Pero ayer mi madre tuvo un gesto que hizo que la quiera más que nunca, que la quiera más que a mi padre. Ayer mi madre me dijo que no iba a contar nada a nadie, que me iba a subir la paga los domingos y que no era necesario que se enterase mi padre de lo que había pasado, aunque ya era raro que mi padre estuviese en casa a la hora de comer, ni siquiera tuvo curiosidad por saber el motivo de que viniésemos tan temprano del colegio los dos juntos. Yo sabía que estaba en casa mi padre porque vi su chaqueta colgada del respaldo de la silla de su dormitorio, ya casi no me acordaba que había dejado la cartera tirada debajo de la silla, a ver si así colaba, pero no coló; ya casi no me acordaba que era viernes, los viernes el se pasa a desayunar por la pastelería de Albertito. Los viernes siempre me trae unos cuantos sobres de cromos, a veces él los abre y a veces me los da cerrados para que yo los abra; ayer era viernes y me los trajo abiertos. Ayer, cuando entramos en la cocina, mi padre estaba en camiseta, sentado y con los codos hincados en la mesa, la barbilla apoyada sobre las dos manos, mirando fijamente, con su cara de dolor de muelas, hacia donde estaban los cromos que había sacado de los sobres: todo un fajo de cromos derramados sobre la mesa, y allí, destacando por encima de todos, en color y más brillante que nunca, asomaba el inasequible Biosca. Lo conozco como si yo fuera el fotógrafo que le sacó su foto, porque todos los días, desde hace meses, sueño con Biosca; y seguiré soñando; tendré pesadillas con Biosca. De sobra sabía, al entrar en la cocina, que ese día no iba a ser mi día, lo supe nada más entrar que iba a ver a Biosca tan sólo unos segundos, lo intuí cuando vi a mi padre sacar la cartera del bolsillo del pantalón y colocarla al lado de Biosca y de los otros cromos. Yo agaché la cabeza, no tenía fuerzas ni para seguir mintiendo después de lo que me había pasado en el colegio. No tenía fuerzas para llorar cuando vi lo que hacia mi padre, mejor dicho, cuando con la cabeza gacha oí lo que hacia mi padre sin decir palabra, hubiera preferido que me pusiera la mano encima por primera vez, cualquier cosa mejor que oír como mi padre hacia añicos a Biosca con las dos manos, ras y ras y ras, cualquier cosa mejor que odiar a mi padre, lo odio desde que ayer tuve dos Bioscas al alcance de mi mano, toda una vida por delante para odiar con calma a mi padre, lo odio cada vez que abro el álbum y miro el recuadro donde he ido pegando a Biosca pedacito a pedacito, toda la noche hurgando en la bolsa de basura y componiendo el puzzle: un brazo sin mano por aquí, un botín con manchas de yogur y mayonesa, un trozo de cabeza a la que le falta el pelo; y allí estaba, por fin, Biosca, atrapado dentro del álbum, pero como si una manada de jugadores le hubiese pasado por encima: tullido, medio tuerto y con la sonrisa torcida.

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